Categoría: Sociales

  • ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?

    ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?

    Pobreza, droga, rock y la violencia silenciosa del Estado.

    CRÓNICA ESCRITA POR JAZMÍN ABDALA – LS2 BARADERO – 30 DE NOVIEMBRE

    Estoy parada en la vereda de Lugano y el barro se pega a mis zapatillas como si no quisiera soltarme. Hay un olor espeso en el aire: humedad vieja mezclada con aceite quemado, como si todas las capas de la ciudad se hubieran derramado sobre el mismo suelo y hubieran secado ahí, sin que nadie jamás intentara limpiarlas. El viento levanta tierra fina, que raspa la garganta y arde un poco en los ojos. Y pienso que este paisaje no es nuevo, no es inventado. Ya estaba acá, mucho antes de mí, mucho antes de esta crónica. Ya lo había contado alguien que lo vivió antes que yo: Pity Álvarez.

    La primera vez que escuché una canción de él sentí algo que todavía no se me va del cuerpo. No era música linda, ni gentil, ni pensada para sonar en la radio mientras cocinás o limpiás. Era una melodía que te metía en un pasillo oscuro, que te hacía ver los cables sueltos colgando del techo, el colchón apoyado contra una pared húmeda, la sombra de un pibe corriendo con un arma envuelta en una remera. Era música que hablaba de una verdad que muchos preferían no mirar. Y cuando vine a Lugano por primera vez, entendí por qué: porque es incómodo reconocer que la Argentina que nos prometieron nunca llegó hasta este barro.

    A unos metros, dos pibitos se pasan una Bic roja y prenden un cigarrillo armado a medias. Uno mira hacia la avenida con una mezcla de alerta y costumbre; el otro sonríe con la boca apenas abierta, esa sonrisa que no llega a los ojos. Me miran, no con desconfianza, sino con la neutralidad de quien ya vio pasar a demasiada gente que nunca vuelve. Y yo pienso que si Pity estuviera vivo en este momento —vivo de verdad, no como fantasma cultural— probablemente se sentaría con ellos, les haría un chiste, les contaría una anécdota absurda, y después, sin aviso, se pondría serio y diría alguna frase que parece una locura pero que es más política que cualquier discurso del Congreso.

    El barrio está vivo y muerto al mismo tiempo. El cemento cuarteado tiene manchas que no sabés si son humedad, pis, vino o sangre vieja. Los perros callejeros duermen como si supieran que nadie los va a patear, pero tampoco los va a cuidar. Y en cada esquina hay una marca invisible: un lugar donde alguien cayó, alguien corrió, alguien se escondió. Y sí, esa violencia existe, es real, pero tiene un contexto que el país entero se esfuerza en olvidar.

    Mientras camino, recuerdo algo que me contó una vez un vecino de acá: “Acá, en los noventa, no nos llegó el uno a uno, nos llegó el uno a nadie”. Y fue así. Menem y la convertibilidad prometían estabilidad mientras privatizaban todo. Progreso, decían. Modernidad, decían. Pero en Lugano la modernidad eran los patrulleros sin frenos, los colegios sin vidrios, las casas sin laburo, los pibes sin futuro. El desempleo no era una estadística: era un padre sentado todo el día en la puerta, un tío que desaparecía en la villa, un hermano mayor que dejaba el secundario para juntar monedas en el semáforo. Todo eso estaba cuando Pity empezó a cantar. Él no fue un poeta que bajó al barro para inspirarse: él nació en él, lo respiró, lo sangró y lo devolvió convertido en música.

    Me acerco a un pasillo angosto. De adentro sale un olor ácido, mezcla de cocina improvisada y sustancias que queman más que iluminan. El piso está húmedo aunque no llueva. El aire es espeso, casi masticable. Pienso en cuántas veces escuché decir “el Pity se cagó la vida con las drogas”, como si las drogas fueran la causa y no el resultado. Como si él hubiera tenido opciones claras, limpias y prolijas. Como si no fuera obvio que un pibe sin contención, rodeado de violencia, abandono y carencias, termina buscando algo que lo saque, aunque sea por un rato, del peso insoportable de existir donde nadie espera nada de vos.

    Pity fumaba marihuana desde los 14. No porque fuera un rebelde sin causa: porque la vida le pedía anestesia. Después vinieron la cocaína, el LSD, el crack, la pasta base, la codeína, el éxtasis, el alcohol. No es glamoroso, no es rockstar: es supervivencia mal hecha, supervivencia que te come las venas y te roba las horas. Pero también es eso que sus canciones tenían: la desesperación por sentir algo que no sea frío, por frenar el ruido mental, por encontrar un lugar donde el caos de afuera no te aplaste del todo.

    Sigo caminando y me tropiezo con un charco. El barro se mete entre los dedos de las zapatillas como una lengua tibia. Y mientras intento no caerme, pienso en “Una vela”. Esa canción es casi una crónica policial, pero contada desde adentro, desde donde la policía no llega. “No te asustes por lo que te cuento, pero en mi vecindario todo esto es cierto”. No es metáfora: es geografía. Es cartografía del abandono.

    Pity hablaba de robos, peleas, traiciones, tiros. Pero también hablaba de amistad, de amor, de lealtad, de códigos que no están en ningún libro pero sostienen más que cualquier institución. Él mostraba un barrio donde la violencia no era un espectáculo televisivo, sino una materia prima que se mezcla con la vida cotidiana. Y cuando escucho esas letras acá, en esta vereda, siento que tienen un peso distinto: no son canciones, son documentos.

    En los años en que Álvarez escribía esas letras, el Estado estaba más preocupado por cerrar con el FMI y vender empresas públicas que por mirar lo que pasaba en los bordes. La pobreza se multiplicaba, la desigualdad crecía como pasto en baldío. Y cada vez que una promesa económica se rompía, acá se rompía una vida. Pero nadie lo contaba así. Hasta que apareció un flaco flaco, con ojos hundidos y voz rota, diciendo verdades que incomodaban.

    Me detengo frente a un edificio. Las paredes grises están llenas de grafitis, algunos de hace años, otros frescos. En una ventana hay un parlante viejo colgando con un cable pelado. Suena “Aunque a nadie ya le importe”. Las primeras notas se mezclan con el ruido de los colectivos pasando por la avenida. Y pienso que esta canción es una síntesis del país entero: un grito para que alguien escuche, aunque nadie escuche.

    Siento el frío que sale de los pasillos como un aliento húmedo. Y mientras tanto, recuerdo el día en que Pity mató a un hombre. Recuerdo la frase que dijo: “Cualquiera haría lo mismo”. Y aunque duele escucharlo, hay algo que, en este barrio, se entiende sin justificar. Porque la violencia no aparece de un día para el otro. Es acumulación. Es sistema fallado. Es Estado ausente. Es marginalidad convertida en destino. Y cuando tenés una vida entera rodeado de traiciones, miedo y abandono, reaccionar mal no es imposible: es casi lógico.

    Pero el país prefirió hacer de Pity un monstruo. Un monstruo útil. Un monstruo que sirve para decir “miren, esto está mal”. Pero no sirve para preguntar “¿por qué pasa esto?” o “¿quién dejó que lleguemos acá?”. Señalarlo fue más fácil que ver lo que su música venía denunciando desde hacía décadas: que los barrios marginalizados no son errores del mapa, sino decisiones políticas.

    Respiro hondo. El olor a basura quemada se mezcla con un aroma tenue de sopa casera que sale de alguna ventana. Esa mezcla de mugre y refugio es la síntesis del barrio: un lugar donde todo duele, pero donde también hay afectos que sostienen lo que el Estado no sostiene.

    Y me pregunto: ¿cuántos pibes hoy están viviendo exactamente lo mismo que vivió Pity? ¿Cuántos están consumiendo para tapar el horror o el vacío? ¿Cuántos están escribiendo canciones en cuadernos rotos, tratando de poner en palabras lo que nadie quiere escuchar? ¿Cuántos están a un paso de desaparecer, de caer presos, de pegar un tiro o recibirlo?

    Porque esa es la parte más dura: el país aprendió a romantizar al Pity pero no a escuchar a los que vienen detrás. Hablamos de él como si fuera un mito trágico, pero no miramos a los chicos que hoy están repitiendo su historia, con menos banda, menos guita y menos oportunidades. Y mientras la sociedad inventa discursos moralistas, los barrios siguen con sus calles rotas, sus casas tomadas, sus pasillos sin luz y sus pibes sin mañana.

    Me detengo, cierro los ojos y escucho. De lejos llega la música de una casa: “Nunca quise”. Y esa letra, que muchos usan como banda sonora de historias de amor, acá suena diferente. No es una canción romántica: es una canción de falta, de pérdida, de lucha entre el deseo y la supervivencia. Porque en el barro no se ama como en Palermo. En el barro se ama con miedo, con urgencia, con heridas abiertas.

    Sigo caminando y veo a un grupo de adolescentes tirados en la plaza, rodeados de botellas y risas que son más defensas que alegría. Uno tararea “Fuego”. Otro ríe, se levanta, se sacude la tierra. Y pienso en la forma en que Pity hablaba de la juventud: no como esperanza, sino como condena. Una juventud atrapada entre el sistema y la esquina. Una juventud que se quiebra rápido porque nunca tuvo cimientos.

    Y mientras miro esa escena, siento la crudeza de lo que quiero decir: en Argentina seguimos midiendo el éxito de un gobierno por el dólar, por la inflación, por los índices macroeconómicos. Pero nunca lo medimos por cuántos pibes consiguieron salir del barro, cuántos dejaron la droga, cuántos encontraron un laburo digno, cuántos volvieron del borde. Y el Pity, sin querer ser ejemplo de nada, nos gritó esa verdad con la voz rota.

    Hoy, mientras escribo esto, siento que la historia de él es la historia de miles. Una historia que no terminó en el disparo, ni en la cárcel, ni en las tapas de revistas. Una historia que se sigue repitiendo. Que sigue respirando en estos pasillos. Que sigue llorando en estos balcones. Que sigue cantando en estos parlantes rotos.

    Y pienso: si no escuchamos, si no miramos, si no intervenimos, ¿quién será el próximo Pity? ¿Cuántas voces más vamos a dejar que se pierdan en el barro? ¿Cuántos pibes van a crecer creyendo que la violencia es destino y no consecuencia?

    El barro se seca en mis zapatillas. Me doy vuelta, miro una vez más el edificio gris, las ventanas con cortinas colgando, los pibes riendo para no llorar, y siento que este lugar te habla aunque no quieras escucharlo.

    La política puede seguir diciendo que todo está bien. La sociedad puede seguir diciendo que la marginalidad es elección. Pero la verdad está acá, pegada en el asfalto, escrita en estas paredes, cantada en las letras del Pity: vivimos en un país que fabrica su propia violencia y después se horroriza por las criaturas que creó.

    Y al final, después de caminar estas cuadras y escucharlo en cada rincón, entiendo por qué Pity fue símbolo de algo más grande que él mismo. Fue símbolo de una Argentina que existe aunque muchos no la quieran ver. Una Argentina hecha de abandono, de droga como refugio, de violencia como idioma, de música como única forma de decir lo que nadie quiere escuchar.

    Si no hacemos algo, si seguimos mirando para otro lado, si seguimos criminalizando sin entender, el barro va a seguir ahí, húmedo, silencioso, esperando a que otra historia se hunda en él.

    Y la pregunta va a seguir siendo la misma:
    ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?


  • ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.


    Me senté en la mesa de la cocina todavía medio dormida, con ese frío tibio de la mañana que se cuela por las ventanas antes de que el sol termine de despertarse del todo. El mate cocido humeaba en mi taza, ese aroma dulce que me acompaña desde que soy chica, como si cada sorbo fuera una especie de memoria líquida. Y mientras esperaba que se enfriara un poco, mamá apareció caminando despacio, arrastrando las pantuflas, con ese gesto suyo entre curiosidad y reproche cariñoso que siempre me causa gracia.

    Me miró de arriba abajo, como si estuviera inspeccionando un cuadro, y me lanzó sin vueltas:

    —¿Otra vez de negro te vestiste?

    No fue una pregunta agresiva. Tampoco era crítica pura. Era ese modo que tienen las madres de señalar cosas que para uno ya son naturales, pero que para ellas siguen siendo un misterio. Me reí, porque la escena ya era repetida: yo con mis prendas oscuras, ella con la necesidad de entender por qué. Pero esta vez, no sé por qué, la pregunta me quedó resonando más que otras veces. Como si, en vez de un comentario sobre la ropa, hubiera sido la punta de un hilo que yo misma necesitaba empezar a tirar.

    Quizás porque, mientras tomaba el primer sorbo tibio, pensé en algo que venía rondándome hacía días: ¿cuándo fue que dejamos de ser una juventud rebelde? ¿En qué momento la idea de destacarse se convirtió en una especie de amenaza? Antes los jóvenes teñían su pelo de colores, usaban cadenas, remeras rotas, ropa estrafalaria simplemente porque sí, porque querían mostrar que eran distintos, porque había orgullo en lo raro. Pero ahora parece que la única regla real es no llamar demasiado la atención, no ser cringe, no exponerse más de lo necesario. No parecer desesperado por encajar, pero tampoco demasiado seguro como para romper el molde. Un equilibrio del que nadie habló y al que, sin embargo, todos nos adaptamos con una precisión casi militar.

    Le respondí a mamá cualquier cosa, para salir del paso, pero en mi cabeza ya estaba lejos, preguntándome por qué los adolescentes de hoy se visten igual, escuchan lo mismo, repiten los mismos gestos, los mismos lenguajes, los mismos códigos. Claro que cada generación tuvo sus modas, pero la repetición actual tiene algo más profundo, casi estructural. No es solo estética: es emocional, cultural, política. Y no es culpa de los chicos. Si algo aprendí —viendo cómo funcionan las redes, cómo se miden los vínculos, cómo se viraliza el miedo al ridículo— es que detrás de esa aparente uniformidad hay una tensión nueva: la necesidad de pertenecer sin dejar huella, de existir sin ser demasiado visibles, de tener identidad pero que no moleste, no incomode, no dé motivos para quedar en el centro de una broma colectiva.

    La cultura del cringe se volvió una especie de policía simbólica. Una fuerza de control suave, silenciosa, pero inexorable. Ya no hace falta que alguien te diga cómo vestirte: alcanza con imaginar el meme que podrían hacer si te animás a algo distinto. Es una mirada anónima, omnipresente, que no tiene rostro, pero igual castiga. Y lo curioso es que no viene de arriba, ni de instituciones, ni de gobiernos, ni de adultos: viene de la propia generación adolescente. Como si el mandato de la normalidad hubiera descendido de manera espontánea, producto de navegar miles de videos al día, de la comparación constante, de la inmediatez y el miedo a quedarse afuera.

    Mientras revolvía el mate cocido en la taza, pensé en cómo las expresiones juveniles históricamente fueron el termómetro de los cambios políticos. La ropa, la música, la estética, los espacios de encuentro siempre anticiparon transformaciones más grandes: los hippies y la contracultura, el punk y el rechazo a las instituciones, el rock nacional con su necesidad de decir lo que no se podía decir, los pibes de los noventa tirando abajo viejas solemnidades. Siempre hubo una forma de gritar “no” incluso cuando no se podía gritar. Pero ahora parece que el grito se disolvió antes de nacer. No porque no haya problemas —sobran—, sino porque la respuesta general no es la revuelta, sino el agotamiento. No es la organización, sino la indiferencia. No es el estallido, sino el scroll.

    Tal vez por eso las políticas actuales —sean del signo que sean— parecen convivir con una juventud que no termina de creer que pueda cambiar algo. No es que no haya interés político: lo hay, y mucho. Pero está atravesado por una sensación de desencanto que se volvió parte del aire que respiramos. Una mezcla rara entre hiperconexión y apatía, entre información ilimitada y escasa capacidad para imaginar algo verdaderamente distinto. De algún modo, ese minimalismo estético que domina todo —la ropa neutra, los cuartos beige, las fotos filtradas, la obsesión con la sutileza— se parece demasiado al minimalismo emocional y político con el que transitamos la vida pública: no arriesgamos, no exageramos, no mostramos demasiado. Buscamos estabilidad incluso cuando somos jóvenes, que es justamente la etapa donde históricamente menos se buscó estabilidad.

    Quizás mamá, sin querer, con esa pregunta inocente sobre mis prendas negras, tocó algo que yo misma venía intentando evitar: admitir que, de alguna forma, también me mimetizo con ese deseo de no llamar la atención. Que a veces me he contenido de decir algo por temor al juicio colectivo. Que en más de una ocasión he preferido el silencio por sobre una opinión impopular. Que he dejado de hacer cosas que me gustaban porque me daban vergüenza. Y no soy la única. Lo escucho entre amigos, entre compañeros de facultad, incluso entre adolescentes que entrevisto para notas: la espontaneidad se volvió un lujo, la rareza una amenaza, la autenticidad un riesgo.

    Sin embargo, tampoco quiero caer en la mirada romántica de “todo tiempo pasado fue mejor”. No se trata de idealizar la rebeldía anterior ni de negar las razones por las cuales hoy cuesta tanto salir del molde. Esta época tiene sus propias batallas, más complejas, más invisibles: la ansiedad, la saturación de estímulos, la presión por construir una identidad coherente ante miles de ojos, la dificultad para organizarse en un contexto donde todo se fragmenta. Quizás la revolución de hoy no sea estética, ni ruidosa, ni masiva. Tal vez esté en lo pequeño: en el acto íntimo de permitirnos sentir, de decir lo que pensamos sin miedo, de romper con esa homogeneización que parece venir envuelta en celofán digital.

    Terminando mi mate cocido ya frío, me di cuenta de que la pregunta de mamá había sido mucho más que una anécdota doméstica. Había sido una excusa para preguntarme, en serio, si seguimos siendo capaces de rebelarnos. Si realmente nos volvimos una juventud sin revolución o si estamos apenas en un momento de transición, esperando encontrar nuevas maneras de incomodar al mundo. Porque la rebeldía no desaparece: muta. Cambia de piel. A veces se esconde para después salir más fuerte.

    Entonces me quedé mirando mi ropa oscura, la mesa tibia, el vapor que ya no salía de la taza, y pensé que tal vez la verdadera revolución empiece por algo tan simple como preguntarnos esto: ¿cuánto de lo que hacemos lo elegimos de verdad y cuánto lo hacemos por miedo a que nos tilden de cringe?

    Y, en el fondo, ¿qué clase de futuro construimos si incluso la rebeldía nos da vergüenza?


    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.

  • Fiesta de la Primavera 2025: donde Baradero volvió a sentirse joven.

    Fiesta de la Primavera 2025: donde Baradero volvió a sentirse joven.

     Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero

    SI TENÉS SOLO 1 MINUTO, LEE ESTO.

    La Fiesta de la Primavera volvió a iluminar la Plaza Mitre: colores, ritmos y una energía juvenil que contagió a toda la ciudad. Los jardines, las primarias y los grupos de 5º año llenaron el escenario de creatividad; Milena Escobar (Instituto San José) ganó Talentos y la Escuela Marcos Sastre se consagró en Baile. Más que premios, la noche fue una celebración colectiva: todos se animaron, todos brillaron.


    La plaza Mitre se despertó temprano ese viernes. Aunque las actividades empezarían recién por la tarde, desde la mañana ya había algo vibrando en el aire: un rumor de voces jóvenes, un eco de ensayos lejanos, una alegría que parecía querer anticiparse. No era un día más para Baradero. Era la Fiesta de la Primavera, esa tradición que, generación tras generación, fue marcando recuerdos, fotos familiares, primeras coreografías, nervios compartidos y sueños que alguna vez todos tuvimos.


    Volver a ser parte de este evento —esta vez como conductora por segunda vez— me movió cosas que no sabía que seguían ahí adentro. Llegué a la plaza con el mismo nudo que tuve la primera vez, el año pasado. Esa duda chiquita que te pregunta si vas a estar a la altura, si vas a honrar el escenario, si vas a poder sostener la emoción de tantos chicos que esperan este día desde que empiezan la secundaria. Pero también llegué con el abrazo cálido de un equipo que empuja siempre para adelante: el Municipio de Baradero, Cultura, los técnicos, los profes, la gente que arma estructuras, que cuida detalles y que hace que este evento exista. Y llegué, sobre todo, sabiendo que no estaba sola: que iba a compartir la conducción con Lourdes Gerez y Talia Grassi, dos mujeres generosas, talentosas y compañeras que hacen que el escenario sea un lugar más amable.

     


    Aun así, cuando empecé a ver cómo la gente llegaba, cómo se acomodaban las familias con reposeras, cómo los chicos se preparaban atrás del escenario y cómo el sol empezaba a inclinarse detrás de los árboles, no pude evitarlo: me emocioné. Lagrimeé. Y tuve que respirar hondo y recordar que, a veces, emocionarse es también una forma de “estar a la altura”.


    Porque esta fiesta no es solamente una competencia. Es una especie de espejo emocional donde cada generación vuelve a encontrarse con lo que alguna vez quiso ser. No hay adulto que mire a los chicos sin recordar su propia adolescencia. No hay joven que suba al escenario sin sentir que está viviendo algo que va a guardar para siempre.


    Cuando los primeros jardines salieron a escena, la plaza se transformó. No sé si alguna vez viste a un grupo de nenes vestidos de capybaras bailando sin ninguna conciencia de lo adorables que son. Hay algo en ellos que recuerda lo esencial: la libertad de bailar sin miedo al ridículo, sin cálculo, sin expectativa. Los miré desde un costado y pensé en cuántas veces olvidamos que la alegría es un movimiento del cuerpo antes que un pensamiento.


    Las escuelas primarias llegaron después, con esa mezcla perfecta entre inocencia y osadía. Ese momento de la vida en el que ya no se es pequeño, pero tampoco se es grande; donde cada coreografía es una declaración tímida de identidad. Se los veía ansiosos, mirando todo, reconociendo el escenario como un espacio nuevo que algún día será suyo de manera más profunda. Los observé mientras anunciábamos a cada institución, y sentí algo hermoso: muchos de ellos vinieron a ver quiénes pueden ser cuando lleguen a la secundaria. Es como si esta fiesta no fuera sólo un evento, sino un faro. Un anticipo. Una promesa.


    Y entonces llegaron ellos: los chicos de 5º año.


    El corazón de la fiesta. El alma. La etapa que todos esperamos alguna vez para mostrar lo que somos capaces de hacer.


    Cuando las luces se encendieron y empezó la música, el escenario explotó en ritmo, colores, historias, creatividad, fuerza. Las coreografías estaban llenas de técnica, sí, pero también de pasión. De ese fuego que solo aparece cuando se entiende que esa noche es única y que no se repetirá jamás. Porque por más que la fiesta vuelva todos los años, para ellos es la última vez como estudiantes. El cierre de un ciclo que marca, con claridad, el comienzo de otro.


    Y ahí, en medio de esa energía tan grande, pasó algo inesperado: bailamos. Las conductoras, los profes, la gente atrás del escenario… No sé en qué momento empezó, pero recuerdo mirarme con Lourdes y Talia y soltar una risa que fue casi infantil. Una risa que no estaba planeada, que salió por pura alegría, por pura emoción. Por un instante volvimos a tener 5 años, 10 o 12. Por un instante volvimos a ser esos chicos que alguna vez soñaron con estar arriba del escenario. O con animarse un poco más. O con que la vida fuera siempre así: luminosa, vibrante, colectiva.


    Cuando llegó la hora de anunciar a los ganadores, ya pasada la 1:00 AM, la plaza seguía llena. Las familias se abrigaban un poco, pero nadie se iba. Todos querían quedarse hasta el final, como si irse fuese cortar un momento que todavía necesitaba ser respirado un rato más.


    La ganadora del Concurso de Talentos fue Milena Escobar, representante del Instituto San José, que había logrado una presentación que dejó sin palabras a más de uno. En el Concurso de Baile, la victoria fue para la Escuela Marcos Sastre, seguida por la Escuela Ana María Ares de Alsina en el segundo puesto y la Escuela Industrial en el tercero. Los jardines y escuelas primarias también recibieron subsidios, reconociendo un trabajo que muchas veces empieza meses antes y que involucra a docentes, familias y estudiantes por igual.


    Pero más allá de los resultados —importantes, sí, pero nunca lo único—, hubo algo que quedó grabado: esa noche, todos ganaron.


    Ganar no es solo obtener un primer puesto. Ganar es animarse. Es subir al escenario después de semanas de ensayo. Es equivocarse en un paso y volver a levantarse. Es sentir que tus compañeros te abrazan al bajar. Es ver a tus padres emocionados. Es percibir en la grada la aprobación de una ciudad que acompaña. Ganar es saber que, aunque la vida siga, ese recuerdo te acompañará siempre.


    Ganar fue también ver a quienes recién arrancan el camino: los pequeños de los jardines vestidos de capybara, los de la primaria dando sus primeros pasos hacia la adolescencia, y los de 5º año que se pararon frente al público como quienes están a punto de abrir una puerta hacia otra etapa. En cada presentación se percibía una posibilidad: aquello que cada niño y cada niña pudo por un momento imaginar como su futuro.


    Cuando el escenario quedó en silencio y las luces comenzaron a apagarse, me quedé unos segundos inmóvil. Miré hacia el Cóndor, ese testigo inmóvil que ve pasar las generaciones, y respiré hondo. Pensé en lo que esta fiesta significa: un lugar donde la ciudad se reconoce, donde se comparte, donde se contienen los nervios y se celebran los logros. Donde, por unas horas, todos volvemos a sentirnos parte de algo mayor.


    Como escribió Mario Benedetti: “De vez en cuando hay que hacer una pausa para contemplarnos a nosotros mismos: para ver si somos de verdad, los que creemos ser.”


    Esa pausa ocurrió esa noche. Entre luces, colores y risas, entre pasos torpes y grandes aciertos, Baradero se permitió mirarse. Y al ver a sus jóvenes brillar, confirmó que sigue siendo una ciudad que cree en sus hijos y en su futuro.


    Somos eso que soñamos. Somos eso que acompañamos. Somos eso que, cada primavera, vuelve a florecer.


    Crónica por Jazmín Abdala — LS2 Baradero

  • El Gobierno impulsa una Ley de “Libertad Educativa” para reemplazar la Ley de Educación Nacional

    El Gobierno impulsa una Ley de “Libertad Educativa” para reemplazar la Ley de Educación Nacional

    El Gobierno presentó en el Consejo de Mayo el borrador de un proyecto de Ley de Libertad Educativa que propone derogar la Ley de Educación Nacional vigente desde 2006 y reformular por completo el sistema educativo básico (inicial, primario y secundario). La Ley de Educación Superior no sería modificada.

    La iniciativa, elaborada por la Secretaría de Educación que conduce Carlos Torrendell junto al Ministerio de Desregulación, prioriza la libertad educativa y el rol central de las familias, mientras que asigna al Estado un papel subsidiario.

    Puntos principales del proyecto

    • Home schooling habilitado: Se reconoce la educación en el hogar y modalidades alternativas como educación híbrida y a distancia, sin edad mínima. Los aprendizajes se acreditarán con exámenes periódicos.

    • Autonomía escolar ampliada: Cada escuela podrá diseñar un plan de estudios propio acorde a su ideario, manteniendo contenidos mínimos comunes nacionales.

    • Religión en la escuela pública: Las provincias podrán ofrecer enseñanza religiosa confesional optativa, fuera del horario escolar.

    • Esencialidad educativa: La educación básica será un servicio esencial, garantizando una “continuidad mínima” incluso ante medidas de fuerza.

    • Calendario por horas: Se fijan mínimos de 540 horas anuales en inicial y 720 horas en primaria y secundaria, inferiores a los acordados por el Consejo Federal en 2024.

    • Evaluaciones anuales y censales: Se mantienen y se intensifican las pruebas nacionales (Aprender), que serán anuales en último año de primaria y secundaria. Se permitirá publicar resultados por escuela sin identificar estudiantes o docentes.

    • Financiamiento y subsidios: Se elimina la meta del 6% del PBI y se reconoce igualdad entre escuelas públicas y privadas en el acceso a fondos. Se habilitan becas, vales educativos y otros instrumentos para familias y estudiantes.

    • Gobierno escolar: Se crea el consejo escolar de padres y se otorgan mayores atribuciones a los directivos, incluyendo propuestas de contratación y separación de personal.

    • Carrera docente: Se crea el Instituto Nacional de Formación y Carrera Docente, se mantiene la formación inicial de cuatro años y se incorpora una evaluación periódica obligatoria de desempeño docente.

    Alcance general

    El proyecto, de 136 artículos, redefine el sistema educativo como un conjunto de iniciativas impulsadas “por la sociedad y el Estado”, enfatiza la libertad de enseñanza, la autonomía institucional y el rol preferente de la familia, y mantiene la gratuidad de la educación obligatoriaLa Secretaría de Educación, dirigida por Carlos Torrendell, impulsa un proyecto de Ley de Libertad Educativa cuyo borrador ya se debate en el Consejo de Mayo.

    La Secretaría de Educación, dirigida por Carlos Torrendell, impulsa un proyecto de Ley de Libertad Educativa cuyo borrador ya se debate en el Consejo de Mayo.
  • “La memoria no se borra a tiros” – La historia que me hizo preguntarme cómo se carga con tanta injusticia por delante

    “La memoria no se borra a tiros” – La historia que me hizo preguntarme cómo se carga con tanta injusticia por delante

    Por Jazmín Abdala | LS2 Baradero | 27 de octubre de 2025


    Si tenés solo un minuto, leé esto:
    La historia de Luciano Isaía Rojas no es solo un relato familiar. Es la realidad cruda de una dictadura que fusiló a quien se animó a plantarles cara. Su nieta, a quien conocí en una marcha feminista con su hija en brazos, me hizo una pregunta que todavía resuena: ¿cómo se sobrevive al peso de una injusticia heredada?

    La historia de Luciano Isaía Rojas no es solo un relato familiar. Es la realidad cruda de una dictadura que fusiló a quien se animó a plantarles cara. Lo que me contó su nieta, a quien conocí en una marcha feminista con su hija en brazos, me dejó pensando: ¿cómo se lleva esa carga de justicia que nunca llega? ¿Cómo se aguanta el dolor y la rabia sin rendirse?

    Luciano era un suboficial y músico que, en medio de la “Revolución Libertadora”, decidió entregarse para no dejar a sus compañeros solos. Lo fusilaron sin juicio justo, en un claro mensaje de terror político para todos los que se animaban a luchar por justicia social.

    Esta crónica es para que esa historia no quede enterrada, para que la memoria se mantenga viva y para que entendamos que las heridas que abrió esa violencia política siguen abiertas. Y que esa lucha, esa dignidad, se transmite de generación en generación.


    La radio sonaba bajito. De fondo, se mezclaba la voz de María Elena Walsh interpretando “Como la cigarra”, con el ruido de la pava que bullía. Mariel abrió la puerta de su casa con su nena de la mano y por un instante recordé que de esa misma forma las había conocido a las dos. En la mesa, había papeles, un cuaderno gastado y una foto en blanco y negro.

    —Este era mi abuelo —me comentó al pasar el primer mate.

    La foto se veía desgastada por los años. Estaba uniformado, con el clarinete cruzado sobre el pecho y mirada firme. Luciano Isaía Rojas nació en 1923 en Gualeguaychú, entre casas bajas y calles de tierra. La muerte de su madre lo dejó chico y solo. El hambre y la necesidad lo empujaron a los 17 años a entrar al Ejército. Fue allí donde se convirtió en un músico militar.

    “Bastón mayor del Regimiento 2 de Palermo; fue su manejo con el bastón mayor lo que hizo que Perón lo tenga en cuenta, fue a pedido del mismísimo general” —pronunció Mariel con orgullo mientras acariciaba otra de las fotos que había enmarcado.

    “Tocaba el clarinete” —agregó. El sonido del agua bajando en el mate pareció poner un paréntesis en la historia.

    En junio del 56, cuando la Argentina se dividía en dos por la represión de la llamada “Revolución Libertadora”, Luciano se encontraba en su casa de Florida, con su esposa e hijos. Estaba de franco.

    —Podría haberse quedado en silencio, pero no. —enfatiza Mariel mientras le doy un sorbo al mate.

    Sus compañeros iban a ser fusilados y él no iba a permitir que pensaran que los había delatado.

    —Antes de que crean que los delaté, prefiero que me maten a mí también —recordaba Mariel, con los ojos llorosos, sobre la cita que solía repetir su padre cuando hablaba de su abuelo.

    Se presentó voluntariamente. Fue interrogado, golpeado y empujado hacia un final que ya estaba escrito. En aquella época, no había defensa alguna. Solo un paredón y una decisión tomada.

    Esa misma noche, varios soldados de la escuadra bajaron la mirada. Algunos sollozaron. Pero él, no. Se acomodó el pecho frente a los rifles y les ahorró el miedo.

    —“No tenga miedo, apunte acá” —dijo Luciano, señalando su corazón.

    Y gritó, por última vez: “¡Viva la Patria! ¡Viva Perón! ¡Viva el Regimiento Dos!”

    Y entonces, todo a mi alrededor en aquella casa vibró. Ambas escuchamos el estruendo. Y el silencio se apoderó del comedor.


    La afonía duró unos segundos. Mariel bajó la mirada. Su pequeña hija, un poco inquieta en su falda, jugaba con una lapicera que había sobre la mesa, con la ingenuidad que reina en su cabeza.

    —No me gusta romantizarlo —dijo ella, quebrando la mudez—. Pero pienso que fue un héroe. Un héroe con nombre, con historia, con ideales. Un tipo que no traicionó.

    Mientras las palabras llenaban la habitación, en la radio se asomaba un viejo tango. Me contó que supo de la historia por su padre, un peronista de esos que no se sensibilizan por nada, salvo cuando se mencionan los fusilamientos.

    “En su momento, la curiosidad se apoderó de mí… Quería saber por qué mi papá cargaba con tanta tristeza”.

    El apellido Rojas también era sinónimo de mala palabra, pero para la familia de Mariel, es orgullo. Su abuelo fue leal hasta el final. “Yo haría lo mismo sin titubear”, finalizó.

    Volví a verla como la vi la primera vez mientras cubría una marcha feminista, con su nena en brazos y esa mirada encendida que la caracteriza. Entendí que no carga con el dolor: lo transforma.

    Mariel le cuenta la historia a su hija como un cuento. Un cuento de héroes reales y finales injustos. “Le digo que fue como un superhéroe —me confiesa entre risas dolorosas—, uno que quizás no volaba y no tenía capa, pero que eligió no traicionar a los suyos, aunque eso le costara su vida”.

    El mate ya está lavado. La radio se apagó. Y en ese silencio, donde el dolor se queda quieto pero no se traslada, entiendo algo:

    La historia no se vive únicamente en los libros.
    Se vive en los que eligen construirla día a día.
    En las marchas, en los nombres que se gritan con dolor.
    En los ojos que se llenan de lágrimas.
    En las fotos viejas.
    En el pecho que duele, pero aún así no tiembla.

    Hay balas que atraviesan cuerpos, y hay otras que traspasan el tiempo.
    Pero la memoria no sangra: se incendia.
    En aquella voz que sembraron algún día los abuelos y que se multiplica.
    En las hijas.
    En las nietas.
    Y en la historia que —por más que pretendan— no se borra a tiros.


    Gracias a Mariel por abrir su casa, su historia y su memoria.

    “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
    Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.”

    — Eduardo Galeano

  • LLEGA “SABORES DEL MUNDO” A BARADERO: TRES DÍAS PARA DISFRUTAR DE LA GASTRONOMÍA, LA CULTURA Y LOS EMPRENDEDORES LOCALES.

    LLEGA “SABORES DEL MUNDO” A BARADERO: TRES DÍAS PARA DISFRUTAR DE LA GASTRONOMÍA, LA CULTURA Y LOS EMPRENDEDORES LOCALES.

    Del 7 al 9 de noviembre, Plaza Mitre será escenario de Sabores del Mundo, una experiencia gastronómica y cultural organizada por Emprendedores Baradero. El evento reunirá comidas típicas de distintos países, artesanos, juegos, shows en vivo y artistas locales, invitando a vecinos y visitantes a disfrutar de una propuesta familiar que celebra la diversidad y el trabajo emprendedor.

  • PORTELA: 5TA PEÑA FOLCLORICA Y MÚSICA POPULAR

    PORTELA: 5TA PEÑA FOLCLORICA Y MÚSICA POPULAR

    El 13 de abril se realizará en el predio de la estación de la localidad de Irineo Portela.

    La peña está organizada por la comunidad educativa del CEPT 17 y tiene como fin recaudar fondo para el funcionamiento de dicho centro educativo, institución de  gran relevancia en la zona de Baradero.

     

    Para adquirir las entradas se pueden comunicar con;

    María Luisa: (3329) 608830 ó Sandra al (3329) 614975.

    El valor de las entradas anticipadas es de $  2000, el día del evento $ 4000

     

    El aporte que se puede hacer desde la comunidad es fundamental para el desarrollo educativo de la institución.

     

  • Club Deportivo Alsina Anuncio los ganadores de la rifa realizada.

    Club Deportivo Alsina Anuncio los ganadores de la rifa realizada.
    Se realizaron los sorteos  por Lotería Nacional nocturna-
    Cuyo premio mayor, la moto Honda XR 0km, fue para Darío Muzzi con el número 261.
    Yésica Estefanía Barceló, la ganadora del 2do. Premio de los $ 750.000 con el número 934.
    La representante de la ganadora que aún se encuentra en la panza, es la que sacó el 3er.
    Premio Magnolia Franzanti con el número 966.

    La ganadora del  premio  especial de $ 200.000 es Rocío Giménez con el número: 632
    El ganador del 5to. Premio de $200.000 es César Vera con el número: 921
      
  • BOMBEROS- Alerta por incendios reiterados. Se ruega no realizar quemas de basura.

    REPORTE DE BOMBEROS  SABADO -11 /01 /2025
    Se desplazó móvil 38/45 por incendio de campo en km 316 de Ruta 41
    Se desplaza móvil 36/45 por incendio de cañaveral en Mitre y Jujuy
    La provincia está en alerta por las altas temperaturas y la falta de agua en el suelo, lo que genera una situación peor.
    Se emitió un alerta porque hay un riesgo muy alto de incendios para estos días.
    IMAGEN ILUSTRATIVA
  • Con récord de inscripción comenzó la Colonia de Vacaciones para Adultos Mayores

    El Municipio de Baradero a través de la dirección de Deportes perteneciente a la secretaría de Cultura, Educación, Comunicación y Deportes, informa que comenzó la Colonia de Vacaciones para Adultos mayores en el Tiro Federal Baradero.

     

    Con 70 personas inscriptas inició la colonia que ya es un clásico del verano para adultos mayores. En la apertura estuvo presente el intendente municipal Esteban Sanzio quien habló con los allí presentes que ya disfrutaban de su primera clase de natación y ritmos y movimientos.

     

    La colonia se desarrolla durante enero los lunes, miércoles y viernes de 9 a 11 horas en el Tiro Federal y contempla diversas actividades recreativas y deportes como la clase de ritmos y movimientos, natación, Aqua Gym, folclore, caminatas entre otras.