Categoría: Sociales

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Al7er.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Al7er.


    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay lugares que tienen un magnetismo invisible, espacios donde el aire parece vibrar en una frecuencia distinta, cargado de una electricidad que no se ve pero se siente en la nuca. En Baradero, ese lugar tiene nombre de río y de música: Delta Music Group. No es solo un estudio de grabación; es un laboratorio de transmutaciones. Imaginen la escena: finales de 2019, el olor a madera nueva de los paneles acústicos, el brillo metálico de los micrófonos esperando ser encendidos y, en medio de ese silencio expectante, cuatro personas que están a punto de cambiar su historia personal para siempre. Allí, entre cables y consolas, el plomo de las experiencias pasadas empezó a cocinarse a fuego lento para transformarse en algo nuevo, algo que no aceptaba etiquetas fáciles ni fórmulas repetidas. Ese algo se escribe con mayúsculas y lleva un número que rompe la simetría: AL7ER. No es solo una banda; es el resultado de una alquimia emocional que entiende que el rock no es un género que se elige, sino un lenguaje que se hereda, se pule y, finalmente, se grita.

    La historia de AL7ER no comienza con un aviso clasificado buscando músicos, sino en la sangre. Leonardo “Leo” Sassone y Luciano “Luchi” Acuña son primos, pero en el mundo de la música, esa palabra se queda corta. Son socios de silencio y de ruido casi desde que tienen memoria. Han compartido proyectos, fracasos y pequeños triunfos desde que las guitarras les quedaban grandes. A esa célula inicial se sumó Mauro Bahuón en 2009, aportando la tercera arista a un triángulo que ya sabía lo que era resistir el paso del tiempo. Sin embargo, en 2017, tras el cierre de una etapa anterior, sintieron que el aire se estaba estancando. Necesitaban una “nueva cara”, una identidad que no solo sonara diferente, sino que fuera la opción alternativa a todo lo que ya habían hecho. Pero a toda reacción química le falta un componente para volverse explosiva.

    El destino, que suele ser el mejor guionista del rock, los cruzó con Aldo Parellón en un festival. Aldo, un baterista y productor llegado desde Tucumán con el ritmo en las manos y la visión de quien sabe construir mundos desde el sonido, fue el catalizador. Leo, Luchi y Mauro no anduvieron con vueltas: lo abordaron con la urgencia de quienes han encontrado la pieza que faltaba en el rompecabezas. “Tenemos estas canciones, tenemos este proyecto y queremos que vos seas el motor”. Aldo, que en principio iba a ser un sesionista, un colaborador externo, terminó siendo absorbido por la mística del grupo. Así, apenas unas semanas antes de que el estudio Delta inaugurara oficialmente, los AL7ER ya estaban ocupando las salas, marcando el territorio con “Paranoico”, su primer rugido grabado. Aquel fue el punto de quiebre: el momento en que dejaron de ser un proyecto para convertirse en una identidad estilizada, donde la “T” se transformó en un “7”, simbolizando una unión que iba más allá de lo musical.

    —El nombre viene de lo “alternativo”, pero en su significado más puro —me explican mientras nos sumergimos en la filosofía de la banda—. No hablamos de un estante en una disquería, sino de ser algo diferente a la norma, algo que se sale de lo establecido. AL7ER es una receta que solo funciona con estos cuatro ingredientes. Es una alquimia que no respeta fórmulas externas, solo la nuestra.

    Escuchar a AL7ER es asistir a un proceso de construcción y deconstrucción constante. Leo es el encargado de traer la semilla: una letra escrita en una noche de insomnio, una melodía que le silba el viento de Baradero, una idea que pide ser canción. Pero cuando esa semilla cae en la sala de ensayo, la metamorfosis es total. Lo que entra como una balada acústica y vulnerable puede salir convertido en un Hard Rock pesado, filoso y vibrante. Es un juego de “vestir” la canción, de probarle ropajes de diferentes sonoridades hasta que, de repente, sucede lo inexplicable: suena a AL7ER.

    —Ni nosotros mismos lo entendemos del todo —confiesa Leo con una sonrisa que mezcla el asombro y la complicidad—. Pero disfrutamos ese proceso como si fuéramos chicos. Esa actitud de aprender y jugar es lo que nos mantiene vivos. Si dejás de jugar, la música se vuelve un trámite, y nosotros no estamos acá para hacer trámites.

    Esa honestidad brutal es la que buscan transmitir en sus letras. No hay en AL7ER una épica falsa de estadios y luces led; hay una catarsis que nace de la herida. Sus canciones hablan de estar roto, del desamor, de la lucha diaria por superarse a uno mismo. Es un rock que no te miente: te dice que la vida duele, pero que poner el cuerpo sobre el escenario es la mejor forma de que ese dolor se convierta en algo hermoso. Es una descarga colectiva donde el público no es un espectador pasivo, sino un cómplice que también necesita gritar sus propias verdades. Se inspiran en la prolijidad técnica de Toto, en la grandilocuencia emocional de Muse o Coldplay, y en la energía cruda de Foo Fighters, pero todo eso se tamiza por el filtro de la vivencia local. Baradero, con sus paisajes de río y su ritmo de ciudad de provincia, le da un color especial a su sonido: un tono honesto, real y, sobre todo, soberano.

    Pero AL7ER no es solo sentimiento; es una maquinaria de trabajo que hoy, en pleno amanecer del 2026, está operando a máxima potencia. Tienen objetivos que para muchos sonarían ambiciosos, pero para ellos son simplemente el siguiente paso lógico. Se han propuesto lanzar una canción por mes, cubriendo digitalmente cada rincón de la red. Tienen la mirada puesta en el pasillo de la Ruta 9, uniendo Rosario con Capital Federal, llevando su sonido a templos del rock como Carnal en Palermo y cerrando jornadas en los estudios de televisión nacionales. El 31 de enero de 2026 ya está marcado en rojo en su calendario: ese día, entrarán al legendario estudio Romaphonic para una Live Session que promete capturar la esencia de la banda en su estado más puro. Y si el horizonte se ve despejado, planean cerrar el año con una gira por países limítrofes. Es la mentalidad de quien sabe que la autogestión no es solo peguntar carteles, sino profesionalizar cada detalle de la pasión.

    —El rock en Argentina es pasional, tenemos el mejor pogo del mundo, eso no se discute —reflexionan—. El desafío es lo económico, el valor que se le da al artista independiente. Por eso hay que ser autosustentables, saber qué conocimientos incorporar y cuándo buscar ayuda externa.

    Al final de la charla, les pido un consejo para los que están del otro lado, para esos pibes que hoy están en su habitación sacando sus primeros acordes y sintiendo que el mundo de la música es una montaña inalcanzable. La respuesta de AL7ER es un golpe de realidad y de aliento al mismo tiempo.

    —Estudien horas y horas. Anímense a sacar su música, pero tengan claro por qué y para qué lo hacen. La frustración va a estar ahí, es parte del juego, pero con o sin ganas, hay que hacer igual. Nunca te vas a arrepentir de haber estudiado o de haber compuesto, pero sí te vas a recriminar el tiempo perdido mirando una pantalla sin sentido. La música es acción constante.

    Me retiro de Delta Music Group con el sonido de “Paranoico” vibrando en mis oídos y la sensación de haber hablado con gente que entiende el tiempo de una manera diferente. AL7ER no espera el futuro: lo construye nota a nota, ensayo tras ensayo. En una ciudad que a veces parece dormir la siesta, ellos son el despertador de distorsión y verdad. Son la prueba de que, incluso cuando estamos rotos, podemos ser la alternativa a nuestro propio destino.

    Subí el volumen y dejate llevar por la alquimia de estos cuatro obreros de la melodía. La República del Rock hoy tiene un nuevo estándar de honestidad, y se escribe con un 7 en el medio del corazón.


    AL7ER: Radiografía de la Banda:

    • Alineación: Leonardo “Leo” Sassone: Voz y Guitarra.  Luciano “Luchi” Acuña: Bajo. Mauro Bahuón: Guitarra. Aldo Parellón: Batería.
    • Fecha de nacimiento: 2017 (Gestación) / 2019 (Consolidación final).

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Varial.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Varial.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay un sonido que solo conocen los que alguna vez se animaron a poner un pie sobre una tabla de madera y cuatro ruedas de uretano: el “pop”. Es ese golpe seco de la cola del skate contra el cemento, el instante exacto en el que la física se rinde ante la voluntad y el cuerpo se eleva. En ese segundo de suspensión, el mundo se detiene. No hay deudas, no hay problemas, no hay pasado; solo está el aire y la rotación. En el lenguaje de las calles, un Varial es precisamente eso: una maniobra técnica donde la tabla gira 180 grados mientras el skater permanece en el aire, una coreografía de precisión y potencia que, si sale mal, te deja el cuerpo marcado contra el suelo, pero si sale bien, te hace sentir invencible. Esa misma dinámica de vuelo y riesgo es la que define el ADN de la banda que hoy ocupa nuestro radar. En Baradero, esa “República del Rock” que sabe de herrumbre y de río, VARIAL no es solo un nombre en un flyer; es una declaración de principios. Son cuatro amigos que decidieron que sus canciones debían sonar como un truco perfecto: veloces, densas y, sobre todo, imposibles de ignorar.

    Me encuentro con Franco Tognocchi, la voz y el pulso rítmico de este motor de cuatro cilindros, en una tarde donde el sol de Baradero parece derretirse sobre el pavimento. Junto a él, el aire se carga con la presencia de Franco Figueroa, Ayrton Grieco y Lucas Orduña. No estamos frente a principiantes que recién descubren cómo enchufar un cable. Aquí hay kilometraje. Hay olor a funda de guitarra gastada y a baquetas astilladas en mil batallas. Tognocchi y Orduña vienen de quemar escenarios en bandas legendarias de la zona como Buffer e Inyección. Son obreros de la distorsión que ya saben lo que es grabar discos, girar por pueblos olvidados y sentir el sudor del público en la cara. Sin embargo, cuando VARIAL se formó a mediados de 2024, algo nuevo —una chispa distinta— se encendió entre ellos.

    —Fue una conexión muy rápida —me cuenta Franco mientras se acomoda la gorra, con esa calma de quien ya bajó muchas rampas—. Con Lucas ya veníamos de compartir otras bandas, y al sumarse Ayrton y Franco, todo fluyó. Somos amigos fuera del grupo, compartimos la vida, y eso en el escenario es un plus que no se compra en ninguna casa de música.

    Le pregunto por el nombre, aunque la respuesta parece flotar en la estética del grupo. VARIAL es una palabra que encierra una dualidad: es “variable” en nuestro idioma, reflejando la mutación constante de cuatro músicos que vienen de palos tan distintos como el thrash, el hardcore, el doom y el heavy metal. Pero también es ese truco de skate, el Varial Flip 360, que requiere una coordinación milimétrica.

    —Apuntamos a un estilo pesado pero con ese toque skater que nos caracteriza —dice Franco, y uno casi puede oler la mezcla de resina y grasa de rulemanes en su descripción—. El sonido de VARIAL es denso, filoso y potente. Logramos encontrar esa afinación particular que buscábamos, ese toque de densidad que te pega en el pecho. Somos un poco obsesivos con la perfección del audio, siempre experimentando para que el golpe sea el correcto.

    La forma en que VARIAL construye sus himnos es una lección de arquitectura moderna aplicada al ruido. Franco Figueroa, el guitarrista principal, es quien pone los cimientos, diseñando bases y maquetas con baterías digitales. Luego, Tognocchi se “interna” —esa es la palabra que usa, como quien se encierra en un laboratorio— para buscar la melodía vocal que encaje en el rompecabezas.

    —Me paso horas buscando el tono justo, decidiendo si la voz tiene que ir rasgada o natural —explica Franco—. Una vez que la letra y la melodía están cocinadas, se las paso al grupo para el “aproveishon”. Si el pulgar está arriba, nos vamos al ensayo y ahí terminamos de acoplar los instrumentos. Es un proceso natural, muy cómodo, como si las canciones ya estuvieran ahí esperando que las termináramos de armar.

    Pero VARIAL no es solo una pared de sonido. Detrás de la distorsión hay una vulnerabilidad que desarma. Tognocchi escribe desde las tripas, usando metáforas para hablar de situaciones personales vividas acá, en nuestro querido Baradero. Sus letras son crónicas de amor y desamor, de amistad incondicional y, sobre todo, de la resiliencia de no aflojar nunca, ni siquiera cuando la tabla se parte al medio.

    —Buscamos generar emociones encontradas —confiesa con una seriedad que contrasta con la energía de sus temas—. Me ha pasado de ver amigos o personas desconocidas llorando con temas como “Insomnio” o “Me tengo que ir”. Que una canción nuestra llegue hasta los huesos de esa manera es impagable. Quiere decir que la emoción se transmitió correctamente, que logramos conectar con el que está del otro lado.

    Hablamos de la autogestión, ese “camino lleno de piedras” que es ser una banda independiente en el interior. Moverse, grabar, gestionar el merch, intentar llegar a un público masivo sin la estructura de una productora… Es una subida empinada, pero ellos la encaran con la misma filosofía con la que se encara una baranda de diez escalones: con decisión. Para ellos, el ritual previo a un show no tiene que ver con cábalas místicas, sino con lo humano.

    —Nuestro punto clave es compartir la cena juntos, tomar algo, reírnos un rato —dice Franco—. Ese es el motor de VARIAL. Si estamos bien nosotros, la música sale sola.

    Para estos cuatro jinetes del asfalto, el rock no es un género que se elige, es una forma de vida que se hereda y se mantiene encendida. Franco siente que el panorama en Baradero está resurgiendo, que la escena local tiene una calidad que no envidia nada a las grandes capitales. Siente que la mirada del público está cambiando, que después de tanto tiempo de consumir lo volátil y lo efímero de las modas, la gente está volviendo a valorar la cuerda que vibra, el parche que explota y la letra que tiene algo que decir.

    Antes de despedirnos, le pido un consejo para los pibes que recién están comprando su primera guitarra o sus primeras baquetas. Su respuesta es un manifiesto de perseverancia que me queda resonando mientras el sol termina de caer tras los galpones de la ciudad.

    —Luchen por sus sueños. No bajen los brazos, hay luz al final del túnel. Una banda es como una pareja: va a haber altibajos, desacuerdos y frustraciones, pero si siguen ese impulso, van a encontrar el equilibrio. La música es un camino lleno de piedras —hace una pausa y me mira fijo—, y piedra es rock Aplástalas y acelerá a fondo. El éxito llega solo para los que perseveran.

    Me voy del encuentro con la sensación de que VARIAL ha logrado el truco más difícil de todos: el de la permanencia. En una realidad que nos empuja a ser iguales, ellos eligen ser la variable. Son el sonido del Baradero que no se rinde, el de los que saben que caerse es solo parte del proceso para volver a volar.

    Si alguna vez caminás por las calles de la ciudad y escuchás una distorsión que te sacude el suelo y una voz que te cuenta tu propia historia, no lo dudes: son ellos. Son los que aplastan las piedras para convertirlas en música. Son VARIAL, acelerando a fondo hacia el sol, sin frenos y con el alma puesta en cada rotación. Subí el volumen, sentí el impacto en los huesos y acordate: para los que perseveran, el sol siempre vuelve a salir.


    Varial: Radiografía de la Banda

    • Alineación:Franco Tognocchi (guitarra y voz), Franco Figueroa(guitarra y coro)Ayrton grieco (bajo) y Lucas Orduña (batería).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Menos Mas.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Menos Mas.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Existe una vieja máxima en la arquitectura y el diseño, acuñada por Mies van der Rohe, que dice que “menos es más”. Pero en el rock, esa frase no es una cuestión de estética de catálogo, es una declaración de guerra contra lo innecesario. Históricamente, el rock se infló hasta el hartazgo: estadios monumentales, sintetizadores infinitos, solos de veinte minutos y paredes de amplificadores que servían más para la foto que para el sonido. Sin embargo, cada tanto, el género necesita volver a la cueva, a la base, al hueso. Sucedió cuando los White Stripes demostraron que con una guitarra roja y una batería básica se podía sacudir el mundo, o cuando los Black Keys rescataron el blues del fango para meterle electricidad. Ese minimalismo no es falta de recursos; es un exceso de honestidad. Es entender que si la canción no funciona con dos personas mirándose a los ojos, no va a funcionar con una orquesta detrás. En Baradero, esa “República” que sabe de lujos pero también de crisis, hay un dúo que lleva esa filosofía grabada en el nombre y en la punta de los dedos. Se llaman Menos Más, y vienen a demostrar que el ruido más potente es el que nace de la economía absoluta.

    Me encuentro con Fabricio Firpo y Francisco Loriente en un rincón de la ciudad donde el aire todavía conserva algo de esa humedad característica de las orillas. No son recién llegados. Estos “obreros del rock” vienen curtiendo escenarios locales desde los años 2000, cuando el mundo era otro pero las ganas de armar una banda eran las mismas. Se conocen desde los quince años, esa edad en la que uno elige a sus amigos por la música que llevan en los auriculares. Menos Más, sin embargo, es un hijo directo de la pandemia. En 2021, cuando el mundo se detuvo y las bandas multitudinarias se volvieron imposibles de sostener, ellos hicieron lo que mejor saben hacer: reducir.

    —El nombre surge de cómo se pensó la banda —me dice Francisco mientras acomoda su guitarra—. Buscamos reducir lo máximo posible, teniendo un enfoque minimalista.

    Lo miro y entiendo que ese minimalismo es su mayor fuerza. Fabricio, en la batería y coros, y Francisco, en la voz y guitarra, no necesitan a nadie más. La dinámica entre ellos es casi telepática, un diálogo constante que se pule en el ensayo, pero que termina de explotar en la zapada. Me cuentan que antes ensayaban cerca del río, y es imposible no imaginar cómo ese paisaje del Delta, con su calma aparente y su corriente imparable, se filtró en sus composiciones.

    —La inspiración suele surgir de la improvisación —cuenta Francisco—. Surgen de zapadas en los ensayos. Eso hace que en vivo las canciones cambien; depende del día, pueden durar más o menos, o las tocamos más rápido o más lento. Inconscientemente, el paisaje del río se colaba en las letras.

    Esa fluidez es lo que los mantiene vivos. Su sonido, que hoy definen como una mezcla de Hill Country blues y garage punk rock, es una materia viva que muta. No hay una lista de temas rígida cuando suben al escenario. El ritual previo es una charla técnica rápida: “acordate de tal corte”, “miremosnos”, “¿hacemos este tema?”. Esa libertad es el lujo que solo se pueden dar los que confían ciegamente en el otro.

    —¿Qué buscan transmitir cuando le dan volumen a esa mezcla de blues y punk? —les pregunto, tratando de captar la esencia de esa energía. —Solemos decir que si vemos que alguien está moviendo la cabeza o el pie al ritmo de la música, nuestro trabajo está hecho —responde Francisco con una sencillez que desarma—. Nos interesa que el mensaje no sea explícito, que cada uno pueda sentir lo que quiera.

    Sus referentes son un mapa de la honestidad musical. Desde el Flaco Spinetta, Massacre y Pez, hasta la crudeza internacional de The Hives, Nirvana o Seasick Steve. Pero hay un nombre que resuena con especial fuerza en la charla: Josh Homme, de Queens of the Stone Age. Francisco me cita una entrevista de Homme que le quedó grabada como un mantra: crear la música que a uno le gustaría que existiera, ser el fan número uno de tu propia obra.

    —Parece obvio, pero es el mejor consejo —reflexiona Francisco—. Si a vos te gusta lo que hacés, la pasión se nota.

    Hablamos de los desafíos de ser independientes en este Baradero del 2025. Los problemas son los de siempre, pero agudizados por la época: conseguir fechas, que la gente se acerque a ver bandas nuevas, el costo de grabar. Sin embargo, ellos ven el lado luminoso. Hay una red de bandas locales que se apoyan, una fraternidad que mantiene la llama encendida a pesar de todo. Menos Más no está esperando que alguien los descubra; ellos ya se descubrieron a sí mismos en la zapada, en el riff que nace de la nada y en la batería que empuja el pecho.

    Actualmente están componiendo cinco temas nuevos, con la mira puesta en grabar un disco que capture ese presente que hoy los encuentra más cerca de “Sonríe” que de “Desértico”, su hit anterior. Buscan la madurez en la simplificación, la potencia en el vacío.

    Antes de irme, les pido un consejo para los que están arrancando, para esos pibes de quince años que, como ellos hace décadas, están pensando en enchufar una guitarra por primera vez. —Que disfruten lo que hagan y que solo piensen en si les gusta a ellos —dice Francisco, cerrando el círculo—. La música tiene que ser para uno primero.

    Me retiro del encuentro con el zumbido del blues de garage todavía en los oídos. Menos Más es el recordatorio de que en Baradero el rock no necesita artificios. No hacen falta diez personas en escena para moverle la estantería a una ciudad; alcanzan dos amigos, una batería, una guitarra y la honestidad suficiente para no tocar ni una nota de más. En la República del Rock, el minimalismo es la forma más alta de la elegancia, y estos dos obreros del ruido lo saben mejor que nadie.

    Subí el volumen, mové el pie y no busques explicaciones. A veces, lo único que necesitás es que la música te pegue en el lugar justo. Y para eso, menos siempre es más.


    Menos Mas: Radiografía de la Banda

    • Alineación:Fabricio Firpo (batería y coros), Francisco Loriente(guitarra y voces).
    • Fecha de nacimiento: 2021.

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay un instante, justo cuando el saxo de Santiago Lacerna corta el aire espeso de un ensayo, en el que Baradero deja de ser una ciudad de asfalto y río para transformarse en un jardín nocturno y eléctrico. Es ese momento donde la música deja de ser una sucesión de notas para volverse un aroma. Spinetta lo sabía. En 1995, encerrado en el búnker de La Diosa Salvaje, Luis Alberto le daba forma a una de sus criaturas más feroces y, a la vez, más delicadas: Oh! Magnolia. No era la balada complaciente de un músico aburguesado; era el grito de un hombre que había vuelto a sus raíces de garage con los Socios del Desierto, buscando en la pureza de un trío la respuesta a un mundo que se volvía frío y artificial. “Oh magnolia, ¿quién te puede mirar entre las hojas como quien ve a un Dios?”, preguntaba el Flaco, elevando a esa flor de pétalos carnosos y blancos al altar de lo sagrado. La magnolia es una sobreviviente. Es una flor prehistórica, una que existió antes que las abejas y que tuvo que aprender a seducir escarabajos para perpetuarse. Es ruda, es antigua, pero su fragancia es de una elegancia que no acepta réplicas. Esa misma paradoja —la de la resistencia que no pierde la belleza— es la que hoy late en el corazón de Magnolia, una banda que nació en Baradero para recordarnos que el rock, si no tiene alma de improvisación y libertad, es solo ruido vacío.

    Cuando me encuentro con Abril Paoloni, la cantante que le pone el cuerpo y la voz a esta “corola” musical, el ambiente se carga de una mística especial. No estamos en un estudio de grabación aséptico, sino en ese espacio donde el sonido rebota en las paredes y se mezcla con el aire de la calle. Abril, o “Abru”, como la llaman sus socios de ruta, me cuenta que el grupo nació casi como una necesidad biológica en diciembre de 2024. Compartían otros proyectos, otras bandas, pero había algo que pedía pista propia. Magnolia no nació para cumplir un contrato ni para encajar en un género; nació para florecer. Y el nombre, por supuesto, no fue una casualidad. Fue una epifanía spinetteana. Fue la respuesta a esa pregunta que Luis dejó flotando en el aire de los 90: “¿Serás tú mi magnolia para siempre?”. Para estos músicos jóvenes de Baradero, la respuesta es un compromiso con el presente.

    —El grupo surge de conocernos de la música —me dice Abril, y su voz tiene esa cadencia tranquila de quien sabe que no necesita gritar para ser escuchada—. Compartíamos proyectos, pero Magnolia nace del mismo amor por la música. El nombre surge de esa canción que me marcó. Es nuestra forma de decir que buscamos esa fusión, ese sentimiento interno de conectarse con lo que uno hace sin esquemas.

    Observo a Lisandro Choque acomodar los platillos de su batería. Hay algo ritual en el modo en que un baterista se prepara para el jazz y el soul; no es el golpe seco del rock de estadio, es una caricia rítmica, un groove que se mete bajo la piel. Magnolia es una anomalía hermosa en la escena local. Mientras la mayoría de las bandas de la “República del Rock” buscan la seguridad del estribillo coreable o el riff que todos conocen, ellos se tiran al vacío de la improvisación. Se inspiran en la elegancia de Sade, en la maestría de Roy Hargrove y su RH Factor, y en esa nueva ola de músicos nacionales como Vinocio que están refrescando el oído de una generación.

    —Nos manejamos fundamentalmente con la improvisación —me explica Abril, y yo puedo sentir la vibración de la sala, ese calor que emana de los equipos encendidos—. Les gusta improvisar porque sienten que la música no es algo lineal. No hay un esquema a seguir. Es algo que se vive en el momento y se deja fluir. Nuestro sonido es un estilo soulero fusionado con jazz. Es relajar para los que nos escuchan, pero para nosotros es un juego lúdico. Siempre hay espacios para que cada uno se pueda mostrar con lo que siente en ese preciso segundo.

    Es fascinante verlos trabajar. Magnolia es un organismo que respira. Las canciones, muchas de ellas compuestas por su amigo Fran (Geko), funcionan como un mapa, pero ellos son los que deciden qué caminos secundarios tomar en cada show. Por eso, ver a Magnolia en vivo nunca es la misma experiencia dos veces. Es como la flor que les da nombre: puede que los pétalos sean los mismos, pero la forma en que se abren bajo la luz de la noche de Baradero cambia siempre. Esa libertad es lo que Abril define como el corazón del rock moderno. No se trata de repetir una fórmula, sino de mantener una llama que, según ella, corre el riesgo de apagarse ante la marea de modas digitales y sonidos procesados por computadoras.

    —El rock es una vivencia personal que se adapta a un contexto —reflexiona Abril—. Lo que tenemos en común es que nos despierta eso de vivir, de compartir. Nosotros adaptamos sonidos de bandas que marcaron generaciones, como los Redondos, a nuestra propia forma, sin dejar de transmitir la emoción. La llama del rock se mantiene viva en los jóvenes que despiertan la llama en los demás. Se trata de eso, porque el rock se escucha cada vez menos y la moda dio lugar a otros géneros. Ahí es donde surgen los jóvenes que continúan manteniendo esa llama aún más resplandeciente.

    La charla deriva hacia los desafíos de ser independiente en una ciudad que a veces parece tener el oído curtido pero la mirada distraída. Para Magnolia, el mayor reto es la visibilidad. “Hay bandas increíbles que están ocultas”, dicen con una mezcla de bronca y esperanza. Ser independiente es ser un obrero de la cultura, es pulir el repertorio, ampliar horizontes y proyectar el sonido de Baradero hacia Buenos Aires, buscando que ese perfume de jazz y alma de soul llegue a nuevos puertos. Pero antes de cualquier ambición de cartelera, está el ritual. Ese momento previo a subir al escenario donde el mundo exterior desaparece. Un fernet para aflojar los nervios, el aire que se calienta improvisando y esa comunión entre Abril, Lisandro y Santiago que es, en definitiva, lo que sostiene el proyecto.

    Me quedo pensando en la letra que me pasaste de Spinetta: “Y es que temo llegar a la tierra que tendré como fin, ¿serás tú mi magnolia para siempre?”. Hay una melancolía luminosa en esa pregunta. El miedo a la finitud, a que la música se detenga, a que el arte sea devorado por el olvido. Pero cuando escuchás a Magnolia, ese miedo se disipa. Hay algo en la seguridad con la que Abril habla de la práctica constante, del “intentarlo hasta el cansancio”, que te hace sentir que la música está a salvo.

    —Si querés algo y no te sale, intentalo hasta que no puedas más —me dice como un secreto compartido al final de la entrevista—. La práctica es lo que hace al músico. Nadie nace sabiendo. Lo peor que podés hacer es tener miedo a intentar. Así que eso: intentenlo, dejen mutarse como artistas. No se queden quietos.

    Me retiro del ensayo mientras el saxo de Santiago vuelve a arrancar una melodía que parece flotar entre las hojas. Magnolia no es solo una banda; es la confirmación de que en Baradero todavía hay espacio para lo sutil, para lo que no es evidente, para lo que necesita ser escuchado con el corazón abierto. Son jóvenes, son talentosos y, sobre todo, son libres. Han decidido que su música sea ese “rocío que penetra en la piel”, una caricia funk que nos saca de la rutina y nos devuelve la capacidad de asombro.

    Cierro la libreta y me guardo esa imagen: la de una flor blanca y potente resistiendo en medio de la ciudad de la distorsión. El rock de Baradero suena a muchas cosas, pero hoy, gracias a ellos, suena a libertad. No los ignoren. No permitan que estas magnolias se queden solas. Vayan a buscarlos, cierren los ojos y dejen que la improvisación los lleve a ese lugar donde el tiempo no existe y solo importa el siguiente acorde. La República del Rock hoy tiene un aroma inolvidable, y es el aroma de los que se animan a florecer contra toda corriente.


    Magnolia: Radiografía de la banda

    • Alineación: Abril Paoloni (voz), Lisandro Choque (batería), Santiago Lacerna (saxo y piano).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

     

  • 21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.

    21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.


    Por Jazmín Abdala. Un viaje desde los inicios del rock barrial hasta la tragedia de Cromañón, recorriendo clubes precarios, bandas que hablaban de nuestras vidas y una negligencia que convirtió la música en espejo de nuestras propias fallas. Una crónica que escucha, siente y no olvida.


    Un pibe sale de su casa un viernes a la noche con la remera de su banda favorita. No es una remera nueva: tiene el cuello vencido, olor a jabón barato y una mancha vieja de birra que no sale más. En el bolsillo lleva lo justo para la entrada y una cerveza. La madre le grita desde la cocina que no vuelva tarde, que tenga cuidado, que se abrigue. Él ya está bajando la escalera del monoblock cuando escucha el último “portate bien” como si fuera un eco. Camina rápido por calles que huelen a asfalto caliente, a choripán de esquina y a gasoil de colectivo. No va a un recital: va a verse con los suyos. El rock barrial todavía no tiene nombre, pero ya tiene cuerpo.

    Es 1996. O 1998. O 2001. Da igual. En los noventa, en un país que aprendió a convivir con la desocupación, los despidos y la intemperie, el rock barrial se volvió idioma. No era una estética: era una forma de estar juntos. Sonaban Los Piojos, Viejas Locas, Intoxicados, La Renga, Jóvenes Pordioseros, Guasones, La 25, El Bordo. Canciones que hablaban de laburo que no alcanzaba, de noches largas, de amigos muertos demasiado pronto, de aguantar con lo que hay. Letras que no pedían permiso. La épica era mínima: llegar a fin de mes, sobrevivir a la semana, cantar con los brazos arriba aunque no supieras bien por qué.

    Los clubes chicos, los galpones reacondicionados, los salones de baile que parecían estar siempre a punto de caerse, eran nuestras catedrales. No había VIP, no había sector preferencial. El escenario estaba tan bajo que a veces veías la transpiración caerle al cantante por la cara como una lluvia personal. El pogo no era una coreografía: era una necesidad. Chocar el cuerpo con otros cuerpos para comprobar que todavía estabas ahí.

    Las bengalas no eran un peligro, eran un ritual. Un gesto casi religioso: prender fuego el cielo bajo, llenar de rojo el techo, sentir que la canción se hacía carne. Nadie pensaba en salidas de emergencia. Pensábamos en llegar al estribillo.

    Cemento primero, Cromañón después. Pasar por ahí era un rito de iniciación. “Antes había que pasar por Cemento para ser alguien en el under. Después, si no te hacías fuerte en Cromañón, no existías”, decía Toti, de Jóvenes Pordioseros. Los lugares eran precarios, sí. Pero eran nuestros. Había patovicas que no te cagaban a trompadas, barras armadas por la propia banda, una especie de pacto tácito de cuidado entre iguales. El Estado quedaba lejos. La política quedaba lejos. El refugio era ese escenario torcido y esa letra que te decía lo que no sabías cómo decir.


    Es diciembre de 2025. Abro Spotify en el celular, en el mismo sillón donde me tiro después de laburar todo el día, y dejo que suene Callejeros. El algoritmo no sabe nada, pero el cuerpo sí. Entra Distinto. El redoblante marca el pulso y algo se me traba en el pecho, como si hubiera un músculo que no se recuperó nunca. No es nostalgia: es memoria muscular. El sonido me lleva sin pedir permiso.

    Veo otra vez un techo bajo, una nube espesa flotando sobre las cabezas, el olor agrio de la cerveza derramada mezclado con transpiración y plástico quemado. El calor pegajoso de una noche que prometía ser una más. Me acuerdo de estar apretada contra desconocidos que se volvían amigos en cuestión de minutos. Me acuerdo de cantar con la garganta rota, de perder una zapatilla y no buscarla, de volver a casa con la voz muerta y el alma encendida.

    Hay gente que no puede escuchar más estas canciones. Hay gente que apaga la radio cuando suenan. Hay gente que se ofende si las pasás en una fiesta. Como si la música fuera una traición. Como si en esas guitarras estuviera escondido el fósforo.

    Y entonces, inevitablemente, vuelvo a 2004.

    El 30 de diciembre de ese año, República Cromañón estaba lleno como siempre. Demasiado lleno. Habían vendido más de 3.500 entradas, pero adentro había cerca de 4.500 personas. Era el tercer show consecutivo de Callejeros. Antes de empezar, Pato Fontanet pregunta desde el escenario: “¿Se van a portar bien?”. La frase cae liviana, casi como un chiste, y nadie imagina que va a quedar flotando para siempre como un presagio torcido.

    El show arranca como arrancan todos los shows. Un redoblante que marca el pulso, un riff que se mete en el cuerpo antes de que la cabeza lo procese, un grito colectivo que no distingue gargantas. Distinto abre la noche. La gente salta, empuja, se ríe. Hay chicos arriba de los hombros de otros chicos, hay banderas que tapan luces que ya de por sí son pocas, hay humo de cigarrillo, hay cerveza que cae al piso y forma un barro pegajoso que se lleva puesto cualquier intento de equilibrio. El calor es una pared invisible.

    A las 22.50 alguien prende una bengala. No se ve quién. Nunca se ve. Un punto rojo se eleva como un deseo infantil, choca contra el techo bajo y se apaga en una media sombra de plástico. Al principio parece una anécdota más. Un hilo de fuego del tamaño de una mano. Pero el techo no es techo: es una trampa. La guata, el poliuretano, la tela barata que nadie revisó, empiezan a arder como si hubieran estado esperando ese momento.

    Primero es el olor. Un olor raro, dulzón, químico. Después, el humo. Después, la luz que se corta. Después los gritos.

    La música se detiene de golpe, como si alguien hubiera arrancado el cable de la pared. En la oscuridad no se distingue nada: ni la salida, ni el escenario, ni el rostro del que está al lado. Solo se escuchan toses que se vuelven arcadas, arcadas que se vuelven vómitos, vómitos que se vuelven silencio. La gente corre hacia donde cree que está la puerta principal. Pero la puerta principal es un cuello de botella con seis hojas tipo cine que se abren para adentro. Hay cuerpos contra cuerpos, rodillas que ceden, zapatillas que se pisan, alguien que cae y deja de ser alguien para convertirse en obstáculo.

    El humo baja. No sube: baja. Te busca la boca, te tapa la nariz, te entra en los pulmones como un vidrio líquido. El ácido cianhídrico no tiene épica: te duerme de pie. Hay chicos que se desploman sin un rasguño, como si el cuerpo apagara la luz antes de entender qué estaba pasando.

    Una salida de emergencia, la que daba al estacionamiento del hotel vecino, está cerrada con candado y alambres. Un cartel verde, prolijo, dice SALIDA. Es una burla.

    Algunos logran salir. Otros vuelven a entrar para buscar a amigos, a novias, a hermanos. No hay héroes en una nube de veneno, solo gente que se resiste a aceptar que alguien que estaba cantando hace treinta segundos ya no responde.


    Mientras adentro la noche se convierte en infierno, afuera empieza otra película.

    Un padre atiende el teléfono en su casa de La Matanza. No entiende bien lo que le dicen. “Hubo un incendio”, escucha. “Once”. “Cromañón”. El nombre no significa nada hasta que lo dice en voz alta y le suena mal en la boca. Agarra las llaves sin cerrar la puerta. Maneja como si estuviera escapando de algo invisible.

    Una madre llega al Hospital Ramos Mejía con la foto impresa de su hija en un papel A4. Recorre pasillos llenos de gente acostada en el piso, enchufada a tubos de oxígeno que salen de tomas improvisadas. Pregunta en voz alta un nombre que nadie parece escuchar. En una sala le dicen que vaya a la morgue judicial. En la morgue le dicen que todavía no llegaron todas las listas.

    Las listas son hojas de cuaderno arrancadas de apuro, escritas con birome prestada, colgadas con cinta scotch en paredes frías. Nombres mal escritos, apellidos incompletos, números de documento con un dígito de más o de menos. Familias que pasan el dedo por cada renglón como si estuvieran leyendo un oráculo torcido.

    Hay cuerpos alineados en veredas, cubiertos con mantas térmicas que no alcanzan a tapar nada. Hay zapatillas solas, mochilas abiertas, celulares que siguen vibrando en bolsillos que ya no se mueven. Hay pibes de quince años con pulseras de tela en la muñeca y la cara gris. Hay padres que caen de rodillas cuando reconocen una campera.

    Durante horas, durante días, Buenos Aires se convierte en una sala de espera gigante. Los hospitales colapsan. Cuarenta y seis ambulancias van y vienen como si quisieran borrar el tiempo. Los sobrevivientes tosen negro, escupen espuma, tiemblan sin poder parar. Muchos de ellos van a seguir bajo tratamiento psicológico durante años. Algunos no van a sobrevivir a la culpa.


    Después viene el silencio raro. El que no es descanso sino hueco. Cromañón se clausura y se transforma en santuario. Zapatillas colgadas en la reja, como un código nuevo para decir que alguien no volvió a su casa. “Basta de robarnos el futuro”, dice una pintada que nadie se atreve a borrar.

    Y empieza otra etapa: el rock bajo sospecha.

    Cierran boliches, se suspenden fechas, bandas chicas dejan de tocar porque no hay dónde. El rock barrial empieza a ser tratado como una amenaza, como si el problema hubiera sido el género y no la estructura. Hay chicos que esconden discos de Callejeros en el fondo del placard, como si fueran pornografía prohibida. En las radios se pasan menos temas. En los cumpleaños se eligen otras listas.

    La música se convierte en chivo expiatorio. Como si una canción pudiera trabar una salida de emergencia. Como si una letra pudiera firmar una habilitación trucha. Como si una guitarra pudiera vender 3.500 entradas para un lugar preparado para 1.031 personas.


    Vuelvo a 2025. Los festivales son enormes, con pulseras electrónicas, vallados brillantes, seguridad privada y tickets que se pagan en cuotas. Todo es más prolijo. Todo es más caro. Todo es más ajeno. El pogo ahora se filma para Instagram.

    Abro Spotify otra vez. Distinto sigue sonando igual. Yo no.

    Porque sé que hubo padres que murieron sin entender cómo una noche de rock se volvió una lista de morgue. Sé que hubo sobrevivientes que tardaron años en poder respirar sin miedo. Sé que hubo una generación entera que aprendió a desconfiar del lugar donde antes se sentía a salvo.

    Y me queda una pregunta que no se apaga, ni con festivales prolijos, ni con leyes nuevas, ni con el paso del tiempo:

    si después de 21 años todavía seguimos culpando a la música para no mirar de frente nuestra desidia, ¿qué nos hace pensar que la próxima tragedia no está, ahora mismo, esperando su estribillo?

    No fueron canciones las que llenaron Cromañón de cuerpos, fueron decisiones. No fue una banda la que cerró con alambre una salida de emergencia, fue una cadena larga de corrupción, desidia y acostumbramiento. No fue el rock el que volvió tóxico el aire, fue un techo hecho con materiales prohibidos, inspecciones que nunca se hicieron, funcionarios que miraron para otro lado, empresarios que contaron billetes en lugar de personas.

    Las familias lo supieron desde el primer día. Por eso no dejaron de marchar. Por eso volvieron una y otra vez al santuario, aunque les doliera hasta la piel. Porque no estaban llorando una fatalidad: estaban señalando un sistema que los había empujado al vacío.

    Hubo madres que aprendieron de memoria el plano del boliche para entender por dónde no pudieron salir sus hijos. Hubo padres que recorrieron hospitales con una mochila en la mano porque creían que en algún lugar, todavía, alguien la iba a necesitar. Hubo hermanos que crecieron con la foto de un pibe de diecisiete clavada en la heladera, como si el tiempo se hubiera detenido esa noche.

    Y mientras ellos se rompían el pecho pidiendo justicia, nosotros discutíamos si estaba bien o mal prender bengalas, si el rock barrial era demasiado marginal, si Callejeros había cantado tal o cual frase. Como si el problema fuera estético. Como si el problema hubiera sido la música y no el abandono.

    Veintiún años después, Cromañón ya no humea, pero sigue ardiendo en otra capa: en la memoria. Cada recital que se suspende, cada pibe que se desmaya en un boliche, cada salida bloqueada por cajas, cada matafuego vencido, es un eco de aquella noche.

    Porque Cromañón no fue un error aislado: fue un espejo.

    Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda que nunca: si sabemos que la música no mata, si sabemos que lo que mata es la negligencia, la corrupción y la costumbre de mirar para otro lado, ¿cuántas muertes más estamos dispuestos a llamar accidente antes de admitir que lo verdaderamente incendiado, desde hace años, no es el rock, sino nuestra forma de hacernos cargo del otro?


    Esta nota está dedicada a quienes esa noche salieron de su casa con una remera gastada y no volvieron, a las madres que todavía recorren hospitales en sueños, a los padres que aprendieron de memoria planos de boliches que ya no existen, y a los amigos que siguen contando ausencias en vez de años. Para que la música no vuelva a ser el chivo expiatorio de un país que todavía no aprende a cuidar a los suyos.

    Jazmín Abdala.

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    A veces, la música no nace de la alegría de un encuentro, sino de la necesidad imperiosa de no desarmarse. Existe una vieja teoría en el rock que dice que las mejores canciones son aquellas que se escriben para llenar un vacío, para tapar un agujero negro que se abre en el pecho cuando la vida nos pega donde más duele. No es una cuestión de técnica ni de virtuosismo; es una cuestión de supervivencia. Pienso en Eric Clapton escribiendo sobre su hijo perdido, o en Spinetta buscando una “Luz iluminada” en medio de la oscuridad. El rock, antes de ser distorsión o camperas de cuero, fue siempre un refugio, un lugar seguro donde la pena se puede transformar en un riff y el grito en una melodía que nos permite seguir caminando. En Baradero, esa ciudad que se jacta de su pulso rockero, hay bandas que no buscan el brillo del cartel de luces led, sino que prefieren la penumbra de una habitación para procesar lo que pasa afuera. Hay músicos que entienden que el sonido es la única forma de volver a estar enteros. Y hoy, en este 2025 que nos exige estar siempre “conectados” y visibles, un grupo de amigos decidió que el mejor nombre para su fe era, precisamente, Invisibles.


    Hay una escena que me queda grabada de la charla con Manuel Révora. Imaginen el living de una casa donde el tiempo parece correr a otra velocidad. Hay guitarras que cuelgan de las paredes como si fueran trofeos de batallas ganadas al silencio. Manuel se sienta frente a mí, busca la mirada de sus compañeros —Agustín Touzet, Mauricio Pereslindo y Santiago Flores— y me confiesa que muchas de esas canciones que hoy ensayan estuvieron guardadas bajo llave durante años. Manuel se acomoda en la silla, acaricia el mástil de su guitarra casi por instinto y sus ojos revelan esa profundidad de quien ha tenido que reconstruirse desde los escombros.

    —La idea de formar algo venía de hace tiempo —me cuenta Manuel, mientras el aroma a café invade la habitación—. Siempre compuse, pero nunca había sacado nada “del cajón”. El año pasado, después de años de hablarlo sin concretar, me junté con Santi para probar algo. Pero en febrero sufrí una pérdida muy grande, de alguien muy importante para mí. Ese sacudón hizo que buscara una forma de refugiarme.

    Lo miro y entiendo que Invisibles no es un proyecto comercial, es una balsa. Le pregunto cómo fue que ese dolor se transformó en una banda de cuatro integrantes, y él sonríe con la paz de quien ya no tiene que esconder nada.

    —En la música encontré ese lugar —continúa—. Con Santi nos pusimos en campaña para armar algo serio. El último en sumarse fue Mauri, el bajista. Sabés que el bajista es una especie difícil de encontrar en Baradero, no lo conocíamos previamente. Llegó por este proyecto y fue una sorpresa enorme, tanto por su talento como por lo humano.

    Invisibles es un nombre que encierra una paradoja. En la era de la sobreexposición, donde parece que si no publicás lo que desayunás no existís, ellos eligen pasar desapercibidos hasta que llega el momento de la verdad: el vivo. Manuel me explica que el nombre surgió por la urgencia de una fecha, pero que terminó siendo el traje que mejor les quedaba. Son tipos tranquilos, de perfil bajo, que prefieren que hable el instrumento. Y cuando el instrumento habla, lo hace con una mezcla de influencias que van desde el groove de los Ratones Paranoicos hasta la densidad de Divididos o el espíritu rebelde de Sumo.

    —¿Cómo definen ese sonido hoy? —les pregunto, mientras observo la dinámica de complicidad que hay entre ellos. —Tenemos un estilo bastante particular —responde Manuel—. No nos encasillamos. Del primer ensayo a hoy hubo un crecimiento enorme. Al principio, musicalmente se “choca”, pero cuando empezás a conocer cómo toca tu compañero, los sonidos individuales se fusionan. Ahí aparece algo único que solo suena así con estas personas. Cualquier cambio en la ecuación modifica el resultado.

    La dinámica del grupo es la de un estudio de grabación constante. Manuel, desde su estudio en casa, graba ideas que luego Santi —a quien define como un gran escritor— pule y conceptualiza. Es una construcción artesanal, casi de orfebrería, donde cada uno aporta su “tinta” para que el tema termine de tomar forma. Pero no todo es introspección; también hay espacio para el ritual clásico del rock local: un fernet antes de subir para aflojar los nervios y el volumen bien fuerte para que la música se sienta en los huesos.

    Les pregunto por el desafío de ser independientes en Baradero, en medio de trabajos, responsabilidades y el cansancio diario. Manuel suspira, pero no con queja, sino con la satisfacción del que sabe que el esfuerzo vale la pena.

    —La organización es lo más difícil —confiesa—. Coordinar horarios, tomarse en serio algo que por ahora es un hobby. Por eso, cuando ensayamos, aprovechamos cada minuto. Nos encerramos y tratamos de sacarle el máximo jugo a cada encuentro.

    Invisibles no tiene apuro por grabar un disco para figurar en una lista de reproducción. Tienen el respeto por la obra que solo tienen los que aman el oficio. Quieren mejorar, tocar y entrar al estudio solo cuando sientan que están a la altura de lo que sus propias letras exigen. Porque para ellos, el rock no murió ni está desapareciendo; está “en reposo”, esperando que alguien prefiera escuchar una cuerda vibrando antes que una voz afinada digitalmente por una computadora.

    —¿Qué buscan transmitir? —insisto, buscando el núcleo de esa necesidad de hacer ruido. —Depende del momento —dice Manuel—. Hay temas que transmiten dolor, otros alegría y otros pura fiesta. Depende de cómo esté el compositor en el momento de escribir. Pero lo importante es que se valore el arte de crear.

    Antes de irme, le pido a Manuel que le hable a ese pibe que hoy, en algún rincón de Baradero, tiene una guitarra apoyada contra la pared y no se anima a dar el paso por miedo a no ser lo suficientemente bueno, o por la vergüenza de mostrar su propia fragilidad. Manuel no duda. Se nota que esa respuesta la tiene grabada en el pecho, porque es la misma que se dio a sí mismo cuando el mundo se le puso gris.

    —Les diría que se animen, que toquen y que hagan ruido. La música es eso: ruido. No hace falta la mejor guitarra ni la mejor batería —dice Manuel, y su voz suena como un decreto de necesidad y urgencia—. Muchas veces uno se pone excusas por vergüenza o miedo al qué dirán, pero cuando hay pasión, ganas y esfuerzo, todo termina funcionando solo. El rock no es para los que no tienen miedo, es para los que tocan a pesar de tenerlo.

    Me voy de la casa de Manuel con la sensación de que Invisibles es el nombre más honesto que escuché en mucho tiempo. En una ciudad que a veces se aturde con sus propios mitos y se encandila con los grandes escenarios, ellos eligen la honestidad de la herida y la potencia de la amistad para seguir creando en las sombras. No buscan ser el centro de atención; buscan ser el pulso que no se detiene cuando las luces se apagan.

    Si alguna vez sentís que la realidad se vuelve demasiado nítida, demasiado fría o demasiado vacía, buscá a los Invisibles. Busca ese refugio donde el dolor se vuelve canción y donde el ruido se transforma en la única oración posible. Baradero suena, pero suena de verdad cuando los que tocan lo hacen para no caerse. No los ignores cuando los veas pasar: llevan en sus fundas el peso de los que decidieron que el silencio ya no era una opción. Subí el volumen, que la invisibilidad nunca sonó tan fuerte.


      Invisibles Radiografía de la Banda:

    • Alineación: Manuel Révora y Agustín Touzet (guitarras), Mauricio Pereslindo (bajo y voz) y Santiago Flores (batería y voz).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Sodio Banda.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Sodio Banda.


    Existe una pulsión eléctrica que no se explica en los manuales de física, una necesidad de ruido que atraviesa a la juventud argentina desde que los primeros náufragos decidieron que el castellano era el único idioma capaz de traducir el hambre de libertad. Ser joven hoy, en este 2025 de pantallas que encandilan y algoritmos que deciden por nosotros qué debemos amar, es un acto de resistencia silenciosa. O ruidosa. Caminar por las calles de Baradero con menos de veinte años, sintiendo el peso de una funda de guitarra en el hombro, es habitar una grieta en el tiempo. Es entender que, mientras el mundo se acelera en la virtualidad, la verdad sigue estando en el roce del dedo contra la cuerda oxidada y en el olor a encierro de una sala de ensayo. La juventud siempre busca la diversidad, no por un capricho estético, sino porque en la diferencia reside la única posibilidad de futuro. El rock, en ese contexto, deja de ser un género musical para convertirse en un refugio de experimentación, en esa “sal” necesaria para que la realidad no se vuelva insípida.

    En el ADN de Baradero, esa “República del Rock” que a veces parece descansar en la nostalgia de sus grandes festivales, ha aparecido un chispazo reactivo que se niega a ser solo un recuerdo. Se llaman Sodio, y su formación es una de esas historias de orillas y encuentros fortuitos que definen la mística local. Valentín Rodríguez e Iara Varela se conocieron entre las teclas de un piano en el Centro Cultural, un espacio de orden que pronto les quedó chico. La génesis fue un posteo de Instagram —el nuevo “baño de La Perla de Once”— donde Iara vendía su bajo. Valentín no buscaba un instrumento, buscaba una cómplice. Así, como quien recluta soldados para una guerra de distorsión, sumaron a Máximo Indaburo en guitarra y finalmente a Coty Noat, a quien Valentín descubrió en el escenario de La Tapera. Apenas la vio pegarle a los parches, supo que el motor de la banda estaba ahí.

    Hablé con Valentín sobre el peso de ese nombre. El sodio, en la tabla periódica, es un metal que reacciona de forma violenta al contacto con el agua; es pura energía latente. “Buscábamos algo corto por estética, quería algo con ‘S’ y surgió lo que planteó Maxi. Me di cuenta de que es un nombre que te incita a moverte, a tener chispa. Eso sentía que tenía el sodio y me encantaba. ‘Te hace falta sodio’ podía ser el eslogan, como decirte que te falta chispa”, explica Valentín. En esa definición reside una declaración de principios: en un mundo anestesiado, Sodio viene a proponer una reacción química, un movimiento que rompa la inercia.

    Lo que diferencia a estos chicos de la mera repetición generacional es su consciencia histórica. Valentín cita a Rimbaud y a Enrique Symns con la naturalidad de quien busca en los poetas malditos y en los cronistas de la marginalidad una brújula para navegar el presente. El rock para ellos no es una pieza de museo de los años 70. “No hay que hacer cosas de esa época porque no atraés a gente de mi edad, se genera una distancia”, dispara Valentín, y su frase resuena con la misma lucidez con la que Spinetta pedía que “no todo tiempo pasado fue mejor”. Sodio entiende que para que el rock siga siendo peligroso, debe ser joven y debe hablar del mundo que habitamos hoy. Su sonido busca sonidos “raros, modernos o futuristas”, una mezcla de “poética del callejón” con una frescura que intenta despegarse de la distorsión clásica para flashear algo nuevo.

    Cuando se encierran a componer, el proceso es visceral. No hay partituras, hay “ranchadas” con guitarra de por medio, letras que hablan de política, de problemas sociales y de esa necesidad de “tocar las tensiones” de la gente. Valentín no quiere ser un entretenedor; quiere ser un narrador de historias que hagan sentir vivo a quien escucha. “Queremos un cambio en el rock, que se renueve, que sea joven y no una repetición, porque si no, no hay crecimiento”, asegura. Esa ambición es el combustible de su autogestión salvaje. Ser independiente hoy es aguantar el peso de los bafles, la falta de presupuesto y la indiferencia de una industria que prefiere lo procesado. Pero ellos encuentran en esa dificultad una “soberanía única”. No hay nada más liberador que no deberle nada a nadie, más que a los propios compañeros de banda.

    Sus referentes son guías espirituales: el sonido rockero y las letras visionarias de los Redondos conviven con la irreverencia sensual de Babasónicos. Sin embargo, cuando ejecutan “El pibe de los astilleros”, no lo hacen como un tributo dócil. Lo toman como una bandera de guerra, como una canción para no rendirse. Es el nexo de cuatro pibes que se sienten principiantes pero que crecen a pasos agigantados porque comparten una “conexión enorme”. Antes de subir a escena, no hay cábalas extrañas, solo el ritual de estar juntos, dándose ánimo, recordando que el escenario es el único lugar donde la soledad virtual desaparece para volverse una experiencia colectiva.

    Valentín me mira y me deja una frase que condensa la ética de la banda y, quizás, la urgencia de toda una generación que busca salida en los bares y sótanos: “La gente está buscando salida de la claustrofobia de la soledad virtual. A pesar de que hay una moda por la nostalgia, hay personas que apoyan el futuro y la diversidad de la música”. Es una observación sociológica brillante para alguien que aún no llega a los veinte: el rock vuelve a ser ese lugar donde los cuerpos se encuentran para escapar del encierro de la pantalla.

    El cierre de nuestra charla no fue una despedida, sino una advertencia. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina, cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Valentín es categórico: “Les diría que vivan intensamente, que disfruten el presente, sean curiosos y originen el futuro. Busquen esa sal de vivir, la vida sin estar abierta a experiencias no es rica. Siéntanse vivos, muévanse, que nunca les falte sodio”.

    Me voy de la entrevista sintiendo que el rock no es algo que pasó, sino algo que está ocurriendo ahora mismo, en el garaje de al lado, en la habitación de un pibe que no puede dormir si no escribe lo que siente. Sodio es la confirmación de que la juventud no volvió al rock para pedir disculpas, sino para traerlo al presente, para hacerlo sonar en este mundo que hablamos hoy. La música debe ser el eslabón entre el presente y el futuro, y estos chicos están soldando ese eslabón con la pasión de los que saben que, mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento, nuestra identidad como baraderenses seguirá a salvo. Subí el volumen, prestá atención y no te quedes quieto. El futuro está sonando ahora mismo, y tiene gusto a sodio.


    • Sodio: Radiografía de la Banda
    • Alineación:Coty Noat (Batería), Máximo Indaburo (Guitarra), Iara Varela( Bajo y coros), Valentin Rodriguez(Voz).
    • Fecha de nacimiento:Agosto de 2024.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Soporte 68.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Soporte 68.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 – Una producción por Jazmín Abdala


    Hubo un tiempo en que el mundo se sentía en blanco y negro, y el aire pesaba como el plomo. Corría el año 1967. En Buenos Aires, el asfalto quemaba bajo los pies de una juventud que caminaba a contramano de la moral de la época. Mientras en las radios sonaban versiones edulcoradas del pop internacional, en la penumbra de un baño del bar La Perla de Once, dos náufragos llamados Tanguito y Litto Nebbia le daban forma a una balsa de náufragos. Esa canción no fue solo un éxito de ventas; fue el primer grito de libertad en castellano, la piedra fundacional de una religión que no pedía permiso para existir. El rock nacional no nació bajo las luces de un estudio; nació en el hambre de decir la verdad, en la mugre de los sótanos y en la resistencia de quienes entendieron que, si el mundo era un incendio, la música era el único modo de no quemarse solo.

    Esa llama, que sobrevivió a dictaduras, apagones culturales y crisis que nos dejaron de rodillas, viajó por la Ruta 9 y encontró en Baradero un refugio inexpugnable. Acá, en la ciudad del encuentro, el rock no es un género musical que se consume los fines de semana. Es un ADN. Es el zumbido constante que sale de los garajes los martes a la noche, es el barro en las zapatillas de los pibes que cargan amplificadores a cuestas y es, sobre todo, una herencia que se pasa de mano en mano como un secreto sagrado. En Baradero, la “República del Rock” se construye con las manos sucias, cambiando cuerdas oxidadas y soldando cables plug con la esperanza de que el sonido no se corte en el mejor momento del solo. Y hoy, en este 2025 de incertidumbres, los profetas de esa fe tienen un nombre que suena a campo y tensión: Soporte 68.


    Hay una imagen que funciona como un portal, una postal que explica por qué estamos acá. Imaginen un camino de tierra a las afueras de la ciudad, donde el alumbrado público es un lujo y el frío de la noche rural te muerde los huesos. Ahí, clavado como un centinela olvidado, hay un cartel de chapa oxidada que sobrevive a la intemperie del tiempo. “Acceso al Soporte 68 al 70”, se lee entre las costras de herrumbre. Para un operario de la red eléctrica, es solo un nodo de media tensión, una indicación técnica. Pero para Ciro Bagalá y Valentino Barlatay, ese cartel fue un flechazo, una epifanía entre amigos que buscaban un nombre para algo que todavía ni siquiera sabían cómo iba a sonar.

    Ciro se acomoda en la silla, se ríe con esa complicidad de quien sabe que está contando el origen de un mito privado. Me muestra las fotos del grupo y sus ojos brillan con una intensidad eléctrica. Soporte 68 no es solo una banda; es un pacto de sangre que nació del polvo de los caminos y el enredo de los cables de ensayo.

    —Nos quedamos con eso pegado en la cabeza —me cuenta Ciro, mientras gesticula como si estuviera sosteniendo una guitarra invisible—. Íbamos a ese campo a tomar algo, a tocar la criolla, a ver pasar el rato bajo las estrellas. “Vamos a Soporte”, decíamos. Ese lugar fue el testigo mudo de los primeros acordes del Tano con su bajo. Hoy, ese nombre es nuestro frente de batalla. Es entender que el rock, antes que partituras o acordes perfectos, es un pacto de hermandad que no se rompe.

    Soporte 68 es una maquinaria cruda, un quinteto que parece diseñado para sacudir el suelo. Emanuel Parzón le pega a los parches de la batería con una violencia necesaria, como si quisiera despertar a toda la ciudad de su letargo. Valentino Barlatay sostiene el pulso desde el bajo con la solidez de un cimiento de hormigón. Gonzalo Miranda y Agustín Lauria trenzan las guitarras en una danza de distorsión, mientras Ciro le pone el cuerpo a la voz y a una tercera guitarra que termina de cerrar el muro de sonido. “Somos una banda eléctrica”, suelta Ciro, y mientras lo dice, el aire de la habitación parece cargarse de estática. Casi podés oler el ozono de los amplificadores valvulares al borde de la explosión.

    —Escribo sobre lo que nos pasa en la intimidad, sobre la mugre de la noche, las salidas de amigos y ese silencio que solo hay cerca del río —confiesa Ciro, bajando un poco el tono, como si estuviera revelando el truco de un mago—. A veces la música llega primero, me invade la cabeza y la letra fluye sola, sin permiso. Es algo visceral. No sabemos cantar sobre otra cosa que no sea nuestro propio cielo y nuestro propio barro. Todo lo que somos está encerrado en los límites de Baradero.

    Para ellos, el rock es un mandato que les llegó de chicos, un orgullo de pertenecer a una ciudad que tiene el oído curtido y el paladar negro para la distorsión. Sus referentes no son posters lejanos de Londres o Nueva York; sus referentes son los de acá, los que caminan sus mismas calles. Me habla de La Pobre Manca, esa banda histórica que les enseñó que para sonar de verdad hay que tener “tinta”, hay que tener calle. No buscan imitar a Viejas Locas, a La 25 o a los Redondos, pero esa sangre corre por sus venas, es el pulso que los mueve.

    El desafío de ser una banda independiente en la actualidad es inmenso. Es una pelea desigual contra un mundo que consume música como si fuera comida rápida, a mil por hora y sin masticar. Lograr que una canción como “Invierno Infernal” —un rocanrol hecho y derecho, crudo y directo— logre tocar alguna fibra en el tipo que está abajo del escenario, es la verdadera victoria. El sueño de meterse en un estudio de grabación en 2026 flota en el aire como una meta lejana, un norte que persiguen con la terquedad de los que no tienen nada que perder. En un país que no te regala ni un centímetro de espacio, ellos se ganan el lugar a puro ensayo.

    Mientras terminamos la charla, el ritual de la banda se hace presente. Me cuentan que antes de subir al escenario no hay cábalas. Hay una cerveza compartida, una charla de amigos y la lista de temas anotada a último momento en un papel cualquiera, con letra apurada. Esa adrenalina de no saber exactamente qué va a pasar, pero saber que lo van a dar todo, es lo que los mantiene en pie.

    —¿Un consejo? —le pregunto a Ciro antes de apagar el grabador. Él se toma un segundo. Mira hacia el vacío, quizás viajando en el tiempo hasta ese nene de cuatro años que escuchaba sus primeros acordes y sentía que el pecho le iba a explotar. —Que no dejen morir el rock. Por favor. En los momentos más oscuros de nuestro país, el rock nos hizo felices, nos dio una identidad cuando no teníamos nada. A los pibes que están pensando en arrancar: toquen. Toquen y no paren. Te tiene que gustar lo que hacés para poder llegar a los demás. Le tenés que poner a la banda la misma pasión que le ponés a la vida. No hay otra fórmula.

    Me voy de la entrevista con los oídos zumbando y la sensación de que Baradero está en buenas manos. Soporte 68 no es solo una banda de rock; es la confirmación de que la electricidad no solo viene de los cables rurales que cuelgan al costado del camino. La verdadera tensión, la que realmente importa, viene de la gente. Viene de la amistad que se forja en el frío del campo y estalla en el calor de un bar.

    Si ves a un pibe con una funda de guitarra al hombro caminando por la plaza o por la costa de Baradero, no lo ignores. No es un músico más; es un pedazo vivo de nuestra cultura que se resiste a ser silenciado. Apoyar a las bandas locales no es una opción caritativa, es el único modo de que nuestra ciudad no se transforme en un desierto de ruidos vacíos. El rock no se muere mientras haya un grupo como Soporte 68 dispuesto a enchufarse, subir el volumen y romper la noche al medio. Porque en esta República, esa pasión es lo único que nos mantiene vivos. Y hoy, Soporte 68 suena más fuerte que nunca.


    Soporte 68: Radiografía de la banda:

    • Alineación: Emanuel Parzón (batería), Valentino Barlatay (bajo), Gonzalo Miranda (guitarra), Agustín Lauria (guitarra), Ciro Bagalá (voz y guitarra).
    • Fecha de nacimiento: 18 de diciembre de 2024.
    • La cita: 27 de diciembre, en vivo para la República del Rock.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 – Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

     

     

    Jazmín Abdala – RADIO LS2 BARADERO –  Baradero, Prov. de Bs. As. 


    El rock en Argentina nunca fue una música de salón, ni una moda pasajera diseñada para encajar en la estética de una red social. El rock nacional nació del roce de los cuerpos en sótanos húmedos, del olor a cigarrillo y encierro de los baños de La Perla de Once, y de la urgencia desesperada de una generación que necesitaba gritar en su propio idioma cuando el silencio era una imposición externa. Aquel hito de “La Balsa” en el 67 no fue solo un fenómeno de ventas; fue la construcción de un refugio, un naufragio colectivo que nos enseñó que nuestras verdades también podían sonar a distorsión. Hoy, esa mística parece haber quedado relegada a los museos o a los grandes festivales que ocurren una vez al año, pero la realidad es mucho más cruda y, a la vez, mucho más esperanzadora: el rock de verdad, el que quema, está sucediendo ahora mismo a dos cuadras de tu casa.

    Baradero se autoproclama con orgullo como la República del Rock, pero una República no se sostiene únicamente con un cartel de luces led un fin de semana. Una República vive de sus obreros, de esos que no salen en las tapas de las revistas nacionales pero que mantienen el pulso de la ciudad cada noche. Hablo de las bandas independientes que ensayan después de cumplir una jornada laboral de ocho horas, de los pibes que sueldan sus propios cables para ahorrar unos pesos y de los que cargan bafles pesadísimos en fletes prestados por puro amor al arte. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestra cultura, los que eligen el ruido como una bandera de resistencia en un mundo que parece preferir la comodidad del algoritmo y el sonido procesado.

    Por eso decidimos abrir este espacio. “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local” no nace para ser una agenda de eventos ni una gacetilla publicitaria. Nace como un radar para meternos en el ADN de nuestra música. Queremos documentar la autogestión salvaje, esa necesidad visceral de subirse a un escenario aunque abajo haya diez personas y arriba no quede ni un peso de ganancia. Nos interesa el detrás de escena, la verdad de la milanesa: por qué un grupo de personas decide dedicar su vida a algo tan hermoso y tan difícil como es el rock independiente en el interior de la provincia.

    Vamos a salir a buscar las historias que no se cuentan. Las que se gestan en las orillas del río, las que se escriben en la soledad de una habitación con una guitarra criolla y las que explotan en los bares locales cuando la batería empieza a marcar el cuatro. Porque el talento no siempre baja de un micro de gira con catering y seguridad; muchas veces camina por tu misma vereda, lleva una funda de guitarra gastada al hombro y espera que alguien, por una maldita vez, le suba el volumen a su mensaje. El rock de Baradero tiene un sonido propio, una mezcla de industria, costa y noche que merece ser registrada con la seriedad que el arte exige.

    Pero esta sección no la podemos escribir solos. El rock es una construcción comunitaria o no es nada. Por eso, este espacio también es una invitación a que vos, que estás del otro lado, te conviertas en parte de este registro. Queremos que nos cuentes qué banda te voló la cabeza el último fin de semana, a qué músicos tenemos que ir a buscar a su sala de ensayo, o si vos mismo tenés un proyecto que siente que ya es hora de dejar de sonar solo entre cuatro paredes. Escribinos a nuestras redes, mandanos un mensaje, hacé que el ruido circule. No esperes a que una banda “llegue” para empezar a valorarla; el reconocimiento tiene que empezar acá, donde nacen las canciones.


    No dejen morir el rock. No lo digo como una frase hecha de remera, lo digo como una advertencia necesaria. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina. Se muere cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Cuidar a nuestras bandas es, en definitiva, cuidar nuestra propia voz y nuestra propia identidad como baraderenses. Mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y romper la calma de la noche, esta República seguirá viva. Nosotros vamos a estar ahí para contarlo. Subí el volumen, que esto recién empieza.

    Con cariño, 

    Jazmín.

  • Dos docentes argentinos seleccionados entre los 50 mejores del mundo

    Dos docentes argentinos seleccionados entre los 50 mejores del mundo

    Imagen de Infobae

    Miguel Alejandro Rodríguez y Gloria Cisnero. Fotografías extraídas de internet

    Gloria Cisneros, docente y directora de la Escuela N.° 793 del paraje La Sara, en el Impenetrable chaqueño, fue seleccionada entre los 50 finalistas del Global Teacher Prize 2026, el premio educativo más importante del mundo, que otorga un millón de dólares. La distinción reconoce su labor en contextos de extrema vulnerabilidad y su impacto educativo y comunitario.

    Cada semana, Cisneros recorre más de dos horas en moto para llegar a la escuela rural donde cumple múltiples roles: maestra, directora y referente comunitaria. En un entorno sin servicios básicos, logró transformar la institución en un espacio de innovación educativa, incorporando paneles solares, conectividad, tecnologías digitales y metodologías como el aprendizaje por investigación, producción de libros escolares y proyectos de lectura en los hogares.

    Uno de sus programas más destacados es “La biblioteca en mi casa”, que permitió que cada alumno tenga libros propios en su hogar. Además, consiguió escolarizar a todos los niños de la zona y gestionar becas para estudiantes rurales mediante acuerdos con ONG y donantes.

    Su historia personal, marcada por la pobreza y la migración laboral, refuerza el valor de su trayectoria. Desde 2017 trabaja en La Sara, donde hoy asisten 15 alumnos de primero a séptimo grado en modalidad plurigrado, con resultados educativos sostenidos y participación destacada en ferias de ciencias.

    Junto a Cisneros, también fue seleccionado entre los 50 finalistas el docente porteño Miguel Alejandro Rodríguez, profesor de Educación Técnica y fundador del Club de Ciencias Cóndor, donde impulsa proyectos tecnológicos con impacto social.

    En las próximas semanas se conocerán los diez finalistas del certamen. El ganador será anunciado en febrero de 2026 durante la World Governments Summit, en Dubái. Argentina celebra así la presencia de dos representantes entre los mejores docentes del mundo.