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  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    A veces, la música no nace de la alegría de un encuentro, sino de la necesidad imperiosa de no desarmarse. Existe una vieja teoría en el rock que dice que las mejores canciones son aquellas que se escriben para llenar un vacío, para tapar un agujero negro que se abre en el pecho cuando la vida nos pega donde más duele. No es una cuestión de técnica ni de virtuosismo; es una cuestión de supervivencia. Pienso en Eric Clapton escribiendo sobre su hijo perdido, o en Spinetta buscando una “Luz iluminada” en medio de la oscuridad. El rock, antes de ser distorsión o camperas de cuero, fue siempre un refugio, un lugar seguro donde la pena se puede transformar en un riff y el grito en una melodía que nos permite seguir caminando. En Baradero, esa ciudad que se jacta de su pulso rockero, hay bandas que no buscan el brillo del cartel de luces led, sino que prefieren la penumbra de una habitación para procesar lo que pasa afuera. Hay músicos que entienden que el sonido es la única forma de volver a estar enteros. Y hoy, en este 2025 que nos exige estar siempre “conectados” y visibles, un grupo de amigos decidió que el mejor nombre para su fe era, precisamente, Invisibles.


    Hay una escena que me queda grabada de la charla con Manuel Révora. Imaginen el living de una casa donde el tiempo parece correr a otra velocidad. Hay guitarras que cuelgan de las paredes como si fueran trofeos de batallas ganadas al silencio. Manuel se sienta frente a mí, busca la mirada de sus compañeros —Agustín Touzet, Mauricio Pereslindo y Santiago Flores— y me confiesa que muchas de esas canciones que hoy ensayan estuvieron guardadas bajo llave durante años. Manuel se acomoda en la silla, acaricia el mástil de su guitarra casi por instinto y sus ojos revelan esa profundidad de quien ha tenido que reconstruirse desde los escombros.

    —La idea de formar algo venía de hace tiempo —me cuenta Manuel, mientras el aroma a café invade la habitación—. Siempre compuse, pero nunca había sacado nada “del cajón”. El año pasado, después de años de hablarlo sin concretar, me junté con Santi para probar algo. Pero en febrero sufrí una pérdida muy grande, de alguien muy importante para mí. Ese sacudón hizo que buscara una forma de refugiarme.

    Lo miro y entiendo que Invisibles no es un proyecto comercial, es una balsa. Le pregunto cómo fue que ese dolor se transformó en una banda de cuatro integrantes, y él sonríe con la paz de quien ya no tiene que esconder nada.

    —En la música encontré ese lugar —continúa—. Con Santi nos pusimos en campaña para armar algo serio. El último en sumarse fue Mauri, el bajista. Sabés que el bajista es una especie difícil de encontrar en Baradero, no lo conocíamos previamente. Llegó por este proyecto y fue una sorpresa enorme, tanto por su talento como por lo humano.

    Invisibles es un nombre que encierra una paradoja. En la era de la sobreexposición, donde parece que si no publicás lo que desayunás no existís, ellos eligen pasar desapercibidos hasta que llega el momento de la verdad: el vivo. Manuel me explica que el nombre surgió por la urgencia de una fecha, pero que terminó siendo el traje que mejor les quedaba. Son tipos tranquilos, de perfil bajo, que prefieren que hable el instrumento. Y cuando el instrumento habla, lo hace con una mezcla de influencias que van desde el groove de los Ratones Paranoicos hasta la densidad de Divididos o el espíritu rebelde de Sumo.

    —¿Cómo definen ese sonido hoy? —les pregunto, mientras observo la dinámica de complicidad que hay entre ellos. —Tenemos un estilo bastante particular —responde Manuel—. No nos encasillamos. Del primer ensayo a hoy hubo un crecimiento enorme. Al principio, musicalmente se “choca”, pero cuando empezás a conocer cómo toca tu compañero, los sonidos individuales se fusionan. Ahí aparece algo único que solo suena así con estas personas. Cualquier cambio en la ecuación modifica el resultado.

    La dinámica del grupo es la de un estudio de grabación constante. Manuel, desde su estudio en casa, graba ideas que luego Santi —a quien define como un gran escritor— pule y conceptualiza. Es una construcción artesanal, casi de orfebrería, donde cada uno aporta su “tinta” para que el tema termine de tomar forma. Pero no todo es introspección; también hay espacio para el ritual clásico del rock local: un fernet antes de subir para aflojar los nervios y el volumen bien fuerte para que la música se sienta en los huesos.

    Les pregunto por el desafío de ser independientes en Baradero, en medio de trabajos, responsabilidades y el cansancio diario. Manuel suspira, pero no con queja, sino con la satisfacción del que sabe que el esfuerzo vale la pena.

    —La organización es lo más difícil —confiesa—. Coordinar horarios, tomarse en serio algo que por ahora es un hobby. Por eso, cuando ensayamos, aprovechamos cada minuto. Nos encerramos y tratamos de sacarle el máximo jugo a cada encuentro.

    Invisibles no tiene apuro por grabar un disco para figurar en una lista de reproducción. Tienen el respeto por la obra que solo tienen los que aman el oficio. Quieren mejorar, tocar y entrar al estudio solo cuando sientan que están a la altura de lo que sus propias letras exigen. Porque para ellos, el rock no murió ni está desapareciendo; está “en reposo”, esperando que alguien prefiera escuchar una cuerda vibrando antes que una voz afinada digitalmente por una computadora.

    —¿Qué buscan transmitir? —insisto, buscando el núcleo de esa necesidad de hacer ruido. —Depende del momento —dice Manuel—. Hay temas que transmiten dolor, otros alegría y otros pura fiesta. Depende de cómo esté el compositor en el momento de escribir. Pero lo importante es que se valore el arte de crear.

    Antes de irme, le pido a Manuel que le hable a ese pibe que hoy, en algún rincón de Baradero, tiene una guitarra apoyada contra la pared y no se anima a dar el paso por miedo a no ser lo suficientemente bueno, o por la vergüenza de mostrar su propia fragilidad. Manuel no duda. Se nota que esa respuesta la tiene grabada en el pecho, porque es la misma que se dio a sí mismo cuando el mundo se le puso gris.

    —Les diría que se animen, que toquen y que hagan ruido. La música es eso: ruido. No hace falta la mejor guitarra ni la mejor batería —dice Manuel, y su voz suena como un decreto de necesidad y urgencia—. Muchas veces uno se pone excusas por vergüenza o miedo al qué dirán, pero cuando hay pasión, ganas y esfuerzo, todo termina funcionando solo. El rock no es para los que no tienen miedo, es para los que tocan a pesar de tenerlo.

    Me voy de la casa de Manuel con la sensación de que Invisibles es el nombre más honesto que escuché en mucho tiempo. En una ciudad que a veces se aturde con sus propios mitos y se encandila con los grandes escenarios, ellos eligen la honestidad de la herida y la potencia de la amistad para seguir creando en las sombras. No buscan ser el centro de atención; buscan ser el pulso que no se detiene cuando las luces se apagan.

    Si alguna vez sentís que la realidad se vuelve demasiado nítida, demasiado fría o demasiado vacía, buscá a los Invisibles. Busca ese refugio donde el dolor se vuelve canción y donde el ruido se transforma en la única oración posible. Baradero suena, pero suena de verdad cuando los que tocan lo hacen para no caerse. No los ignores cuando los veas pasar: llevan en sus fundas el peso de los que decidieron que el silencio ya no era una opción. Subí el volumen, que la invisibilidad nunca sonó tan fuerte.


      Invisibles Radiografía de la Banda:

    • Alineación: Manuel Révora y Agustín Touzet (guitarras), Mauricio Pereslindo (bajo y voz) y Santiago Flores (batería y voz).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Sodio Banda.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Sodio Banda.


    Existe una pulsión eléctrica que no se explica en los manuales de física, una necesidad de ruido que atraviesa a la juventud argentina desde que los primeros náufragos decidieron que el castellano era el único idioma capaz de traducir el hambre de libertad. Ser joven hoy, en este 2025 de pantallas que encandilan y algoritmos que deciden por nosotros qué debemos amar, es un acto de resistencia silenciosa. O ruidosa. Caminar por las calles de Baradero con menos de veinte años, sintiendo el peso de una funda de guitarra en el hombro, es habitar una grieta en el tiempo. Es entender que, mientras el mundo se acelera en la virtualidad, la verdad sigue estando en el roce del dedo contra la cuerda oxidada y en el olor a encierro de una sala de ensayo. La juventud siempre busca la diversidad, no por un capricho estético, sino porque en la diferencia reside la única posibilidad de futuro. El rock, en ese contexto, deja de ser un género musical para convertirse en un refugio de experimentación, en esa “sal” necesaria para que la realidad no se vuelva insípida.

    En el ADN de Baradero, esa “República del Rock” que a veces parece descansar en la nostalgia de sus grandes festivales, ha aparecido un chispazo reactivo que se niega a ser solo un recuerdo. Se llaman Sodio, y su formación es una de esas historias de orillas y encuentros fortuitos que definen la mística local. Valentín Rodríguez e Iara Varela se conocieron entre las teclas de un piano en el Centro Cultural, un espacio de orden que pronto les quedó chico. La génesis fue un posteo de Instagram —el nuevo “baño de La Perla de Once”— donde Iara vendía su bajo. Valentín no buscaba un instrumento, buscaba una cómplice. Así, como quien recluta soldados para una guerra de distorsión, sumaron a Máximo Indaburo en guitarra y finalmente a Coty Noat, a quien Valentín descubrió en el escenario de La Tapera. Apenas la vio pegarle a los parches, supo que el motor de la banda estaba ahí.

    Hablé con Valentín sobre el peso de ese nombre. El sodio, en la tabla periódica, es un metal que reacciona de forma violenta al contacto con el agua; es pura energía latente. “Buscábamos algo corto por estética, quería algo con ‘S’ y surgió lo que planteó Maxi. Me di cuenta de que es un nombre que te incita a moverte, a tener chispa. Eso sentía que tenía el sodio y me encantaba. ‘Te hace falta sodio’ podía ser el eslogan, como decirte que te falta chispa”, explica Valentín. En esa definición reside una declaración de principios: en un mundo anestesiado, Sodio viene a proponer una reacción química, un movimiento que rompa la inercia.

    Lo que diferencia a estos chicos de la mera repetición generacional es su consciencia histórica. Valentín cita a Rimbaud y a Enrique Symns con la naturalidad de quien busca en los poetas malditos y en los cronistas de la marginalidad una brújula para navegar el presente. El rock para ellos no es una pieza de museo de los años 70. “No hay que hacer cosas de esa época porque no atraés a gente de mi edad, se genera una distancia”, dispara Valentín, y su frase resuena con la misma lucidez con la que Spinetta pedía que “no todo tiempo pasado fue mejor”. Sodio entiende que para que el rock siga siendo peligroso, debe ser joven y debe hablar del mundo que habitamos hoy. Su sonido busca sonidos “raros, modernos o futuristas”, una mezcla de “poética del callejón” con una frescura que intenta despegarse de la distorsión clásica para flashear algo nuevo.

    Cuando se encierran a componer, el proceso es visceral. No hay partituras, hay “ranchadas” con guitarra de por medio, letras que hablan de política, de problemas sociales y de esa necesidad de “tocar las tensiones” de la gente. Valentín no quiere ser un entretenedor; quiere ser un narrador de historias que hagan sentir vivo a quien escucha. “Queremos un cambio en el rock, que se renueve, que sea joven y no una repetición, porque si no, no hay crecimiento”, asegura. Esa ambición es el combustible de su autogestión salvaje. Ser independiente hoy es aguantar el peso de los bafles, la falta de presupuesto y la indiferencia de una industria que prefiere lo procesado. Pero ellos encuentran en esa dificultad una “soberanía única”. No hay nada más liberador que no deberle nada a nadie, más que a los propios compañeros de banda.

    Sus referentes son guías espirituales: el sonido rockero y las letras visionarias de los Redondos conviven con la irreverencia sensual de Babasónicos. Sin embargo, cuando ejecutan “El pibe de los astilleros”, no lo hacen como un tributo dócil. Lo toman como una bandera de guerra, como una canción para no rendirse. Es el nexo de cuatro pibes que se sienten principiantes pero que crecen a pasos agigantados porque comparten una “conexión enorme”. Antes de subir a escena, no hay cábalas extrañas, solo el ritual de estar juntos, dándose ánimo, recordando que el escenario es el único lugar donde la soledad virtual desaparece para volverse una experiencia colectiva.

    Valentín me mira y me deja una frase que condensa la ética de la banda y, quizás, la urgencia de toda una generación que busca salida en los bares y sótanos: “La gente está buscando salida de la claustrofobia de la soledad virtual. A pesar de que hay una moda por la nostalgia, hay personas que apoyan el futuro y la diversidad de la música”. Es una observación sociológica brillante para alguien que aún no llega a los veinte: el rock vuelve a ser ese lugar donde los cuerpos se encuentran para escapar del encierro de la pantalla.

    El cierre de nuestra charla no fue una despedida, sino una advertencia. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina, cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Valentín es categórico: “Les diría que vivan intensamente, que disfruten el presente, sean curiosos y originen el futuro. Busquen esa sal de vivir, la vida sin estar abierta a experiencias no es rica. Siéntanse vivos, muévanse, que nunca les falte sodio”.

    Me voy de la entrevista sintiendo que el rock no es algo que pasó, sino algo que está ocurriendo ahora mismo, en el garaje de al lado, en la habitación de un pibe que no puede dormir si no escribe lo que siente. Sodio es la confirmación de que la juventud no volvió al rock para pedir disculpas, sino para traerlo al presente, para hacerlo sonar en este mundo que hablamos hoy. La música debe ser el eslabón entre el presente y el futuro, y estos chicos están soldando ese eslabón con la pasión de los que saben que, mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento, nuestra identidad como baraderenses seguirá a salvo. Subí el volumen, prestá atención y no te quedes quieto. El futuro está sonando ahora mismo, y tiene gusto a sodio.


    • Sodio: Radiografía de la Banda
    • Alineación:Coty Noat (Batería), Máximo Indaburo (Guitarra), Iara Varela( Bajo y coros), Valentin Rodriguez(Voz).
    • Fecha de nacimiento:Agosto de 2024.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Soporte 68.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Soporte 68.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 – Una producción por Jazmín Abdala


    Hubo un tiempo en que el mundo se sentía en blanco y negro, y el aire pesaba como el plomo. Corría el año 1967. En Buenos Aires, el asfalto quemaba bajo los pies de una juventud que caminaba a contramano de la moral de la época. Mientras en las radios sonaban versiones edulcoradas del pop internacional, en la penumbra de un baño del bar La Perla de Once, dos náufragos llamados Tanguito y Litto Nebbia le daban forma a una balsa de náufragos. Esa canción no fue solo un éxito de ventas; fue el primer grito de libertad en castellano, la piedra fundacional de una religión que no pedía permiso para existir. El rock nacional no nació bajo las luces de un estudio; nació en el hambre de decir la verdad, en la mugre de los sótanos y en la resistencia de quienes entendieron que, si el mundo era un incendio, la música era el único modo de no quemarse solo.

    Esa llama, que sobrevivió a dictaduras, apagones culturales y crisis que nos dejaron de rodillas, viajó por la Ruta 9 y encontró en Baradero un refugio inexpugnable. Acá, en la ciudad del encuentro, el rock no es un género musical que se consume los fines de semana. Es un ADN. Es el zumbido constante que sale de los garajes los martes a la noche, es el barro en las zapatillas de los pibes que cargan amplificadores a cuestas y es, sobre todo, una herencia que se pasa de mano en mano como un secreto sagrado. En Baradero, la “República del Rock” se construye con las manos sucias, cambiando cuerdas oxidadas y soldando cables plug con la esperanza de que el sonido no se corte en el mejor momento del solo. Y hoy, en este 2025 de incertidumbres, los profetas de esa fe tienen un nombre que suena a campo y tensión: Soporte 68.


    Hay una imagen que funciona como un portal, una postal que explica por qué estamos acá. Imaginen un camino de tierra a las afueras de la ciudad, donde el alumbrado público es un lujo y el frío de la noche rural te muerde los huesos. Ahí, clavado como un centinela olvidado, hay un cartel de chapa oxidada que sobrevive a la intemperie del tiempo. “Acceso al Soporte 68 al 70”, se lee entre las costras de herrumbre. Para un operario de la red eléctrica, es solo un nodo de media tensión, una indicación técnica. Pero para Ciro Bagalá y Valentino Barlatay, ese cartel fue un flechazo, una epifanía entre amigos que buscaban un nombre para algo que todavía ni siquiera sabían cómo iba a sonar.

    Ciro se acomoda en la silla, se ríe con esa complicidad de quien sabe que está contando el origen de un mito privado. Me muestra las fotos del grupo y sus ojos brillan con una intensidad eléctrica. Soporte 68 no es solo una banda; es un pacto de sangre que nació del polvo de los caminos y el enredo de los cables de ensayo.

    —Nos quedamos con eso pegado en la cabeza —me cuenta Ciro, mientras gesticula como si estuviera sosteniendo una guitarra invisible—. Íbamos a ese campo a tomar algo, a tocar la criolla, a ver pasar el rato bajo las estrellas. “Vamos a Soporte”, decíamos. Ese lugar fue el testigo mudo de los primeros acordes del Tano con su bajo. Hoy, ese nombre es nuestro frente de batalla. Es entender que el rock, antes que partituras o acordes perfectos, es un pacto de hermandad que no se rompe.

    Soporte 68 es una maquinaria cruda, un quinteto que parece diseñado para sacudir el suelo. Emanuel Parzón le pega a los parches de la batería con una violencia necesaria, como si quisiera despertar a toda la ciudad de su letargo. Valentino Barlatay sostiene el pulso desde el bajo con la solidez de un cimiento de hormigón. Gonzalo Miranda y Agustín Lauria trenzan las guitarras en una danza de distorsión, mientras Ciro le pone el cuerpo a la voz y a una tercera guitarra que termina de cerrar el muro de sonido. “Somos una banda eléctrica”, suelta Ciro, y mientras lo dice, el aire de la habitación parece cargarse de estática. Casi podés oler el ozono de los amplificadores valvulares al borde de la explosión.

    —Escribo sobre lo que nos pasa en la intimidad, sobre la mugre de la noche, las salidas de amigos y ese silencio que solo hay cerca del río —confiesa Ciro, bajando un poco el tono, como si estuviera revelando el truco de un mago—. A veces la música llega primero, me invade la cabeza y la letra fluye sola, sin permiso. Es algo visceral. No sabemos cantar sobre otra cosa que no sea nuestro propio cielo y nuestro propio barro. Todo lo que somos está encerrado en los límites de Baradero.

    Para ellos, el rock es un mandato que les llegó de chicos, un orgullo de pertenecer a una ciudad que tiene el oído curtido y el paladar negro para la distorsión. Sus referentes no son posters lejanos de Londres o Nueva York; sus referentes son los de acá, los que caminan sus mismas calles. Me habla de La Pobre Manca, esa banda histórica que les enseñó que para sonar de verdad hay que tener “tinta”, hay que tener calle. No buscan imitar a Viejas Locas, a La 25 o a los Redondos, pero esa sangre corre por sus venas, es el pulso que los mueve.

    El desafío de ser una banda independiente en la actualidad es inmenso. Es una pelea desigual contra un mundo que consume música como si fuera comida rápida, a mil por hora y sin masticar. Lograr que una canción como “Invierno Infernal” —un rocanrol hecho y derecho, crudo y directo— logre tocar alguna fibra en el tipo que está abajo del escenario, es la verdadera victoria. El sueño de meterse en un estudio de grabación en 2026 flota en el aire como una meta lejana, un norte que persiguen con la terquedad de los que no tienen nada que perder. En un país que no te regala ni un centímetro de espacio, ellos se ganan el lugar a puro ensayo.

    Mientras terminamos la charla, el ritual de la banda se hace presente. Me cuentan que antes de subir al escenario no hay cábalas. Hay una cerveza compartida, una charla de amigos y la lista de temas anotada a último momento en un papel cualquiera, con letra apurada. Esa adrenalina de no saber exactamente qué va a pasar, pero saber que lo van a dar todo, es lo que los mantiene en pie.

    —¿Un consejo? —le pregunto a Ciro antes de apagar el grabador. Él se toma un segundo. Mira hacia el vacío, quizás viajando en el tiempo hasta ese nene de cuatro años que escuchaba sus primeros acordes y sentía que el pecho le iba a explotar. —Que no dejen morir el rock. Por favor. En los momentos más oscuros de nuestro país, el rock nos hizo felices, nos dio una identidad cuando no teníamos nada. A los pibes que están pensando en arrancar: toquen. Toquen y no paren. Te tiene que gustar lo que hacés para poder llegar a los demás. Le tenés que poner a la banda la misma pasión que le ponés a la vida. No hay otra fórmula.

    Me voy de la entrevista con los oídos zumbando y la sensación de que Baradero está en buenas manos. Soporte 68 no es solo una banda de rock; es la confirmación de que la electricidad no solo viene de los cables rurales que cuelgan al costado del camino. La verdadera tensión, la que realmente importa, viene de la gente. Viene de la amistad que se forja en el frío del campo y estalla en el calor de un bar.

    Si ves a un pibe con una funda de guitarra al hombro caminando por la plaza o por la costa de Baradero, no lo ignores. No es un músico más; es un pedazo vivo de nuestra cultura que se resiste a ser silenciado. Apoyar a las bandas locales no es una opción caritativa, es el único modo de que nuestra ciudad no se transforme en un desierto de ruidos vacíos. El rock no se muere mientras haya un grupo como Soporte 68 dispuesto a enchufarse, subir el volumen y romper la noche al medio. Porque en esta República, esa pasión es lo único que nos mantiene vivos. Y hoy, Soporte 68 suena más fuerte que nunca.


    Soporte 68: Radiografía de la banda:

    • Alineación: Emanuel Parzón (batería), Valentino Barlatay (bajo), Gonzalo Miranda (guitarra), Agustín Lauria (guitarra), Ciro Bagalá (voz y guitarra).
    • Fecha de nacimiento: 18 de diciembre de 2024.
    • La cita: 27 de diciembre, en vivo para la República del Rock.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 – Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

     

     

    Jazmín Abdala – RADIO LS2 BARADERO –  Baradero, Prov. de Bs. As. 


    El rock en Argentina nunca fue una música de salón, ni una moda pasajera diseñada para encajar en la estética de una red social. El rock nacional nació del roce de los cuerpos en sótanos húmedos, del olor a cigarrillo y encierro de los baños de La Perla de Once, y de la urgencia desesperada de una generación que necesitaba gritar en su propio idioma cuando el silencio era una imposición externa. Aquel hito de “La Balsa” en el 67 no fue solo un fenómeno de ventas; fue la construcción de un refugio, un naufragio colectivo que nos enseñó que nuestras verdades también podían sonar a distorsión. Hoy, esa mística parece haber quedado relegada a los museos o a los grandes festivales que ocurren una vez al año, pero la realidad es mucho más cruda y, a la vez, mucho más esperanzadora: el rock de verdad, el que quema, está sucediendo ahora mismo a dos cuadras de tu casa.

    Baradero se autoproclama con orgullo como la República del Rock, pero una República no se sostiene únicamente con un cartel de luces led un fin de semana. Una República vive de sus obreros, de esos que no salen en las tapas de las revistas nacionales pero que mantienen el pulso de la ciudad cada noche. Hablo de las bandas independientes que ensayan después de cumplir una jornada laboral de ocho horas, de los pibes que sueldan sus propios cables para ahorrar unos pesos y de los que cargan bafles pesadísimos en fletes prestados por puro amor al arte. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestra cultura, los que eligen el ruido como una bandera de resistencia en un mundo que parece preferir la comodidad del algoritmo y el sonido procesado.

    Por eso decidimos abrir este espacio. “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local” no nace para ser una agenda de eventos ni una gacetilla publicitaria. Nace como un radar para meternos en el ADN de nuestra música. Queremos documentar la autogestión salvaje, esa necesidad visceral de subirse a un escenario aunque abajo haya diez personas y arriba no quede ni un peso de ganancia. Nos interesa el detrás de escena, la verdad de la milanesa: por qué un grupo de personas decide dedicar su vida a algo tan hermoso y tan difícil como es el rock independiente en el interior de la provincia.

    Vamos a salir a buscar las historias que no se cuentan. Las que se gestan en las orillas del río, las que se escriben en la soledad de una habitación con una guitarra criolla y las que explotan en los bares locales cuando la batería empieza a marcar el cuatro. Porque el talento no siempre baja de un micro de gira con catering y seguridad; muchas veces camina por tu misma vereda, lleva una funda de guitarra gastada al hombro y espera que alguien, por una maldita vez, le suba el volumen a su mensaje. El rock de Baradero tiene un sonido propio, una mezcla de industria, costa y noche que merece ser registrada con la seriedad que el arte exige.

    Pero esta sección no la podemos escribir solos. El rock es una construcción comunitaria o no es nada. Por eso, este espacio también es una invitación a que vos, que estás del otro lado, te conviertas en parte de este registro. Queremos que nos cuentes qué banda te voló la cabeza el último fin de semana, a qué músicos tenemos que ir a buscar a su sala de ensayo, o si vos mismo tenés un proyecto que siente que ya es hora de dejar de sonar solo entre cuatro paredes. Escribinos a nuestras redes, mandanos un mensaje, hacé que el ruido circule. No esperes a que una banda “llegue” para empezar a valorarla; el reconocimiento tiene que empezar acá, donde nacen las canciones.


    No dejen morir el rock. No lo digo como una frase hecha de remera, lo digo como una advertencia necesaria. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina. Se muere cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Cuidar a nuestras bandas es, en definitiva, cuidar nuestra propia voz y nuestra propia identidad como baraderenses. Mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y romper la calma de la noche, esta República seguirá viva. Nosotros vamos a estar ahí para contarlo. Subí el volumen, que esto recién empieza.

    Con cariño, 

    Jazmín.

  • ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.


    Me senté en la mesa de la cocina todavía medio dormida, con ese frío tibio de la mañana que se cuela por las ventanas antes de que el sol termine de despertarse del todo. El mate cocido humeaba en mi taza, ese aroma dulce que me acompaña desde que soy chica, como si cada sorbo fuera una especie de memoria líquida. Y mientras esperaba que se enfriara un poco, mamá apareció caminando despacio, arrastrando las pantuflas, con ese gesto suyo entre curiosidad y reproche cariñoso que siempre me causa gracia.

    Me miró de arriba abajo, como si estuviera inspeccionando un cuadro, y me lanzó sin vueltas:

    —¿Otra vez de negro te vestiste?

    No fue una pregunta agresiva. Tampoco era crítica pura. Era ese modo que tienen las madres de señalar cosas que para uno ya son naturales, pero que para ellas siguen siendo un misterio. Me reí, porque la escena ya era repetida: yo con mis prendas oscuras, ella con la necesidad de entender por qué. Pero esta vez, no sé por qué, la pregunta me quedó resonando más que otras veces. Como si, en vez de un comentario sobre la ropa, hubiera sido la punta de un hilo que yo misma necesitaba empezar a tirar.

    Quizás porque, mientras tomaba el primer sorbo tibio, pensé en algo que venía rondándome hacía días: ¿cuándo fue que dejamos de ser una juventud rebelde? ¿En qué momento la idea de destacarse se convirtió en una especie de amenaza? Antes los jóvenes teñían su pelo de colores, usaban cadenas, remeras rotas, ropa estrafalaria simplemente porque sí, porque querían mostrar que eran distintos, porque había orgullo en lo raro. Pero ahora parece que la única regla real es no llamar demasiado la atención, no ser cringe, no exponerse más de lo necesario. No parecer desesperado por encajar, pero tampoco demasiado seguro como para romper el molde. Un equilibrio del que nadie habló y al que, sin embargo, todos nos adaptamos con una precisión casi militar.

    Le respondí a mamá cualquier cosa, para salir del paso, pero en mi cabeza ya estaba lejos, preguntándome por qué los adolescentes de hoy se visten igual, escuchan lo mismo, repiten los mismos gestos, los mismos lenguajes, los mismos códigos. Claro que cada generación tuvo sus modas, pero la repetición actual tiene algo más profundo, casi estructural. No es solo estética: es emocional, cultural, política. Y no es culpa de los chicos. Si algo aprendí —viendo cómo funcionan las redes, cómo se miden los vínculos, cómo se viraliza el miedo al ridículo— es que detrás de esa aparente uniformidad hay una tensión nueva: la necesidad de pertenecer sin dejar huella, de existir sin ser demasiado visibles, de tener identidad pero que no moleste, no incomode, no dé motivos para quedar en el centro de una broma colectiva.

    La cultura del cringe se volvió una especie de policía simbólica. Una fuerza de control suave, silenciosa, pero inexorable. Ya no hace falta que alguien te diga cómo vestirte: alcanza con imaginar el meme que podrían hacer si te animás a algo distinto. Es una mirada anónima, omnipresente, que no tiene rostro, pero igual castiga. Y lo curioso es que no viene de arriba, ni de instituciones, ni de gobiernos, ni de adultos: viene de la propia generación adolescente. Como si el mandato de la normalidad hubiera descendido de manera espontánea, producto de navegar miles de videos al día, de la comparación constante, de la inmediatez y el miedo a quedarse afuera.

    Mientras revolvía el mate cocido en la taza, pensé en cómo las expresiones juveniles históricamente fueron el termómetro de los cambios políticos. La ropa, la música, la estética, los espacios de encuentro siempre anticiparon transformaciones más grandes: los hippies y la contracultura, el punk y el rechazo a las instituciones, el rock nacional con su necesidad de decir lo que no se podía decir, los pibes de los noventa tirando abajo viejas solemnidades. Siempre hubo una forma de gritar “no” incluso cuando no se podía gritar. Pero ahora parece que el grito se disolvió antes de nacer. No porque no haya problemas —sobran—, sino porque la respuesta general no es la revuelta, sino el agotamiento. No es la organización, sino la indiferencia. No es el estallido, sino el scroll.

    Tal vez por eso las políticas actuales —sean del signo que sean— parecen convivir con una juventud que no termina de creer que pueda cambiar algo. No es que no haya interés político: lo hay, y mucho. Pero está atravesado por una sensación de desencanto que se volvió parte del aire que respiramos. Una mezcla rara entre hiperconexión y apatía, entre información ilimitada y escasa capacidad para imaginar algo verdaderamente distinto. De algún modo, ese minimalismo estético que domina todo —la ropa neutra, los cuartos beige, las fotos filtradas, la obsesión con la sutileza— se parece demasiado al minimalismo emocional y político con el que transitamos la vida pública: no arriesgamos, no exageramos, no mostramos demasiado. Buscamos estabilidad incluso cuando somos jóvenes, que es justamente la etapa donde históricamente menos se buscó estabilidad.

    Quizás mamá, sin querer, con esa pregunta inocente sobre mis prendas negras, tocó algo que yo misma venía intentando evitar: admitir que, de alguna forma, también me mimetizo con ese deseo de no llamar la atención. Que a veces me he contenido de decir algo por temor al juicio colectivo. Que en más de una ocasión he preferido el silencio por sobre una opinión impopular. Que he dejado de hacer cosas que me gustaban porque me daban vergüenza. Y no soy la única. Lo escucho entre amigos, entre compañeros de facultad, incluso entre adolescentes que entrevisto para notas: la espontaneidad se volvió un lujo, la rareza una amenaza, la autenticidad un riesgo.

    Sin embargo, tampoco quiero caer en la mirada romántica de “todo tiempo pasado fue mejor”. No se trata de idealizar la rebeldía anterior ni de negar las razones por las cuales hoy cuesta tanto salir del molde. Esta época tiene sus propias batallas, más complejas, más invisibles: la ansiedad, la saturación de estímulos, la presión por construir una identidad coherente ante miles de ojos, la dificultad para organizarse en un contexto donde todo se fragmenta. Quizás la revolución de hoy no sea estética, ni ruidosa, ni masiva. Tal vez esté en lo pequeño: en el acto íntimo de permitirnos sentir, de decir lo que pensamos sin miedo, de romper con esa homogeneización que parece venir envuelta en celofán digital.

    Terminando mi mate cocido ya frío, me di cuenta de que la pregunta de mamá había sido mucho más que una anécdota doméstica. Había sido una excusa para preguntarme, en serio, si seguimos siendo capaces de rebelarnos. Si realmente nos volvimos una juventud sin revolución o si estamos apenas en un momento de transición, esperando encontrar nuevas maneras de incomodar al mundo. Porque la rebeldía no desaparece: muta. Cambia de piel. A veces se esconde para después salir más fuerte.

    Entonces me quedé mirando mi ropa oscura, la mesa tibia, el vapor que ya no salía de la taza, y pensé que tal vez la verdadera revolución empiece por algo tan simple como preguntarnos esto: ¿cuánto de lo que hacemos lo elegimos de verdad y cuánto lo hacemos por miedo a que nos tilden de cringe?

    Y, en el fondo, ¿qué clase de futuro construimos si incluso la rebeldía nos da vergüenza?


    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.

  • Fiesta de la Primavera 2025: donde Baradero volvió a sentirse joven.

    Fiesta de la Primavera 2025: donde Baradero volvió a sentirse joven.

     Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero

    SI TENÉS SOLO 1 MINUTO, LEE ESTO.

    La Fiesta de la Primavera volvió a iluminar la Plaza Mitre: colores, ritmos y una energía juvenil que contagió a toda la ciudad. Los jardines, las primarias y los grupos de 5º año llenaron el escenario de creatividad; Milena Escobar (Instituto San José) ganó Talentos y la Escuela Marcos Sastre se consagró en Baile. Más que premios, la noche fue una celebración colectiva: todos se animaron, todos brillaron.


    La plaza Mitre se despertó temprano ese viernes. Aunque las actividades empezarían recién por la tarde, desde la mañana ya había algo vibrando en el aire: un rumor de voces jóvenes, un eco de ensayos lejanos, una alegría que parecía querer anticiparse. No era un día más para Baradero. Era la Fiesta de la Primavera, esa tradición que, generación tras generación, fue marcando recuerdos, fotos familiares, primeras coreografías, nervios compartidos y sueños que alguna vez todos tuvimos.


    Volver a ser parte de este evento —esta vez como conductora por segunda vez— me movió cosas que no sabía que seguían ahí adentro. Llegué a la plaza con el mismo nudo que tuve la primera vez, el año pasado. Esa duda chiquita que te pregunta si vas a estar a la altura, si vas a honrar el escenario, si vas a poder sostener la emoción de tantos chicos que esperan este día desde que empiezan la secundaria. Pero también llegué con el abrazo cálido de un equipo que empuja siempre para adelante: el Municipio de Baradero, Cultura, los técnicos, los profes, la gente que arma estructuras, que cuida detalles y que hace que este evento exista. Y llegué, sobre todo, sabiendo que no estaba sola: que iba a compartir la conducción con Lourdes Gerez y Talia Grassi, dos mujeres generosas, talentosas y compañeras que hacen que el escenario sea un lugar más amable.

     


    Aun así, cuando empecé a ver cómo la gente llegaba, cómo se acomodaban las familias con reposeras, cómo los chicos se preparaban atrás del escenario y cómo el sol empezaba a inclinarse detrás de los árboles, no pude evitarlo: me emocioné. Lagrimeé. Y tuve que respirar hondo y recordar que, a veces, emocionarse es también una forma de “estar a la altura”.


    Porque esta fiesta no es solamente una competencia. Es una especie de espejo emocional donde cada generación vuelve a encontrarse con lo que alguna vez quiso ser. No hay adulto que mire a los chicos sin recordar su propia adolescencia. No hay joven que suba al escenario sin sentir que está viviendo algo que va a guardar para siempre.


    Cuando los primeros jardines salieron a escena, la plaza se transformó. No sé si alguna vez viste a un grupo de nenes vestidos de capybaras bailando sin ninguna conciencia de lo adorables que son. Hay algo en ellos que recuerda lo esencial: la libertad de bailar sin miedo al ridículo, sin cálculo, sin expectativa. Los miré desde un costado y pensé en cuántas veces olvidamos que la alegría es un movimiento del cuerpo antes que un pensamiento.


    Las escuelas primarias llegaron después, con esa mezcla perfecta entre inocencia y osadía. Ese momento de la vida en el que ya no se es pequeño, pero tampoco se es grande; donde cada coreografía es una declaración tímida de identidad. Se los veía ansiosos, mirando todo, reconociendo el escenario como un espacio nuevo que algún día será suyo de manera más profunda. Los observé mientras anunciábamos a cada institución, y sentí algo hermoso: muchos de ellos vinieron a ver quiénes pueden ser cuando lleguen a la secundaria. Es como si esta fiesta no fuera sólo un evento, sino un faro. Un anticipo. Una promesa.


    Y entonces llegaron ellos: los chicos de 5º año.


    El corazón de la fiesta. El alma. La etapa que todos esperamos alguna vez para mostrar lo que somos capaces de hacer.


    Cuando las luces se encendieron y empezó la música, el escenario explotó en ritmo, colores, historias, creatividad, fuerza. Las coreografías estaban llenas de técnica, sí, pero también de pasión. De ese fuego que solo aparece cuando se entiende que esa noche es única y que no se repetirá jamás. Porque por más que la fiesta vuelva todos los años, para ellos es la última vez como estudiantes. El cierre de un ciclo que marca, con claridad, el comienzo de otro.


    Y ahí, en medio de esa energía tan grande, pasó algo inesperado: bailamos. Las conductoras, los profes, la gente atrás del escenario… No sé en qué momento empezó, pero recuerdo mirarme con Lourdes y Talia y soltar una risa que fue casi infantil. Una risa que no estaba planeada, que salió por pura alegría, por pura emoción. Por un instante volvimos a tener 5 años, 10 o 12. Por un instante volvimos a ser esos chicos que alguna vez soñaron con estar arriba del escenario. O con animarse un poco más. O con que la vida fuera siempre así: luminosa, vibrante, colectiva.


    Cuando llegó la hora de anunciar a los ganadores, ya pasada la 1:00 AM, la plaza seguía llena. Las familias se abrigaban un poco, pero nadie se iba. Todos querían quedarse hasta el final, como si irse fuese cortar un momento que todavía necesitaba ser respirado un rato más.


    La ganadora del Concurso de Talentos fue Milena Escobar, representante del Instituto San José, que había logrado una presentación que dejó sin palabras a más de uno. En el Concurso de Baile, la victoria fue para la Escuela Marcos Sastre, seguida por la Escuela Ana María Ares de Alsina en el segundo puesto y la Escuela Industrial en el tercero. Los jardines y escuelas primarias también recibieron subsidios, reconociendo un trabajo que muchas veces empieza meses antes y que involucra a docentes, familias y estudiantes por igual.


    Pero más allá de los resultados —importantes, sí, pero nunca lo único—, hubo algo que quedó grabado: esa noche, todos ganaron.


    Ganar no es solo obtener un primer puesto. Ganar es animarse. Es subir al escenario después de semanas de ensayo. Es equivocarse en un paso y volver a levantarse. Es sentir que tus compañeros te abrazan al bajar. Es ver a tus padres emocionados. Es percibir en la grada la aprobación de una ciudad que acompaña. Ganar es saber que, aunque la vida siga, ese recuerdo te acompañará siempre.


    Ganar fue también ver a quienes recién arrancan el camino: los pequeños de los jardines vestidos de capybara, los de la primaria dando sus primeros pasos hacia la adolescencia, y los de 5º año que se pararon frente al público como quienes están a punto de abrir una puerta hacia otra etapa. En cada presentación se percibía una posibilidad: aquello que cada niño y cada niña pudo por un momento imaginar como su futuro.


    Cuando el escenario quedó en silencio y las luces comenzaron a apagarse, me quedé unos segundos inmóvil. Miré hacia el Cóndor, ese testigo inmóvil que ve pasar las generaciones, y respiré hondo. Pensé en lo que esta fiesta significa: un lugar donde la ciudad se reconoce, donde se comparte, donde se contienen los nervios y se celebran los logros. Donde, por unas horas, todos volvemos a sentirnos parte de algo mayor.


    Como escribió Mario Benedetti: “De vez en cuando hay que hacer una pausa para contemplarnos a nosotros mismos: para ver si somos de verdad, los que creemos ser.”


    Esa pausa ocurrió esa noche. Entre luces, colores y risas, entre pasos torpes y grandes aciertos, Baradero se permitió mirarse. Y al ver a sus jóvenes brillar, confirmó que sigue siendo una ciudad que cree en sus hijos y en su futuro.


    Somos eso que soñamos. Somos eso que acompañamos. Somos eso que, cada primavera, vuelve a florecer.


    Crónica por Jazmín Abdala — LS2 Baradero

  • Donde florecen las voces jóvenes: Fiesta de la Primavera 2025

    Donde florecen las voces jóvenes: Fiesta de la Primavera 2025

    Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero


    Dicen que hay recuerdos que se guardan en la piel del pueblo, como un perfume que no se va con los años.
    En Baradero, uno de esos recuerdos tiene forma de primavera.
    Basta cerrar los ojos para verla: la plaza llena, el murmullo de los adolescentes con sus remeras de colores, los carteles pintados a mano, el eco de un locutor que anuncia a cada escuela con entusiasmo, y las risas que se mezclan con la música que rebota entre los árboles.
    Era el tiempo de las carrozas, de los trajes brillantes, de las reinas, del esfuerzo de semanas resumido en una tarde de desfile y aplausos.
    La ciudad se detenía para mirar pasar la juventud, y por unas horas todo parecía más alegre, más liviano, más nuestro.


    Las viejas generaciones lo recuerdan como un ritual que marcaba el fin de la escuela secundaria.
    Había competencia, sí, pero también comunidad.
    Los barrios se sumaban, los padres ayudaban a construir las estructuras con madera, papel y alambre, los comercios donaban materiales, los abuelos se acercaban con sus mates a ver cómo avanzaba cada carroza.
    No era solo una fiesta: era una manera de sentirse parte, de dejar una huella antes de despedirse de la adolescencia.
    Y aunque cada año tenía sus particularidades, la esencia se repetía: el orgullo de representar a la escuela y el deseo de ser recordados.


    Pero el tiempo, con su manera silenciosa de transformarlo todo, fue cambiando también las primaveras.
    Las nuevas generaciones empezaron a mirar con otros ojos lo que antes se aceptaba sin cuestionar.
    A algunos les incomodaba la idea de que una sola persona —elegida por su apariencia o por criterios tan viejos como injustos— representara a todo un grupo.
    Otros sentían que el esfuerzo por construir una carroza de varios metros no siempre se correspondía con el mensaje que querían transmitir.
    El mundo cambiaba, y las juventudes, como siempre, fueron las primeras en notarlo.


    Entonces, la Fiesta de la Primavera en Baradero comenzó a transformarse.
    Sin perder su espíritu, empezó a buscar nuevas formas de expresión.
    El escenario sigue levantándose donde está el monumento a la bandera, en esa misma plaza donde el cóndor parece vigilarlo todo desde arriba.
    Las luces vuelven a encenderse, la música suena, los grupos escolares ensayan sus coreografías, los carteles se pintan con frases que invitan a pensar, y los bancos del parque se llenan otra vez de familias.
    Pero algo cambió en el centro de la escena: lo importante ya no es quién tiene la carroza más imponente, sino qué historia se quiere contar.


    No todo Baradero entendió el cambio al principio.
    Hubo voces que lo resistieron, que lo vieron como una pérdida de identidad, una renuncia a las tradiciones que habían hecho de la fiesta un símbolo local.
    “Ya no es lo mismo”, se escuchaba decir.
    Y quizás tengan razón: no es lo mismo.
    Pero tampoco lo que era antes podría seguir siéndolo ahora.
    Porque las tradiciones, cuando se congelan, dejan de hablarle a la gente que las vive.
    Y una fiesta que celebra a la juventud debe, ante todo, escuchar lo que esa juventud tiene para decir.


    Hoy, los estudiantes de quinto año son los verdaderos protagonistas del cambio.
    Ellos tomaron la posta y decidieron darle otro sentido a la celebración.
    Ya no hay coronas, porque comprendieron que la belleza no puede ser un título.
    Ya no hay premios por el tamaño de una estructura, porque entendieron que el arte también puede ser mensaje, conciencia, pregunta.
    Las carrozas siguen existiendo, claro —como parte del color, como una herencia que se resignifica—, pero ya no cuentan en el puntaje final.
    El eje está en otra parte: en lo que se comunica, en la mirada social que cada grupo propone, en el modo en que el arte se convierte en una voz colectiva.


    Quizás ese sea el mayor logro de esta nueva etapa: haber comprendido que la fiesta no se trata de competir, sino de compartir.
    De decir algo al mundo, aunque sea desde una plaza, con una canción, un baile o una performance.
    Y en ese gesto hay algo profundamente educativo: la idea de que el arte puede ser herramienta de transformación, de que las juventudes no solo celebran, sino que piensan, sienten, se comprometen.


    Claro que no es fácil cambiar algo tan arraigado.
    Las costumbres tocan fibras profundas: lo que se hacía “de toda la vida” parece intocable.
    Pero también hay una belleza en atreverse a reinventar lo conocido.
    Quizás por eso, quienes alguna vez bailaron en ese mismo suelo, quienes recuerdan la emoción de salir al escenario por primera vez, puedan entender que detrás de cada cambio hay también una continuidad.
    El espíritu de encuentro sigue intacto, solo que ahora florece de otro modo.


    La plaza, que ha visto pasar tantas generaciones, vuelve a ser el corazón de esta historia.
    Sus caminos, gastados por las ferias y los actos, vuelven a llenarse de pasos jóvenes.
    El aire huele a pintura fresca, a ansiedad, a ilusión.
    Algunos padres observan desde lejos con ternura y un poco de nostalgia.
    Reconocen gestos, risas, nervios que alguna vez también fueron suyos.
    El pueblo, por unas horas, parece detenerse otra vez.
    Porque algo mágico ocurre cuando los adolescentes ocupan el espacio público: lo transforman, lo vuelven futuro.


    En el fondo, lo que cambió no fue la fiesta, sino la mirada con la que la entendemos.
    Antes se buscaba brillar; ahora, iluminar.
    Antes se competía por destacar; ahora, por conectar.
    Y quizás eso diga más de nuestra época que cualquier desfile o carroza.
    Porque las nuevas generaciones crecieron en un mundo donde la palabra inclusión no es un discurso, sino una necesidad.
    Donde la diversidad se celebra, y donde la belleza se encuentra en la diferencia.
    Y eso también merece una fiesta.


    “Las tradiciones no mueren —escribió Eduardo Galeano—, se transforman para seguir diciendo lo mismo de otra manera.”
    En ese sentido, la Primavera de Baradero no perdió su esencia.
    Sigue siendo un rito de paso, una despedida de la adolescencia, una bienvenida a la adultez.
    Sigue siendo ese momento donde el corazón late más rápido y la garganta se aprieta antes de subir al escenario.
    Solo cambió el modo en que se cuenta la historia.
    Y en esa transformación hay un aprendizaje colectivo: el de un pueblo que aprende a mirar con otros ojos, sin renegar de lo que fue, pero dispuesto a crecer.


    Este sábado 15 de noviembre, la plaza volverá a abrir sus brazos.
    El escenario ya espera, las luces se están probando, los micrófonos suenan, los trajes descansan doblados sobre las sillas.
    Y, como cada año, habrá nervios, risas, y abrazos que quedarán guardados en la memoria.
    Porque la primavera, más que una estación, es un estado del alma.


    A quienes alguna vez fueron parte, a quienes recuerdan aquellas noches de juventud y canciones, los invitamos a volver.
    A ocupar otra vez ese espacio que alguna vez les perteneció.
    A mirar con orgullo a los chicos y chicas que hoy bailan, cantan, sueñan, defienden ideas.
    A comprender que esta nueva versión no borra la historia, sino que la continúa.
    Que la fiesta no perdió su sentido: solo cambió de forma para incluir más voces.
    Y que el verdadero espíritu de la primavera no está en la carroza ni en la corona, sino en la capacidad de renacer.


    Vuelvan a la plaza, aunque sea por un rato.
    Escuchen las canciones, miren las luces, siéntanse parte otra vez.
    Porque allí, donde el monumento a la bandera mira hacia el río, donde el cóndor parece extender sus alas sobre el pueblo, la juventud de Baradero volverá a decir presente.
    Y cada aplauso, cada mirada, cada acompañamiento de los que fueron parte alguna vez, será también una forma de agradecer.
    De entender que las fiestas, como la vida, cambian para seguir floreciendo.

    Porque hay primaveras que no necesitan flores para ser hermosas.
    Solo necesitan gente que crea en ellas.

  • EL TORITO: LA CASA DEL CAMPO ARGENTINO.

    EL TORITO: LA CASA DEL CAMPO ARGENTINO.

    Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero.

    Hay lugares que no se visitan, se recuerdan.
    Y hay recuerdos que, aunque creas perdidos, vuelven al oler el humo de una parrilla o al escuchar una zamba que suena bajito en una tarde de campo.

    El camino hacia el paraje rural de Baradero parece hecho de tiempo y de polvo. A cada curva, los eucaliptos se doblan con el viento y dejan ver, entre pastos y barrancas, la historia de una ciudad que se fundó en 1615, cuando el país aún era apenas una promesa.
    Baradero, “la Ciudad del Encuentro”, es el pueblo más antiguo de la provincia de Buenos Aires. Y entre su río y su campo, entre el murmullo del Paraná y los caminos de tierra que lo rodean, guarda un rincón que late con su propio corazón: la Pulpería El Torito.

    Dicen que en sus orígenes fue un almacén de ramos generales, levantado en 1808, cuando las carretas cargadas de granos y cueros cruzaban el antiguo Camino Real rumbo al norte. Por ese mismo sendero pasaron los granaderos del general San Martín camino a Mendoza. Años más tarde, cuando la patria apenas se escribía con tinta y valentía, fue refugio para Camila O’Gorman y su enamorado, que encontraron en este rincón del mapa un respiro entre el amor y la persecución. Mucho después,  cuentan que Ernesto “Che” Guevara se detuvo a tomar una copa en la barra de madera.

    El Torito, entonces, es más que una pulpería: es una cápsula viva del país, una esquina del tiempo donde el pasado y el presente se abrazan.

    Cuando llego, el sol cae sobre el alero y tiñe de oro las paredes de adobe. El aire huele a leña, a pasto recién cortado y a pan caliente. De fondo, una zamba suave —de esas que suenan con la melancolía justa— se mezcla con las risas del patio.
    Por un momento, cierro los ojos y vuelvo a la casa de mi abuela.
    Vuelvo a ese patio donde el humo del asado se enredaba en las enredaderas, donde mi tata giraba las brasas con una paciencia infinita mientras sonaba una zambita en la radio.
    Era la misma melodía, o al menos así la siento.
    Porque hay músicas que no pertenecen a una época, sino al alma.

    Abro los ojos y ahí está: el Torito, entero, renovado, hermoso, como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de que la modernidad lo borrara.

    Me reciben Agostina Gisbert y Juan Pablo Patané, junto a los padres de él, Pablo Esteban Patané y Gabriela Inés Fuentes, los actuales dueños. Cuatro personas y una misma idea: devolverle al Torito la vida que nunca debió perder.

    “Nos costó, pero valió cada esfuerzo —dice Gabriela, mientras sirve un mate—. Este lugar es una parte del alma de Baradero, y verlo así, lleno otra vez, es una emoción difícil de explicar.”

    El ambiente es simple, como todo lo que realmente vale.
    Paredes gruesas, botellas de vidrio alineadas, herramientas antiguas que parecen recién bajadas del carro de un colono. En las estanterías, hay latas, frascos y fotografías en blanco y negro que murmuran historias.
    Nada está de más. Nada está por casualidad.

    El exdueño, don Peralta, lo dijo una vez con una frase que se quedó colgada en la memoria de todos:

    “El apellido Peralta nació en el Torito en 1901, con mi abuelo. Lo continuó mi padre y luego lo terminé yo.”

    Esa historia, contada al calor del fuego, parece flotar aún entre las vigas.
    Porque aunque cambien los nombres, los lugares con alma siempre conservan algo de quienes los amaron primero.

    Pablo, el suegro de Agostina, fue quien impulsó la recuperación del lugar. Nació y creció en Olavarría, una ciudad de la llanura bonaerense, atravesada por el arroyo Tapalqué y perfumada por el polvo del campo y las canteras.
    “Allá, en mi infancia, conocí almacenes como este —me cuenta—. Lugares donde la gente compraba harina y velas, pero también compartía historias, consejos, penas y alegrías. Mis abuelos tenían uno en el campo. Era el corazón del pueblo. Cuando entré por primera vez al Torito, sentí lo mismo: que las paredes guardaban conversación.”

    Lo mira con ternura su esposa, Gabriela, y asiente.
    “Fue él quien insistió —dice—. Yo no sabía en lo que nos metíamos, pero cuando vi el brillo en sus ojos, entendí que no era solo un proyecto: era una manera de volver a sus raíces.”

    Y así fue.
    La familia se propuso restaurar el edificio sin borrar su historia. Con cuidado, rescataron cada viga, cada mueble, cada detalle. Las paredes se limpiaron con paciencia, el techo se reforzó, la barra volvió a brillar bajo la luz amarillenta de las lámparas.
    Hoy, el Torito luce exactamente como debía lucir: auténtico, con olor a pasado y sabor a presente.

    Juan Pablo, el esposo de Agostina, se encarga del fuego.
    “El asado es el plato del Torito —me dice—. Es el campo argentino hecho comida. Reunión, vino, sobremesa, silencio. Todo eso es el asado.”
    Mientras acomoda las brasas, me cuenta que cada fin de semana llegan familias de distintos rincones del país. Algunos vienen a probar el chorizo criollo, otros por las empanadas, pero la mayoría, dice, llega buscando algo que no sabe nombrar: un recuerdo, una sensación, una raíz.

    “Hay gente que se sienta y llora —agrega Agostina—. Nos cuentan que sus abuelos los traían de chicos, que jugaban acá enfrente, o que venían a bailar los domingos. Otros nos dicen que conocieron a sus parejas en una peña del Torito. Este lugar tiene algo que despierta la nostalgia.”

    Y mientras escucho, lo entiendo.
    Porque mientras hablo con ellos, la tarde se convierte en dorado y el aire se llena de perfume a carne asada, a vino tinto, a pan.
    Una pareja mayor se toma de las manos en una mesa del rincón. Una mujer le cuenta a su hija cómo conoció a su padre “una noche de zamba en este mismo patio”.
    Un grupo de amigos brinda entre guitarras y anécdotas.
    Todo parece ocurrir fuera del tiempo.

    Baradero tiene esa mezcla rara de río y campo que enamora.
    Es el lugar donde el Paraná susurra historias de pescadores, y el viento del sur acaricia los trigales.
    Fue misión franciscana, fue colonia suiza, fue refugio de románticos, prófugos y soñadores.
    Es, todavía hoy, una ciudad que vive entre la memoria y la esperanza.

    El Torito, en ese mapa, es su corazón antiguo.
    Un espacio donde el campo no es postal, sino pulso.
    Donde los caballos aún dejan huellas en el barro, y el silencio de la siesta es tan espeso que se puede tocar.

    En una de las paredes, un cartel reza: “La tradición no se conserva, se vive.”
    Y ese parece ser el espíritu del lugar.
    No hay artificio, no hay marketing, no hay turismo impostado. Hay autenticidad.
    Y esa autenticidad, en tiempos de pantallas y ruido, emociona.

    Cae la noche.
    Las luces cálidas se encienden sobre el alero.
    Afuera, los grillos arman su propio concierto. Adentro, una guitarra se atreve a una zamba.
    El humo del fuego sube despacio, dibujando en el aire la misma forma que veía en casa, cuando mi tata soplaba las brasas con un fuelle viejo.
    Pienso que el fuego es un idioma sin traducción: une generaciones, une historias.
    Quizás por eso el asado no es solo comida. Es rito, pertenencia, afecto.

    Agostina me ofrece una empanada recién salida del horno de barro.
    El primer bocado me lleva a mi infancia sin escalas.
    Tiene ese gusto que no se imita: mezcla de carne, comino y ternura.
    “¿Ves? —dice Agostina—, por eso la gente vuelve. Porque el sabor de casa no se olvida.”

    Y es cierto.
    El Torito no es solo un restaurante. Es un refugio emocional.
    Un lugar donde los sabores, los olores y las historias se entrelazan.
    Donde el campo sigue siendo campo y la tradición, un acto cotidiano.

    De tanto en tanto, alguien entra, se sienta y empieza a hablar.
    Cuentan amores, infancias, partidas.
    Una mujer dice que vino con su esposo antes de casarse. Otro recuerda que su abuelo trabajó en el Camino Real.
    Las historias flotan, se cruzan, se escuchan.
    Y uno siente que no está comiendo solo, sino compartiendo un pedazo del alma colectiva de este país.

    Quizás eso explica por qué el Torito emociona tanto.
    Porque en un tiempo donde todo se acelera, este rincón obliga a frenar, a mirar, a escuchar.
    Y de pronto, la historia no es solo un dato, sino una vivencia.
    La patria, entonces, no está en los libros, sino en los lugares como este.

    Cuando salgo al patio, la luna se refleja en los charcos del camino.
    El viento trae olor a río.
    Pienso que el Torito es como una vieja canción: cambia quien la canta, pero el sentimiento es el mismo.
    San Martín, el Che, Camila O’Gorman, los Peralta, los Patané, los turistas, los vecinos, los niños que corren por el patio. Todos, de algún modo, formamos parte del mismo relato.

    Antes de irme, Pablo se queda mirando las luces del interior y dice en voz baja:

    “Yo creo que el Torito no nos pertenece. Le pertenece al tiempo. Nosotros solo lo cuidamos un rato.”

    Asiento. Porque tiene razón.
    Hay lugares que trascienden a quienes los habitan.
    El Torito es uno de ellos.

    Subo al auto y miro por el espejo retrovisor.
    Las luces del patio se van achicando entre los árboles.
    La zamba sigue sonando en mi cabeza.
    Y pienso que si alguna vez uno necesita volver a creer en lo simple —en el fuego, en la mesa, en la historia, en el amor—, solo hace falta venir hasta este rincón de Baradero.

    Porque en El Torito, el tiempo no pasa: se queda a comer.



    Créditos fotográficos y agradecimientos especiales a:

    Agostina Gisbert, Juan Pablo Patané, Pablo Esteban Patané y Gabriela Inés Fuentes.
    Gracias por abrir las puertas de El Torito, por las historias compartidas y por mantener viva la tradición.

  • LLEGA “SABORES DEL MUNDO” A BARADERO: TRES DÍAS PARA DISFRUTAR DE LA GASTRONOMÍA, LA CULTURA Y LOS EMPRENDEDORES LOCALES.

    LLEGA “SABORES DEL MUNDO” A BARADERO: TRES DÍAS PARA DISFRUTAR DE LA GASTRONOMÍA, LA CULTURA Y LOS EMPRENDEDORES LOCALES.

    Del 7 al 9 de noviembre, Plaza Mitre será escenario de Sabores del Mundo, una experiencia gastronómica y cultural organizada por Emprendedores Baradero. El evento reunirá comidas típicas de distintos países, artesanos, juegos, shows en vivo y artistas locales, invitando a vecinos y visitantes a disfrutar de una propuesta familiar que celebra la diversidad y el trabajo emprendedor.

  • CAMBIO ESTRUCTURAL: CÓMO LA VICTORIA DE LA LIBERTAD AVANZA REDEFINE EL MAPA POLÍTICO ARGENTINO.

    CAMBIO ESTRUCTURAL: CÓMO LA VICTORIA DE LA LIBERTAD AVANZA REDEFINE EL MAPA POLÍTICO ARGENTINO.

    Por Jazmín Abdala — LS2 Baradero | 27 de octubre de 2025


     Si tenés solo un minuto, leé esto:

    • La participación fue del 67,8%, la más baja desde 1983.
    • La Libertad Avanza se consolidó como primera minoría a nivel nacional y amplió su presencia en ambas cámaras.
    • El peronismo (Fuerza Patria) quedó segundo con aproximadamente 31,7% y mantiene 99 diputados.
    • Debutó la boleta única de papel a nivel nacional sin incidentes relevantes.
    • Más de 12 millones de electores no concurrieron a votar: el ausentismo se consolida como fenómeno político.

    El 26 de octubre de 2025 quedará marcado como una elección de doble signo: por un lado, la contundencia del resultado que catapulta al oficialismo a una posición de mayor influencia parlamentaria; por otro, la confirmación de una crisis de vínculo entre la política y gran parte de la ciudadanía, expresada en la histórica caída de la participación. Con el 67,8% del padrón asistiendo a las urnas —la cifra más baja en cuatro décadas— las lecturas no pueden limitarse a quién ganó y quién perdió: exigen un análisis de las causas, los efectos y los desafíos que derivan de este nuevo mapa político.


    Contexto: la curva descendente de la participación

    La variable participación es la que da la medida más fiel de la salud democrática. En 1983, el retorno al voto libre marcó picos superiores al 85%. En las últimas décadas, sin embargo, la tendencia fue de erosión: 2015 rondó el 80%, 2017 bajó al 77%, 2021 —en plena pandemia— cayó al 71,7% y 2023 subió al 77% por la intensidad presidencial. 2025 rompe con esa recuperación y marca un nuevo piso.

    Las causas son múltiples: crisis económica persistente, fragmentación política, desgaste de los liderazgos tradicionales y desconfianza social. A esto se suma una generación joven que se informa, milita y protesta en redes, pero que cada vez se identifica menos con las estructuras partidarias.

    Según la consultora Analogías, un 39% de los ausentes declaró haber tomado la decisión de “no votar” por no sentirse representado. Otro 22% lo hizo por descreimiento hacia el sistema en su conjunto. El ausentismo, lejos de ser apatía, se convierte así en una forma de expresión política.


    La boleta única: una modernización institucional

    Fuerte ausentismo de votantes en estas elecciones 2025.

    El debut nacional de la boleta única de papel (BUP) fue uno de los ejes técnicos de la jornada. Implementada en todo el país, simplificó la logística, redujo los votos nulos y evitó el robo de boletas. El Correo Argentino y la Cámara Nacional Electoral informaron una jornada sin incidentes relevantes en más de 17.000 escuelas y 109.000 mesas.

    Sin embargo, la reforma no logró revertir la desafección social. La boleta única resolvió un problema de procedimiento, pero no de legitimidad. En términos simbólicos, modernizar el sistema electoral no alcanza si la política sigue sin conectar con la ciudadanía.


    ¿Por qué ganó La Libertad Avanza?

    La victoria de La Libertad Avanza (LLA) responde a una combinación de factores estructurales, discursivos y de coyuntura:

    • Reconfiguración del discurso: tras meses de tensiones, el oficialismo moderó su tono y amplió su base hacia sectores de centro.
    • Alianzas territoriales: acuerdos con referentes del PRO y fuerzas provinciales fortalecieron candidaturas clave en Córdoba, Mendoza y Santa Fe.
    • Contexto económico: la desaceleración de la inflación y el regreso de reservas al Banco Central ofrecieron un clima de estabilidad que favoreció al gobierno.
    • Polarización efectiva: la campaña transformó la elección en un referéndum sobre la continuidad del modelo liberal frente al retorno peronista.

    El resultado: LLA se consolidó como primera minoría en Diputados y amplió su representación en el Senado, acercándose al tercio necesario para sostener vetos. Un triunfo con fuerte contenido político y simbólico.


    Un nuevo mapa territorial

    El oficialismo arrasó en CABA (58,3%), Córdoba (56,1%), Mendoza (54%) y Santa Fe (52,8%). La Provincia de Buenos Aires, siempre termómetro electoral, fue decisiva: con un 46% de votos, Milei logró quebrar la hegemonía peronista en el conurbano profundo.

    El peronismo retuvo su fuerza en el norte argentino (Santiago del Estero, Formosa, Chaco), pero perdió terreno en distritos urbanos y de clase media. La izquierda mantuvo presencia testimonial y las fuerzas provinciales no lograron consolidarse a nivel nacional.


    Gobernabilidad: la segunda mitad del mandato

    El oficialismo llega con fuerza, pero sin mayorías absolutas. Los próximos dos años requerirán acuerdos y pragmatismo. La gestión económica, la seguridad y la reforma laboral marcarán la agenda inmediata.

    La consolidación legislativa le permitirá a Milei avanzar con proyectos de ley que habían quedado bloqueados, aunque el margen político dependerá del apoyo coyuntural de bloques aliados y del humor social. El desafío es claro: transformar el poder electoral en capacidad de gestión.


    La oposición ante el espejo

    El peronismo enfrenta una etapa de reconstrucción profunda. El resultado electoral lo deja sin eje unificador y con tensiones internas evidentes entre sus sectores tradicionales y emergentes. Dirigentes de peso ya plantean la necesidad de una “refundación opositora” basada en nuevas formas de militancia y liderazgo colectivo.

    La oposición deberá decidir si se reconfigura como contrapeso democrático o si continúa en la lógica de fragmentación que le impidió ser alternativa. En esa definición se juega buena parte de la calidad política del nuevo ciclo.


    Ausentismo: la otra gran señal

    El verdadero mensaje de estas elecciones puede no estar en las urnas llenas, sino en las vacías. Más de 12 millones de personas no votaron. En términos históricos, se trata del nivel de ausentismo más alto en democracia.

    En los barrios del conurbano, en pueblos del interior y en sectores urbanos jóvenes, la sensación es similar: “no me representan”. Esa desafección ya no se traduce solo en abstención, sino en un nuevo tipo de ciudadanía desconectada del sistema formal, pero activa en otros espacios: redes, consumo, cultura, protesta.

    En ese contexto, la participación deja de ser solo un número y pasa a ser un indicador de legitimidad. Cuando la democracia se vacía de entusiasmo, se debilita desde adentro.


    Reflexión final

    La elección del 2025 marca un cambio estructural en la política argentina: la consolidación de un nuevo bloque dominante, la modernización parcial del sistema electoral y, al mismo tiempo, una creciente distancia entre dirigencia y sociedad.

    El desafío, más que político, es cultural. Volver a despertar interés en participar, recuperar el sentido del voto y entender que la democracia no se agota en una jornada electoral. La legitimidad no solo se mide en votos, sino en confianza.

    Argentina inicia así una nueva etapa: una donde el poder se redefine, pero también una donde el silencio del ausentismo resuena más fuerte que nunca. Escuchar ese silencio, interpretarlo y responder con hechos será, quizás, la tarea más urgente del tiempo que comienza.


    Por Jazmín Abdala — LS2 Baradero | 27 de octubre de 2025