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  • El mapa de una sensibilidad: Por qué el 23 de enero Argentina celebra su fe en la música

    El mapa de una sensibilidad: Por qué el 23 de enero Argentina celebra su fe en la música

    Por Jazmín Abdala. Cronista de Radio LS2 BARADERO.

    23 DE ENERO DE 2026. BARADERO, PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA.


    El 23 de enero en Buenos Aires suele tener ese calor que no solo se siente en la piel, sino que se escucha. Es un zumbido eléctrico que sube por las baldosas de Villa Urquiza, como si la ciudad misma fuera una caja de resonancia. En alguna habitación de techos altos, un chico de quince años hoy se sienta al borde de la cama, apoya una guitarra acústica sobre la rodilla y, con los dedos todavía torpes, busca el primer acorde de “Barro tal vez”. No sabe bien por qué, pero esa melodía que suena a música antigua, escrita por un Luis Alberto Spinetta adolescente que aún no sabía que iba a cambiar el ADN de un país, le dice exactamente quién es él en este momento del mundo.

    Hoy es el Día Nacional del Músico en Argentina. No es una fecha elegida al azar por un burócrata en una oficina; es el día en que el “Flaco” llegó al mundo en 1950 para enseñarnos que la libertad no es un discurso, sino una forma de tocar la guitarra. Antes, la música se celebraba bajo el manto de Santa Cecilia, una mártir lejana de tierras extrañas. Pero desde 2014, decidimos que nuestra fe sonora necesitaba un santo laico que hubiera caminado estas calles, que hubiera tomado el colectivo y que hubiera traducido el color de nuestro cielo en acordes de novena.

    La historia de la música en Argentina es la historia de una invención constante, un río de cauce infinito que se nutre de afluentes tan diversos como su geografía. Somos un país que suena a muchas cosas a la vez: somos el bandoneón que llora en un arrabal porteño y somos el bombo legüero que retumba en el monte santiagueño. Esa diversidad demográfica y territorial moldeó una identidad que no puede ser encasillada. Desde el tango, nacido en los márgenes de los puertos como un abrazo prohibido, hasta el folklore que recorre las venas del mapa, la música ha sido el diario íntimo de nuestra nación.

    Si uno viaja al Noroeste, se encuentra con el charango y los aerófonos que bajan del Altiplano, con carnavalitos y zambas que huelen a tierra y a chaya. Si se mueve hacia el Litoral, el paisaje se vuelve chamamé y llamarrita, donde el acordeón mantiene viva una resistencia cultural que el río Uruguay transporta de orilla a orilla. En el Centro, la chacarera marca el pulso, mientras que en Cuyo, la tonada invita al tradicional “aro, aro”, ese brindis que detiene el tiempo. Incluso en la inmensidad de la Patagonia, la música de los pueblos originarios —mapuches, tehuelches, onas— sobrevive en el loncomeo, recordándonos que antes de las guitarras, el viento ya tenía su propia voz.

    En los años 60, mientras el mundo se sacudía con la beatlemanía, un grupo de pibes con el pelo largo decidió que no quería solo imitar lo que venía de afuera. Querían que el rock oliera a jazmines de barrio y a humo de café. Querían cantar en su propio idioma, con la nostalgia de Gardel pero con la electricidad de la juventud. Spinetta fue el arquitecto principal de esa mudanza. Con Almendra, fundó una patria donde la sensibilidad no era debilidad, sino una fuerza revolucionaria. “Muchacha ojos de papel” no fue solo una canción; fue la apertura de un portal. De pronto, era posible ser joven, ser rebelde y, al mismo tiempo, tener la profundidad de un poeta surrealista.

    Pero ser músico en Argentina siempre fue algo más que subir a un escenario; fue un acto de fe ciega. Durante los años oscuros de la dictadura, cuando el silencio era una orden estatal, el músico se convirtió en un faro. Spinetta, con esa figura longilínea que parecía cortada por el viento, se movía en las sombras de bandas como Invisible o Pescado Rabioso, enviando mensajes cifrados en las letras. Eran años donde un acorde podía ser un refugio. La música era la única habitación donde no podían entrar los que querían controlar el pensamiento. Esa misma mística se respira en el rock de Charly García, en la voz telúrica de Mercedes Sosa o en la rebeldía de León Gieco, quienes convirtieron el escenario en una trinchera de libertad.

    Con el retorno de la democracia, el sonido se expandió. El exilio devolvió a nuestros maestros y las calles se llenaron de ritmos bailables y una explosión de géneros. La década del 90 abarcó desde el rock puro hasta el punk y el heavy metal, mientras el pop argentino comenzaba a redefinirse. Bandas icónicas como Soda Stereo, con el magnetismo eterno de Gustavo Cerati, o los Fabulosos Cadillacs, llevaron nuestra bandera sonora a todo el continente. Surgió la “música divertida” de Los Abuelos de la Nada y Los Twist, recordándonos que el baile también es una forma de libertad.

    Ese espíritu festivo encontró su propio cauce en la cumbia y el cuarteto. La cumbia nacional, con pioneros como Los Palmeras y Los Wawancó, se fusionó con la realidad de los barrios populares para dar nacimiento a la cumbia villera, un género que narró el día a día de una Argentina que dolía pero que seguía bailando con Damas Gratis o Mala Fama. Mientras tanto, en Córdoba, el cuarteto se volvía una religión de la mano de La Mona Jiménez y el Potro Rodrigo, una explosión de energía que hoy continúa con fuerzas renovadas en grupos como La K’onga.

    Incluso la elegancia de la música clásica y el jazz encontraron en el suelo argentino un laboratorio único. Desde el Teatro Colón, figuras como Daniel Barenboim o Martha Argerich elevaron el prestigio nacional, mientras que en los clubes de jazz, maestros como el Mono Villegas o Lalo Schifrin demostraban que nuestra identidad también podía ser cosmopolita. La electrónica, consolidada con Creamfields y figuras como Hernán Cattáneo, proyectó a Buenos Aires como una capital global del ritmo, fusionando en años recientes el techno con el folklore en proyectos como Bajofondo o Juana Molina.

    Hoy, 23 de enero de 2026, la música argentina atraviesa su etapa más joven y vibrante. En las plazas donde antes se zapaban temas de Sui Generis, hoy nacen las rimas del trap y el freestyle. Lo que empezó en El Quinto Escalón con YSY A y Duki, hoy es un movimiento internacional que domina los charts globales. Nombres como Bizarrap, Nicki Nicole, Trueno, Paulo Londra y María Becerra son los nuevos embajadores de una sensibilidad que no tiene fronteras, colaborando con los artistas más grandes del mundo pero manteniendo ese “picante” que solo da el barro argentino. El sonido ha mutado hacia el RKT de L-Gante o las nuevas corrientes del plugg y el jerk, demostrando que la música nacional es un organismo vivo que no deja de respirar.

    El pop también ha vivido su revolución. Desde “La Nueva Ola” de Palito Ortega hasta el estrellato global de Lali y Tini, el género ha sabido honrar sus raíces mientras se vuelve vanguardia. Lali, convertida en un ícono pop absoluto, ha marcado un estándar de show y producción que dialoga de igual a igual con las tendencias internacionales, sin olvidar nunca el desparpajo y la fuerza de su origen.

    Ser músico en estas tierras sigue siendo una mezcla de orgullo y precariedad. Es cargar amplificadores en fletes, es pelear por un espacio en el algoritmo, es ensayar en garajes donde el calor es un integrante más. Pero hay algo sagrado en ese esfuerzo: la búsqueda de esa nota que detiene el tiempo. Es el legado de Atahualpa Yupanqui recorriendo los senderos, de Astor Piazzolla rompiendo los moldes del tango para hacerlo eterno, y de María Elena Walsh enseñándonos a soñar.

    Hoy, las plazas se llenan de guitarras y sintetizadores porque el 23 de enero es nuestro ritual de pertenencia. Es el día en que celebramos que somos hijos de una tradición que no se rinde ante la chatura. El Día del Músico es el recordatorio de que somos una nación que canta para no olvidarse de quién es. Y ahí, entre el humo de los escenarios y el silencio de las habitaciones de estudio, el Flaco sigue naciendo. Sigue naciendo cada vez que un músico cierra los ojos y encuentra esa melodía que no existía antes de él. Porque, al final, la música argentina no es solo un género; es un abrazo largo que atraviesa el tiempo, una luz que no se apaga y una certeza hermosa: que mientras haya una canción, nunca vamos a estar del todo solos.


    A Luis Alberto, el capitán de este navío eterno, le debemos la invención de un cielo propio. Hoy lo recordamos no como una estatua de bronce, sino como ese rayo de luz que atraviesa un prisma para descomponerse en mil colores: el poeta que nos enseñó que “las almas repudian todo lo que es jaula”, el guitarrista que encontró armonías donde otros solo veían silencio, y el hombre que nos convenció de que el arte es el único territorio de paz posible. Su ausencia física es solo un truco del tiempo; su presencia es el aire que respira cada artista que hoy se atreve a soñar con un sonido nuevo. Gracias por la luz, Flaco.


     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Venta de Garage

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Venta de Garage

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala.


    Hay nombres que se eligen para brillar en una marquesina y otros que se llevan grabados en la piel como una marca de nacimiento, una herencia que se rescata de entre los escombros de una historia familiar. Para entender a Venta de Garage, hay que hacer un ejercicio de memoria y retroceder hasta el año 2001. Mientras el país se desmoronaba en una de sus crisis más profundas, una disquería histórica, ubicada a tan solo una cuadra de la Plaza Colón, se veía obligada a bajar sus persianas para siempre. Pero la música, como la materia, no desaparece; solo se transforma o cambia de lugar. Todo ese arsenal de vinilos, cassettes vírgenes, grabadoras de cinta y sueños que ya no tenían vidriera fueron a parar al fondo de una casa, a la oscuridad protegida de un garage. Allí, en el silencio de ese refugio, nació un mercado de pulgas melómano donde se vendía lo que quedaba del naufragio. Quince años después, en 2016, ese mismo espacio le daría nombre y mística a una de las bandas más auténticas y personales de nuestra ciudad. Su identidad no es un eslogan de marketing; es el rastro vivo de esos discos rescatados del olvido.

    Me encuentro con Juan Ercoli para desandar una cronología que late al ritmo del rock independiente. El proyecto que hoy conocemos se gestó como una sociedad de resistencia, un dúo inicial entre Juan y Otto Pöll. Juan ya venía recorriendo los bares de la zona, gastando cuerdas y suelas, pero faltaba una pieza para que el engranaje terminara de encajar. En una de esas noches de bares y humo, apareció Otto. Se ofreció como baterista y, en ese preciso instante, la idea abstracta empezó a tomar la forma definitiva de una banda. Hoy, Venta de Garage es un organismo que respira a través de una formación tan particular como su historia: Juan Ercoli, Otto Pöll en la batería, Luis Baumann en guitarras y una línea de bajos compartida entre Fernando y Chiro Canaparo. Esta dualidad en las cuatro cuerdas no es un capricho estético, sino una solución obrera y honesta: Chiro trabaja haciendo sonido y, cuando sus compromisos técnicos le impiden subir al escenario, Fernando toma la posta. Es el rock entendido como una red de contención, donde los amigos se cuidan la espalda para que la música nunca deje de sonar.

    Al indagar sobre su sonido, Juan utiliza una imagen poderosa que remite directamente a la estética de su álbum En el Polo Norte: alguien tocando agazapado, escondido, atrincherado en la seguridad de un garage. Venta de Garage suena precisamente a eso. A la resistencia de quien compone desde el encierro para gritarle al afuera, pero sin la necesidad de complacer a nadie. La dinámica interna de la banda refleja esta libertad. Aunque Juan suele ser el semillero de las canciones —el que trae la melodía desnuda o la estructura base— el proceso en el ensayo es una mutación constante, casi biológica. La canción llega al garage y allí es donde se viste, donde se ensucia con la impronta de cada integrante o, en muchas ocasiones, nace del puro ruido de una zapada donde el tiempo parece detenerse.

    —Nos inspiramos en lo que pasa en la calle, en lo cotidiano que a veces ignoramos —reflexiona Juan con una sencillez que desarma—. Escribimos sobre lo que les pasa a nuestras amistades, sobre el sol que pega en las paredes del barrio, sobre las festividades locales y la soledad de los alrededores. Pero, por sobre todo, se cuela el paisaje de Baradero: el río, la fuerza del agua y la mística de la noche. Nuestras letras son postales de lo que vemos y cómo eso repercute dentro nuestro.

    Para los integrantes de Venta de Garage, la palabra “rock” ha perdido su peso específico por el uso y el abuso del mercado. Para ellos, no significa nada si no hay una expresión genuina detrás. Sin embargo, celebran que en nuestra “República” haya tanta gente joven y adulta animándose a decir lo que le sale de las entrañas. No se ven como referentes ni como maestros; se ven como obreros de la expresión. Su música es un espejo ecléctico donde conviven influencias que, a priori, parecen irreconciliables pero que en su sonido encuentran una armonía perfecta: desde la fragilidad melancólica de Tanguito hasta el muro de sonido infranqueable de Black Sabbath, pasando por la urgencia y la economía de recursos de los Ramones.

    Si alguien quiere entender de qué están hechos estos músicos sin leer una sola palabra, solo tiene que darle “play” a dos temas de su repertorio: “Talismán” y “Serpientes”. Allí conviven los dos lados de su luna. En “Talismán” hay una búsqueda de luz, de protección; en “Serpientes”, aparece la fuerza, el veneno y la distorsión. Son las dos caras de una banda que no teme mostrarse vulnerable ni agresiva. Es música para ser escuchada con la misma atención con la que uno revuelve un cajón de discos viejos en un garage, esperando encontrar ese tesoro oculto que te cambie el día.

    El mayor desafío que enfrentan es el mismo que acecha a cualquier artista independiente en 2026: el tiempo. La vida diaria exige, las obligaciones laborales aprietan y el reloj parece girar más rápido de lo que los amplificadores tardan en calentar. Sin embargo, ellos han decidido que la música sea su espacio de recreo innegociable. “Nos hacemos el momento para divertirnos”, confiesan. Esa es, quizás, la forma más pura de independencia: no deberle explicaciones a nadie y defender el derecho al juego y a la creación por encima de la productividad vacía.

    El futuro inmediato de Venta de Garage es un torbellino de cables y micrófonos. Con un disco nuevo bajo el brazo que ya está girando en los oídos de la gente, se encuentran sumergidos en la mezcla de su próximo álbum. Si el viento sopla a favor, este material verá la luz muy pronto. No tienen rituales complejos ni cábalas de estrellas de rock; su único requisito sagrado antes de subir al escenario es verse, reconocerse en el otro y pasar el rato juntos. La música es la consecuencia de esa amistad, no el fin.

    Al final de nuestra charla, les pido un consejo para aquellos pibes o pibas que hoy están guardando sus primeros ahorros para comprar un cable o un pedal, y su respuesta es quizá la lección más grande de toda esta crónica de rock local: —No creemos que tengamos un consejo para dar, porque nosotros sentimos que también estamos empezando ahora mismo. Lo único que importa es que intenten pasarla bien. Que no pierdan el disfrute en el camino.

    Me retiro del búnker con la sensación de que Venta de Garage es el secreto mejor guardado de Baradero. Una banda que no busca el reflector encandilante de la fama masiva, sino que prefiere brillar con la luz tenue pero constante de un garage encendido en medio de la noche. Subí el volumen, dejá que el sonido de los discos rescatados inunde tu habitación y recordá que, aunque las disquerías cierren y las crisis golpeen, la música siempre encontrará un lugar donde atrincherarse para volver a nacer.


    Venta de Garage: Radiografía de la Banda

    • Alineación: Juan Ercoli, Otto Pöll (Batería), Luis Baumann, Fernando (Bajo), Chiro Canaparo (Bajo).
    • Fecha de nacimiento: Año 2016 (Inició como dúo).

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Buffer.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Buffer.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay momentos en los que el tiempo se detiene y el destino te obliga a elegir una identidad a punta de pistola. Imaginen la escena: Baradero, septiembre de 1997. Tres hermanos criados entre libros de poesía y guitarras de folklore sienten que el pecho les va a estallar. Tienen las canciones, tienen la rabia y tienen la urgencia, pero les falta lo que les da existencia legal en el mundo del ruido: un nombre. En el Centro Cultural, antes de dar sus primeros pasos, la mirada se clava en un bafle, en esa caja negra que escupe el sonido que los hace sentir vivos. Leen la palabra técnica: Bufer. Suena seco, suena fuerte. Deciden apropiárselo, pero con un sello de identidad local: le clavan una segunda “f” para que no quepa duda de que ese amortiguador es argentino, es de acá, es de ellos. Para cuando llega el segundo concierto, apenas unos días después, la apuesta sube a niveles demenciales: 3000 personas rugiendo en un escenario masivo. Allí, Buffer dejó de ser una palabra en un parlante para convertirse en una entidad física, una descarga de adrenalina que marcó a fuego el inicio de una de las historias más persistentes de nuestra República del Rock.

    Me encuentro con Papón Beyer para desandar estos casi treinta años de trayectoria. Hablar con él es entrar en una frecuencia de radio donde la pasión nunca satura, sino que modula con la sabiduría de quien ha visto pasar modas, crisis y primaveras. Buffer es, ante todo, una cuestión de sangre y hermandad: Papón Beyer en la voz, Franco Beyer en guitarra, y Pelcha Beyer en el bajo. A este núcleo se suman Fity Bruno en la batería y Matías Urrizola en guitarras y arreglos, acompañados ocasionalmente por Agustín Formica en teclados. Pero el ADN de esta banda no empezó en un ensayo, sino en una mesa familiar.

    —Venimos de una familia de artistas —me cuenta Papón con orgullo—. Mi vieja es escritora, mi viejo es folklorista. Siempre apostamos a la creación de cosas nuevas. Buffer nació de esa necesidad visceral de mostrar canciones, de decir que estamos acá, vivos, y de gritar fuerte que creemos en un cambio social conservando los valores: la honestidad, el amor y la pasión por lo que uno hace. Entendieron temprano que la única forma de sobrevivir a la chatura del mundo era creando algo nuevo.

    Esa necesidad de gritar se convirtió en un motor que nunca se detuvo. Desde aquel 21 de septiembre del 97, la banda ha vivido con un pie en las calles de su querido Baradero y el otro en la ruta. Para Buffer, el rock no es un hobby de fin de semana; es una forma de vida que exige una entrega total. Han recorrido provincias, ciudades y pueblos, entendiendo que la vigencia no se pide, se gana con kilómetros.

    —No hay una pócima exacta para mantenerse a flote —reflexiona Papón—. Se trata de tener claro el proyecto y aceptar nuevos desafíos. Eso es lo que te alimenta y te da nuevas formas de ver la vida. Estar todo el tiempo girando es lo que nos mantiene despiertos.

    Al sumergirme en su historia, siento la evolución de su sonido como quien ve crecer a un hermano. En los inicios, Buffer era ese punk rock barrial, crudo y directo, influenciado por los Ramones, Sex Pistols y 2 Minutos. Con el tiempo, esa “rabia” inicial no desapareció, pero se pulió. Hoy, la banda suena con una sofisticación que solo dan los años de estudio y escenario. Las canciones han ganado en frescura y potencia, pero sobre todo en profundidad lírica. Franco Beyer suele ser el encargado de traer la chispa inicial, las letras y el sonido base, que luego el grupo termina de “cocinar” colectivamente, poniendo cada uno su impronta antes de pasar por el tamiz del productor.

    Pero, ¿de qué hablan las canciones de Buffer cuando la distorsión se apaga? Hablan de nosotros. De lo que nos atraviesa como humanos: el amor a los vínculos, la familia, los amigos, pero también las frustraciones y los cambios culturales. Papón me dice algo que me queda resonando: “Nuestras canciones pueden ayudar como un libro de autoayuda”. Y tiene razón. En un mundo que a veces parece una pared infranqueable, Buffer propone correr las piedras a través del arte.

    Hay un tema que hoy funciona como su estandarte más personal: “Cuando pase la tormenta”. Grabado en la soledad y el miedo de junio de 2020, en plena pandemia, la canción se convirtió en un resumen emocional de lo que nos pasó a todos. Fue una catarsis grabada en tiempo real, un abrazo sónico para cuando el mundo se volvió un lugar extraño y peligroso. Es, quizás, el momento donde el significado de su nombre cobró más sentido que nunca: ser el buffer, el amortiguador del golpe de la realidad.

    Ser independiente en Argentina, y más aún cuando no se vive cien por ciento de la música, es un ejercicio de fe. El mayor desafío, según los Beyer, es la perseverancia. No parar de girar, no dejar de sacar videos, no abandonar el estudio de grabación. Es un movimiento perpetuo que cansa pero que, al mismo tiempo, sana.

    —El valor de la banda primero es para uno y después para el resto —dice Papón—. Hacer feliz a una persona o a tres mil está buenísimo, pero pasa por el valor interno que vos le des a lo que hacés. A veces parece que solo se valora al que llena estadios o tiene un sello gigante, pero el verdadero valor es lo que querés transmitir. Si al otro le llega y le sirve para salir adelante, la misión está cumplida.

    La charla nos lleva a los rituales. En medio del caos de las giras, donde a veces llegan sobre la hora para conectar los instrumentos y tocar, siempre intentan preservar un momento sagrado: el abrazo fraternal antes de subir al escenario. Es un gesto de gratitud a la vida por permitirles seguir haciendo lo que aman después de casi tres décadas. Papón, además, guarda su propia oración personal, un espacio de silencio antes de soltar la voz frente a la multitud.

    El 2026 los encuentra con la agenda cargada de nombres de ciudades: Concepción del Uruguay, Zárate, Capital Federal y ese cierre de año tradicional en Baradero, su puerto seguro. Están trabajando en cosas nuevas, con la mirada puesta más allá de las fronteras, siempre con la misma honestidad que tenían cuando miraron aquel bafle en el 97.

    Para los jóvenes que están armando su primera banda en un garage de Baradero, Papón deja un mensaje que es, en realidad, el secreto de la longevidad de Buffer: —Hagan las cosas por amor. Háganlo ustedes mismos, con empatía y dando lo mejor. Van a sentir la felicidad de hacer felices a otros. De eso se trata el arte. Así que, ¡adelante!

    Me despido de Papón con la sensación de que Buffer es mucho más que una banda de punk rock. Son los cronistas de nuestra propia superación. Son la prueba de que se puede crecer sin perder la frescura, de que se puede madurar sin traicionar la rabia, y de que, mientras haya un abrazo de hermanos antes de un show, la tormenta siempre terminará pasando. Subí el volumen, sentí la potencia de la doble “f” y recordá que, en esta República del Rock, Buffer es el paragolpes que nos cuida el corazón.


    Buffer: Radiografía de la Banda

    • Alineación: Papón Beyer: Voz.Fity Bruno: Batería. Matías Urrizola: Guitarras y arreglos.Pelcha Beyer: Bajo.Franco Beyer: Guitarra. (Acompaña ocasionalmente Agustín Formica en teclados).
    • Fecha de nacimiento: 21 de septiembre de 1997.

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Tuerto Willy.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Tuerto Willy.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay historias que comienzan con un estruendo y otras que se gestan en el silencio de una mirada incompleta. En la mitología de los barrios, los gatos no son solo mascotas; son guardianes de secretos, equilibristas de techos de chapa que conocen cada grieta del mapa urbano. Willy era uno de esos. Un gato de batalla, un guerrero callejero que un día perdió un ojo pero ganó una leyenda. Cuando los integrantes de esta banda buscaron un nombre, no fueron a los diccionarios de música ni a las frases hechas del rock; miraron a Willy. En esa mirada tuerta encontraron una metáfora perfecta: la de ver el mundo de una forma distinta, la de enfocarse en lo esencial cuando el resto se distrae con el decorado. Así nació El Tuerto Willy, un proyecto que, desde 2017, funciona como un faro de nostalgia y energía en las noches de Baradero. Un nombre que suena a taberna, a puerto y a aventura, pero que en el fondo es un homenaje a la lealtad de lo pequeño, a ese gato que les enseñó que se puede andar por la vida con una cicatriz y aun así no perder el equilibrio.

    La formación de la banda tiene ese aroma a reencuentro que solo se da en las ciudades donde todos nos conocemos las caras pero no siempre las intenciones. Pablo, Seba, Juli y Dani no son unos recién llegados. Son sobrevivientes de otras trincheras, músicos que ya habían gastado suelas en proyectos paralelos. Pablo y Seba venían golpeando parches y cuerdas en una formación; Juli y Dani hacían lo propio en otra. Pero el rock, como la vida, es un juego de sillas que nunca deja de girar. Cuando la banda de Juli y Dani se quedó sin baterista —ese drama eterno del rock independiente—, el destino hizo lo suyo. No hubo necesidad de audiciones frías ni de avisos en redes. Hubo una charla, una mirada tuerta al futuro y la decisión de unir fuerzas.

    —Ahí decidimos unirnos para formar El Tuerto Willy —recuerdan con la sencillez de quienes saben que las mejores cosas no se planean, se reconocen—. Veníamos de tocar mucho, de conocer el paño, y de repente todo encajó.

    Pero El Tuerto Willy no se conformó con ser una banda más de covers. Decidieron meterse en un terreno pantanoso y fascinante: la apropiación cultural a través del idioma. Todos los que crecimos en los 90 fuimos colonizados sentimentalmente por el punk de California, por la rabia de Berkeley y el pop-punk que inundaba las radios y los videos de MTV. Green Day, The Offspring, NOFX, Rancid… bandas que nos hablaban en un inglés que apenas entendíamos pero que sentíamos como propio. El Tuerto Willy tomó esas canciones, esos himnos de skate y rebeldía, y se planteó una pregunta audaz: ¿qué pasa si les ponemos nuestras palabras?

    —La idea surgió de una limitación real: hacíamos covers en inglés y la verdad es que no sabíamos cantar muy bien en ese idioma —confiesa Dani con una sonrisa honesta—. Entonces decidimos cantarlos en español. Pero versionar no es solo traducir; es un desafío enorme. Tenés que lograr que la adaptación no pierda el sentido original, que la métrica encaje y que la letra siga teniendo ese ‘punch’ que te hacía saltar cuando eras pibe.

    Ese proceso de traducción es, en realidad, un acto de soberanía artística. Al pasar el punk de los 90 por el filtro del castellano, El Tuerto Willy le quita el pasaporte extranjero y lo nacionaliza baraderense. Ya no es Billie Joe Armstrong cantando sobre la alienación en un suburbio de Estados Unidos; es una voz de acá, que ensaya a la vuelta de tu casa, cantándote sobre las mismas frustraciones y esperanzas pero en el idioma en que pedís el pan o discutís en la esquina. Es un puente generacional que conecta la adolescencia de los cuatro integrantes con el presente de una ciudad que siempre necesita una dosis de adrenalina.

    El sonido de la banda es una cápsula del tiempo que viaja a 180 pulsos por minuto. Es Pop-Punk con raíces profundas en la década del 90, esa mezcla de melodías pegadizas y guitarras distorsionadas que te inyectan ganas de romper la inercia. Si bien ellos dicen que su sonido no ha mutado radicalmente desde 2017, admiten que el roce constante y los años de ensayo han afilado la propuesta.

    —Se nota la mejoría con los años —dicen—. Le vamos poniendo nuestra propia impronta a cada canción. Ya no es solo tocar un tema de La Polla Records o de Descendents; es tocarlo a la manera del Tuerto.

    La dinámica de trabajo del grupo es tan orgánica como su formación. Al no tener que lidiar con la hoja en blanco de la composición propia, se concentran en la arquitectura del arreglo. Alguien llega con una idea grabada, una melodía que le quedó resonando, y en la sala se produce la magia del ensamble. Es un proceso de pulido constante, donde cada uno aporta su visión para que esa versión sea única. En ese laboratorio de nostalgia y ruido, nació su canción insignia: “Olimpia Wa”.

    —Ese tema nos identifica con nuestra adolescencia —explican con cierta emoción—. Es el punto exacto donde despertó nuestro interés por la música. Es el ADN de la banda resumido en unos pocos minutos de energía pura.

    Pero ser una banda independiente en la República del Rock en este 2026 no es solo subir el volumen y disfrutar. Hay una realidad cruda que El Tuerto Willy no esquiva. La charla se vuelve densa cuando tocamos el tema de la autogestión y el valor que la sociedad le da al músico under.

    —Para las bandas independientes, el arte no es valorado —sentencian sin anestesia—. Te das cuenta cuando vas a tocar a los lugares. Hubo veces que tuvimos que poner plata de nuestros propios bolsillos para pagar el sonido o incluso para pagar lo que consumimos en el lugar donde nos invitaron a tocar. Es una lucha desigual, donde el amor al arte es el único combustible que te mantiene andando cuando el sistema te da la espalda.

    A pesar de eso, el desafío de El Tuerto Willy sigue siendo el mismo desde el primer día: perdurar. Seguir estando. Pasar la tarde en la sala no por la promesa de un contrato discográfico, sino por el placer de la distorsión compartida. No tienen rituales extraños ni cábalas místicas antes de salir al escenario. Su único ritual es la amistad y la “buena onda” que buscan transmitir a quien esté del otro lado de los parlantes. Para ellos, el éxito no se mide en seguidores de redes sociales, sino en esa energía que se genera cuando el primer acorde explota y alguien en el público reconoce la melodía y la canta en su propio idioma.

    Para los próximos meses, la banda tiene planes claros: meterse a grabar algunos EPs para que esas versiones no se las lleve el viento y queden registradas como parte de la historia sonora de Baradero. Quieren dejar una huella, por pequeña que sea, en este gran mapa del rock local.

    Antes de despedirnos, les pido un mensaje para los que están empezando, para esos chicos que hoy están encerrados en una habitación tratando de sacar un solo de guitarra. La respuesta es un manifiesto de resistencia emocional.

    —Háganlo con pasión. No pierdan eso nunca. Si después viene algo más, bienvenido sea, pero la pasión es lo único que nadie te puede sacar. Si no hay pasión, la música es solo ruido.

    Me retiro del encuentro con la imagen del gato Willy en la cabeza. Esa mirada tuerta que no ve menos, sino que ve mejor. El Tuerto Willy es la banda que nos enseña que no importa si el camino es difícil o si hay que poner plata del bolsillo para tocar; mientras haya una canción que nos devuelva a la adolescencia y tres amigos con los que compartir el ruido, la República del Rock seguirá teniendo quien le cuide las espaldas. Subí el volumen, cantalo en español y recordá que, a veces, para ver la realidad con claridad, solo hace falta cerrar un ojo y abrir bien el corazón.


    El Tuerto Willy: Radiografía de la Banda

    • Alineación: Pablo (Batería), Seba (Bajo), Juli (Guitarra y voces) y Dani (Voces y guitarra).
    • Fecha de nacimiento: 2017

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Brutal Intensa.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Brutal Intensa.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay una fractura que no se ve en las radiografías, pero que duele más que cualquier hueso roto: la fractura de un proyecto artístico. Cuando una banda se separa, no solo se dejan de tocar canciones; se rompe un ecosistema de sueños, se desarma una familia elegida y queda en el aire ese sabor amargo de lo inconcluso, de lo que pudo ser y no fue. Es un naufragio silencioso que ocurre entre cuatro paredes y que suele dejar a los músicos varados en una isla de incertidumbre. En 2013, un grupo de amigos en Baradero vivió ese quiebre. El proyecto que los unía se partió en tres pedazos, tres bandas que salieron a buscar su propio destino. Pero en medio de ese caos, hubo un núcleo que no pudo aceptar el silencio. Había un fuego que no se había apagado, una urgencia que seguía latiendo en las venas y que les recordaba, cada noche, que la música no era una opción, sino una necesidad biológica. De ese resto de naufragio, de esas ganas desesperadas de volver a sentir el golpe de la batería en el pecho, nació Brutal Intensa. Un nombre que no es solo una marca, sino una confesión: porque volver a empezar en un país que siempre te pone el viento en contra es una tarea brutal, y hacerlo con el alma expuesta es, sencillamente, intenso.

    Me encuentro con los protagonistas de esta reconstrucción en su búnker creativo. Allí están Lucho Cortés, Gonzalo Maestre, Garfield D’elia, Flavio Marquez, Lucas Martínez y Victor Zabala. Al verlos juntos, uno no ve a seis músicos ensayando; ve a una unidad de resistencia. La historia de cómo volvieron a encontrarse tiene ese tinte de destino que solo el rock y el reggae pueden escribir.

    —Cuando la primera banda se rompe, nos quedó una angustia muy grande —recuerda Lucho mientras el humo de la tarde se cuela por la ventana—. Pero el universo tiene sus formas. Me mudé cerca de la casa de Víctor, nuestro baterista. Una tarde nos reunimos y, sin muchas vueltas, nos miramos y lo supimos: era hora de volver. Nada tenía sentido si no hacíamos lo que más feliz nos hace. Lo que la música te deja en la sangre es una droga que no podés soltar.

    Esa reunión fue el Big Bang de lo que primero conocimos como Sabeajamaica en 2016 y que hoy, después de mil batallas y una evolución sonora necesaria, se ha consolidado como Brutal Intensa. La transición del nombre no fue cosmética; fue el reflejo de una madurez combativa. Decidieron que no querían hacer un reggae de postal, de ese que solo habla de palmeras y relajo. Querían un reggae que oliera a Baradero, a la industria, a la lucha del obrero que sale de la fábrica y se cuelga el bajo para decir lo que piensa.

    —La idea del nombre viene de comparar la música con la realidad —explican—. La vida muchas veces es brutal e intensa. Te golpea, te sacude, pero también te apasiona. Nosotros le cantamos a todo lo que se mueva. Queremos generar un movimiento, decir lo que muchos callan por miedo o comodidad, pero sin perder nunca el mensaje de amor y unión. Hacemos música a conciencia porque sabemos que estamos hechos de lo que escuchamos.

    En sus letras, la geografía de nuestra ciudad deja de ser un mapa para convertirse en un sentimiento. En su canción “Sol”, Baradero respira. Se pueden sentir las barrancas, ese límite natural donde la tierra se rinde ante el río; se puede escuchar el motor de los autos en la ruta 41 desembocando en la rotonda. Es la “ciudad del encuentro” vista desde los ojos de los que la caminan cuando las luces led del centro se apagan. Es un sonido del pueblo, callejero y fuerte, que se mantiene vivo reclamando su espacio.

    —Nosotros no hacemos rock, hacemos reggae —aclara Lucho con orgullo—. Pero el espíritu es el mismo: la resistencia. El sistema nunca para de intentar domesticarte, de decirte qué consumir y cómo pensar. ¿Por qué vamos a parar nosotros? La llama se mantiene viva avivándola todos los días, no dejando que la rutina te gane la partida.

    La cocina de Brutal Intensa es un proceso democrático y horizontal. Aquí no hay dueños ni directores de orquesta. Las canciones suelen nacer de la improvisación pura, de ese momento en que el bajo de Garfield empieza a caminar y la batería de Víctor marca el pulso. Como en una buena comida familiar, cada uno aporta un condimento: Flavio le da el ambiente con los teclados, Gonzalo la electricidad con la guitarra, Lucas la profundidad con la percusión y Lucho pone las palabras que terminan de darle sabor al plato.

    —Las canciones nacen y a veces no sabemos ni de dónde vienen —dicen entre risas—. Cada uno tiene música dando vueltas en la cabeza y cuando nos juntamos, explota. Se pulen con el correr de los ensayos, con el roce de los instrumentos, hasta que encuentran su forma final.

    Hablamos sobre el desafío de la independencia en este 2026 que nos encuentra a todos un poco más cansados. Ser una banda autogestionada en el interior de la provincia es, en sus propias palabras, “remar en dulce de leche”. No hay managers con maletines ni discográficas esperando en la puerta. Hay fletes pagados entre todos, cables soldados un domingo a la tarde y el esfuerzo de sostener un proyecto en un país que, a veces, parece diseñado para que los artistas bajen los brazos.

    —El mayor desafío es entender que no hay una meta final —reflexionan—. Hacemos música porque para eso nacimos, como otros hacen deportes o ingeniería. Nuestro próximo paso es sobrevivir musicalmente. Vivimos en un contexto donde no te quieren ver dando pelea, pero justamente eso es lo que nos distingue. Escuchar temas como “Liberación” es entender de qué estamos hechos. Es una canción especial, que toma fuerza según el estado de ánimo de quien la escucha.

    Para Brutal Intensa, el éxito ha sido redefinido. Ya no tiene que ver con la fama, sino con la permanencia y el vínculo humano. Su ritual más sagrado no ocurre bajo las luces del escenario, sino horas antes: llegar temprano a la sala, compartir un mate o una cerveza, y darse ese abrazo de hermanos que sella el pacto de seguir adelante. Son conscientes de que cada vez que se suben a tocar es un milagro de la voluntad, y lo celebran como tal.

    —Buscamos transmitir que no es una opción darse por perdido —sentencia Lucho antes de cerrar la entrevista—. Hay que lucharla desde el lado que te toca. La música es valorada por la gente común, por los que laburan, porque a veces es la única compañía que tenemos en la soledad.

    Me voy del ensayo con el eco del reggae combativo todavía golpeando en mis sienes. Brutal Intensa es la prueba viviente de que las fracturas pueden sanar si hay suficiente amor y distorsión de por medio. Son los obreros del ritmo que decidieron que el silencio no era una opción y que Baradero merecía un sonido que fuera, a la vez, un refugio y un grito de guerra.

    Subí el volumen y dejate atravesar por esta mística callejera. Porque mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y dar pelea, esta República seguirá vibrando. Y acordate del consejo que nos dejan estos guerreros: hacé, creá, animate. Porque el que te critica es, casi siempre, el que no tuvo el coraje de intentar su propio truco. La música nos salva, y Brutal Intensa está acá para recordárnoslo nota a nota.


    Brutal Intensa: Radiografía de la Banda

    • Alineación: Lucho Cortés (Voz), Gonzalo Maestre (Guitarra), Garfield D’elia (Bajo y voz), Flavio Marquez (Teclados), Lucas Martínez (Percusión) y Victor Zabala (Batería y voz).
    • Fecha de nacimiento: 2016 (Como Sabeajamaica).

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Al7er.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Al7er.


    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay lugares que tienen un magnetismo invisible, espacios donde el aire parece vibrar en una frecuencia distinta, cargado de una electricidad que no se ve pero se siente en la nuca. En Baradero, ese lugar tiene nombre de río y de música: Delta Music Group. No es solo un estudio de grabación; es un laboratorio de transmutaciones. Imaginen la escena: finales de 2019, el olor a madera nueva de los paneles acústicos, el brillo metálico de los micrófonos esperando ser encendidos y, en medio de ese silencio expectante, cuatro personas que están a punto de cambiar su historia personal para siempre. Allí, entre cables y consolas, el plomo de las experiencias pasadas empezó a cocinarse a fuego lento para transformarse en algo nuevo, algo que no aceptaba etiquetas fáciles ni fórmulas repetidas. Ese algo se escribe con mayúsculas y lleva un número que rompe la simetría: AL7ER. No es solo una banda; es el resultado de una alquimia emocional que entiende que el rock no es un género que se elige, sino un lenguaje que se hereda, se pule y, finalmente, se grita.

    La historia de AL7ER no comienza con un aviso clasificado buscando músicos, sino en la sangre. Leonardo “Leo” Sassone y Luciano “Luchi” Acuña son primos, pero en el mundo de la música, esa palabra se queda corta. Son socios de silencio y de ruido casi desde que tienen memoria. Han compartido proyectos, fracasos y pequeños triunfos desde que las guitarras les quedaban grandes. A esa célula inicial se sumó Mauro Bahuón en 2009, aportando la tercera arista a un triángulo que ya sabía lo que era resistir el paso del tiempo. Sin embargo, en 2017, tras el cierre de una etapa anterior, sintieron que el aire se estaba estancando. Necesitaban una “nueva cara”, una identidad que no solo sonara diferente, sino que fuera la opción alternativa a todo lo que ya habían hecho. Pero a toda reacción química le falta un componente para volverse explosiva.

    El destino, que suele ser el mejor guionista del rock, los cruzó con Aldo Parellón en un festival. Aldo, un baterista y productor llegado desde Tucumán con el ritmo en las manos y la visión de quien sabe construir mundos desde el sonido, fue el catalizador. Leo, Luchi y Mauro no anduvieron con vueltas: lo abordaron con la urgencia de quienes han encontrado la pieza que faltaba en el rompecabezas. “Tenemos estas canciones, tenemos este proyecto y queremos que vos seas el motor”. Aldo, que en principio iba a ser un sesionista, un colaborador externo, terminó siendo absorbido por la mística del grupo. Así, apenas unas semanas antes de que el estudio Delta inaugurara oficialmente, los AL7ER ya estaban ocupando las salas, marcando el territorio con “Paranoico”, su primer rugido grabado. Aquel fue el punto de quiebre: el momento en que dejaron de ser un proyecto para convertirse en una identidad estilizada, donde la “T” se transformó en un “7”, simbolizando una unión que iba más allá de lo musical.

    —El nombre viene de lo “alternativo”, pero en su significado más puro —me explican mientras nos sumergimos en la filosofía de la banda—. No hablamos de un estante en una disquería, sino de ser algo diferente a la norma, algo que se sale de lo establecido. AL7ER es una receta que solo funciona con estos cuatro ingredientes. Es una alquimia que no respeta fórmulas externas, solo la nuestra.

    Escuchar a AL7ER es asistir a un proceso de construcción y deconstrucción constante. Leo es el encargado de traer la semilla: una letra escrita en una noche de insomnio, una melodía que le silba el viento de Baradero, una idea que pide ser canción. Pero cuando esa semilla cae en la sala de ensayo, la metamorfosis es total. Lo que entra como una balada acústica y vulnerable puede salir convertido en un Hard Rock pesado, filoso y vibrante. Es un juego de “vestir” la canción, de probarle ropajes de diferentes sonoridades hasta que, de repente, sucede lo inexplicable: suena a AL7ER.

    —Ni nosotros mismos lo entendemos del todo —confiesa Leo con una sonrisa que mezcla el asombro y la complicidad—. Pero disfrutamos ese proceso como si fuéramos chicos. Esa actitud de aprender y jugar es lo que nos mantiene vivos. Si dejás de jugar, la música se vuelve un trámite, y nosotros no estamos acá para hacer trámites.

    Esa honestidad brutal es la que buscan transmitir en sus letras. No hay en AL7ER una épica falsa de estadios y luces led; hay una catarsis que nace de la herida. Sus canciones hablan de estar roto, del desamor, de la lucha diaria por superarse a uno mismo. Es un rock que no te miente: te dice que la vida duele, pero que poner el cuerpo sobre el escenario es la mejor forma de que ese dolor se convierta en algo hermoso. Es una descarga colectiva donde el público no es un espectador pasivo, sino un cómplice que también necesita gritar sus propias verdades. Se inspiran en la prolijidad técnica de Toto, en la grandilocuencia emocional de Muse o Coldplay, y en la energía cruda de Foo Fighters, pero todo eso se tamiza por el filtro de la vivencia local. Baradero, con sus paisajes de río y su ritmo de ciudad de provincia, le da un color especial a su sonido: un tono honesto, real y, sobre todo, soberano.

    Pero AL7ER no es solo sentimiento; es una maquinaria de trabajo que hoy, en pleno amanecer del 2026, está operando a máxima potencia. Tienen objetivos que para muchos sonarían ambiciosos, pero para ellos son simplemente el siguiente paso lógico. Se han propuesto lanzar una canción por mes, cubriendo digitalmente cada rincón de la red. Tienen la mirada puesta en el pasillo de la Ruta 9, uniendo Rosario con Capital Federal, llevando su sonido a templos del rock como Carnal en Palermo y cerrando jornadas en los estudios de televisión nacionales. El 31 de enero de 2026 ya está marcado en rojo en su calendario: ese día, entrarán al legendario estudio Romaphonic para una Live Session que promete capturar la esencia de la banda en su estado más puro. Y si el horizonte se ve despejado, planean cerrar el año con una gira por países limítrofes. Es la mentalidad de quien sabe que la autogestión no es solo peguntar carteles, sino profesionalizar cada detalle de la pasión.

    —El rock en Argentina es pasional, tenemos el mejor pogo del mundo, eso no se discute —reflexionan—. El desafío es lo económico, el valor que se le da al artista independiente. Por eso hay que ser autosustentables, saber qué conocimientos incorporar y cuándo buscar ayuda externa.

    Al final de la charla, les pido un consejo para los que están del otro lado, para esos pibes que hoy están en su habitación sacando sus primeros acordes y sintiendo que el mundo de la música es una montaña inalcanzable. La respuesta de AL7ER es un golpe de realidad y de aliento al mismo tiempo.

    —Estudien horas y horas. Anímense a sacar su música, pero tengan claro por qué y para qué lo hacen. La frustración va a estar ahí, es parte del juego, pero con o sin ganas, hay que hacer igual. Nunca te vas a arrepentir de haber estudiado o de haber compuesto, pero sí te vas a recriminar el tiempo perdido mirando una pantalla sin sentido. La música es acción constante.

    Me retiro de Delta Music Group con el sonido de “Paranoico” vibrando en mis oídos y la sensación de haber hablado con gente que entiende el tiempo de una manera diferente. AL7ER no espera el futuro: lo construye nota a nota, ensayo tras ensayo. En una ciudad que a veces parece dormir la siesta, ellos son el despertador de distorsión y verdad. Son la prueba de que, incluso cuando estamos rotos, podemos ser la alternativa a nuestro propio destino.

    Subí el volumen y dejate llevar por la alquimia de estos cuatro obreros de la melodía. La República del Rock hoy tiene un nuevo estándar de honestidad, y se escribe con un 7 en el medio del corazón.


    AL7ER: Radiografía de la Banda:

    • Alineación: Leonardo “Leo” Sassone: Voz y Guitarra.  Luciano “Luchi” Acuña: Bajo. Mauro Bahuón: Guitarra. Aldo Parellón: Batería.
    • Fecha de nacimiento: 2017 (Gestación) / 2019 (Consolidación final).

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Varial.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Varial.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay un sonido que solo conocen los que alguna vez se animaron a poner un pie sobre una tabla de madera y cuatro ruedas de uretano: el “pop”. Es ese golpe seco de la cola del skate contra el cemento, el instante exacto en el que la física se rinde ante la voluntad y el cuerpo se eleva. En ese segundo de suspensión, el mundo se detiene. No hay deudas, no hay problemas, no hay pasado; solo está el aire y la rotación. En el lenguaje de las calles, un Varial es precisamente eso: una maniobra técnica donde la tabla gira 180 grados mientras el skater permanece en el aire, una coreografía de precisión y potencia que, si sale mal, te deja el cuerpo marcado contra el suelo, pero si sale bien, te hace sentir invencible. Esa misma dinámica de vuelo y riesgo es la que define el ADN de la banda que hoy ocupa nuestro radar. En Baradero, esa “República del Rock” que sabe de herrumbre y de río, VARIAL no es solo un nombre en un flyer; es una declaración de principios. Son cuatro amigos que decidieron que sus canciones debían sonar como un truco perfecto: veloces, densas y, sobre todo, imposibles de ignorar.

    Me encuentro con Franco Tognocchi, la voz y el pulso rítmico de este motor de cuatro cilindros, en una tarde donde el sol de Baradero parece derretirse sobre el pavimento. Junto a él, el aire se carga con la presencia de Franco Figueroa, Ayrton Grieco y Lucas Orduña. No estamos frente a principiantes que recién descubren cómo enchufar un cable. Aquí hay kilometraje. Hay olor a funda de guitarra gastada y a baquetas astilladas en mil batallas. Tognocchi y Orduña vienen de quemar escenarios en bandas legendarias de la zona como Buffer e Inyección. Son obreros de la distorsión que ya saben lo que es grabar discos, girar por pueblos olvidados y sentir el sudor del público en la cara. Sin embargo, cuando VARIAL se formó a mediados de 2024, algo nuevo —una chispa distinta— se encendió entre ellos.

    —Fue una conexión muy rápida —me cuenta Franco mientras se acomoda la gorra, con esa calma de quien ya bajó muchas rampas—. Con Lucas ya veníamos de compartir otras bandas, y al sumarse Ayrton y Franco, todo fluyó. Somos amigos fuera del grupo, compartimos la vida, y eso en el escenario es un plus que no se compra en ninguna casa de música.

    Le pregunto por el nombre, aunque la respuesta parece flotar en la estética del grupo. VARIAL es una palabra que encierra una dualidad: es “variable” en nuestro idioma, reflejando la mutación constante de cuatro músicos que vienen de palos tan distintos como el thrash, el hardcore, el doom y el heavy metal. Pero también es ese truco de skate, el Varial Flip 360, que requiere una coordinación milimétrica.

    —Apuntamos a un estilo pesado pero con ese toque skater que nos caracteriza —dice Franco, y uno casi puede oler la mezcla de resina y grasa de rulemanes en su descripción—. El sonido de VARIAL es denso, filoso y potente. Logramos encontrar esa afinación particular que buscábamos, ese toque de densidad que te pega en el pecho. Somos un poco obsesivos con la perfección del audio, siempre experimentando para que el golpe sea el correcto.

    La forma en que VARIAL construye sus himnos es una lección de arquitectura moderna aplicada al ruido. Franco Figueroa, el guitarrista principal, es quien pone los cimientos, diseñando bases y maquetas con baterías digitales. Luego, Tognocchi se “interna” —esa es la palabra que usa, como quien se encierra en un laboratorio— para buscar la melodía vocal que encaje en el rompecabezas.

    —Me paso horas buscando el tono justo, decidiendo si la voz tiene que ir rasgada o natural —explica Franco—. Una vez que la letra y la melodía están cocinadas, se las paso al grupo para el “aproveishon”. Si el pulgar está arriba, nos vamos al ensayo y ahí terminamos de acoplar los instrumentos. Es un proceso natural, muy cómodo, como si las canciones ya estuvieran ahí esperando que las termináramos de armar.

    Pero VARIAL no es solo una pared de sonido. Detrás de la distorsión hay una vulnerabilidad que desarma. Tognocchi escribe desde las tripas, usando metáforas para hablar de situaciones personales vividas acá, en nuestro querido Baradero. Sus letras son crónicas de amor y desamor, de amistad incondicional y, sobre todo, de la resiliencia de no aflojar nunca, ni siquiera cuando la tabla se parte al medio.

    —Buscamos generar emociones encontradas —confiesa con una seriedad que contrasta con la energía de sus temas—. Me ha pasado de ver amigos o personas desconocidas llorando con temas como “Insomnio” o “Me tengo que ir”. Que una canción nuestra llegue hasta los huesos de esa manera es impagable. Quiere decir que la emoción se transmitió correctamente, que logramos conectar con el que está del otro lado.

    Hablamos de la autogestión, ese “camino lleno de piedras” que es ser una banda independiente en el interior. Moverse, grabar, gestionar el merch, intentar llegar a un público masivo sin la estructura de una productora… Es una subida empinada, pero ellos la encaran con la misma filosofía con la que se encara una baranda de diez escalones: con decisión. Para ellos, el ritual previo a un show no tiene que ver con cábalas místicas, sino con lo humano.

    —Nuestro punto clave es compartir la cena juntos, tomar algo, reírnos un rato —dice Franco—. Ese es el motor de VARIAL. Si estamos bien nosotros, la música sale sola.

    Para estos cuatro jinetes del asfalto, el rock no es un género que se elige, es una forma de vida que se hereda y se mantiene encendida. Franco siente que el panorama en Baradero está resurgiendo, que la escena local tiene una calidad que no envidia nada a las grandes capitales. Siente que la mirada del público está cambiando, que después de tanto tiempo de consumir lo volátil y lo efímero de las modas, la gente está volviendo a valorar la cuerda que vibra, el parche que explota y la letra que tiene algo que decir.

    Antes de despedirnos, le pido un consejo para los pibes que recién están comprando su primera guitarra o sus primeras baquetas. Su respuesta es un manifiesto de perseverancia que me queda resonando mientras el sol termina de caer tras los galpones de la ciudad.

    —Luchen por sus sueños. No bajen los brazos, hay luz al final del túnel. Una banda es como una pareja: va a haber altibajos, desacuerdos y frustraciones, pero si siguen ese impulso, van a encontrar el equilibrio. La música es un camino lleno de piedras —hace una pausa y me mira fijo—, y piedra es rock Aplástalas y acelerá a fondo. El éxito llega solo para los que perseveran.

    Me voy del encuentro con la sensación de que VARIAL ha logrado el truco más difícil de todos: el de la permanencia. En una realidad que nos empuja a ser iguales, ellos eligen ser la variable. Son el sonido del Baradero que no se rinde, el de los que saben que caerse es solo parte del proceso para volver a volar.

    Si alguna vez caminás por las calles de la ciudad y escuchás una distorsión que te sacude el suelo y una voz que te cuenta tu propia historia, no lo dudes: son ellos. Son los que aplastan las piedras para convertirlas en música. Son VARIAL, acelerando a fondo hacia el sol, sin frenos y con el alma puesta en cada rotación. Subí el volumen, sentí el impacto en los huesos y acordate: para los que perseveran, el sol siempre vuelve a salir.


    Varial: Radiografía de la Banda

    • Alineación:Franco Tognocchi (guitarra y voz), Franco Figueroa(guitarra y coro)Ayrton grieco (bajo) y Lucas Orduña (batería).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

     

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Menos Mas.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Menos Mas.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Existe una vieja máxima en la arquitectura y el diseño, acuñada por Mies van der Rohe, que dice que “menos es más”. Pero en el rock, esa frase no es una cuestión de estética de catálogo, es una declaración de guerra contra lo innecesario. Históricamente, el rock se infló hasta el hartazgo: estadios monumentales, sintetizadores infinitos, solos de veinte minutos y paredes de amplificadores que servían más para la foto que para el sonido. Sin embargo, cada tanto, el género necesita volver a la cueva, a la base, al hueso. Sucedió cuando los White Stripes demostraron que con una guitarra roja y una batería básica se podía sacudir el mundo, o cuando los Black Keys rescataron el blues del fango para meterle electricidad. Ese minimalismo no es falta de recursos; es un exceso de honestidad. Es entender que si la canción no funciona con dos personas mirándose a los ojos, no va a funcionar con una orquesta detrás. En Baradero, esa “República” que sabe de lujos pero también de crisis, hay un dúo que lleva esa filosofía grabada en el nombre y en la punta de los dedos. Se llaman Menos Más, y vienen a demostrar que el ruido más potente es el que nace de la economía absoluta.

    Me encuentro con Fabricio Firpo y Francisco Loriente en un rincón de la ciudad donde el aire todavía conserva algo de esa humedad característica de las orillas. No son recién llegados. Estos “obreros del rock” vienen curtiendo escenarios locales desde los años 2000, cuando el mundo era otro pero las ganas de armar una banda eran las mismas. Se conocen desde los quince años, esa edad en la que uno elige a sus amigos por la música que llevan en los auriculares. Menos Más, sin embargo, es un hijo directo de la pandemia. En 2021, cuando el mundo se detuvo y las bandas multitudinarias se volvieron imposibles de sostener, ellos hicieron lo que mejor saben hacer: reducir.

    —El nombre surge de cómo se pensó la banda —me dice Francisco mientras acomoda su guitarra—. Buscamos reducir lo máximo posible, teniendo un enfoque minimalista.

    Lo miro y entiendo que ese minimalismo es su mayor fuerza. Fabricio, en la batería y coros, y Francisco, en la voz y guitarra, no necesitan a nadie más. La dinámica entre ellos es casi telepática, un diálogo constante que se pule en el ensayo, pero que termina de explotar en la zapada. Me cuentan que antes ensayaban cerca del río, y es imposible no imaginar cómo ese paisaje del Delta, con su calma aparente y su corriente imparable, se filtró en sus composiciones.

    —La inspiración suele surgir de la improvisación —cuenta Francisco—. Surgen de zapadas en los ensayos. Eso hace que en vivo las canciones cambien; depende del día, pueden durar más o menos, o las tocamos más rápido o más lento. Inconscientemente, el paisaje del río se colaba en las letras.

    Esa fluidez es lo que los mantiene vivos. Su sonido, que hoy definen como una mezcla de Hill Country blues y garage punk rock, es una materia viva que muta. No hay una lista de temas rígida cuando suben al escenario. El ritual previo es una charla técnica rápida: “acordate de tal corte”, “miremosnos”, “¿hacemos este tema?”. Esa libertad es el lujo que solo se pueden dar los que confían ciegamente en el otro.

    —¿Qué buscan transmitir cuando le dan volumen a esa mezcla de blues y punk? —les pregunto, tratando de captar la esencia de esa energía. —Solemos decir que si vemos que alguien está moviendo la cabeza o el pie al ritmo de la música, nuestro trabajo está hecho —responde Francisco con una sencillez que desarma—. Nos interesa que el mensaje no sea explícito, que cada uno pueda sentir lo que quiera.

    Sus referentes son un mapa de la honestidad musical. Desde el Flaco Spinetta, Massacre y Pez, hasta la crudeza internacional de The Hives, Nirvana o Seasick Steve. Pero hay un nombre que resuena con especial fuerza en la charla: Josh Homme, de Queens of the Stone Age. Francisco me cita una entrevista de Homme que le quedó grabada como un mantra: crear la música que a uno le gustaría que existiera, ser el fan número uno de tu propia obra.

    —Parece obvio, pero es el mejor consejo —reflexiona Francisco—. Si a vos te gusta lo que hacés, la pasión se nota.

    Hablamos de los desafíos de ser independientes en este Baradero del 2025. Los problemas son los de siempre, pero agudizados por la época: conseguir fechas, que la gente se acerque a ver bandas nuevas, el costo de grabar. Sin embargo, ellos ven el lado luminoso. Hay una red de bandas locales que se apoyan, una fraternidad que mantiene la llama encendida a pesar de todo. Menos Más no está esperando que alguien los descubra; ellos ya se descubrieron a sí mismos en la zapada, en el riff que nace de la nada y en la batería que empuja el pecho.

    Actualmente están componiendo cinco temas nuevos, con la mira puesta en grabar un disco que capture ese presente que hoy los encuentra más cerca de “Sonríe” que de “Desértico”, su hit anterior. Buscan la madurez en la simplificación, la potencia en el vacío.

    Antes de irme, les pido un consejo para los que están arrancando, para esos pibes de quince años que, como ellos hace décadas, están pensando en enchufar una guitarra por primera vez. —Que disfruten lo que hagan y que solo piensen en si les gusta a ellos —dice Francisco, cerrando el círculo—. La música tiene que ser para uno primero.

    Me retiro del encuentro con el zumbido del blues de garage todavía en los oídos. Menos Más es el recordatorio de que en Baradero el rock no necesita artificios. No hacen falta diez personas en escena para moverle la estantería a una ciudad; alcanzan dos amigos, una batería, una guitarra y la honestidad suficiente para no tocar ni una nota de más. En la República del Rock, el minimalismo es la forma más alta de la elegancia, y estos dos obreros del ruido lo saben mejor que nadie.

    Subí el volumen, mové el pie y no busques explicaciones. A veces, lo único que necesitás es que la música te pegue en el lugar justo. Y para eso, menos siempre es más.


    Menos Mas: Radiografía de la Banda

    • Alineación:Fabricio Firpo (batería y coros), Francisco Loriente(guitarra y voces).
    • Fecha de nacimiento: 2021.

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay un instante, justo cuando el saxo de Santiago Lacerna corta el aire espeso de un ensayo, en el que Baradero deja de ser una ciudad de asfalto y río para transformarse en un jardín nocturno y eléctrico. Es ese momento donde la música deja de ser una sucesión de notas para volverse un aroma. Spinetta lo sabía. En 1995, encerrado en el búnker de La Diosa Salvaje, Luis Alberto le daba forma a una de sus criaturas más feroces y, a la vez, más delicadas: Oh! Magnolia. No era la balada complaciente de un músico aburguesado; era el grito de un hombre que había vuelto a sus raíces de garage con los Socios del Desierto, buscando en la pureza de un trío la respuesta a un mundo que se volvía frío y artificial. “Oh magnolia, ¿quién te puede mirar entre las hojas como quien ve a un Dios?”, preguntaba el Flaco, elevando a esa flor de pétalos carnosos y blancos al altar de lo sagrado. La magnolia es una sobreviviente. Es una flor prehistórica, una que existió antes que las abejas y que tuvo que aprender a seducir escarabajos para perpetuarse. Es ruda, es antigua, pero su fragancia es de una elegancia que no acepta réplicas. Esa misma paradoja —la de la resistencia que no pierde la belleza— es la que hoy late en el corazón de Magnolia, una banda que nació en Baradero para recordarnos que el rock, si no tiene alma de improvisación y libertad, es solo ruido vacío.

    Cuando me encuentro con Abril Paoloni, la cantante que le pone el cuerpo y la voz a esta “corola” musical, el ambiente se carga de una mística especial. No estamos en un estudio de grabación aséptico, sino en ese espacio donde el sonido rebota en las paredes y se mezcla con el aire de la calle. Abril, o “Abru”, como la llaman sus socios de ruta, me cuenta que el grupo nació casi como una necesidad biológica en diciembre de 2024. Compartían otros proyectos, otras bandas, pero había algo que pedía pista propia. Magnolia no nació para cumplir un contrato ni para encajar en un género; nació para florecer. Y el nombre, por supuesto, no fue una casualidad. Fue una epifanía spinetteana. Fue la respuesta a esa pregunta que Luis dejó flotando en el aire de los 90: “¿Serás tú mi magnolia para siempre?”. Para estos músicos jóvenes de Baradero, la respuesta es un compromiso con el presente.

    —El grupo surge de conocernos de la música —me dice Abril, y su voz tiene esa cadencia tranquila de quien sabe que no necesita gritar para ser escuchada—. Compartíamos proyectos, pero Magnolia nace del mismo amor por la música. El nombre surge de esa canción que me marcó. Es nuestra forma de decir que buscamos esa fusión, ese sentimiento interno de conectarse con lo que uno hace sin esquemas.

    Observo a Lisandro Choque acomodar los platillos de su batería. Hay algo ritual en el modo en que un baterista se prepara para el jazz y el soul; no es el golpe seco del rock de estadio, es una caricia rítmica, un groove que se mete bajo la piel. Magnolia es una anomalía hermosa en la escena local. Mientras la mayoría de las bandas de la “República del Rock” buscan la seguridad del estribillo coreable o el riff que todos conocen, ellos se tiran al vacío de la improvisación. Se inspiran en la elegancia de Sade, en la maestría de Roy Hargrove y su RH Factor, y en esa nueva ola de músicos nacionales como Vinocio que están refrescando el oído de una generación.

    —Nos manejamos fundamentalmente con la improvisación —me explica Abril, y yo puedo sentir la vibración de la sala, ese calor que emana de los equipos encendidos—. Les gusta improvisar porque sienten que la música no es algo lineal. No hay un esquema a seguir. Es algo que se vive en el momento y se deja fluir. Nuestro sonido es un estilo soulero fusionado con jazz. Es relajar para los que nos escuchan, pero para nosotros es un juego lúdico. Siempre hay espacios para que cada uno se pueda mostrar con lo que siente en ese preciso segundo.

    Es fascinante verlos trabajar. Magnolia es un organismo que respira. Las canciones, muchas de ellas compuestas por su amigo Fran (Geko), funcionan como un mapa, pero ellos son los que deciden qué caminos secundarios tomar en cada show. Por eso, ver a Magnolia en vivo nunca es la misma experiencia dos veces. Es como la flor que les da nombre: puede que los pétalos sean los mismos, pero la forma en que se abren bajo la luz de la noche de Baradero cambia siempre. Esa libertad es lo que Abril define como el corazón del rock moderno. No se trata de repetir una fórmula, sino de mantener una llama que, según ella, corre el riesgo de apagarse ante la marea de modas digitales y sonidos procesados por computadoras.

    —El rock es una vivencia personal que se adapta a un contexto —reflexiona Abril—. Lo que tenemos en común es que nos despierta eso de vivir, de compartir. Nosotros adaptamos sonidos de bandas que marcaron generaciones, como los Redondos, a nuestra propia forma, sin dejar de transmitir la emoción. La llama del rock se mantiene viva en los jóvenes que despiertan la llama en los demás. Se trata de eso, porque el rock se escucha cada vez menos y la moda dio lugar a otros géneros. Ahí es donde surgen los jóvenes que continúan manteniendo esa llama aún más resplandeciente.

    La charla deriva hacia los desafíos de ser independiente en una ciudad que a veces parece tener el oído curtido pero la mirada distraída. Para Magnolia, el mayor reto es la visibilidad. “Hay bandas increíbles que están ocultas”, dicen con una mezcla de bronca y esperanza. Ser independiente es ser un obrero de la cultura, es pulir el repertorio, ampliar horizontes y proyectar el sonido de Baradero hacia Buenos Aires, buscando que ese perfume de jazz y alma de soul llegue a nuevos puertos. Pero antes de cualquier ambición de cartelera, está el ritual. Ese momento previo a subir al escenario donde el mundo exterior desaparece. Un fernet para aflojar los nervios, el aire que se calienta improvisando y esa comunión entre Abril, Lisandro y Santiago que es, en definitiva, lo que sostiene el proyecto.

    Me quedo pensando en la letra que me pasaste de Spinetta: “Y es que temo llegar a la tierra que tendré como fin, ¿serás tú mi magnolia para siempre?”. Hay una melancolía luminosa en esa pregunta. El miedo a la finitud, a que la música se detenga, a que el arte sea devorado por el olvido. Pero cuando escuchás a Magnolia, ese miedo se disipa. Hay algo en la seguridad con la que Abril habla de la práctica constante, del “intentarlo hasta el cansancio”, que te hace sentir que la música está a salvo.

    —Si querés algo y no te sale, intentalo hasta que no puedas más —me dice como un secreto compartido al final de la entrevista—. La práctica es lo que hace al músico. Nadie nace sabiendo. Lo peor que podés hacer es tener miedo a intentar. Así que eso: intentenlo, dejen mutarse como artistas. No se queden quietos.

    Me retiro del ensayo mientras el saxo de Santiago vuelve a arrancar una melodía que parece flotar entre las hojas. Magnolia no es solo una banda; es la confirmación de que en Baradero todavía hay espacio para lo sutil, para lo que no es evidente, para lo que necesita ser escuchado con el corazón abierto. Son jóvenes, son talentosos y, sobre todo, son libres. Han decidido que su música sea ese “rocío que penetra en la piel”, una caricia funk que nos saca de la rutina y nos devuelve la capacidad de asombro.

    Cierro la libreta y me guardo esa imagen: la de una flor blanca y potente resistiendo en medio de la ciudad de la distorsión. El rock de Baradero suena a muchas cosas, pero hoy, gracias a ellos, suena a libertad. No los ignoren. No permitan que estas magnolias se queden solas. Vayan a buscarlos, cierren los ojos y dejen que la improvisación los lleve a ese lugar donde el tiempo no existe y solo importa el siguiente acorde. La República del Rock hoy tiene un aroma inolvidable, y es el aroma de los que se animan a florecer contra toda corriente.


    Magnolia: Radiografía de la banda

    • Alineación: Abril Paoloni (voz), Lisandro Choque (batería), Santiago Lacerna (saxo y piano).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

     

  • 21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.

    21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.


    Por Jazmín Abdala. Un viaje desde los inicios del rock barrial hasta la tragedia de Cromañón, recorriendo clubes precarios, bandas que hablaban de nuestras vidas y una negligencia que convirtió la música en espejo de nuestras propias fallas. Una crónica que escucha, siente y no olvida.


    Un pibe sale de su casa un viernes a la noche con la remera de su banda favorita. No es una remera nueva: tiene el cuello vencido, olor a jabón barato y una mancha vieja de birra que no sale más. En el bolsillo lleva lo justo para la entrada y una cerveza. La madre le grita desde la cocina que no vuelva tarde, que tenga cuidado, que se abrigue. Él ya está bajando la escalera del monoblock cuando escucha el último “portate bien” como si fuera un eco. Camina rápido por calles que huelen a asfalto caliente, a choripán de esquina y a gasoil de colectivo. No va a un recital: va a verse con los suyos. El rock barrial todavía no tiene nombre, pero ya tiene cuerpo.

    Es 1996. O 1998. O 2001. Da igual. En los noventa, en un país que aprendió a convivir con la desocupación, los despidos y la intemperie, el rock barrial se volvió idioma. No era una estética: era una forma de estar juntos. Sonaban Los Piojos, Viejas Locas, Intoxicados, La Renga, Jóvenes Pordioseros, Guasones, La 25, El Bordo. Canciones que hablaban de laburo que no alcanzaba, de noches largas, de amigos muertos demasiado pronto, de aguantar con lo que hay. Letras que no pedían permiso. La épica era mínima: llegar a fin de mes, sobrevivir a la semana, cantar con los brazos arriba aunque no supieras bien por qué.

    Los clubes chicos, los galpones reacondicionados, los salones de baile que parecían estar siempre a punto de caerse, eran nuestras catedrales. No había VIP, no había sector preferencial. El escenario estaba tan bajo que a veces veías la transpiración caerle al cantante por la cara como una lluvia personal. El pogo no era una coreografía: era una necesidad. Chocar el cuerpo con otros cuerpos para comprobar que todavía estabas ahí.

    Las bengalas no eran un peligro, eran un ritual. Un gesto casi religioso: prender fuego el cielo bajo, llenar de rojo el techo, sentir que la canción se hacía carne. Nadie pensaba en salidas de emergencia. Pensábamos en llegar al estribillo.

    Cemento primero, Cromañón después. Pasar por ahí era un rito de iniciación. “Antes había que pasar por Cemento para ser alguien en el under. Después, si no te hacías fuerte en Cromañón, no existías”, decía Toti, de Jóvenes Pordioseros. Los lugares eran precarios, sí. Pero eran nuestros. Había patovicas que no te cagaban a trompadas, barras armadas por la propia banda, una especie de pacto tácito de cuidado entre iguales. El Estado quedaba lejos. La política quedaba lejos. El refugio era ese escenario torcido y esa letra que te decía lo que no sabías cómo decir.


    Es diciembre de 2025. Abro Spotify en el celular, en el mismo sillón donde me tiro después de laburar todo el día, y dejo que suene Callejeros. El algoritmo no sabe nada, pero el cuerpo sí. Entra Distinto. El redoblante marca el pulso y algo se me traba en el pecho, como si hubiera un músculo que no se recuperó nunca. No es nostalgia: es memoria muscular. El sonido me lleva sin pedir permiso.

    Veo otra vez un techo bajo, una nube espesa flotando sobre las cabezas, el olor agrio de la cerveza derramada mezclado con transpiración y plástico quemado. El calor pegajoso de una noche que prometía ser una más. Me acuerdo de estar apretada contra desconocidos que se volvían amigos en cuestión de minutos. Me acuerdo de cantar con la garganta rota, de perder una zapatilla y no buscarla, de volver a casa con la voz muerta y el alma encendida.

    Hay gente que no puede escuchar más estas canciones. Hay gente que apaga la radio cuando suenan. Hay gente que se ofende si las pasás en una fiesta. Como si la música fuera una traición. Como si en esas guitarras estuviera escondido el fósforo.

    Y entonces, inevitablemente, vuelvo a 2004.

    El 30 de diciembre de ese año, República Cromañón estaba lleno como siempre. Demasiado lleno. Habían vendido más de 3.500 entradas, pero adentro había cerca de 4.500 personas. Era el tercer show consecutivo de Callejeros. Antes de empezar, Pato Fontanet pregunta desde el escenario: “¿Se van a portar bien?”. La frase cae liviana, casi como un chiste, y nadie imagina que va a quedar flotando para siempre como un presagio torcido.

    El show arranca como arrancan todos los shows. Un redoblante que marca el pulso, un riff que se mete en el cuerpo antes de que la cabeza lo procese, un grito colectivo que no distingue gargantas. Distinto abre la noche. La gente salta, empuja, se ríe. Hay chicos arriba de los hombros de otros chicos, hay banderas que tapan luces que ya de por sí son pocas, hay humo de cigarrillo, hay cerveza que cae al piso y forma un barro pegajoso que se lleva puesto cualquier intento de equilibrio. El calor es una pared invisible.

    A las 22.50 alguien prende una bengala. No se ve quién. Nunca se ve. Un punto rojo se eleva como un deseo infantil, choca contra el techo bajo y se apaga en una media sombra de plástico. Al principio parece una anécdota más. Un hilo de fuego del tamaño de una mano. Pero el techo no es techo: es una trampa. La guata, el poliuretano, la tela barata que nadie revisó, empiezan a arder como si hubieran estado esperando ese momento.

    Primero es el olor. Un olor raro, dulzón, químico. Después, el humo. Después, la luz que se corta. Después los gritos.

    La música se detiene de golpe, como si alguien hubiera arrancado el cable de la pared. En la oscuridad no se distingue nada: ni la salida, ni el escenario, ni el rostro del que está al lado. Solo se escuchan toses que se vuelven arcadas, arcadas que se vuelven vómitos, vómitos que se vuelven silencio. La gente corre hacia donde cree que está la puerta principal. Pero la puerta principal es un cuello de botella con seis hojas tipo cine que se abren para adentro. Hay cuerpos contra cuerpos, rodillas que ceden, zapatillas que se pisan, alguien que cae y deja de ser alguien para convertirse en obstáculo.

    El humo baja. No sube: baja. Te busca la boca, te tapa la nariz, te entra en los pulmones como un vidrio líquido. El ácido cianhídrico no tiene épica: te duerme de pie. Hay chicos que se desploman sin un rasguño, como si el cuerpo apagara la luz antes de entender qué estaba pasando.

    Una salida de emergencia, la que daba al estacionamiento del hotel vecino, está cerrada con candado y alambres. Un cartel verde, prolijo, dice SALIDA. Es una burla.

    Algunos logran salir. Otros vuelven a entrar para buscar a amigos, a novias, a hermanos. No hay héroes en una nube de veneno, solo gente que se resiste a aceptar que alguien que estaba cantando hace treinta segundos ya no responde.


    Mientras adentro la noche se convierte en infierno, afuera empieza otra película.

    Un padre atiende el teléfono en su casa de La Matanza. No entiende bien lo que le dicen. “Hubo un incendio”, escucha. “Once”. “Cromañón”. El nombre no significa nada hasta que lo dice en voz alta y le suena mal en la boca. Agarra las llaves sin cerrar la puerta. Maneja como si estuviera escapando de algo invisible.

    Una madre llega al Hospital Ramos Mejía con la foto impresa de su hija en un papel A4. Recorre pasillos llenos de gente acostada en el piso, enchufada a tubos de oxígeno que salen de tomas improvisadas. Pregunta en voz alta un nombre que nadie parece escuchar. En una sala le dicen que vaya a la morgue judicial. En la morgue le dicen que todavía no llegaron todas las listas.

    Las listas son hojas de cuaderno arrancadas de apuro, escritas con birome prestada, colgadas con cinta scotch en paredes frías. Nombres mal escritos, apellidos incompletos, números de documento con un dígito de más o de menos. Familias que pasan el dedo por cada renglón como si estuvieran leyendo un oráculo torcido.

    Hay cuerpos alineados en veredas, cubiertos con mantas térmicas que no alcanzan a tapar nada. Hay zapatillas solas, mochilas abiertas, celulares que siguen vibrando en bolsillos que ya no se mueven. Hay pibes de quince años con pulseras de tela en la muñeca y la cara gris. Hay padres que caen de rodillas cuando reconocen una campera.

    Durante horas, durante días, Buenos Aires se convierte en una sala de espera gigante. Los hospitales colapsan. Cuarenta y seis ambulancias van y vienen como si quisieran borrar el tiempo. Los sobrevivientes tosen negro, escupen espuma, tiemblan sin poder parar. Muchos de ellos van a seguir bajo tratamiento psicológico durante años. Algunos no van a sobrevivir a la culpa.


    Después viene el silencio raro. El que no es descanso sino hueco. Cromañón se clausura y se transforma en santuario. Zapatillas colgadas en la reja, como un código nuevo para decir que alguien no volvió a su casa. “Basta de robarnos el futuro”, dice una pintada que nadie se atreve a borrar.

    Y empieza otra etapa: el rock bajo sospecha.

    Cierran boliches, se suspenden fechas, bandas chicas dejan de tocar porque no hay dónde. El rock barrial empieza a ser tratado como una amenaza, como si el problema hubiera sido el género y no la estructura. Hay chicos que esconden discos de Callejeros en el fondo del placard, como si fueran pornografía prohibida. En las radios se pasan menos temas. En los cumpleaños se eligen otras listas.

    La música se convierte en chivo expiatorio. Como si una canción pudiera trabar una salida de emergencia. Como si una letra pudiera firmar una habilitación trucha. Como si una guitarra pudiera vender 3.500 entradas para un lugar preparado para 1.031 personas.


    Vuelvo a 2025. Los festivales son enormes, con pulseras electrónicas, vallados brillantes, seguridad privada y tickets que se pagan en cuotas. Todo es más prolijo. Todo es más caro. Todo es más ajeno. El pogo ahora se filma para Instagram.

    Abro Spotify otra vez. Distinto sigue sonando igual. Yo no.

    Porque sé que hubo padres que murieron sin entender cómo una noche de rock se volvió una lista de morgue. Sé que hubo sobrevivientes que tardaron años en poder respirar sin miedo. Sé que hubo una generación entera que aprendió a desconfiar del lugar donde antes se sentía a salvo.

    Y me queda una pregunta que no se apaga, ni con festivales prolijos, ni con leyes nuevas, ni con el paso del tiempo:

    si después de 21 años todavía seguimos culpando a la música para no mirar de frente nuestra desidia, ¿qué nos hace pensar que la próxima tragedia no está, ahora mismo, esperando su estribillo?

    No fueron canciones las que llenaron Cromañón de cuerpos, fueron decisiones. No fue una banda la que cerró con alambre una salida de emergencia, fue una cadena larga de corrupción, desidia y acostumbramiento. No fue el rock el que volvió tóxico el aire, fue un techo hecho con materiales prohibidos, inspecciones que nunca se hicieron, funcionarios que miraron para otro lado, empresarios que contaron billetes en lugar de personas.

    Las familias lo supieron desde el primer día. Por eso no dejaron de marchar. Por eso volvieron una y otra vez al santuario, aunque les doliera hasta la piel. Porque no estaban llorando una fatalidad: estaban señalando un sistema que los había empujado al vacío.

    Hubo madres que aprendieron de memoria el plano del boliche para entender por dónde no pudieron salir sus hijos. Hubo padres que recorrieron hospitales con una mochila en la mano porque creían que en algún lugar, todavía, alguien la iba a necesitar. Hubo hermanos que crecieron con la foto de un pibe de diecisiete clavada en la heladera, como si el tiempo se hubiera detenido esa noche.

    Y mientras ellos se rompían el pecho pidiendo justicia, nosotros discutíamos si estaba bien o mal prender bengalas, si el rock barrial era demasiado marginal, si Callejeros había cantado tal o cual frase. Como si el problema fuera estético. Como si el problema hubiera sido la música y no el abandono.

    Veintiún años después, Cromañón ya no humea, pero sigue ardiendo en otra capa: en la memoria. Cada recital que se suspende, cada pibe que se desmaya en un boliche, cada salida bloqueada por cajas, cada matafuego vencido, es un eco de aquella noche.

    Porque Cromañón no fue un error aislado: fue un espejo.

    Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda que nunca: si sabemos que la música no mata, si sabemos que lo que mata es la negligencia, la corrupción y la costumbre de mirar para otro lado, ¿cuántas muertes más estamos dispuestos a llamar accidente antes de admitir que lo verdaderamente incendiado, desde hace años, no es el rock, sino nuestra forma de hacernos cargo del otro?


    Esta nota está dedicada a quienes esa noche salieron de su casa con una remera gastada y no volvieron, a las madres que todavía recorren hospitales en sueños, a los padres que aprendieron de memoria planos de boliches que ya no existen, y a los amigos que siguen contando ausencias en vez de años. Para que la música no vuelva a ser el chivo expiatorio de un país que todavía no aprende a cuidar a los suyos.

    Jazmín Abdala.