Categoría: Actualidad

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay un instante, justo cuando el saxo de Santiago Lacerna corta el aire espeso de un ensayo, en el que Baradero deja de ser una ciudad de asfalto y río para transformarse en un jardín nocturno y eléctrico. Es ese momento donde la música deja de ser una sucesión de notas para volverse un aroma. Spinetta lo sabía. En 1995, encerrado en el búnker de La Diosa Salvaje, Luis Alberto le daba forma a una de sus criaturas más feroces y, a la vez, más delicadas: Oh! Magnolia. No era la balada complaciente de un músico aburguesado; era el grito de un hombre que había vuelto a sus raíces de garage con los Socios del Desierto, buscando en la pureza de un trío la respuesta a un mundo que se volvía frío y artificial. “Oh magnolia, ¿quién te puede mirar entre las hojas como quien ve a un Dios?”, preguntaba el Flaco, elevando a esa flor de pétalos carnosos y blancos al altar de lo sagrado. La magnolia es una sobreviviente. Es una flor prehistórica, una que existió antes que las abejas y que tuvo que aprender a seducir escarabajos para perpetuarse. Es ruda, es antigua, pero su fragancia es de una elegancia que no acepta réplicas. Esa misma paradoja —la de la resistencia que no pierde la belleza— es la que hoy late en el corazón de Magnolia, una banda que nació en Baradero para recordarnos que el rock, si no tiene alma de improvisación y libertad, es solo ruido vacío.

    Cuando me encuentro con Abril Paoloni, la cantante que le pone el cuerpo y la voz a esta “corola” musical, el ambiente se carga de una mística especial. No estamos en un estudio de grabación aséptico, sino en ese espacio donde el sonido rebota en las paredes y se mezcla con el aire de la calle. Abril, o “Abru”, como la llaman sus socios de ruta, me cuenta que el grupo nació casi como una necesidad biológica en diciembre de 2024. Compartían otros proyectos, otras bandas, pero había algo que pedía pista propia. Magnolia no nació para cumplir un contrato ni para encajar en un género; nació para florecer. Y el nombre, por supuesto, no fue una casualidad. Fue una epifanía spinetteana. Fue la respuesta a esa pregunta que Luis dejó flotando en el aire de los 90: “¿Serás tú mi magnolia para siempre?”. Para estos músicos jóvenes de Baradero, la respuesta es un compromiso con el presente.

    —El grupo surge de conocernos de la música —me dice Abril, y su voz tiene esa cadencia tranquila de quien sabe que no necesita gritar para ser escuchada—. Compartíamos proyectos, pero Magnolia nace del mismo amor por la música. El nombre surge de esa canción que me marcó. Es nuestra forma de decir que buscamos esa fusión, ese sentimiento interno de conectarse con lo que uno hace sin esquemas.

    Observo a Lisandro Choque acomodar los platillos de su batería. Hay algo ritual en el modo en que un baterista se prepara para el jazz y el soul; no es el golpe seco del rock de estadio, es una caricia rítmica, un groove que se mete bajo la piel. Magnolia es una anomalía hermosa en la escena local. Mientras la mayoría de las bandas de la “República del Rock” buscan la seguridad del estribillo coreable o el riff que todos conocen, ellos se tiran al vacío de la improvisación. Se inspiran en la elegancia de Sade, en la maestría de Roy Hargrove y su RH Factor, y en esa nueva ola de músicos nacionales como Vinocio que están refrescando el oído de una generación.

    —Nos manejamos fundamentalmente con la improvisación —me explica Abril, y yo puedo sentir la vibración de la sala, ese calor que emana de los equipos encendidos—. Les gusta improvisar porque sienten que la música no es algo lineal. No hay un esquema a seguir. Es algo que se vive en el momento y se deja fluir. Nuestro sonido es un estilo soulero fusionado con jazz. Es relajar para los que nos escuchan, pero para nosotros es un juego lúdico. Siempre hay espacios para que cada uno se pueda mostrar con lo que siente en ese preciso segundo.

    Es fascinante verlos trabajar. Magnolia es un organismo que respira. Las canciones, muchas de ellas compuestas por su amigo Fran (Geko), funcionan como un mapa, pero ellos son los que deciden qué caminos secundarios tomar en cada show. Por eso, ver a Magnolia en vivo nunca es la misma experiencia dos veces. Es como la flor que les da nombre: puede que los pétalos sean los mismos, pero la forma en que se abren bajo la luz de la noche de Baradero cambia siempre. Esa libertad es lo que Abril define como el corazón del rock moderno. No se trata de repetir una fórmula, sino de mantener una llama que, según ella, corre el riesgo de apagarse ante la marea de modas digitales y sonidos procesados por computadoras.

    —El rock es una vivencia personal que se adapta a un contexto —reflexiona Abril—. Lo que tenemos en común es que nos despierta eso de vivir, de compartir. Nosotros adaptamos sonidos de bandas que marcaron generaciones, como los Redondos, a nuestra propia forma, sin dejar de transmitir la emoción. La llama del rock se mantiene viva en los jóvenes que despiertan la llama en los demás. Se trata de eso, porque el rock se escucha cada vez menos y la moda dio lugar a otros géneros. Ahí es donde surgen los jóvenes que continúan manteniendo esa llama aún más resplandeciente.

    La charla deriva hacia los desafíos de ser independiente en una ciudad que a veces parece tener el oído curtido pero la mirada distraída. Para Magnolia, el mayor reto es la visibilidad. “Hay bandas increíbles que están ocultas”, dicen con una mezcla de bronca y esperanza. Ser independiente es ser un obrero de la cultura, es pulir el repertorio, ampliar horizontes y proyectar el sonido de Baradero hacia Buenos Aires, buscando que ese perfume de jazz y alma de soul llegue a nuevos puertos. Pero antes de cualquier ambición de cartelera, está el ritual. Ese momento previo a subir al escenario donde el mundo exterior desaparece. Un fernet para aflojar los nervios, el aire que se calienta improvisando y esa comunión entre Abril, Lisandro y Santiago que es, en definitiva, lo que sostiene el proyecto.

    Me quedo pensando en la letra que me pasaste de Spinetta: “Y es que temo llegar a la tierra que tendré como fin, ¿serás tú mi magnolia para siempre?”. Hay una melancolía luminosa en esa pregunta. El miedo a la finitud, a que la música se detenga, a que el arte sea devorado por el olvido. Pero cuando escuchás a Magnolia, ese miedo se disipa. Hay algo en la seguridad con la que Abril habla de la práctica constante, del “intentarlo hasta el cansancio”, que te hace sentir que la música está a salvo.

    —Si querés algo y no te sale, intentalo hasta que no puedas más —me dice como un secreto compartido al final de la entrevista—. La práctica es lo que hace al músico. Nadie nace sabiendo. Lo peor que podés hacer es tener miedo a intentar. Así que eso: intentenlo, dejen mutarse como artistas. No se queden quietos.

    Me retiro del ensayo mientras el saxo de Santiago vuelve a arrancar una melodía que parece flotar entre las hojas. Magnolia no es solo una banda; es la confirmación de que en Baradero todavía hay espacio para lo sutil, para lo que no es evidente, para lo que necesita ser escuchado con el corazón abierto. Son jóvenes, son talentosos y, sobre todo, son libres. Han decidido que su música sea ese “rocío que penetra en la piel”, una caricia funk que nos saca de la rutina y nos devuelve la capacidad de asombro.

    Cierro la libreta y me guardo esa imagen: la de una flor blanca y potente resistiendo en medio de la ciudad de la distorsión. El rock de Baradero suena a muchas cosas, pero hoy, gracias a ellos, suena a libertad. No los ignoren. No permitan que estas magnolias se queden solas. Vayan a buscarlos, cierren los ojos y dejen que la improvisación los lleve a ese lugar donde el tiempo no existe y solo importa el siguiente acorde. La República del Rock hoy tiene un aroma inolvidable, y es el aroma de los que se animan a florecer contra toda corriente.


    Magnolia: Radiografía de la banda

    • Alineación: Abril Paoloni (voz), Lisandro Choque (batería), Santiago Lacerna (saxo y piano).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

     

  • 21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.

    21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.


    Por Jazmín Abdala. Un viaje desde los inicios del rock barrial hasta la tragedia de Cromañón, recorriendo clubes precarios, bandas que hablaban de nuestras vidas y una negligencia que convirtió la música en espejo de nuestras propias fallas. Una crónica que escucha, siente y no olvida.


    Un pibe sale de su casa un viernes a la noche con la remera de su banda favorita. No es una remera nueva: tiene el cuello vencido, olor a jabón barato y una mancha vieja de birra que no sale más. En el bolsillo lleva lo justo para la entrada y una cerveza. La madre le grita desde la cocina que no vuelva tarde, que tenga cuidado, que se abrigue. Él ya está bajando la escalera del monoblock cuando escucha el último “portate bien” como si fuera un eco. Camina rápido por calles que huelen a asfalto caliente, a choripán de esquina y a gasoil de colectivo. No va a un recital: va a verse con los suyos. El rock barrial todavía no tiene nombre, pero ya tiene cuerpo.

    Es 1996. O 1998. O 2001. Da igual. En los noventa, en un país que aprendió a convivir con la desocupación, los despidos y la intemperie, el rock barrial se volvió idioma. No era una estética: era una forma de estar juntos. Sonaban Los Piojos, Viejas Locas, Intoxicados, La Renga, Jóvenes Pordioseros, Guasones, La 25, El Bordo. Canciones que hablaban de laburo que no alcanzaba, de noches largas, de amigos muertos demasiado pronto, de aguantar con lo que hay. Letras que no pedían permiso. La épica era mínima: llegar a fin de mes, sobrevivir a la semana, cantar con los brazos arriba aunque no supieras bien por qué.

    Los clubes chicos, los galpones reacondicionados, los salones de baile que parecían estar siempre a punto de caerse, eran nuestras catedrales. No había VIP, no había sector preferencial. El escenario estaba tan bajo que a veces veías la transpiración caerle al cantante por la cara como una lluvia personal. El pogo no era una coreografía: era una necesidad. Chocar el cuerpo con otros cuerpos para comprobar que todavía estabas ahí.

    Las bengalas no eran un peligro, eran un ritual. Un gesto casi religioso: prender fuego el cielo bajo, llenar de rojo el techo, sentir que la canción se hacía carne. Nadie pensaba en salidas de emergencia. Pensábamos en llegar al estribillo.

    Cemento primero, Cromañón después. Pasar por ahí era un rito de iniciación. “Antes había que pasar por Cemento para ser alguien en el under. Después, si no te hacías fuerte en Cromañón, no existías”, decía Toti, de Jóvenes Pordioseros. Los lugares eran precarios, sí. Pero eran nuestros. Había patovicas que no te cagaban a trompadas, barras armadas por la propia banda, una especie de pacto tácito de cuidado entre iguales. El Estado quedaba lejos. La política quedaba lejos. El refugio era ese escenario torcido y esa letra que te decía lo que no sabías cómo decir.


    Es diciembre de 2025. Abro Spotify en el celular, en el mismo sillón donde me tiro después de laburar todo el día, y dejo que suene Callejeros. El algoritmo no sabe nada, pero el cuerpo sí. Entra Distinto. El redoblante marca el pulso y algo se me traba en el pecho, como si hubiera un músculo que no se recuperó nunca. No es nostalgia: es memoria muscular. El sonido me lleva sin pedir permiso.

    Veo otra vez un techo bajo, una nube espesa flotando sobre las cabezas, el olor agrio de la cerveza derramada mezclado con transpiración y plástico quemado. El calor pegajoso de una noche que prometía ser una más. Me acuerdo de estar apretada contra desconocidos que se volvían amigos en cuestión de minutos. Me acuerdo de cantar con la garganta rota, de perder una zapatilla y no buscarla, de volver a casa con la voz muerta y el alma encendida.

    Hay gente que no puede escuchar más estas canciones. Hay gente que apaga la radio cuando suenan. Hay gente que se ofende si las pasás en una fiesta. Como si la música fuera una traición. Como si en esas guitarras estuviera escondido el fósforo.

    Y entonces, inevitablemente, vuelvo a 2004.

    El 30 de diciembre de ese año, República Cromañón estaba lleno como siempre. Demasiado lleno. Habían vendido más de 3.500 entradas, pero adentro había cerca de 4.500 personas. Era el tercer show consecutivo de Callejeros. Antes de empezar, Pato Fontanet pregunta desde el escenario: “¿Se van a portar bien?”. La frase cae liviana, casi como un chiste, y nadie imagina que va a quedar flotando para siempre como un presagio torcido.

    El show arranca como arrancan todos los shows. Un redoblante que marca el pulso, un riff que se mete en el cuerpo antes de que la cabeza lo procese, un grito colectivo que no distingue gargantas. Distinto abre la noche. La gente salta, empuja, se ríe. Hay chicos arriba de los hombros de otros chicos, hay banderas que tapan luces que ya de por sí son pocas, hay humo de cigarrillo, hay cerveza que cae al piso y forma un barro pegajoso que se lleva puesto cualquier intento de equilibrio. El calor es una pared invisible.

    A las 22.50 alguien prende una bengala. No se ve quién. Nunca se ve. Un punto rojo se eleva como un deseo infantil, choca contra el techo bajo y se apaga en una media sombra de plástico. Al principio parece una anécdota más. Un hilo de fuego del tamaño de una mano. Pero el techo no es techo: es una trampa. La guata, el poliuretano, la tela barata que nadie revisó, empiezan a arder como si hubieran estado esperando ese momento.

    Primero es el olor. Un olor raro, dulzón, químico. Después, el humo. Después, la luz que se corta. Después los gritos.

    La música se detiene de golpe, como si alguien hubiera arrancado el cable de la pared. En la oscuridad no se distingue nada: ni la salida, ni el escenario, ni el rostro del que está al lado. Solo se escuchan toses que se vuelven arcadas, arcadas que se vuelven vómitos, vómitos que se vuelven silencio. La gente corre hacia donde cree que está la puerta principal. Pero la puerta principal es un cuello de botella con seis hojas tipo cine que se abren para adentro. Hay cuerpos contra cuerpos, rodillas que ceden, zapatillas que se pisan, alguien que cae y deja de ser alguien para convertirse en obstáculo.

    El humo baja. No sube: baja. Te busca la boca, te tapa la nariz, te entra en los pulmones como un vidrio líquido. El ácido cianhídrico no tiene épica: te duerme de pie. Hay chicos que se desploman sin un rasguño, como si el cuerpo apagara la luz antes de entender qué estaba pasando.

    Una salida de emergencia, la que daba al estacionamiento del hotel vecino, está cerrada con candado y alambres. Un cartel verde, prolijo, dice SALIDA. Es una burla.

    Algunos logran salir. Otros vuelven a entrar para buscar a amigos, a novias, a hermanos. No hay héroes en una nube de veneno, solo gente que se resiste a aceptar que alguien que estaba cantando hace treinta segundos ya no responde.


    Mientras adentro la noche se convierte en infierno, afuera empieza otra película.

    Un padre atiende el teléfono en su casa de La Matanza. No entiende bien lo que le dicen. “Hubo un incendio”, escucha. “Once”. “Cromañón”. El nombre no significa nada hasta que lo dice en voz alta y le suena mal en la boca. Agarra las llaves sin cerrar la puerta. Maneja como si estuviera escapando de algo invisible.

    Una madre llega al Hospital Ramos Mejía con la foto impresa de su hija en un papel A4. Recorre pasillos llenos de gente acostada en el piso, enchufada a tubos de oxígeno que salen de tomas improvisadas. Pregunta en voz alta un nombre que nadie parece escuchar. En una sala le dicen que vaya a la morgue judicial. En la morgue le dicen que todavía no llegaron todas las listas.

    Las listas son hojas de cuaderno arrancadas de apuro, escritas con birome prestada, colgadas con cinta scotch en paredes frías. Nombres mal escritos, apellidos incompletos, números de documento con un dígito de más o de menos. Familias que pasan el dedo por cada renglón como si estuvieran leyendo un oráculo torcido.

    Hay cuerpos alineados en veredas, cubiertos con mantas térmicas que no alcanzan a tapar nada. Hay zapatillas solas, mochilas abiertas, celulares que siguen vibrando en bolsillos que ya no se mueven. Hay pibes de quince años con pulseras de tela en la muñeca y la cara gris. Hay padres que caen de rodillas cuando reconocen una campera.

    Durante horas, durante días, Buenos Aires se convierte en una sala de espera gigante. Los hospitales colapsan. Cuarenta y seis ambulancias van y vienen como si quisieran borrar el tiempo. Los sobrevivientes tosen negro, escupen espuma, tiemblan sin poder parar. Muchos de ellos van a seguir bajo tratamiento psicológico durante años. Algunos no van a sobrevivir a la culpa.


    Después viene el silencio raro. El que no es descanso sino hueco. Cromañón se clausura y se transforma en santuario. Zapatillas colgadas en la reja, como un código nuevo para decir que alguien no volvió a su casa. “Basta de robarnos el futuro”, dice una pintada que nadie se atreve a borrar.

    Y empieza otra etapa: el rock bajo sospecha.

    Cierran boliches, se suspenden fechas, bandas chicas dejan de tocar porque no hay dónde. El rock barrial empieza a ser tratado como una amenaza, como si el problema hubiera sido el género y no la estructura. Hay chicos que esconden discos de Callejeros en el fondo del placard, como si fueran pornografía prohibida. En las radios se pasan menos temas. En los cumpleaños se eligen otras listas.

    La música se convierte en chivo expiatorio. Como si una canción pudiera trabar una salida de emergencia. Como si una letra pudiera firmar una habilitación trucha. Como si una guitarra pudiera vender 3.500 entradas para un lugar preparado para 1.031 personas.


    Vuelvo a 2025. Los festivales son enormes, con pulseras electrónicas, vallados brillantes, seguridad privada y tickets que se pagan en cuotas. Todo es más prolijo. Todo es más caro. Todo es más ajeno. El pogo ahora se filma para Instagram.

    Abro Spotify otra vez. Distinto sigue sonando igual. Yo no.

    Porque sé que hubo padres que murieron sin entender cómo una noche de rock se volvió una lista de morgue. Sé que hubo sobrevivientes que tardaron años en poder respirar sin miedo. Sé que hubo una generación entera que aprendió a desconfiar del lugar donde antes se sentía a salvo.

    Y me queda una pregunta que no se apaga, ni con festivales prolijos, ni con leyes nuevas, ni con el paso del tiempo:

    si después de 21 años todavía seguimos culpando a la música para no mirar de frente nuestra desidia, ¿qué nos hace pensar que la próxima tragedia no está, ahora mismo, esperando su estribillo?

    No fueron canciones las que llenaron Cromañón de cuerpos, fueron decisiones. No fue una banda la que cerró con alambre una salida de emergencia, fue una cadena larga de corrupción, desidia y acostumbramiento. No fue el rock el que volvió tóxico el aire, fue un techo hecho con materiales prohibidos, inspecciones que nunca se hicieron, funcionarios que miraron para otro lado, empresarios que contaron billetes en lugar de personas.

    Las familias lo supieron desde el primer día. Por eso no dejaron de marchar. Por eso volvieron una y otra vez al santuario, aunque les doliera hasta la piel. Porque no estaban llorando una fatalidad: estaban señalando un sistema que los había empujado al vacío.

    Hubo madres que aprendieron de memoria el plano del boliche para entender por dónde no pudieron salir sus hijos. Hubo padres que recorrieron hospitales con una mochila en la mano porque creían que en algún lugar, todavía, alguien la iba a necesitar. Hubo hermanos que crecieron con la foto de un pibe de diecisiete clavada en la heladera, como si el tiempo se hubiera detenido esa noche.

    Y mientras ellos se rompían el pecho pidiendo justicia, nosotros discutíamos si estaba bien o mal prender bengalas, si el rock barrial era demasiado marginal, si Callejeros había cantado tal o cual frase. Como si el problema fuera estético. Como si el problema hubiera sido la música y no el abandono.

    Veintiún años después, Cromañón ya no humea, pero sigue ardiendo en otra capa: en la memoria. Cada recital que se suspende, cada pibe que se desmaya en un boliche, cada salida bloqueada por cajas, cada matafuego vencido, es un eco de aquella noche.

    Porque Cromañón no fue un error aislado: fue un espejo.

    Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda que nunca: si sabemos que la música no mata, si sabemos que lo que mata es la negligencia, la corrupción y la costumbre de mirar para otro lado, ¿cuántas muertes más estamos dispuestos a llamar accidente antes de admitir que lo verdaderamente incendiado, desde hace años, no es el rock, sino nuestra forma de hacernos cargo del otro?


    Esta nota está dedicada a quienes esa noche salieron de su casa con una remera gastada y no volvieron, a las madres que todavía recorren hospitales en sueños, a los padres que aprendieron de memoria planos de boliches que ya no existen, y a los amigos que siguen contando ausencias en vez de años. Para que la música no vuelva a ser el chivo expiatorio de un país que todavía no aprende a cuidar a los suyos.

    Jazmín Abdala.

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Invisibles.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    A veces, la música no nace de la alegría de un encuentro, sino de la necesidad imperiosa de no desarmarse. Existe una vieja teoría en el rock que dice que las mejores canciones son aquellas que se escriben para llenar un vacío, para tapar un agujero negro que se abre en el pecho cuando la vida nos pega donde más duele. No es una cuestión de técnica ni de virtuosismo; es una cuestión de supervivencia. Pienso en Eric Clapton escribiendo sobre su hijo perdido, o en Spinetta buscando una “Luz iluminada” en medio de la oscuridad. El rock, antes de ser distorsión o camperas de cuero, fue siempre un refugio, un lugar seguro donde la pena se puede transformar en un riff y el grito en una melodía que nos permite seguir caminando. En Baradero, esa ciudad que se jacta de su pulso rockero, hay bandas que no buscan el brillo del cartel de luces led, sino que prefieren la penumbra de una habitación para procesar lo que pasa afuera. Hay músicos que entienden que el sonido es la única forma de volver a estar enteros. Y hoy, en este 2025 que nos exige estar siempre “conectados” y visibles, un grupo de amigos decidió que el mejor nombre para su fe era, precisamente, Invisibles.


    Hay una escena que me queda grabada de la charla con Manuel Révora. Imaginen el living de una casa donde el tiempo parece correr a otra velocidad. Hay guitarras que cuelgan de las paredes como si fueran trofeos de batallas ganadas al silencio. Manuel se sienta frente a mí, busca la mirada de sus compañeros —Agustín Touzet, Mauricio Pereslindo y Santiago Flores— y me confiesa que muchas de esas canciones que hoy ensayan estuvieron guardadas bajo llave durante años. Manuel se acomoda en la silla, acaricia el mástil de su guitarra casi por instinto y sus ojos revelan esa profundidad de quien ha tenido que reconstruirse desde los escombros.

    —La idea de formar algo venía de hace tiempo —me cuenta Manuel, mientras el aroma a café invade la habitación—. Siempre compuse, pero nunca había sacado nada “del cajón”. El año pasado, después de años de hablarlo sin concretar, me junté con Santi para probar algo. Pero en febrero sufrí una pérdida muy grande, de alguien muy importante para mí. Ese sacudón hizo que buscara una forma de refugiarme.

    Lo miro y entiendo que Invisibles no es un proyecto comercial, es una balsa. Le pregunto cómo fue que ese dolor se transformó en una banda de cuatro integrantes, y él sonríe con la paz de quien ya no tiene que esconder nada.

    —En la música encontré ese lugar —continúa—. Con Santi nos pusimos en campaña para armar algo serio. El último en sumarse fue Mauri, el bajista. Sabés que el bajista es una especie difícil de encontrar en Baradero, no lo conocíamos previamente. Llegó por este proyecto y fue una sorpresa enorme, tanto por su talento como por lo humano.

    Invisibles es un nombre que encierra una paradoja. En la era de la sobreexposición, donde parece que si no publicás lo que desayunás no existís, ellos eligen pasar desapercibidos hasta que llega el momento de la verdad: el vivo. Manuel me explica que el nombre surgió por la urgencia de una fecha, pero que terminó siendo el traje que mejor les quedaba. Son tipos tranquilos, de perfil bajo, que prefieren que hable el instrumento. Y cuando el instrumento habla, lo hace con una mezcla de influencias que van desde el groove de los Ratones Paranoicos hasta la densidad de Divididos o el espíritu rebelde de Sumo.

    —¿Cómo definen ese sonido hoy? —les pregunto, mientras observo la dinámica de complicidad que hay entre ellos. —Tenemos un estilo bastante particular —responde Manuel—. No nos encasillamos. Del primer ensayo a hoy hubo un crecimiento enorme. Al principio, musicalmente se “choca”, pero cuando empezás a conocer cómo toca tu compañero, los sonidos individuales se fusionan. Ahí aparece algo único que solo suena así con estas personas. Cualquier cambio en la ecuación modifica el resultado.

    La dinámica del grupo es la de un estudio de grabación constante. Manuel, desde su estudio en casa, graba ideas que luego Santi —a quien define como un gran escritor— pule y conceptualiza. Es una construcción artesanal, casi de orfebrería, donde cada uno aporta su “tinta” para que el tema termine de tomar forma. Pero no todo es introspección; también hay espacio para el ritual clásico del rock local: un fernet antes de subir para aflojar los nervios y el volumen bien fuerte para que la música se sienta en los huesos.

    Les pregunto por el desafío de ser independientes en Baradero, en medio de trabajos, responsabilidades y el cansancio diario. Manuel suspira, pero no con queja, sino con la satisfacción del que sabe que el esfuerzo vale la pena.

    —La organización es lo más difícil —confiesa—. Coordinar horarios, tomarse en serio algo que por ahora es un hobby. Por eso, cuando ensayamos, aprovechamos cada minuto. Nos encerramos y tratamos de sacarle el máximo jugo a cada encuentro.

    Invisibles no tiene apuro por grabar un disco para figurar en una lista de reproducción. Tienen el respeto por la obra que solo tienen los que aman el oficio. Quieren mejorar, tocar y entrar al estudio solo cuando sientan que están a la altura de lo que sus propias letras exigen. Porque para ellos, el rock no murió ni está desapareciendo; está “en reposo”, esperando que alguien prefiera escuchar una cuerda vibrando antes que una voz afinada digitalmente por una computadora.

    —¿Qué buscan transmitir? —insisto, buscando el núcleo de esa necesidad de hacer ruido. —Depende del momento —dice Manuel—. Hay temas que transmiten dolor, otros alegría y otros pura fiesta. Depende de cómo esté el compositor en el momento de escribir. Pero lo importante es que se valore el arte de crear.

    Antes de irme, le pido a Manuel que le hable a ese pibe que hoy, en algún rincón de Baradero, tiene una guitarra apoyada contra la pared y no se anima a dar el paso por miedo a no ser lo suficientemente bueno, o por la vergüenza de mostrar su propia fragilidad. Manuel no duda. Se nota que esa respuesta la tiene grabada en el pecho, porque es la misma que se dio a sí mismo cuando el mundo se le puso gris.

    —Les diría que se animen, que toquen y que hagan ruido. La música es eso: ruido. No hace falta la mejor guitarra ni la mejor batería —dice Manuel, y su voz suena como un decreto de necesidad y urgencia—. Muchas veces uno se pone excusas por vergüenza o miedo al qué dirán, pero cuando hay pasión, ganas y esfuerzo, todo termina funcionando solo. El rock no es para los que no tienen miedo, es para los que tocan a pesar de tenerlo.

    Me voy de la casa de Manuel con la sensación de que Invisibles es el nombre más honesto que escuché en mucho tiempo. En una ciudad que a veces se aturde con sus propios mitos y se encandila con los grandes escenarios, ellos eligen la honestidad de la herida y la potencia de la amistad para seguir creando en las sombras. No buscan ser el centro de atención; buscan ser el pulso que no se detiene cuando las luces se apagan.

    Si alguna vez sentís que la realidad se vuelve demasiado nítida, demasiado fría o demasiado vacía, buscá a los Invisibles. Busca ese refugio donde el dolor se vuelve canción y donde el ruido se transforma en la única oración posible. Baradero suena, pero suena de verdad cuando los que tocan lo hacen para no caerse. No los ignores cuando los veas pasar: llevan en sus fundas el peso de los que decidieron que el silencio ya no era una opción. Subí el volumen, que la invisibilidad nunca sonó tan fuerte.


      Invisibles Radiografía de la Banda:

    • Alineación: Manuel Révora y Agustín Touzet (guitarras), Mauricio Pereslindo (bajo y voz) y Santiago Flores (batería y voz).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Sodio Banda.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Sodio Banda.


    Existe una pulsión eléctrica que no se explica en los manuales de física, una necesidad de ruido que atraviesa a la juventud argentina desde que los primeros náufragos decidieron que el castellano era el único idioma capaz de traducir el hambre de libertad. Ser joven hoy, en este 2025 de pantallas que encandilan y algoritmos que deciden por nosotros qué debemos amar, es un acto de resistencia silenciosa. O ruidosa. Caminar por las calles de Baradero con menos de veinte años, sintiendo el peso de una funda de guitarra en el hombro, es habitar una grieta en el tiempo. Es entender que, mientras el mundo se acelera en la virtualidad, la verdad sigue estando en el roce del dedo contra la cuerda oxidada y en el olor a encierro de una sala de ensayo. La juventud siempre busca la diversidad, no por un capricho estético, sino porque en la diferencia reside la única posibilidad de futuro. El rock, en ese contexto, deja de ser un género musical para convertirse en un refugio de experimentación, en esa “sal” necesaria para que la realidad no se vuelva insípida.

    En el ADN de Baradero, esa “República del Rock” que a veces parece descansar en la nostalgia de sus grandes festivales, ha aparecido un chispazo reactivo que se niega a ser solo un recuerdo. Se llaman Sodio, y su formación es una de esas historias de orillas y encuentros fortuitos que definen la mística local. Valentín Rodríguez e Iara Varela se conocieron entre las teclas de un piano en el Centro Cultural, un espacio de orden que pronto les quedó chico. La génesis fue un posteo de Instagram —el nuevo “baño de La Perla de Once”— donde Iara vendía su bajo. Valentín no buscaba un instrumento, buscaba una cómplice. Así, como quien recluta soldados para una guerra de distorsión, sumaron a Máximo Indaburo en guitarra y finalmente a Coty Noat, a quien Valentín descubrió en el escenario de La Tapera. Apenas la vio pegarle a los parches, supo que el motor de la banda estaba ahí.

    Hablé con Valentín sobre el peso de ese nombre. El sodio, en la tabla periódica, es un metal que reacciona de forma violenta al contacto con el agua; es pura energía latente. “Buscábamos algo corto por estética, quería algo con ‘S’ y surgió lo que planteó Maxi. Me di cuenta de que es un nombre que te incita a moverte, a tener chispa. Eso sentía que tenía el sodio y me encantaba. ‘Te hace falta sodio’ podía ser el eslogan, como decirte que te falta chispa”, explica Valentín. En esa definición reside una declaración de principios: en un mundo anestesiado, Sodio viene a proponer una reacción química, un movimiento que rompa la inercia.

    Lo que diferencia a estos chicos de la mera repetición generacional es su consciencia histórica. Valentín cita a Rimbaud y a Enrique Symns con la naturalidad de quien busca en los poetas malditos y en los cronistas de la marginalidad una brújula para navegar el presente. El rock para ellos no es una pieza de museo de los años 70. “No hay que hacer cosas de esa época porque no atraés a gente de mi edad, se genera una distancia”, dispara Valentín, y su frase resuena con la misma lucidez con la que Spinetta pedía que “no todo tiempo pasado fue mejor”. Sodio entiende que para que el rock siga siendo peligroso, debe ser joven y debe hablar del mundo que habitamos hoy. Su sonido busca sonidos “raros, modernos o futuristas”, una mezcla de “poética del callejón” con una frescura que intenta despegarse de la distorsión clásica para flashear algo nuevo.

    Cuando se encierran a componer, el proceso es visceral. No hay partituras, hay “ranchadas” con guitarra de por medio, letras que hablan de política, de problemas sociales y de esa necesidad de “tocar las tensiones” de la gente. Valentín no quiere ser un entretenedor; quiere ser un narrador de historias que hagan sentir vivo a quien escucha. “Queremos un cambio en el rock, que se renueve, que sea joven y no una repetición, porque si no, no hay crecimiento”, asegura. Esa ambición es el combustible de su autogestión salvaje. Ser independiente hoy es aguantar el peso de los bafles, la falta de presupuesto y la indiferencia de una industria que prefiere lo procesado. Pero ellos encuentran en esa dificultad una “soberanía única”. No hay nada más liberador que no deberle nada a nadie, más que a los propios compañeros de banda.

    Sus referentes son guías espirituales: el sonido rockero y las letras visionarias de los Redondos conviven con la irreverencia sensual de Babasónicos. Sin embargo, cuando ejecutan “El pibe de los astilleros”, no lo hacen como un tributo dócil. Lo toman como una bandera de guerra, como una canción para no rendirse. Es el nexo de cuatro pibes que se sienten principiantes pero que crecen a pasos agigantados porque comparten una “conexión enorme”. Antes de subir a escena, no hay cábalas extrañas, solo el ritual de estar juntos, dándose ánimo, recordando que el escenario es el único lugar donde la soledad virtual desaparece para volverse una experiencia colectiva.

    Valentín me mira y me deja una frase que condensa la ética de la banda y, quizás, la urgencia de toda una generación que busca salida en los bares y sótanos: “La gente está buscando salida de la claustrofobia de la soledad virtual. A pesar de que hay una moda por la nostalgia, hay personas que apoyan el futuro y la diversidad de la música”. Es una observación sociológica brillante para alguien que aún no llega a los veinte: el rock vuelve a ser ese lugar donde los cuerpos se encuentran para escapar del encierro de la pantalla.

    El cierre de nuestra charla no fue una despedida, sino una advertencia. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina, cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Valentín es categórico: “Les diría que vivan intensamente, que disfruten el presente, sean curiosos y originen el futuro. Busquen esa sal de vivir, la vida sin estar abierta a experiencias no es rica. Siéntanse vivos, muévanse, que nunca les falte sodio”.

    Me voy de la entrevista sintiendo que el rock no es algo que pasó, sino algo que está ocurriendo ahora mismo, en el garaje de al lado, en la habitación de un pibe que no puede dormir si no escribe lo que siente. Sodio es la confirmación de que la juventud no volvió al rock para pedir disculpas, sino para traerlo al presente, para hacerlo sonar en este mundo que hablamos hoy. La música debe ser el eslabón entre el presente y el futuro, y estos chicos están soldando ese eslabón con la pasión de los que saben que, mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento, nuestra identidad como baraderenses seguirá a salvo. Subí el volumen, prestá atención y no te quedes quieto. El futuro está sonando ahora mismo, y tiene gusto a sodio.


    • Sodio: Radiografía de la Banda
    • Alineación:Coty Noat (Batería), Máximo Indaburo (Guitarra), Iara Varela( Bajo y coros), Valentin Rodriguez(Voz).
    • Fecha de nacimiento:Agosto de 2024.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Soporte 68.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”- Soporte 68.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 – Una producción por Jazmín Abdala


    Hubo un tiempo en que el mundo se sentía en blanco y negro, y el aire pesaba como el plomo. Corría el año 1967. En Buenos Aires, el asfalto quemaba bajo los pies de una juventud que caminaba a contramano de la moral de la época. Mientras en las radios sonaban versiones edulcoradas del pop internacional, en la penumbra de un baño del bar La Perla de Once, dos náufragos llamados Tanguito y Litto Nebbia le daban forma a una balsa de náufragos. Esa canción no fue solo un éxito de ventas; fue el primer grito de libertad en castellano, la piedra fundacional de una religión que no pedía permiso para existir. El rock nacional no nació bajo las luces de un estudio; nació en el hambre de decir la verdad, en la mugre de los sótanos y en la resistencia de quienes entendieron que, si el mundo era un incendio, la música era el único modo de no quemarse solo.

    Esa llama, que sobrevivió a dictaduras, apagones culturales y crisis que nos dejaron de rodillas, viajó por la Ruta 9 y encontró en Baradero un refugio inexpugnable. Acá, en la ciudad del encuentro, el rock no es un género musical que se consume los fines de semana. Es un ADN. Es el zumbido constante que sale de los garajes los martes a la noche, es el barro en las zapatillas de los pibes que cargan amplificadores a cuestas y es, sobre todo, una herencia que se pasa de mano en mano como un secreto sagrado. En Baradero, la “República del Rock” se construye con las manos sucias, cambiando cuerdas oxidadas y soldando cables plug con la esperanza de que el sonido no se corte en el mejor momento del solo. Y hoy, en este 2025 de incertidumbres, los profetas de esa fe tienen un nombre que suena a campo y tensión: Soporte 68.


    Hay una imagen que funciona como un portal, una postal que explica por qué estamos acá. Imaginen un camino de tierra a las afueras de la ciudad, donde el alumbrado público es un lujo y el frío de la noche rural te muerde los huesos. Ahí, clavado como un centinela olvidado, hay un cartel de chapa oxidada que sobrevive a la intemperie del tiempo. “Acceso al Soporte 68 al 70”, se lee entre las costras de herrumbre. Para un operario de la red eléctrica, es solo un nodo de media tensión, una indicación técnica. Pero para Ciro Bagalá y Valentino Barlatay, ese cartel fue un flechazo, una epifanía entre amigos que buscaban un nombre para algo que todavía ni siquiera sabían cómo iba a sonar.

    Ciro se acomoda en la silla, se ríe con esa complicidad de quien sabe que está contando el origen de un mito privado. Me muestra las fotos del grupo y sus ojos brillan con una intensidad eléctrica. Soporte 68 no es solo una banda; es un pacto de sangre que nació del polvo de los caminos y el enredo de los cables de ensayo.

    —Nos quedamos con eso pegado en la cabeza —me cuenta Ciro, mientras gesticula como si estuviera sosteniendo una guitarra invisible—. Íbamos a ese campo a tomar algo, a tocar la criolla, a ver pasar el rato bajo las estrellas. “Vamos a Soporte”, decíamos. Ese lugar fue el testigo mudo de los primeros acordes del Tano con su bajo. Hoy, ese nombre es nuestro frente de batalla. Es entender que el rock, antes que partituras o acordes perfectos, es un pacto de hermandad que no se rompe.

    Soporte 68 es una maquinaria cruda, un quinteto que parece diseñado para sacudir el suelo. Emanuel Parzón le pega a los parches de la batería con una violencia necesaria, como si quisiera despertar a toda la ciudad de su letargo. Valentino Barlatay sostiene el pulso desde el bajo con la solidez de un cimiento de hormigón. Gonzalo Miranda y Agustín Lauria trenzan las guitarras en una danza de distorsión, mientras Ciro le pone el cuerpo a la voz y a una tercera guitarra que termina de cerrar el muro de sonido. “Somos una banda eléctrica”, suelta Ciro, y mientras lo dice, el aire de la habitación parece cargarse de estática. Casi podés oler el ozono de los amplificadores valvulares al borde de la explosión.

    —Escribo sobre lo que nos pasa en la intimidad, sobre la mugre de la noche, las salidas de amigos y ese silencio que solo hay cerca del río —confiesa Ciro, bajando un poco el tono, como si estuviera revelando el truco de un mago—. A veces la música llega primero, me invade la cabeza y la letra fluye sola, sin permiso. Es algo visceral. No sabemos cantar sobre otra cosa que no sea nuestro propio cielo y nuestro propio barro. Todo lo que somos está encerrado en los límites de Baradero.

    Para ellos, el rock es un mandato que les llegó de chicos, un orgullo de pertenecer a una ciudad que tiene el oído curtido y el paladar negro para la distorsión. Sus referentes no son posters lejanos de Londres o Nueva York; sus referentes son los de acá, los que caminan sus mismas calles. Me habla de La Pobre Manca, esa banda histórica que les enseñó que para sonar de verdad hay que tener “tinta”, hay que tener calle. No buscan imitar a Viejas Locas, a La 25 o a los Redondos, pero esa sangre corre por sus venas, es el pulso que los mueve.

    El desafío de ser una banda independiente en la actualidad es inmenso. Es una pelea desigual contra un mundo que consume música como si fuera comida rápida, a mil por hora y sin masticar. Lograr que una canción como “Invierno Infernal” —un rocanrol hecho y derecho, crudo y directo— logre tocar alguna fibra en el tipo que está abajo del escenario, es la verdadera victoria. El sueño de meterse en un estudio de grabación en 2026 flota en el aire como una meta lejana, un norte que persiguen con la terquedad de los que no tienen nada que perder. En un país que no te regala ni un centímetro de espacio, ellos se ganan el lugar a puro ensayo.

    Mientras terminamos la charla, el ritual de la banda se hace presente. Me cuentan que antes de subir al escenario no hay cábalas. Hay una cerveza compartida, una charla de amigos y la lista de temas anotada a último momento en un papel cualquiera, con letra apurada. Esa adrenalina de no saber exactamente qué va a pasar, pero saber que lo van a dar todo, es lo que los mantiene en pie.

    —¿Un consejo? —le pregunto a Ciro antes de apagar el grabador. Él se toma un segundo. Mira hacia el vacío, quizás viajando en el tiempo hasta ese nene de cuatro años que escuchaba sus primeros acordes y sentía que el pecho le iba a explotar. —Que no dejen morir el rock. Por favor. En los momentos más oscuros de nuestro país, el rock nos hizo felices, nos dio una identidad cuando no teníamos nada. A los pibes que están pensando en arrancar: toquen. Toquen y no paren. Te tiene que gustar lo que hacés para poder llegar a los demás. Le tenés que poner a la banda la misma pasión que le ponés a la vida. No hay otra fórmula.

    Me voy de la entrevista con los oídos zumbando y la sensación de que Baradero está en buenas manos. Soporte 68 no es solo una banda de rock; es la confirmación de que la electricidad no solo viene de los cables rurales que cuelgan al costado del camino. La verdadera tensión, la que realmente importa, viene de la gente. Viene de la amistad que se forja en el frío del campo y estalla en el calor de un bar.

    Si ves a un pibe con una funda de guitarra al hombro caminando por la plaza o por la costa de Baradero, no lo ignores. No es un músico más; es un pedazo vivo de nuestra cultura que se resiste a ser silenciado. Apoyar a las bandas locales no es una opción caritativa, es el único modo de que nuestra ciudad no se transforme en un desierto de ruidos vacíos. El rock no se muere mientras haya un grupo como Soporte 68 dispuesto a enchufarse, subir el volumen y romper la noche al medio. Porque en esta República, esa pasión es lo único que nos mantiene vivos. Y hoy, Soporte 68 suena más fuerte que nunca.


    Soporte 68: Radiografía de la banda:

    • Alineación: Emanuel Parzón (batería), Valentino Barlatay (bajo), Gonzalo Miranda (guitarra), Agustín Lauria (guitarra), Ciro Bagalá (voz y guitarra).
    • Fecha de nacimiento: 18 de diciembre de 2024.
    • La cita: 27 de diciembre, en vivo para la República del Rock.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 – Una producción por Jazmín Abdala

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

     

     

    Jazmín Abdala – RADIO LS2 BARADERO –  Baradero, Prov. de Bs. As. 


    El rock en Argentina nunca fue una música de salón, ni una moda pasajera diseñada para encajar en la estética de una red social. El rock nacional nació del roce de los cuerpos en sótanos húmedos, del olor a cigarrillo y encierro de los baños de La Perla de Once, y de la urgencia desesperada de una generación que necesitaba gritar en su propio idioma cuando el silencio era una imposición externa. Aquel hito de “La Balsa” en el 67 no fue solo un fenómeno de ventas; fue la construcción de un refugio, un naufragio colectivo que nos enseñó que nuestras verdades también podían sonar a distorsión. Hoy, esa mística parece haber quedado relegada a los museos o a los grandes festivales que ocurren una vez al año, pero la realidad es mucho más cruda y, a la vez, mucho más esperanzadora: el rock de verdad, el que quema, está sucediendo ahora mismo a dos cuadras de tu casa.

    Baradero se autoproclama con orgullo como la República del Rock, pero una República no se sostiene únicamente con un cartel de luces led un fin de semana. Una República vive de sus obreros, de esos que no salen en las tapas de las revistas nacionales pero que mantienen el pulso de la ciudad cada noche. Hablo de las bandas independientes que ensayan después de cumplir una jornada laboral de ocho horas, de los pibes que sueldan sus propios cables para ahorrar unos pesos y de los que cargan bafles pesadísimos en fletes prestados por puro amor al arte. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestra cultura, los que eligen el ruido como una bandera de resistencia en un mundo que parece preferir la comodidad del algoritmo y el sonido procesado.

    Por eso decidimos abrir este espacio. “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local” no nace para ser una agenda de eventos ni una gacetilla publicitaria. Nace como un radar para meternos en el ADN de nuestra música. Queremos documentar la autogestión salvaje, esa necesidad visceral de subirse a un escenario aunque abajo haya diez personas y arriba no quede ni un peso de ganancia. Nos interesa el detrás de escena, la verdad de la milanesa: por qué un grupo de personas decide dedicar su vida a algo tan hermoso y tan difícil como es el rock independiente en el interior de la provincia.

    Vamos a salir a buscar las historias que no se cuentan. Las que se gestan en las orillas del río, las que se escriben en la soledad de una habitación con una guitarra criolla y las que explotan en los bares locales cuando la batería empieza a marcar el cuatro. Porque el talento no siempre baja de un micro de gira con catering y seguridad; muchas veces camina por tu misma vereda, lleva una funda de guitarra gastada al hombro y espera que alguien, por una maldita vez, le suba el volumen a su mensaje. El rock de Baradero tiene un sonido propio, una mezcla de industria, costa y noche que merece ser registrada con la seriedad que el arte exige.

    Pero esta sección no la podemos escribir solos. El rock es una construcción comunitaria o no es nada. Por eso, este espacio también es una invitación a que vos, que estás del otro lado, te conviertas en parte de este registro. Queremos que nos cuentes qué banda te voló la cabeza el último fin de semana, a qué músicos tenemos que ir a buscar a su sala de ensayo, o si vos mismo tenés un proyecto que siente que ya es hora de dejar de sonar solo entre cuatro paredes. Escribinos a nuestras redes, mandanos un mensaje, hacé que el ruido circule. No esperes a que una banda “llegue” para empezar a valorarla; el reconocimiento tiene que empezar acá, donde nacen las canciones.


    No dejen morir el rock. No lo digo como una frase hecha de remera, lo digo como una advertencia necesaria. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina. Se muere cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Cuidar a nuestras bandas es, en definitiva, cuidar nuestra propia voz y nuestra propia identidad como baraderenses. Mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y romper la calma de la noche, esta República seguirá viva. Nosotros vamos a estar ahí para contarlo. Subí el volumen, que esto recién empieza.

    Con cariño, 

    Jazmín.

  • Formar futuro desde Baradero: el ISFD N°115 abre inscripciones y te invita a descubrir tu camino

    Formar futuro desde Baradero: el ISFD N°115 abre inscripciones y te invita a descubrir tu camino

    — UN ARTÍCULO POR JAZMÍN ABDALA— LS2 BARADERO.


    ⏱️ Si solo tenés 5 minutos, leé esto:

    Inscripciones abiertas desde el 1 de diciembre, de 18 a 21 hs en el ISFD N° 115.
    Carreras: Inicial, Primaria, Historia, Inglés, Biología + Curso de Inglés.
    ‍♀️ Atención personalizada del equipo institucional.
    Una oportunidad para formarte y transformar tu comunidad.


    ¿Qué hacer cuando termina el secundario? ¿Qué pasa cuando el aula que te vio crecer se queda atrás y aparece esa incertidumbre entre trabajar, viajar, estudiar o seguir buscando? Esa pregunta que se repite en charlas con amigos, en la mesa familiar y hasta en la almohada, tiene en Baradero una respuesta que no siempre se mira con la atención que merece: formarse como docente y construir un proyecto de vida sin tener que dejar la ciudad.

    Desde el 1 de diciembre, el Instituto Superior de Formación Docente N°115 abrió sus inscripciones para el ciclo lectivo 2026 y ya se vive un clima de entusiasmo. Entre planillas, consultas y pasillos que vuelven a llenarse, las preceptoras reciben a cada interesado con la calidez que define al lugar. “Tenemos las mejores expectativas”, asegura David Arévalo, jefe de área del instituto. Y sostiene un dato que entusiasma: solo en la primera semana ya hubo más de 50 inscriptos. “Eso demuestra la gran demanda que tienen nuestras carreras y el interés que hay en Baradero por seguir estudiando”, afirma.

    La oferta incluye Profesorados en Educación Inicial, Primaria, Historia, Inglés y la novedad de Biología, además del curso de nivelación de Inglés conocido como CUFBA. Todas opciones que no solo garantizan título, sino también trabajo. Arévalo lo explica con claridad: “Ser docente hoy es tener una oportunidad concreta de inserción laboral en escuelas, en espacios educativos no formales e incluso en ámbitos comerciales donde se requiere acompañamiento pedagógico. En Primaria, por ejemplo, nuestros estudiantes hacen suplencias mientras estudian. Y quienes avanzan un poco más pueden tomar la quinta hora con la supervisión de un docente. El instituto está directamente conectado con las necesidades de las escuelas de Baradero”, señala.

    Cada carrera tiene su impronta. En Inicial, muchas guarderías privadas confían en estudiantes desde el primer año; Historia es el “bastión” del nivel secundario, reconocida por su aporte académico y la calidad de su plantel docente; Inglés suma el valor del CUFBA, con certificación equivalente al First una vez aprobado; y Biología llega porque hay una demanda real: faltan profesores en el área, y quienes se animen a esta formación, tendrán trabajo asegurado apenas terminen la carrera.

    Pero para David hay algo más profundo que los números y los cargos. Ser docente —insiste— es ser parte de una transformación social. Es acompañar a otros a descubrir quiénes son y quiénes pueden llegar a ser. Es convertirse en referente, en guía, en esa persona que a veces marca un antes y un después en la vida de un estudiante. “Es un universo fascinante. Te descubrís a vos mismo cuando ves lo que sos capaz de generar en otro”, dice con una convicción que contagia.

    El instituto, público y gratuito, no solo brinda formación académica: también asegura acompañamiento constante. Las preceptorías están para ayudar en lo administrativo y en lo personal. La biblioteca crece y se fortalece como apoyo diario. La regente, Soledad Salazar, organiza el funcionamiento institucional, y Arévalo articula proyectos de intervención e investigación que integran a los estudiantes con la comunidad. Incluso existe la posibilidad de cursar materias como oyente para quienes quieran formarse sin terminar una carrera: “La educación tiene que ser un espacio abierto”, remarca.

    Y como toda institución que piensa hacia adelante, ya se proyectan nuevas propuestas para 2026: una revista institucional, actividades extracurriculares ampliadas y más experiencias educativas que vinculen al 115 con la vida social y cultural de la ciudad.

    Las inscripciones son presenciales, en la escuela Marcos Sastre, de lunes a viernes de 18 a 21. Solo se necesita DNI y título secundario o constancia del último año.

    “Dense la oportunidad”, invita David, como quien conoce el valor de animarse. Porque a veces el futuro está más cerca de lo que parece. A veces comienza detrás de una puerta que se abre en Baradero y te dice: vení, acá podés proyectarte. Y tal vez, sin que lo hayas imaginado, ese futuro empiece con vos enseñando. Quizás con vos cambiándole la vida a alguien. Quizás con vos convirtiéndote en ese profe que todos recuerdan.

    Para inscribirte, traé:

    • DNI (original y fotocopia)
    • Título secundario o constancia en trámite
    • Certificado de apto físico
    • 2 fotos carnet
    • Correo electrónico activo

    Animate a dar el paso. El futuro de Baradero también se escribe en las aulas. Y vos podés ser protagonista. ✨

  • Kicillof tomó juramento a Flavia Terigi como nueva Directora General de Cultura y Educación

    Kicillof tomó juramento a Flavia Terigi como nueva Directora General de Cultura y Educación

    Kicillof tomó juramento a Flavia Terigi como nueva Directora General de Cultura y Educación

    El gobernador bonaerense Axel Kicillof puso en funciones a Flavia Terigi como nueva directora general de Cultura y Educación, durante un acto realizado en el nuevo edificio de la Escuela Primaria N°26 “Malvinas Argentinas” de Alejandro Korn, San Vicente. Allí también se reconoció la labor del director saliente, Alberto Sileoni, quien encabezó el área desde 2021.

    Kicillof destacó el compromiso del Gobierno provincial con la defensa y transformación de la escuela pública, y subrayó el rol de docentes, directivos y familias en ese proceso. Además, dio la bienvenida a Terigi y remarcó el desafío de “seguir mejorando la educación bonaerense e igualar oportunidades en toda la provincia”.

    Terigi, pedagoga y exrectora de la Universidad Nacional de General Sarmiento, agradeció la designación y afirmó que asume “un compromiso de escucha para pensar juntos las reformas que necesita la escuela”. También reafirmó que la educación debe ser “un lugar digno y justo para todos y todas”.

    Durante el acto se entregó un reconocimiento a Sileoni, quien señaló que fue “un inmenso honor” trabajar en la ampliación del sistema educativo.

    La ceremonia se realizó en el marco de la inauguración del nuevo edificio escolar, una obra de $2.656 millones que incluye 12 aulas, biblioteca, laboratorio, SUM, dependencias administrativas y patio. El intendente Nicolás Mantegazza celebró la apertura y la definió como parte de las políticas provinciales de ampliación de derechos.

    Kicillof cerró el acto destacando que la escuela es la número 293 inaugurada en la provincia y marcó la diferencia con el Gobierno nacional, al afirmar que “frente a la paralización de la obra pública, acá seguimos invirtiendo en educación”.

  • ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?

    ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?

    Pobreza, droga, rock y la violencia silenciosa del Estado.

    CRÓNICA ESCRITA POR JAZMÍN ABDALA – LS2 BARADERO – 30 DE NOVIEMBRE

    Estoy parada en la vereda de Lugano y el barro se pega a mis zapatillas como si no quisiera soltarme. Hay un olor espeso en el aire: humedad vieja mezclada con aceite quemado, como si todas las capas de la ciudad se hubieran derramado sobre el mismo suelo y hubieran secado ahí, sin que nadie jamás intentara limpiarlas. El viento levanta tierra fina, que raspa la garganta y arde un poco en los ojos. Y pienso que este paisaje no es nuevo, no es inventado. Ya estaba acá, mucho antes de mí, mucho antes de esta crónica. Ya lo había contado alguien que lo vivió antes que yo: Pity Álvarez.

    La primera vez que escuché una canción de él sentí algo que todavía no se me va del cuerpo. No era música linda, ni gentil, ni pensada para sonar en la radio mientras cocinás o limpiás. Era una melodía que te metía en un pasillo oscuro, que te hacía ver los cables sueltos colgando del techo, el colchón apoyado contra una pared húmeda, la sombra de un pibe corriendo con un arma envuelta en una remera. Era música que hablaba de una verdad que muchos preferían no mirar. Y cuando vine a Lugano por primera vez, entendí por qué: porque es incómodo reconocer que la Argentina que nos prometieron nunca llegó hasta este barro.

    A unos metros, dos pibitos se pasan una Bic roja y prenden un cigarrillo armado a medias. Uno mira hacia la avenida con una mezcla de alerta y costumbre; el otro sonríe con la boca apenas abierta, esa sonrisa que no llega a los ojos. Me miran, no con desconfianza, sino con la neutralidad de quien ya vio pasar a demasiada gente que nunca vuelve. Y yo pienso que si Pity estuviera vivo en este momento —vivo de verdad, no como fantasma cultural— probablemente se sentaría con ellos, les haría un chiste, les contaría una anécdota absurda, y después, sin aviso, se pondría serio y diría alguna frase que parece una locura pero que es más política que cualquier discurso del Congreso.

    El barrio está vivo y muerto al mismo tiempo. El cemento cuarteado tiene manchas que no sabés si son humedad, pis, vino o sangre vieja. Los perros callejeros duermen como si supieran que nadie los va a patear, pero tampoco los va a cuidar. Y en cada esquina hay una marca invisible: un lugar donde alguien cayó, alguien corrió, alguien se escondió. Y sí, esa violencia existe, es real, pero tiene un contexto que el país entero se esfuerza en olvidar.

    Mientras camino, recuerdo algo que me contó una vez un vecino de acá: “Acá, en los noventa, no nos llegó el uno a uno, nos llegó el uno a nadie”. Y fue así. Menem y la convertibilidad prometían estabilidad mientras privatizaban todo. Progreso, decían. Modernidad, decían. Pero en Lugano la modernidad eran los patrulleros sin frenos, los colegios sin vidrios, las casas sin laburo, los pibes sin futuro. El desempleo no era una estadística: era un padre sentado todo el día en la puerta, un tío que desaparecía en la villa, un hermano mayor que dejaba el secundario para juntar monedas en el semáforo. Todo eso estaba cuando Pity empezó a cantar. Él no fue un poeta que bajó al barro para inspirarse: él nació en él, lo respiró, lo sangró y lo devolvió convertido en música.

    Me acerco a un pasillo angosto. De adentro sale un olor ácido, mezcla de cocina improvisada y sustancias que queman más que iluminan. El piso está húmedo aunque no llueva. El aire es espeso, casi masticable. Pienso en cuántas veces escuché decir “el Pity se cagó la vida con las drogas”, como si las drogas fueran la causa y no el resultado. Como si él hubiera tenido opciones claras, limpias y prolijas. Como si no fuera obvio que un pibe sin contención, rodeado de violencia, abandono y carencias, termina buscando algo que lo saque, aunque sea por un rato, del peso insoportable de existir donde nadie espera nada de vos.

    Pity fumaba marihuana desde los 14. No porque fuera un rebelde sin causa: porque la vida le pedía anestesia. Después vinieron la cocaína, el LSD, el crack, la pasta base, la codeína, el éxtasis, el alcohol. No es glamoroso, no es rockstar: es supervivencia mal hecha, supervivencia que te come las venas y te roba las horas. Pero también es eso que sus canciones tenían: la desesperación por sentir algo que no sea frío, por frenar el ruido mental, por encontrar un lugar donde el caos de afuera no te aplaste del todo.

    Sigo caminando y me tropiezo con un charco. El barro se mete entre los dedos de las zapatillas como una lengua tibia. Y mientras intento no caerme, pienso en “Una vela”. Esa canción es casi una crónica policial, pero contada desde adentro, desde donde la policía no llega. “No te asustes por lo que te cuento, pero en mi vecindario todo esto es cierto”. No es metáfora: es geografía. Es cartografía del abandono.

    Pity hablaba de robos, peleas, traiciones, tiros. Pero también hablaba de amistad, de amor, de lealtad, de códigos que no están en ningún libro pero sostienen más que cualquier institución. Él mostraba un barrio donde la violencia no era un espectáculo televisivo, sino una materia prima que se mezcla con la vida cotidiana. Y cuando escucho esas letras acá, en esta vereda, siento que tienen un peso distinto: no son canciones, son documentos.

    En los años en que Álvarez escribía esas letras, el Estado estaba más preocupado por cerrar con el FMI y vender empresas públicas que por mirar lo que pasaba en los bordes. La pobreza se multiplicaba, la desigualdad crecía como pasto en baldío. Y cada vez que una promesa económica se rompía, acá se rompía una vida. Pero nadie lo contaba así. Hasta que apareció un flaco flaco, con ojos hundidos y voz rota, diciendo verdades que incomodaban.

    Me detengo frente a un edificio. Las paredes grises están llenas de grafitis, algunos de hace años, otros frescos. En una ventana hay un parlante viejo colgando con un cable pelado. Suena “Aunque a nadie ya le importe”. Las primeras notas se mezclan con el ruido de los colectivos pasando por la avenida. Y pienso que esta canción es una síntesis del país entero: un grito para que alguien escuche, aunque nadie escuche.

    Siento el frío que sale de los pasillos como un aliento húmedo. Y mientras tanto, recuerdo el día en que Pity mató a un hombre. Recuerdo la frase que dijo: “Cualquiera haría lo mismo”. Y aunque duele escucharlo, hay algo que, en este barrio, se entiende sin justificar. Porque la violencia no aparece de un día para el otro. Es acumulación. Es sistema fallado. Es Estado ausente. Es marginalidad convertida en destino. Y cuando tenés una vida entera rodeado de traiciones, miedo y abandono, reaccionar mal no es imposible: es casi lógico.

    Pero el país prefirió hacer de Pity un monstruo. Un monstruo útil. Un monstruo que sirve para decir “miren, esto está mal”. Pero no sirve para preguntar “¿por qué pasa esto?” o “¿quién dejó que lleguemos acá?”. Señalarlo fue más fácil que ver lo que su música venía denunciando desde hacía décadas: que los barrios marginalizados no son errores del mapa, sino decisiones políticas.

    Respiro hondo. El olor a basura quemada se mezcla con un aroma tenue de sopa casera que sale de alguna ventana. Esa mezcla de mugre y refugio es la síntesis del barrio: un lugar donde todo duele, pero donde también hay afectos que sostienen lo que el Estado no sostiene.

    Y me pregunto: ¿cuántos pibes hoy están viviendo exactamente lo mismo que vivió Pity? ¿Cuántos están consumiendo para tapar el horror o el vacío? ¿Cuántos están escribiendo canciones en cuadernos rotos, tratando de poner en palabras lo que nadie quiere escuchar? ¿Cuántos están a un paso de desaparecer, de caer presos, de pegar un tiro o recibirlo?

    Porque esa es la parte más dura: el país aprendió a romantizar al Pity pero no a escuchar a los que vienen detrás. Hablamos de él como si fuera un mito trágico, pero no miramos a los chicos que hoy están repitiendo su historia, con menos banda, menos guita y menos oportunidades. Y mientras la sociedad inventa discursos moralistas, los barrios siguen con sus calles rotas, sus casas tomadas, sus pasillos sin luz y sus pibes sin mañana.

    Me detengo, cierro los ojos y escucho. De lejos llega la música de una casa: “Nunca quise”. Y esa letra, que muchos usan como banda sonora de historias de amor, acá suena diferente. No es una canción romántica: es una canción de falta, de pérdida, de lucha entre el deseo y la supervivencia. Porque en el barro no se ama como en Palermo. En el barro se ama con miedo, con urgencia, con heridas abiertas.

    Sigo caminando y veo a un grupo de adolescentes tirados en la plaza, rodeados de botellas y risas que son más defensas que alegría. Uno tararea “Fuego”. Otro ríe, se levanta, se sacude la tierra. Y pienso en la forma en que Pity hablaba de la juventud: no como esperanza, sino como condena. Una juventud atrapada entre el sistema y la esquina. Una juventud que se quiebra rápido porque nunca tuvo cimientos.

    Y mientras miro esa escena, siento la crudeza de lo que quiero decir: en Argentina seguimos midiendo el éxito de un gobierno por el dólar, por la inflación, por los índices macroeconómicos. Pero nunca lo medimos por cuántos pibes consiguieron salir del barro, cuántos dejaron la droga, cuántos encontraron un laburo digno, cuántos volvieron del borde. Y el Pity, sin querer ser ejemplo de nada, nos gritó esa verdad con la voz rota.

    Hoy, mientras escribo esto, siento que la historia de él es la historia de miles. Una historia que no terminó en el disparo, ni en la cárcel, ni en las tapas de revistas. Una historia que se sigue repitiendo. Que sigue respirando en estos pasillos. Que sigue llorando en estos balcones. Que sigue cantando en estos parlantes rotos.

    Y pienso: si no escuchamos, si no miramos, si no intervenimos, ¿quién será el próximo Pity? ¿Cuántas voces más vamos a dejar que se pierdan en el barro? ¿Cuántos pibes van a crecer creyendo que la violencia es destino y no consecuencia?

    El barro se seca en mis zapatillas. Me doy vuelta, miro una vez más el edificio gris, las ventanas con cortinas colgando, los pibes riendo para no llorar, y siento que este lugar te habla aunque no quieras escucharlo.

    La política puede seguir diciendo que todo está bien. La sociedad puede seguir diciendo que la marginalidad es elección. Pero la verdad está acá, pegada en el asfalto, escrita en estas paredes, cantada en las letras del Pity: vivimos en un país que fabrica su propia violencia y después se horroriza por las criaturas que creó.

    Y al final, después de caminar estas cuadras y escucharlo en cada rincón, entiendo por qué Pity fue símbolo de algo más grande que él mismo. Fue símbolo de una Argentina que existe aunque muchos no la quieran ver. Una Argentina hecha de abandono, de droga como refugio, de violencia como idioma, de música como única forma de decir lo que nadie quiere escuchar.

    Si no hacemos algo, si seguimos mirando para otro lado, si seguimos criminalizando sin entender, el barro va a seguir ahí, húmedo, silencioso, esperando a que otra historia se hunda en él.

    Y la pregunta va a seguir siendo la misma:
    ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?


  • ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.


    Me senté en la mesa de la cocina todavía medio dormida, con ese frío tibio de la mañana que se cuela por las ventanas antes de que el sol termine de despertarse del todo. El mate cocido humeaba en mi taza, ese aroma dulce que me acompaña desde que soy chica, como si cada sorbo fuera una especie de memoria líquida. Y mientras esperaba que se enfriara un poco, mamá apareció caminando despacio, arrastrando las pantuflas, con ese gesto suyo entre curiosidad y reproche cariñoso que siempre me causa gracia.

    Me miró de arriba abajo, como si estuviera inspeccionando un cuadro, y me lanzó sin vueltas:

    —¿Otra vez de negro te vestiste?

    No fue una pregunta agresiva. Tampoco era crítica pura. Era ese modo que tienen las madres de señalar cosas que para uno ya son naturales, pero que para ellas siguen siendo un misterio. Me reí, porque la escena ya era repetida: yo con mis prendas oscuras, ella con la necesidad de entender por qué. Pero esta vez, no sé por qué, la pregunta me quedó resonando más que otras veces. Como si, en vez de un comentario sobre la ropa, hubiera sido la punta de un hilo que yo misma necesitaba empezar a tirar.

    Quizás porque, mientras tomaba el primer sorbo tibio, pensé en algo que venía rondándome hacía días: ¿cuándo fue que dejamos de ser una juventud rebelde? ¿En qué momento la idea de destacarse se convirtió en una especie de amenaza? Antes los jóvenes teñían su pelo de colores, usaban cadenas, remeras rotas, ropa estrafalaria simplemente porque sí, porque querían mostrar que eran distintos, porque había orgullo en lo raro. Pero ahora parece que la única regla real es no llamar demasiado la atención, no ser cringe, no exponerse más de lo necesario. No parecer desesperado por encajar, pero tampoco demasiado seguro como para romper el molde. Un equilibrio del que nadie habló y al que, sin embargo, todos nos adaptamos con una precisión casi militar.

    Le respondí a mamá cualquier cosa, para salir del paso, pero en mi cabeza ya estaba lejos, preguntándome por qué los adolescentes de hoy se visten igual, escuchan lo mismo, repiten los mismos gestos, los mismos lenguajes, los mismos códigos. Claro que cada generación tuvo sus modas, pero la repetición actual tiene algo más profundo, casi estructural. No es solo estética: es emocional, cultural, política. Y no es culpa de los chicos. Si algo aprendí —viendo cómo funcionan las redes, cómo se miden los vínculos, cómo se viraliza el miedo al ridículo— es que detrás de esa aparente uniformidad hay una tensión nueva: la necesidad de pertenecer sin dejar huella, de existir sin ser demasiado visibles, de tener identidad pero que no moleste, no incomode, no dé motivos para quedar en el centro de una broma colectiva.

    La cultura del cringe se volvió una especie de policía simbólica. Una fuerza de control suave, silenciosa, pero inexorable. Ya no hace falta que alguien te diga cómo vestirte: alcanza con imaginar el meme que podrían hacer si te animás a algo distinto. Es una mirada anónima, omnipresente, que no tiene rostro, pero igual castiga. Y lo curioso es que no viene de arriba, ni de instituciones, ni de gobiernos, ni de adultos: viene de la propia generación adolescente. Como si el mandato de la normalidad hubiera descendido de manera espontánea, producto de navegar miles de videos al día, de la comparación constante, de la inmediatez y el miedo a quedarse afuera.

    Mientras revolvía el mate cocido en la taza, pensé en cómo las expresiones juveniles históricamente fueron el termómetro de los cambios políticos. La ropa, la música, la estética, los espacios de encuentro siempre anticiparon transformaciones más grandes: los hippies y la contracultura, el punk y el rechazo a las instituciones, el rock nacional con su necesidad de decir lo que no se podía decir, los pibes de los noventa tirando abajo viejas solemnidades. Siempre hubo una forma de gritar “no” incluso cuando no se podía gritar. Pero ahora parece que el grito se disolvió antes de nacer. No porque no haya problemas —sobran—, sino porque la respuesta general no es la revuelta, sino el agotamiento. No es la organización, sino la indiferencia. No es el estallido, sino el scroll.

    Tal vez por eso las políticas actuales —sean del signo que sean— parecen convivir con una juventud que no termina de creer que pueda cambiar algo. No es que no haya interés político: lo hay, y mucho. Pero está atravesado por una sensación de desencanto que se volvió parte del aire que respiramos. Una mezcla rara entre hiperconexión y apatía, entre información ilimitada y escasa capacidad para imaginar algo verdaderamente distinto. De algún modo, ese minimalismo estético que domina todo —la ropa neutra, los cuartos beige, las fotos filtradas, la obsesión con la sutileza— se parece demasiado al minimalismo emocional y político con el que transitamos la vida pública: no arriesgamos, no exageramos, no mostramos demasiado. Buscamos estabilidad incluso cuando somos jóvenes, que es justamente la etapa donde históricamente menos se buscó estabilidad.

    Quizás mamá, sin querer, con esa pregunta inocente sobre mis prendas negras, tocó algo que yo misma venía intentando evitar: admitir que, de alguna forma, también me mimetizo con ese deseo de no llamar la atención. Que a veces me he contenido de decir algo por temor al juicio colectivo. Que en más de una ocasión he preferido el silencio por sobre una opinión impopular. Que he dejado de hacer cosas que me gustaban porque me daban vergüenza. Y no soy la única. Lo escucho entre amigos, entre compañeros de facultad, incluso entre adolescentes que entrevisto para notas: la espontaneidad se volvió un lujo, la rareza una amenaza, la autenticidad un riesgo.

    Sin embargo, tampoco quiero caer en la mirada romántica de “todo tiempo pasado fue mejor”. No se trata de idealizar la rebeldía anterior ni de negar las razones por las cuales hoy cuesta tanto salir del molde. Esta época tiene sus propias batallas, más complejas, más invisibles: la ansiedad, la saturación de estímulos, la presión por construir una identidad coherente ante miles de ojos, la dificultad para organizarse en un contexto donde todo se fragmenta. Quizás la revolución de hoy no sea estética, ni ruidosa, ni masiva. Tal vez esté en lo pequeño: en el acto íntimo de permitirnos sentir, de decir lo que pensamos sin miedo, de romper con esa homogeneización que parece venir envuelta en celofán digital.

    Terminando mi mate cocido ya frío, me di cuenta de que la pregunta de mamá había sido mucho más que una anécdota doméstica. Había sido una excusa para preguntarme, en serio, si seguimos siendo capaces de rebelarnos. Si realmente nos volvimos una juventud sin revolución o si estamos apenas en un momento de transición, esperando encontrar nuevas maneras de incomodar al mundo. Porque la rebeldía no desaparece: muta. Cambia de piel. A veces se esconde para después salir más fuerte.

    Entonces me quedé mirando mi ropa oscura, la mesa tibia, el vapor que ya no salía de la taza, y pensé que tal vez la verdadera revolución empiece por algo tan simple como preguntarnos esto: ¿cuánto de lo que hacemos lo elegimos de verdad y cuánto lo hacemos por miedo a que nos tilden de cringe?

    Y, en el fondo, ¿qué clase de futuro construimos si incluso la rebeldía nos da vergüenza?


    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.