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  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

     

     

    Jazmín Abdala – RADIO LS2 BARADERO –  Baradero, Prov. de Bs. As. 


    El rock en Argentina nunca fue una música de salón, ni una moda pasajera diseñada para encajar en la estética de una red social. El rock nacional nació del roce de los cuerpos en sótanos húmedos, del olor a cigarrillo y encierro de los baños de La Perla de Once, y de la urgencia desesperada de una generación que necesitaba gritar en su propio idioma cuando el silencio era una imposición externa. Aquel hito de “La Balsa” en el 67 no fue solo un fenómeno de ventas; fue la construcción de un refugio, un naufragio colectivo que nos enseñó que nuestras verdades también podían sonar a distorsión. Hoy, esa mística parece haber quedado relegada a los museos o a los grandes festivales que ocurren una vez al año, pero la realidad es mucho más cruda y, a la vez, mucho más esperanzadora: el rock de verdad, el que quema, está sucediendo ahora mismo a dos cuadras de tu casa.

    Baradero se autoproclama con orgullo como la República del Rock, pero una República no se sostiene únicamente con un cartel de luces led un fin de semana. Una República vive de sus obreros, de esos que no salen en las tapas de las revistas nacionales pero que mantienen el pulso de la ciudad cada noche. Hablo de las bandas independientes que ensayan después de cumplir una jornada laboral de ocho horas, de los pibes que sueldan sus propios cables para ahorrar unos pesos y de los que cargan bafles pesadísimos en fletes prestados por puro amor al arte. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestra cultura, los que eligen el ruido como una bandera de resistencia en un mundo que parece preferir la comodidad del algoritmo y el sonido procesado.

    Por eso decidimos abrir este espacio. “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local” no nace para ser una agenda de eventos ni una gacetilla publicitaria. Nace como un radar para meternos en el ADN de nuestra música. Queremos documentar la autogestión salvaje, esa necesidad visceral de subirse a un escenario aunque abajo haya diez personas y arriba no quede ni un peso de ganancia. Nos interesa el detrás de escena, la verdad de la milanesa: por qué un grupo de personas decide dedicar su vida a algo tan hermoso y tan difícil como es el rock independiente en el interior de la provincia.

    Vamos a salir a buscar las historias que no se cuentan. Las que se gestan en las orillas del río, las que se escriben en la soledad de una habitación con una guitarra criolla y las que explotan en los bares locales cuando la batería empieza a marcar el cuatro. Porque el talento no siempre baja de un micro de gira con catering y seguridad; muchas veces camina por tu misma vereda, lleva una funda de guitarra gastada al hombro y espera que alguien, por una maldita vez, le suba el volumen a su mensaje. El rock de Baradero tiene un sonido propio, una mezcla de industria, costa y noche que merece ser registrada con la seriedad que el arte exige.

    Pero esta sección no la podemos escribir solos. El rock es una construcción comunitaria o no es nada. Por eso, este espacio también es una invitación a que vos, que estás del otro lado, te conviertas en parte de este registro. Queremos que nos cuentes qué banda te voló la cabeza el último fin de semana, a qué músicos tenemos que ir a buscar a su sala de ensayo, o si vos mismo tenés un proyecto que siente que ya es hora de dejar de sonar solo entre cuatro paredes. Escribinos a nuestras redes, mandanos un mensaje, hacé que el ruido circule. No esperes a que una banda “llegue” para empezar a valorarla; el reconocimiento tiene que empezar acá, donde nacen las canciones.


    No dejen morir el rock. No lo digo como una frase hecha de remera, lo digo como una advertencia necesaria. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina. Se muere cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Cuidar a nuestras bandas es, en definitiva, cuidar nuestra propia voz y nuestra propia identidad como baraderenses. Mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y romper la calma de la noche, esta República seguirá viva. Nosotros vamos a estar ahí para contarlo. Subí el volumen, que esto recién empieza.

    Con cariño, 

    Jazmín.

  • ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?

    ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?

    Pobreza, droga, rock y la violencia silenciosa del Estado.

    CRÓNICA ESCRITA POR JAZMÍN ABDALA – LS2 BARADERO – 30 DE NOVIEMBRE

    Estoy parada en la vereda de Lugano y el barro se pega a mis zapatillas como si no quisiera soltarme. Hay un olor espeso en el aire: humedad vieja mezclada con aceite quemado, como si todas las capas de la ciudad se hubieran derramado sobre el mismo suelo y hubieran secado ahí, sin que nadie jamás intentara limpiarlas. El viento levanta tierra fina, que raspa la garganta y arde un poco en los ojos. Y pienso que este paisaje no es nuevo, no es inventado. Ya estaba acá, mucho antes de mí, mucho antes de esta crónica. Ya lo había contado alguien que lo vivió antes que yo: Pity Álvarez.

    La primera vez que escuché una canción de él sentí algo que todavía no se me va del cuerpo. No era música linda, ni gentil, ni pensada para sonar en la radio mientras cocinás o limpiás. Era una melodía que te metía en un pasillo oscuro, que te hacía ver los cables sueltos colgando del techo, el colchón apoyado contra una pared húmeda, la sombra de un pibe corriendo con un arma envuelta en una remera. Era música que hablaba de una verdad que muchos preferían no mirar. Y cuando vine a Lugano por primera vez, entendí por qué: porque es incómodo reconocer que la Argentina que nos prometieron nunca llegó hasta este barro.

    A unos metros, dos pibitos se pasan una Bic roja y prenden un cigarrillo armado a medias. Uno mira hacia la avenida con una mezcla de alerta y costumbre; el otro sonríe con la boca apenas abierta, esa sonrisa que no llega a los ojos. Me miran, no con desconfianza, sino con la neutralidad de quien ya vio pasar a demasiada gente que nunca vuelve. Y yo pienso que si Pity estuviera vivo en este momento —vivo de verdad, no como fantasma cultural— probablemente se sentaría con ellos, les haría un chiste, les contaría una anécdota absurda, y después, sin aviso, se pondría serio y diría alguna frase que parece una locura pero que es más política que cualquier discurso del Congreso.

    El barrio está vivo y muerto al mismo tiempo. El cemento cuarteado tiene manchas que no sabés si son humedad, pis, vino o sangre vieja. Los perros callejeros duermen como si supieran que nadie los va a patear, pero tampoco los va a cuidar. Y en cada esquina hay una marca invisible: un lugar donde alguien cayó, alguien corrió, alguien se escondió. Y sí, esa violencia existe, es real, pero tiene un contexto que el país entero se esfuerza en olvidar.

    Mientras camino, recuerdo algo que me contó una vez un vecino de acá: “Acá, en los noventa, no nos llegó el uno a uno, nos llegó el uno a nadie”. Y fue así. Menem y la convertibilidad prometían estabilidad mientras privatizaban todo. Progreso, decían. Modernidad, decían. Pero en Lugano la modernidad eran los patrulleros sin frenos, los colegios sin vidrios, las casas sin laburo, los pibes sin futuro. El desempleo no era una estadística: era un padre sentado todo el día en la puerta, un tío que desaparecía en la villa, un hermano mayor que dejaba el secundario para juntar monedas en el semáforo. Todo eso estaba cuando Pity empezó a cantar. Él no fue un poeta que bajó al barro para inspirarse: él nació en él, lo respiró, lo sangró y lo devolvió convertido en música.

    Me acerco a un pasillo angosto. De adentro sale un olor ácido, mezcla de cocina improvisada y sustancias que queman más que iluminan. El piso está húmedo aunque no llueva. El aire es espeso, casi masticable. Pienso en cuántas veces escuché decir “el Pity se cagó la vida con las drogas”, como si las drogas fueran la causa y no el resultado. Como si él hubiera tenido opciones claras, limpias y prolijas. Como si no fuera obvio que un pibe sin contención, rodeado de violencia, abandono y carencias, termina buscando algo que lo saque, aunque sea por un rato, del peso insoportable de existir donde nadie espera nada de vos.

    Pity fumaba marihuana desde los 14. No porque fuera un rebelde sin causa: porque la vida le pedía anestesia. Después vinieron la cocaína, el LSD, el crack, la pasta base, la codeína, el éxtasis, el alcohol. No es glamoroso, no es rockstar: es supervivencia mal hecha, supervivencia que te come las venas y te roba las horas. Pero también es eso que sus canciones tenían: la desesperación por sentir algo que no sea frío, por frenar el ruido mental, por encontrar un lugar donde el caos de afuera no te aplaste del todo.

    Sigo caminando y me tropiezo con un charco. El barro se mete entre los dedos de las zapatillas como una lengua tibia. Y mientras intento no caerme, pienso en “Una vela”. Esa canción es casi una crónica policial, pero contada desde adentro, desde donde la policía no llega. “No te asustes por lo que te cuento, pero en mi vecindario todo esto es cierto”. No es metáfora: es geografía. Es cartografía del abandono.

    Pity hablaba de robos, peleas, traiciones, tiros. Pero también hablaba de amistad, de amor, de lealtad, de códigos que no están en ningún libro pero sostienen más que cualquier institución. Él mostraba un barrio donde la violencia no era un espectáculo televisivo, sino una materia prima que se mezcla con la vida cotidiana. Y cuando escucho esas letras acá, en esta vereda, siento que tienen un peso distinto: no son canciones, son documentos.

    En los años en que Álvarez escribía esas letras, el Estado estaba más preocupado por cerrar con el FMI y vender empresas públicas que por mirar lo que pasaba en los bordes. La pobreza se multiplicaba, la desigualdad crecía como pasto en baldío. Y cada vez que una promesa económica se rompía, acá se rompía una vida. Pero nadie lo contaba así. Hasta que apareció un flaco flaco, con ojos hundidos y voz rota, diciendo verdades que incomodaban.

    Me detengo frente a un edificio. Las paredes grises están llenas de grafitis, algunos de hace años, otros frescos. En una ventana hay un parlante viejo colgando con un cable pelado. Suena “Aunque a nadie ya le importe”. Las primeras notas se mezclan con el ruido de los colectivos pasando por la avenida. Y pienso que esta canción es una síntesis del país entero: un grito para que alguien escuche, aunque nadie escuche.

    Siento el frío que sale de los pasillos como un aliento húmedo. Y mientras tanto, recuerdo el día en que Pity mató a un hombre. Recuerdo la frase que dijo: “Cualquiera haría lo mismo”. Y aunque duele escucharlo, hay algo que, en este barrio, se entiende sin justificar. Porque la violencia no aparece de un día para el otro. Es acumulación. Es sistema fallado. Es Estado ausente. Es marginalidad convertida en destino. Y cuando tenés una vida entera rodeado de traiciones, miedo y abandono, reaccionar mal no es imposible: es casi lógico.

    Pero el país prefirió hacer de Pity un monstruo. Un monstruo útil. Un monstruo que sirve para decir “miren, esto está mal”. Pero no sirve para preguntar “¿por qué pasa esto?” o “¿quién dejó que lleguemos acá?”. Señalarlo fue más fácil que ver lo que su música venía denunciando desde hacía décadas: que los barrios marginalizados no son errores del mapa, sino decisiones políticas.

    Respiro hondo. El olor a basura quemada se mezcla con un aroma tenue de sopa casera que sale de alguna ventana. Esa mezcla de mugre y refugio es la síntesis del barrio: un lugar donde todo duele, pero donde también hay afectos que sostienen lo que el Estado no sostiene.

    Y me pregunto: ¿cuántos pibes hoy están viviendo exactamente lo mismo que vivió Pity? ¿Cuántos están consumiendo para tapar el horror o el vacío? ¿Cuántos están escribiendo canciones en cuadernos rotos, tratando de poner en palabras lo que nadie quiere escuchar? ¿Cuántos están a un paso de desaparecer, de caer presos, de pegar un tiro o recibirlo?

    Porque esa es la parte más dura: el país aprendió a romantizar al Pity pero no a escuchar a los que vienen detrás. Hablamos de él como si fuera un mito trágico, pero no miramos a los chicos que hoy están repitiendo su historia, con menos banda, menos guita y menos oportunidades. Y mientras la sociedad inventa discursos moralistas, los barrios siguen con sus calles rotas, sus casas tomadas, sus pasillos sin luz y sus pibes sin mañana.

    Me detengo, cierro los ojos y escucho. De lejos llega la música de una casa: “Nunca quise”. Y esa letra, que muchos usan como banda sonora de historias de amor, acá suena diferente. No es una canción romántica: es una canción de falta, de pérdida, de lucha entre el deseo y la supervivencia. Porque en el barro no se ama como en Palermo. En el barro se ama con miedo, con urgencia, con heridas abiertas.

    Sigo caminando y veo a un grupo de adolescentes tirados en la plaza, rodeados de botellas y risas que son más defensas que alegría. Uno tararea “Fuego”. Otro ríe, se levanta, se sacude la tierra. Y pienso en la forma en que Pity hablaba de la juventud: no como esperanza, sino como condena. Una juventud atrapada entre el sistema y la esquina. Una juventud que se quiebra rápido porque nunca tuvo cimientos.

    Y mientras miro esa escena, siento la crudeza de lo que quiero decir: en Argentina seguimos midiendo el éxito de un gobierno por el dólar, por la inflación, por los índices macroeconómicos. Pero nunca lo medimos por cuántos pibes consiguieron salir del barro, cuántos dejaron la droga, cuántos encontraron un laburo digno, cuántos volvieron del borde. Y el Pity, sin querer ser ejemplo de nada, nos gritó esa verdad con la voz rota.

    Hoy, mientras escribo esto, siento que la historia de él es la historia de miles. Una historia que no terminó en el disparo, ni en la cárcel, ni en las tapas de revistas. Una historia que se sigue repitiendo. Que sigue respirando en estos pasillos. Que sigue llorando en estos balcones. Que sigue cantando en estos parlantes rotos.

    Y pienso: si no escuchamos, si no miramos, si no intervenimos, ¿quién será el próximo Pity? ¿Cuántas voces más vamos a dejar que se pierdan en el barro? ¿Cuántos pibes van a crecer creyendo que la violencia es destino y no consecuencia?

    El barro se seca en mis zapatillas. Me doy vuelta, miro una vez más el edificio gris, las ventanas con cortinas colgando, los pibes riendo para no llorar, y siento que este lugar te habla aunque no quieras escucharlo.

    La política puede seguir diciendo que todo está bien. La sociedad puede seguir diciendo que la marginalidad es elección. Pero la verdad está acá, pegada en el asfalto, escrita en estas paredes, cantada en las letras del Pity: vivimos en un país que fabrica su propia violencia y después se horroriza por las criaturas que creó.

    Y al final, después de caminar estas cuadras y escucharlo en cada rincón, entiendo por qué Pity fue símbolo de algo más grande que él mismo. Fue símbolo de una Argentina que existe aunque muchos no la quieran ver. Una Argentina hecha de abandono, de droga como refugio, de violencia como idioma, de música como única forma de decir lo que nadie quiere escuchar.

    Si no hacemos algo, si seguimos mirando para otro lado, si seguimos criminalizando sin entender, el barro va a seguir ahí, húmedo, silencioso, esperando a que otra historia se hunda en él.

    Y la pregunta va a seguir siendo la misma:
    ¿Se puede sobrevivir al barrio sin volverse Pity?


  • EL TORITO: LA CASA DEL CAMPO ARGENTINO.

    EL TORITO: LA CASA DEL CAMPO ARGENTINO.

    Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero.

    Hay lugares que no se visitan, se recuerdan.
    Y hay recuerdos que, aunque creas perdidos, vuelven al oler el humo de una parrilla o al escuchar una zamba que suena bajito en una tarde de campo.

    El camino hacia el paraje rural de Baradero parece hecho de tiempo y de polvo. A cada curva, los eucaliptos se doblan con el viento y dejan ver, entre pastos y barrancas, la historia de una ciudad que se fundó en 1615, cuando el país aún era apenas una promesa.
    Baradero, “la Ciudad del Encuentro”, es el pueblo más antiguo de la provincia de Buenos Aires. Y entre su río y su campo, entre el murmullo del Paraná y los caminos de tierra que lo rodean, guarda un rincón que late con su propio corazón: la Pulpería El Torito.

    Dicen que en sus orígenes fue un almacén de ramos generales, levantado en 1808, cuando las carretas cargadas de granos y cueros cruzaban el antiguo Camino Real rumbo al norte. Por ese mismo sendero pasaron los granaderos del general San Martín camino a Mendoza. Años más tarde, cuando la patria apenas se escribía con tinta y valentía, fue refugio para Camila O’Gorman y su enamorado, que encontraron en este rincón del mapa un respiro entre el amor y la persecución. Mucho después,  cuentan que Ernesto “Che” Guevara se detuvo a tomar una copa en la barra de madera.

    El Torito, entonces, es más que una pulpería: es una cápsula viva del país, una esquina del tiempo donde el pasado y el presente se abrazan.

    Cuando llego, el sol cae sobre el alero y tiñe de oro las paredes de adobe. El aire huele a leña, a pasto recién cortado y a pan caliente. De fondo, una zamba suave —de esas que suenan con la melancolía justa— se mezcla con las risas del patio.
    Por un momento, cierro los ojos y vuelvo a la casa de mi abuela.
    Vuelvo a ese patio donde el humo del asado se enredaba en las enredaderas, donde mi tata giraba las brasas con una paciencia infinita mientras sonaba una zambita en la radio.
    Era la misma melodía, o al menos así la siento.
    Porque hay músicas que no pertenecen a una época, sino al alma.

    Abro los ojos y ahí está: el Torito, entero, renovado, hermoso, como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de que la modernidad lo borrara.

    Me reciben Agostina Gisbert y Juan Pablo Patané, junto a los padres de él, Pablo Esteban Patané y Gabriela Inés Fuentes, los actuales dueños. Cuatro personas y una misma idea: devolverle al Torito la vida que nunca debió perder.

    “Nos costó, pero valió cada esfuerzo —dice Gabriela, mientras sirve un mate—. Este lugar es una parte del alma de Baradero, y verlo así, lleno otra vez, es una emoción difícil de explicar.”

    El ambiente es simple, como todo lo que realmente vale.
    Paredes gruesas, botellas de vidrio alineadas, herramientas antiguas que parecen recién bajadas del carro de un colono. En las estanterías, hay latas, frascos y fotografías en blanco y negro que murmuran historias.
    Nada está de más. Nada está por casualidad.

    El exdueño, don Peralta, lo dijo una vez con una frase que se quedó colgada en la memoria de todos:

    “El apellido Peralta nació en el Torito en 1901, con mi abuelo. Lo continuó mi padre y luego lo terminé yo.”

    Esa historia, contada al calor del fuego, parece flotar aún entre las vigas.
    Porque aunque cambien los nombres, los lugares con alma siempre conservan algo de quienes los amaron primero.

    Pablo, el suegro de Agostina, fue quien impulsó la recuperación del lugar. Nació y creció en Olavarría, una ciudad de la llanura bonaerense, atravesada por el arroyo Tapalqué y perfumada por el polvo del campo y las canteras.
    “Allá, en mi infancia, conocí almacenes como este —me cuenta—. Lugares donde la gente compraba harina y velas, pero también compartía historias, consejos, penas y alegrías. Mis abuelos tenían uno en el campo. Era el corazón del pueblo. Cuando entré por primera vez al Torito, sentí lo mismo: que las paredes guardaban conversación.”

    Lo mira con ternura su esposa, Gabriela, y asiente.
    “Fue él quien insistió —dice—. Yo no sabía en lo que nos metíamos, pero cuando vi el brillo en sus ojos, entendí que no era solo un proyecto: era una manera de volver a sus raíces.”

    Y así fue.
    La familia se propuso restaurar el edificio sin borrar su historia. Con cuidado, rescataron cada viga, cada mueble, cada detalle. Las paredes se limpiaron con paciencia, el techo se reforzó, la barra volvió a brillar bajo la luz amarillenta de las lámparas.
    Hoy, el Torito luce exactamente como debía lucir: auténtico, con olor a pasado y sabor a presente.

    Juan Pablo, el esposo de Agostina, se encarga del fuego.
    “El asado es el plato del Torito —me dice—. Es el campo argentino hecho comida. Reunión, vino, sobremesa, silencio. Todo eso es el asado.”
    Mientras acomoda las brasas, me cuenta que cada fin de semana llegan familias de distintos rincones del país. Algunos vienen a probar el chorizo criollo, otros por las empanadas, pero la mayoría, dice, llega buscando algo que no sabe nombrar: un recuerdo, una sensación, una raíz.

    “Hay gente que se sienta y llora —agrega Agostina—. Nos cuentan que sus abuelos los traían de chicos, que jugaban acá enfrente, o que venían a bailar los domingos. Otros nos dicen que conocieron a sus parejas en una peña del Torito. Este lugar tiene algo que despierta la nostalgia.”

    Y mientras escucho, lo entiendo.
    Porque mientras hablo con ellos, la tarde se convierte en dorado y el aire se llena de perfume a carne asada, a vino tinto, a pan.
    Una pareja mayor se toma de las manos en una mesa del rincón. Una mujer le cuenta a su hija cómo conoció a su padre “una noche de zamba en este mismo patio”.
    Un grupo de amigos brinda entre guitarras y anécdotas.
    Todo parece ocurrir fuera del tiempo.

    Baradero tiene esa mezcla rara de río y campo que enamora.
    Es el lugar donde el Paraná susurra historias de pescadores, y el viento del sur acaricia los trigales.
    Fue misión franciscana, fue colonia suiza, fue refugio de románticos, prófugos y soñadores.
    Es, todavía hoy, una ciudad que vive entre la memoria y la esperanza.

    El Torito, en ese mapa, es su corazón antiguo.
    Un espacio donde el campo no es postal, sino pulso.
    Donde los caballos aún dejan huellas en el barro, y el silencio de la siesta es tan espeso que se puede tocar.

    En una de las paredes, un cartel reza: “La tradición no se conserva, se vive.”
    Y ese parece ser el espíritu del lugar.
    No hay artificio, no hay marketing, no hay turismo impostado. Hay autenticidad.
    Y esa autenticidad, en tiempos de pantallas y ruido, emociona.

    Cae la noche.
    Las luces cálidas se encienden sobre el alero.
    Afuera, los grillos arman su propio concierto. Adentro, una guitarra se atreve a una zamba.
    El humo del fuego sube despacio, dibujando en el aire la misma forma que veía en casa, cuando mi tata soplaba las brasas con un fuelle viejo.
    Pienso que el fuego es un idioma sin traducción: une generaciones, une historias.
    Quizás por eso el asado no es solo comida. Es rito, pertenencia, afecto.

    Agostina me ofrece una empanada recién salida del horno de barro.
    El primer bocado me lleva a mi infancia sin escalas.
    Tiene ese gusto que no se imita: mezcla de carne, comino y ternura.
    “¿Ves? —dice Agostina—, por eso la gente vuelve. Porque el sabor de casa no se olvida.”

    Y es cierto.
    El Torito no es solo un restaurante. Es un refugio emocional.
    Un lugar donde los sabores, los olores y las historias se entrelazan.
    Donde el campo sigue siendo campo y la tradición, un acto cotidiano.

    De tanto en tanto, alguien entra, se sienta y empieza a hablar.
    Cuentan amores, infancias, partidas.
    Una mujer dice que vino con su esposo antes de casarse. Otro recuerda que su abuelo trabajó en el Camino Real.
    Las historias flotan, se cruzan, se escuchan.
    Y uno siente que no está comiendo solo, sino compartiendo un pedazo del alma colectiva de este país.

    Quizás eso explica por qué el Torito emociona tanto.
    Porque en un tiempo donde todo se acelera, este rincón obliga a frenar, a mirar, a escuchar.
    Y de pronto, la historia no es solo un dato, sino una vivencia.
    La patria, entonces, no está en los libros, sino en los lugares como este.

    Cuando salgo al patio, la luna se refleja en los charcos del camino.
    El viento trae olor a río.
    Pienso que el Torito es como una vieja canción: cambia quien la canta, pero el sentimiento es el mismo.
    San Martín, el Che, Camila O’Gorman, los Peralta, los Patané, los turistas, los vecinos, los niños que corren por el patio. Todos, de algún modo, formamos parte del mismo relato.

    Antes de irme, Pablo se queda mirando las luces del interior y dice en voz baja:

    “Yo creo que el Torito no nos pertenece. Le pertenece al tiempo. Nosotros solo lo cuidamos un rato.”

    Asiento. Porque tiene razón.
    Hay lugares que trascienden a quienes los habitan.
    El Torito es uno de ellos.

    Subo al auto y miro por el espejo retrovisor.
    Las luces del patio se van achicando entre los árboles.
    La zamba sigue sonando en mi cabeza.
    Y pienso que si alguna vez uno necesita volver a creer en lo simple —en el fuego, en la mesa, en la historia, en el amor—, solo hace falta venir hasta este rincón de Baradero.

    Porque en El Torito, el tiempo no pasa: se queda a comer.



    Créditos fotográficos y agradecimientos especiales a:

    Agostina Gisbert, Juan Pablo Patané, Pablo Esteban Patané y Gabriela Inés Fuentes.
    Gracias por abrir las puertas de El Torito, por las historias compartidas y por mantener viva la tradición.

  • Estuvimos el sábado en el ciclo de música clásica, en el paseo del Cristo

    Estuvimos el sábado en el ciclo de música clásica, en el paseo del Cristo

    Betina Briasco ¨Cantar cante siempre, estudie en el conservatorio durante tres años violín y después me decidí por estudiar dirección coral, en rosario y ahí empecé con canto lirico¨

  • “Nunca tuve la oportunidad de estar en el festival de Baradero, es un sueño”

    “Nunca tuve la oportunidad de estar en el festival de Baradero, es un sueño”

    Abel Ivroud
    Visitó Baradero y nos cuenta los orígenes de su música, de sus sueños y vivencias.
    “Allá por mayo hice unos versos, que hablan del covid-19, pero anda por ahí y no la voy a grabar”
    “Mi estilo está encuadrado, posiblemente haya algunas confusiones sobre eso, yo diría más campero que surero”
    “Yo hago una milonga hablada, lo mío tiene rima, es para cantarlo”
    “Hay muchos jóvenes que practican versos, por San Juan y en provincia deBs As; eso nos halaga mucho y nos demuestra que no hemos trabajado en vano, el legado sigue defendiendo nuestras raíces”