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  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

     

     

    Jazmín Abdala – RADIO LS2 BARADERO –  Baradero, Prov. de Bs. As. 


    El rock en Argentina nunca fue una música de salón, ni una moda pasajera diseñada para encajar en la estética de una red social. El rock nacional nació del roce de los cuerpos en sótanos húmedos, del olor a cigarrillo y encierro de los baños de La Perla de Once, y de la urgencia desesperada de una generación que necesitaba gritar en su propio idioma cuando el silencio era una imposición externa. Aquel hito de “La Balsa” en el 67 no fue solo un fenómeno de ventas; fue la construcción de un refugio, un naufragio colectivo que nos enseñó que nuestras verdades también podían sonar a distorsión. Hoy, esa mística parece haber quedado relegada a los museos o a los grandes festivales que ocurren una vez al año, pero la realidad es mucho más cruda y, a la vez, mucho más esperanzadora: el rock de verdad, el que quema, está sucediendo ahora mismo a dos cuadras de tu casa.

    Baradero se autoproclama con orgullo como la República del Rock, pero una República no se sostiene únicamente con un cartel de luces led un fin de semana. Una República vive de sus obreros, de esos que no salen en las tapas de las revistas nacionales pero que mantienen el pulso de la ciudad cada noche. Hablo de las bandas independientes que ensayan después de cumplir una jornada laboral de ocho horas, de los pibes que sueldan sus propios cables para ahorrar unos pesos y de los que cargan bafles pesadísimos en fletes prestados por puro amor al arte. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestra cultura, los que eligen el ruido como una bandera de resistencia en un mundo que parece preferir la comodidad del algoritmo y el sonido procesado.

    Por eso decidimos abrir este espacio. “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local” no nace para ser una agenda de eventos ni una gacetilla publicitaria. Nace como un radar para meternos en el ADN de nuestra música. Queremos documentar la autogestión salvaje, esa necesidad visceral de subirse a un escenario aunque abajo haya diez personas y arriba no quede ni un peso de ganancia. Nos interesa el detrás de escena, la verdad de la milanesa: por qué un grupo de personas decide dedicar su vida a algo tan hermoso y tan difícil como es el rock independiente en el interior de la provincia.

    Vamos a salir a buscar las historias que no se cuentan. Las que se gestan en las orillas del río, las que se escriben en la soledad de una habitación con una guitarra criolla y las que explotan en los bares locales cuando la batería empieza a marcar el cuatro. Porque el talento no siempre baja de un micro de gira con catering y seguridad; muchas veces camina por tu misma vereda, lleva una funda de guitarra gastada al hombro y espera que alguien, por una maldita vez, le suba el volumen a su mensaje. El rock de Baradero tiene un sonido propio, una mezcla de industria, costa y noche que merece ser registrada con la seriedad que el arte exige.

    Pero esta sección no la podemos escribir solos. El rock es una construcción comunitaria o no es nada. Por eso, este espacio también es una invitación a que vos, que estás del otro lado, te conviertas en parte de este registro. Queremos que nos cuentes qué banda te voló la cabeza el último fin de semana, a qué músicos tenemos que ir a buscar a su sala de ensayo, o si vos mismo tenés un proyecto que siente que ya es hora de dejar de sonar solo entre cuatro paredes. Escribinos a nuestras redes, mandanos un mensaje, hacé que el ruido circule. No esperes a que una banda “llegue” para empezar a valorarla; el reconocimiento tiene que empezar acá, donde nacen las canciones.


    No dejen morir el rock. No lo digo como una frase hecha de remera, lo digo como una advertencia necesaria. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina. Se muere cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Cuidar a nuestras bandas es, en definitiva, cuidar nuestra propia voz y nuestra propia identidad como baraderenses. Mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y romper la calma de la noche, esta República seguirá viva. Nosotros vamos a estar ahí para contarlo. Subí el volumen, que esto recién empieza.

    Con cariño, 

    Jazmín.

  • Formar futuro desde Baradero: el ISFD N°115 abre inscripciones y te invita a descubrir tu camino

    Formar futuro desde Baradero: el ISFD N°115 abre inscripciones y te invita a descubrir tu camino

    — UN ARTÍCULO POR JAZMÍN ABDALA— LS2 BARADERO.


    ⏱️ Si solo tenés 5 minutos, leé esto:

    Inscripciones abiertas desde el 1 de diciembre, de 18 a 21 hs en el ISFD N° 115.
    Carreras: Inicial, Primaria, Historia, Inglés, Biología + Curso de Inglés.
    ‍♀️ Atención personalizada del equipo institucional.
    Una oportunidad para formarte y transformar tu comunidad.


    ¿Qué hacer cuando termina el secundario? ¿Qué pasa cuando el aula que te vio crecer se queda atrás y aparece esa incertidumbre entre trabajar, viajar, estudiar o seguir buscando? Esa pregunta que se repite en charlas con amigos, en la mesa familiar y hasta en la almohada, tiene en Baradero una respuesta que no siempre se mira con la atención que merece: formarse como docente y construir un proyecto de vida sin tener que dejar la ciudad.

    Desde el 1 de diciembre, el Instituto Superior de Formación Docente N°115 abrió sus inscripciones para el ciclo lectivo 2026 y ya se vive un clima de entusiasmo. Entre planillas, consultas y pasillos que vuelven a llenarse, las preceptoras reciben a cada interesado con la calidez que define al lugar. “Tenemos las mejores expectativas”, asegura David Arévalo, jefe de área del instituto. Y sostiene un dato que entusiasma: solo en la primera semana ya hubo más de 50 inscriptos. “Eso demuestra la gran demanda que tienen nuestras carreras y el interés que hay en Baradero por seguir estudiando”, afirma.

    La oferta incluye Profesorados en Educación Inicial, Primaria, Historia, Inglés y la novedad de Biología, además del curso de nivelación de Inglés conocido como CUFBA. Todas opciones que no solo garantizan título, sino también trabajo. Arévalo lo explica con claridad: “Ser docente hoy es tener una oportunidad concreta de inserción laboral en escuelas, en espacios educativos no formales e incluso en ámbitos comerciales donde se requiere acompañamiento pedagógico. En Primaria, por ejemplo, nuestros estudiantes hacen suplencias mientras estudian. Y quienes avanzan un poco más pueden tomar la quinta hora con la supervisión de un docente. El instituto está directamente conectado con las necesidades de las escuelas de Baradero”, señala.

    Cada carrera tiene su impronta. En Inicial, muchas guarderías privadas confían en estudiantes desde el primer año; Historia es el “bastión” del nivel secundario, reconocida por su aporte académico y la calidad de su plantel docente; Inglés suma el valor del CUFBA, con certificación equivalente al First una vez aprobado; y Biología llega porque hay una demanda real: faltan profesores en el área, y quienes se animen a esta formación, tendrán trabajo asegurado apenas terminen la carrera.

    Pero para David hay algo más profundo que los números y los cargos. Ser docente —insiste— es ser parte de una transformación social. Es acompañar a otros a descubrir quiénes son y quiénes pueden llegar a ser. Es convertirse en referente, en guía, en esa persona que a veces marca un antes y un después en la vida de un estudiante. “Es un universo fascinante. Te descubrís a vos mismo cuando ves lo que sos capaz de generar en otro”, dice con una convicción que contagia.

    El instituto, público y gratuito, no solo brinda formación académica: también asegura acompañamiento constante. Las preceptorías están para ayudar en lo administrativo y en lo personal. La biblioteca crece y se fortalece como apoyo diario. La regente, Soledad Salazar, organiza el funcionamiento institucional, y Arévalo articula proyectos de intervención e investigación que integran a los estudiantes con la comunidad. Incluso existe la posibilidad de cursar materias como oyente para quienes quieran formarse sin terminar una carrera: “La educación tiene que ser un espacio abierto”, remarca.

    Y como toda institución que piensa hacia adelante, ya se proyectan nuevas propuestas para 2026: una revista institucional, actividades extracurriculares ampliadas y más experiencias educativas que vinculen al 115 con la vida social y cultural de la ciudad.

    Las inscripciones son presenciales, en la escuela Marcos Sastre, de lunes a viernes de 18 a 21. Solo se necesita DNI y título secundario o constancia del último año.

    “Dense la oportunidad”, invita David, como quien conoce el valor de animarse. Porque a veces el futuro está más cerca de lo que parece. A veces comienza detrás de una puerta que se abre en Baradero y te dice: vení, acá podés proyectarte. Y tal vez, sin que lo hayas imaginado, ese futuro empiece con vos enseñando. Quizás con vos cambiándole la vida a alguien. Quizás con vos convirtiéndote en ese profe que todos recuerdan.

    Para inscribirte, traé:

    • DNI (original y fotocopia)
    • Título secundario o constancia en trámite
    • Certificado de apto físico
    • 2 fotos carnet
    • Correo electrónico activo

    Animate a dar el paso. El futuro de Baradero también se escribe en las aulas. Y vos podés ser protagonista. ✨

  • ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    ¿Nos volvimos una juventud sin revolución?

    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.


    Me senté en la mesa de la cocina todavía medio dormida, con ese frío tibio de la mañana que se cuela por las ventanas antes de que el sol termine de despertarse del todo. El mate cocido humeaba en mi taza, ese aroma dulce que me acompaña desde que soy chica, como si cada sorbo fuera una especie de memoria líquida. Y mientras esperaba que se enfriara un poco, mamá apareció caminando despacio, arrastrando las pantuflas, con ese gesto suyo entre curiosidad y reproche cariñoso que siempre me causa gracia.

    Me miró de arriba abajo, como si estuviera inspeccionando un cuadro, y me lanzó sin vueltas:

    —¿Otra vez de negro te vestiste?

    No fue una pregunta agresiva. Tampoco era crítica pura. Era ese modo que tienen las madres de señalar cosas que para uno ya son naturales, pero que para ellas siguen siendo un misterio. Me reí, porque la escena ya era repetida: yo con mis prendas oscuras, ella con la necesidad de entender por qué. Pero esta vez, no sé por qué, la pregunta me quedó resonando más que otras veces. Como si, en vez de un comentario sobre la ropa, hubiera sido la punta de un hilo que yo misma necesitaba empezar a tirar.

    Quizás porque, mientras tomaba el primer sorbo tibio, pensé en algo que venía rondándome hacía días: ¿cuándo fue que dejamos de ser una juventud rebelde? ¿En qué momento la idea de destacarse se convirtió en una especie de amenaza? Antes los jóvenes teñían su pelo de colores, usaban cadenas, remeras rotas, ropa estrafalaria simplemente porque sí, porque querían mostrar que eran distintos, porque había orgullo en lo raro. Pero ahora parece que la única regla real es no llamar demasiado la atención, no ser cringe, no exponerse más de lo necesario. No parecer desesperado por encajar, pero tampoco demasiado seguro como para romper el molde. Un equilibrio del que nadie habló y al que, sin embargo, todos nos adaptamos con una precisión casi militar.

    Le respondí a mamá cualquier cosa, para salir del paso, pero en mi cabeza ya estaba lejos, preguntándome por qué los adolescentes de hoy se visten igual, escuchan lo mismo, repiten los mismos gestos, los mismos lenguajes, los mismos códigos. Claro que cada generación tuvo sus modas, pero la repetición actual tiene algo más profundo, casi estructural. No es solo estética: es emocional, cultural, política. Y no es culpa de los chicos. Si algo aprendí —viendo cómo funcionan las redes, cómo se miden los vínculos, cómo se viraliza el miedo al ridículo— es que detrás de esa aparente uniformidad hay una tensión nueva: la necesidad de pertenecer sin dejar huella, de existir sin ser demasiado visibles, de tener identidad pero que no moleste, no incomode, no dé motivos para quedar en el centro de una broma colectiva.

    La cultura del cringe se volvió una especie de policía simbólica. Una fuerza de control suave, silenciosa, pero inexorable. Ya no hace falta que alguien te diga cómo vestirte: alcanza con imaginar el meme que podrían hacer si te animás a algo distinto. Es una mirada anónima, omnipresente, que no tiene rostro, pero igual castiga. Y lo curioso es que no viene de arriba, ni de instituciones, ni de gobiernos, ni de adultos: viene de la propia generación adolescente. Como si el mandato de la normalidad hubiera descendido de manera espontánea, producto de navegar miles de videos al día, de la comparación constante, de la inmediatez y el miedo a quedarse afuera.

    Mientras revolvía el mate cocido en la taza, pensé en cómo las expresiones juveniles históricamente fueron el termómetro de los cambios políticos. La ropa, la música, la estética, los espacios de encuentro siempre anticiparon transformaciones más grandes: los hippies y la contracultura, el punk y el rechazo a las instituciones, el rock nacional con su necesidad de decir lo que no se podía decir, los pibes de los noventa tirando abajo viejas solemnidades. Siempre hubo una forma de gritar “no” incluso cuando no se podía gritar. Pero ahora parece que el grito se disolvió antes de nacer. No porque no haya problemas —sobran—, sino porque la respuesta general no es la revuelta, sino el agotamiento. No es la organización, sino la indiferencia. No es el estallido, sino el scroll.

    Tal vez por eso las políticas actuales —sean del signo que sean— parecen convivir con una juventud que no termina de creer que pueda cambiar algo. No es que no haya interés político: lo hay, y mucho. Pero está atravesado por una sensación de desencanto que se volvió parte del aire que respiramos. Una mezcla rara entre hiperconexión y apatía, entre información ilimitada y escasa capacidad para imaginar algo verdaderamente distinto. De algún modo, ese minimalismo estético que domina todo —la ropa neutra, los cuartos beige, las fotos filtradas, la obsesión con la sutileza— se parece demasiado al minimalismo emocional y político con el que transitamos la vida pública: no arriesgamos, no exageramos, no mostramos demasiado. Buscamos estabilidad incluso cuando somos jóvenes, que es justamente la etapa donde históricamente menos se buscó estabilidad.

    Quizás mamá, sin querer, con esa pregunta inocente sobre mis prendas negras, tocó algo que yo misma venía intentando evitar: admitir que, de alguna forma, también me mimetizo con ese deseo de no llamar la atención. Que a veces me he contenido de decir algo por temor al juicio colectivo. Que en más de una ocasión he preferido el silencio por sobre una opinión impopular. Que he dejado de hacer cosas que me gustaban porque me daban vergüenza. Y no soy la única. Lo escucho entre amigos, entre compañeros de facultad, incluso entre adolescentes que entrevisto para notas: la espontaneidad se volvió un lujo, la rareza una amenaza, la autenticidad un riesgo.

    Sin embargo, tampoco quiero caer en la mirada romántica de “todo tiempo pasado fue mejor”. No se trata de idealizar la rebeldía anterior ni de negar las razones por las cuales hoy cuesta tanto salir del molde. Esta época tiene sus propias batallas, más complejas, más invisibles: la ansiedad, la saturación de estímulos, la presión por construir una identidad coherente ante miles de ojos, la dificultad para organizarse en un contexto donde todo se fragmenta. Quizás la revolución de hoy no sea estética, ni ruidosa, ni masiva. Tal vez esté en lo pequeño: en el acto íntimo de permitirnos sentir, de decir lo que pensamos sin miedo, de romper con esa homogeneización que parece venir envuelta en celofán digital.

    Terminando mi mate cocido ya frío, me di cuenta de que la pregunta de mamá había sido mucho más que una anécdota doméstica. Había sido una excusa para preguntarme, en serio, si seguimos siendo capaces de rebelarnos. Si realmente nos volvimos una juventud sin revolución o si estamos apenas en un momento de transición, esperando encontrar nuevas maneras de incomodar al mundo. Porque la rebeldía no desaparece: muta. Cambia de piel. A veces se esconde para después salir más fuerte.

    Entonces me quedé mirando mi ropa oscura, la mesa tibia, el vapor que ya no salía de la taza, y pensé que tal vez la verdadera revolución empiece por algo tan simple como preguntarnos esto: ¿cuánto de lo que hacemos lo elegimos de verdad y cuánto lo hacemos por miedo a que nos tilden de cringe?

    Y, en el fondo, ¿qué clase de futuro construimos si incluso la rebeldía nos da vergüenza?


    Crónica por Jazmín Abdala-LS2 Baradero.

  • Fiesta de la Primavera 2025: donde Baradero volvió a sentirse joven.

    Fiesta de la Primavera 2025: donde Baradero volvió a sentirse joven.

     Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero

    SI TENÉS SOLO 1 MINUTO, LEE ESTO.

    La Fiesta de la Primavera volvió a iluminar la Plaza Mitre: colores, ritmos y una energía juvenil que contagió a toda la ciudad. Los jardines, las primarias y los grupos de 5º año llenaron el escenario de creatividad; Milena Escobar (Instituto San José) ganó Talentos y la Escuela Marcos Sastre se consagró en Baile. Más que premios, la noche fue una celebración colectiva: todos se animaron, todos brillaron.


    La plaza Mitre se despertó temprano ese viernes. Aunque las actividades empezarían recién por la tarde, desde la mañana ya había algo vibrando en el aire: un rumor de voces jóvenes, un eco de ensayos lejanos, una alegría que parecía querer anticiparse. No era un día más para Baradero. Era la Fiesta de la Primavera, esa tradición que, generación tras generación, fue marcando recuerdos, fotos familiares, primeras coreografías, nervios compartidos y sueños que alguna vez todos tuvimos.


    Volver a ser parte de este evento —esta vez como conductora por segunda vez— me movió cosas que no sabía que seguían ahí adentro. Llegué a la plaza con el mismo nudo que tuve la primera vez, el año pasado. Esa duda chiquita que te pregunta si vas a estar a la altura, si vas a honrar el escenario, si vas a poder sostener la emoción de tantos chicos que esperan este día desde que empiezan la secundaria. Pero también llegué con el abrazo cálido de un equipo que empuja siempre para adelante: el Municipio de Baradero, Cultura, los técnicos, los profes, la gente que arma estructuras, que cuida detalles y que hace que este evento exista. Y llegué, sobre todo, sabiendo que no estaba sola: que iba a compartir la conducción con Lourdes Gerez y Talia Grassi, dos mujeres generosas, talentosas y compañeras que hacen que el escenario sea un lugar más amable.

     


    Aun así, cuando empecé a ver cómo la gente llegaba, cómo se acomodaban las familias con reposeras, cómo los chicos se preparaban atrás del escenario y cómo el sol empezaba a inclinarse detrás de los árboles, no pude evitarlo: me emocioné. Lagrimeé. Y tuve que respirar hondo y recordar que, a veces, emocionarse es también una forma de “estar a la altura”.


    Porque esta fiesta no es solamente una competencia. Es una especie de espejo emocional donde cada generación vuelve a encontrarse con lo que alguna vez quiso ser. No hay adulto que mire a los chicos sin recordar su propia adolescencia. No hay joven que suba al escenario sin sentir que está viviendo algo que va a guardar para siempre.


    Cuando los primeros jardines salieron a escena, la plaza se transformó. No sé si alguna vez viste a un grupo de nenes vestidos de capybaras bailando sin ninguna conciencia de lo adorables que son. Hay algo en ellos que recuerda lo esencial: la libertad de bailar sin miedo al ridículo, sin cálculo, sin expectativa. Los miré desde un costado y pensé en cuántas veces olvidamos que la alegría es un movimiento del cuerpo antes que un pensamiento.


    Las escuelas primarias llegaron después, con esa mezcla perfecta entre inocencia y osadía. Ese momento de la vida en el que ya no se es pequeño, pero tampoco se es grande; donde cada coreografía es una declaración tímida de identidad. Se los veía ansiosos, mirando todo, reconociendo el escenario como un espacio nuevo que algún día será suyo de manera más profunda. Los observé mientras anunciábamos a cada institución, y sentí algo hermoso: muchos de ellos vinieron a ver quiénes pueden ser cuando lleguen a la secundaria. Es como si esta fiesta no fuera sólo un evento, sino un faro. Un anticipo. Una promesa.


    Y entonces llegaron ellos: los chicos de 5º año.


    El corazón de la fiesta. El alma. La etapa que todos esperamos alguna vez para mostrar lo que somos capaces de hacer.


    Cuando las luces se encendieron y empezó la música, el escenario explotó en ritmo, colores, historias, creatividad, fuerza. Las coreografías estaban llenas de técnica, sí, pero también de pasión. De ese fuego que solo aparece cuando se entiende que esa noche es única y que no se repetirá jamás. Porque por más que la fiesta vuelva todos los años, para ellos es la última vez como estudiantes. El cierre de un ciclo que marca, con claridad, el comienzo de otro.


    Y ahí, en medio de esa energía tan grande, pasó algo inesperado: bailamos. Las conductoras, los profes, la gente atrás del escenario… No sé en qué momento empezó, pero recuerdo mirarme con Lourdes y Talia y soltar una risa que fue casi infantil. Una risa que no estaba planeada, que salió por pura alegría, por pura emoción. Por un instante volvimos a tener 5 años, 10 o 12. Por un instante volvimos a ser esos chicos que alguna vez soñaron con estar arriba del escenario. O con animarse un poco más. O con que la vida fuera siempre así: luminosa, vibrante, colectiva.


    Cuando llegó la hora de anunciar a los ganadores, ya pasada la 1:00 AM, la plaza seguía llena. Las familias se abrigaban un poco, pero nadie se iba. Todos querían quedarse hasta el final, como si irse fuese cortar un momento que todavía necesitaba ser respirado un rato más.


    La ganadora del Concurso de Talentos fue Milena Escobar, representante del Instituto San José, que había logrado una presentación que dejó sin palabras a más de uno. En el Concurso de Baile, la victoria fue para la Escuela Marcos Sastre, seguida por la Escuela Ana María Ares de Alsina en el segundo puesto y la Escuela Industrial en el tercero. Los jardines y escuelas primarias también recibieron subsidios, reconociendo un trabajo que muchas veces empieza meses antes y que involucra a docentes, familias y estudiantes por igual.


    Pero más allá de los resultados —importantes, sí, pero nunca lo único—, hubo algo que quedó grabado: esa noche, todos ganaron.


    Ganar no es solo obtener un primer puesto. Ganar es animarse. Es subir al escenario después de semanas de ensayo. Es equivocarse en un paso y volver a levantarse. Es sentir que tus compañeros te abrazan al bajar. Es ver a tus padres emocionados. Es percibir en la grada la aprobación de una ciudad que acompaña. Ganar es saber que, aunque la vida siga, ese recuerdo te acompañará siempre.


    Ganar fue también ver a quienes recién arrancan el camino: los pequeños de los jardines vestidos de capybara, los de la primaria dando sus primeros pasos hacia la adolescencia, y los de 5º año que se pararon frente al público como quienes están a punto de abrir una puerta hacia otra etapa. En cada presentación se percibía una posibilidad: aquello que cada niño y cada niña pudo por un momento imaginar como su futuro.


    Cuando el escenario quedó en silencio y las luces comenzaron a apagarse, me quedé unos segundos inmóvil. Miré hacia el Cóndor, ese testigo inmóvil que ve pasar las generaciones, y respiré hondo. Pensé en lo que esta fiesta significa: un lugar donde la ciudad se reconoce, donde se comparte, donde se contienen los nervios y se celebran los logros. Donde, por unas horas, todos volvemos a sentirnos parte de algo mayor.


    Como escribió Mario Benedetti: “De vez en cuando hay que hacer una pausa para contemplarnos a nosotros mismos: para ver si somos de verdad, los que creemos ser.”


    Esa pausa ocurrió esa noche. Entre luces, colores y risas, entre pasos torpes y grandes aciertos, Baradero se permitió mirarse. Y al ver a sus jóvenes brillar, confirmó que sigue siendo una ciudad que cree en sus hijos y en su futuro.


    Somos eso que soñamos. Somos eso que acompañamos. Somos eso que, cada primavera, vuelve a florecer.


    Crónica por Jazmín Abdala — LS2 Baradero

  • Donde florecen las voces jóvenes: Fiesta de la Primavera 2025

    Donde florecen las voces jóvenes: Fiesta de la Primavera 2025

    Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero


    Dicen que hay recuerdos que se guardan en la piel del pueblo, como un perfume que no se va con los años.
    En Baradero, uno de esos recuerdos tiene forma de primavera.
    Basta cerrar los ojos para verla: la plaza llena, el murmullo de los adolescentes con sus remeras de colores, los carteles pintados a mano, el eco de un locutor que anuncia a cada escuela con entusiasmo, y las risas que se mezclan con la música que rebota entre los árboles.
    Era el tiempo de las carrozas, de los trajes brillantes, de las reinas, del esfuerzo de semanas resumido en una tarde de desfile y aplausos.
    La ciudad se detenía para mirar pasar la juventud, y por unas horas todo parecía más alegre, más liviano, más nuestro.


    Las viejas generaciones lo recuerdan como un ritual que marcaba el fin de la escuela secundaria.
    Había competencia, sí, pero también comunidad.
    Los barrios se sumaban, los padres ayudaban a construir las estructuras con madera, papel y alambre, los comercios donaban materiales, los abuelos se acercaban con sus mates a ver cómo avanzaba cada carroza.
    No era solo una fiesta: era una manera de sentirse parte, de dejar una huella antes de despedirse de la adolescencia.
    Y aunque cada año tenía sus particularidades, la esencia se repetía: el orgullo de representar a la escuela y el deseo de ser recordados.


    Pero el tiempo, con su manera silenciosa de transformarlo todo, fue cambiando también las primaveras.
    Las nuevas generaciones empezaron a mirar con otros ojos lo que antes se aceptaba sin cuestionar.
    A algunos les incomodaba la idea de que una sola persona —elegida por su apariencia o por criterios tan viejos como injustos— representara a todo un grupo.
    Otros sentían que el esfuerzo por construir una carroza de varios metros no siempre se correspondía con el mensaje que querían transmitir.
    El mundo cambiaba, y las juventudes, como siempre, fueron las primeras en notarlo.


    Entonces, la Fiesta de la Primavera en Baradero comenzó a transformarse.
    Sin perder su espíritu, empezó a buscar nuevas formas de expresión.
    El escenario sigue levantándose donde está el monumento a la bandera, en esa misma plaza donde el cóndor parece vigilarlo todo desde arriba.
    Las luces vuelven a encenderse, la música suena, los grupos escolares ensayan sus coreografías, los carteles se pintan con frases que invitan a pensar, y los bancos del parque se llenan otra vez de familias.
    Pero algo cambió en el centro de la escena: lo importante ya no es quién tiene la carroza más imponente, sino qué historia se quiere contar.


    No todo Baradero entendió el cambio al principio.
    Hubo voces que lo resistieron, que lo vieron como una pérdida de identidad, una renuncia a las tradiciones que habían hecho de la fiesta un símbolo local.
    “Ya no es lo mismo”, se escuchaba decir.
    Y quizás tengan razón: no es lo mismo.
    Pero tampoco lo que era antes podría seguir siéndolo ahora.
    Porque las tradiciones, cuando se congelan, dejan de hablarle a la gente que las vive.
    Y una fiesta que celebra a la juventud debe, ante todo, escuchar lo que esa juventud tiene para decir.


    Hoy, los estudiantes de quinto año son los verdaderos protagonistas del cambio.
    Ellos tomaron la posta y decidieron darle otro sentido a la celebración.
    Ya no hay coronas, porque comprendieron que la belleza no puede ser un título.
    Ya no hay premios por el tamaño de una estructura, porque entendieron que el arte también puede ser mensaje, conciencia, pregunta.
    Las carrozas siguen existiendo, claro —como parte del color, como una herencia que se resignifica—, pero ya no cuentan en el puntaje final.
    El eje está en otra parte: en lo que se comunica, en la mirada social que cada grupo propone, en el modo en que el arte se convierte en una voz colectiva.


    Quizás ese sea el mayor logro de esta nueva etapa: haber comprendido que la fiesta no se trata de competir, sino de compartir.
    De decir algo al mundo, aunque sea desde una plaza, con una canción, un baile o una performance.
    Y en ese gesto hay algo profundamente educativo: la idea de que el arte puede ser herramienta de transformación, de que las juventudes no solo celebran, sino que piensan, sienten, se comprometen.


    Claro que no es fácil cambiar algo tan arraigado.
    Las costumbres tocan fibras profundas: lo que se hacía “de toda la vida” parece intocable.
    Pero también hay una belleza en atreverse a reinventar lo conocido.
    Quizás por eso, quienes alguna vez bailaron en ese mismo suelo, quienes recuerdan la emoción de salir al escenario por primera vez, puedan entender que detrás de cada cambio hay también una continuidad.
    El espíritu de encuentro sigue intacto, solo que ahora florece de otro modo.


    La plaza, que ha visto pasar tantas generaciones, vuelve a ser el corazón de esta historia.
    Sus caminos, gastados por las ferias y los actos, vuelven a llenarse de pasos jóvenes.
    El aire huele a pintura fresca, a ansiedad, a ilusión.
    Algunos padres observan desde lejos con ternura y un poco de nostalgia.
    Reconocen gestos, risas, nervios que alguna vez también fueron suyos.
    El pueblo, por unas horas, parece detenerse otra vez.
    Porque algo mágico ocurre cuando los adolescentes ocupan el espacio público: lo transforman, lo vuelven futuro.


    En el fondo, lo que cambió no fue la fiesta, sino la mirada con la que la entendemos.
    Antes se buscaba brillar; ahora, iluminar.
    Antes se competía por destacar; ahora, por conectar.
    Y quizás eso diga más de nuestra época que cualquier desfile o carroza.
    Porque las nuevas generaciones crecieron en un mundo donde la palabra inclusión no es un discurso, sino una necesidad.
    Donde la diversidad se celebra, y donde la belleza se encuentra en la diferencia.
    Y eso también merece una fiesta.


    “Las tradiciones no mueren —escribió Eduardo Galeano—, se transforman para seguir diciendo lo mismo de otra manera.”
    En ese sentido, la Primavera de Baradero no perdió su esencia.
    Sigue siendo un rito de paso, una despedida de la adolescencia, una bienvenida a la adultez.
    Sigue siendo ese momento donde el corazón late más rápido y la garganta se aprieta antes de subir al escenario.
    Solo cambió el modo en que se cuenta la historia.
    Y en esa transformación hay un aprendizaje colectivo: el de un pueblo que aprende a mirar con otros ojos, sin renegar de lo que fue, pero dispuesto a crecer.


    Este sábado 15 de noviembre, la plaza volverá a abrir sus brazos.
    El escenario ya espera, las luces se están probando, los micrófonos suenan, los trajes descansan doblados sobre las sillas.
    Y, como cada año, habrá nervios, risas, y abrazos que quedarán guardados en la memoria.
    Porque la primavera, más que una estación, es un estado del alma.


    A quienes alguna vez fueron parte, a quienes recuerdan aquellas noches de juventud y canciones, los invitamos a volver.
    A ocupar otra vez ese espacio que alguna vez les perteneció.
    A mirar con orgullo a los chicos y chicas que hoy bailan, cantan, sueñan, defienden ideas.
    A comprender que esta nueva versión no borra la historia, sino que la continúa.
    Que la fiesta no perdió su sentido: solo cambió de forma para incluir más voces.
    Y que el verdadero espíritu de la primavera no está en la carroza ni en la corona, sino en la capacidad de renacer.


    Vuelvan a la plaza, aunque sea por un rato.
    Escuchen las canciones, miren las luces, siéntanse parte otra vez.
    Porque allí, donde el monumento a la bandera mira hacia el río, donde el cóndor parece extender sus alas sobre el pueblo, la juventud de Baradero volverá a decir presente.
    Y cada aplauso, cada mirada, cada acompañamiento de los que fueron parte alguna vez, será también una forma de agradecer.
    De entender que las fiestas, como la vida, cambian para seguir floreciendo.

    Porque hay primaveras que no necesitan flores para ser hermosas.
    Solo necesitan gente que crea en ellas.

  • EL TORITO: LA CASA DEL CAMPO ARGENTINO.

    EL TORITO: LA CASA DEL CAMPO ARGENTINO.

    Crónica por Jazmín Abdala – LS2 Baradero.

    Hay lugares que no se visitan, se recuerdan.
    Y hay recuerdos que, aunque creas perdidos, vuelven al oler el humo de una parrilla o al escuchar una zamba que suena bajito en una tarde de campo.

    El camino hacia el paraje rural de Baradero parece hecho de tiempo y de polvo. A cada curva, los eucaliptos se doblan con el viento y dejan ver, entre pastos y barrancas, la historia de una ciudad que se fundó en 1615, cuando el país aún era apenas una promesa.
    Baradero, “la Ciudad del Encuentro”, es el pueblo más antiguo de la provincia de Buenos Aires. Y entre su río y su campo, entre el murmullo del Paraná y los caminos de tierra que lo rodean, guarda un rincón que late con su propio corazón: la Pulpería El Torito.

    Dicen que en sus orígenes fue un almacén de ramos generales, levantado en 1808, cuando las carretas cargadas de granos y cueros cruzaban el antiguo Camino Real rumbo al norte. Por ese mismo sendero pasaron los granaderos del general San Martín camino a Mendoza. Años más tarde, cuando la patria apenas se escribía con tinta y valentía, fue refugio para Camila O’Gorman y su enamorado, que encontraron en este rincón del mapa un respiro entre el amor y la persecución. Mucho después,  cuentan que Ernesto “Che” Guevara se detuvo a tomar una copa en la barra de madera.

    El Torito, entonces, es más que una pulpería: es una cápsula viva del país, una esquina del tiempo donde el pasado y el presente se abrazan.

    Cuando llego, el sol cae sobre el alero y tiñe de oro las paredes de adobe. El aire huele a leña, a pasto recién cortado y a pan caliente. De fondo, una zamba suave —de esas que suenan con la melancolía justa— se mezcla con las risas del patio.
    Por un momento, cierro los ojos y vuelvo a la casa de mi abuela.
    Vuelvo a ese patio donde el humo del asado se enredaba en las enredaderas, donde mi tata giraba las brasas con una paciencia infinita mientras sonaba una zambita en la radio.
    Era la misma melodía, o al menos así la siento.
    Porque hay músicas que no pertenecen a una época, sino al alma.

    Abro los ojos y ahí está: el Torito, entero, renovado, hermoso, como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de que la modernidad lo borrara.

    Me reciben Agostina Gisbert y Juan Pablo Patané, junto a los padres de él, Pablo Esteban Patané y Gabriela Inés Fuentes, los actuales dueños. Cuatro personas y una misma idea: devolverle al Torito la vida que nunca debió perder.

    “Nos costó, pero valió cada esfuerzo —dice Gabriela, mientras sirve un mate—. Este lugar es una parte del alma de Baradero, y verlo así, lleno otra vez, es una emoción difícil de explicar.”

    El ambiente es simple, como todo lo que realmente vale.
    Paredes gruesas, botellas de vidrio alineadas, herramientas antiguas que parecen recién bajadas del carro de un colono. En las estanterías, hay latas, frascos y fotografías en blanco y negro que murmuran historias.
    Nada está de más. Nada está por casualidad.

    El exdueño, don Peralta, lo dijo una vez con una frase que se quedó colgada en la memoria de todos:

    “El apellido Peralta nació en el Torito en 1901, con mi abuelo. Lo continuó mi padre y luego lo terminé yo.”

    Esa historia, contada al calor del fuego, parece flotar aún entre las vigas.
    Porque aunque cambien los nombres, los lugares con alma siempre conservan algo de quienes los amaron primero.

    Pablo, el suegro de Agostina, fue quien impulsó la recuperación del lugar. Nació y creció en Olavarría, una ciudad de la llanura bonaerense, atravesada por el arroyo Tapalqué y perfumada por el polvo del campo y las canteras.
    “Allá, en mi infancia, conocí almacenes como este —me cuenta—. Lugares donde la gente compraba harina y velas, pero también compartía historias, consejos, penas y alegrías. Mis abuelos tenían uno en el campo. Era el corazón del pueblo. Cuando entré por primera vez al Torito, sentí lo mismo: que las paredes guardaban conversación.”

    Lo mira con ternura su esposa, Gabriela, y asiente.
    “Fue él quien insistió —dice—. Yo no sabía en lo que nos metíamos, pero cuando vi el brillo en sus ojos, entendí que no era solo un proyecto: era una manera de volver a sus raíces.”

    Y así fue.
    La familia se propuso restaurar el edificio sin borrar su historia. Con cuidado, rescataron cada viga, cada mueble, cada detalle. Las paredes se limpiaron con paciencia, el techo se reforzó, la barra volvió a brillar bajo la luz amarillenta de las lámparas.
    Hoy, el Torito luce exactamente como debía lucir: auténtico, con olor a pasado y sabor a presente.

    Juan Pablo, el esposo de Agostina, se encarga del fuego.
    “El asado es el plato del Torito —me dice—. Es el campo argentino hecho comida. Reunión, vino, sobremesa, silencio. Todo eso es el asado.”
    Mientras acomoda las brasas, me cuenta que cada fin de semana llegan familias de distintos rincones del país. Algunos vienen a probar el chorizo criollo, otros por las empanadas, pero la mayoría, dice, llega buscando algo que no sabe nombrar: un recuerdo, una sensación, una raíz.

    “Hay gente que se sienta y llora —agrega Agostina—. Nos cuentan que sus abuelos los traían de chicos, que jugaban acá enfrente, o que venían a bailar los domingos. Otros nos dicen que conocieron a sus parejas en una peña del Torito. Este lugar tiene algo que despierta la nostalgia.”

    Y mientras escucho, lo entiendo.
    Porque mientras hablo con ellos, la tarde se convierte en dorado y el aire se llena de perfume a carne asada, a vino tinto, a pan.
    Una pareja mayor se toma de las manos en una mesa del rincón. Una mujer le cuenta a su hija cómo conoció a su padre “una noche de zamba en este mismo patio”.
    Un grupo de amigos brinda entre guitarras y anécdotas.
    Todo parece ocurrir fuera del tiempo.

    Baradero tiene esa mezcla rara de río y campo que enamora.
    Es el lugar donde el Paraná susurra historias de pescadores, y el viento del sur acaricia los trigales.
    Fue misión franciscana, fue colonia suiza, fue refugio de románticos, prófugos y soñadores.
    Es, todavía hoy, una ciudad que vive entre la memoria y la esperanza.

    El Torito, en ese mapa, es su corazón antiguo.
    Un espacio donde el campo no es postal, sino pulso.
    Donde los caballos aún dejan huellas en el barro, y el silencio de la siesta es tan espeso que se puede tocar.

    En una de las paredes, un cartel reza: “La tradición no se conserva, se vive.”
    Y ese parece ser el espíritu del lugar.
    No hay artificio, no hay marketing, no hay turismo impostado. Hay autenticidad.
    Y esa autenticidad, en tiempos de pantallas y ruido, emociona.

    Cae la noche.
    Las luces cálidas se encienden sobre el alero.
    Afuera, los grillos arman su propio concierto. Adentro, una guitarra se atreve a una zamba.
    El humo del fuego sube despacio, dibujando en el aire la misma forma que veía en casa, cuando mi tata soplaba las brasas con un fuelle viejo.
    Pienso que el fuego es un idioma sin traducción: une generaciones, une historias.
    Quizás por eso el asado no es solo comida. Es rito, pertenencia, afecto.

    Agostina me ofrece una empanada recién salida del horno de barro.
    El primer bocado me lleva a mi infancia sin escalas.
    Tiene ese gusto que no se imita: mezcla de carne, comino y ternura.
    “¿Ves? —dice Agostina—, por eso la gente vuelve. Porque el sabor de casa no se olvida.”

    Y es cierto.
    El Torito no es solo un restaurante. Es un refugio emocional.
    Un lugar donde los sabores, los olores y las historias se entrelazan.
    Donde el campo sigue siendo campo y la tradición, un acto cotidiano.

    De tanto en tanto, alguien entra, se sienta y empieza a hablar.
    Cuentan amores, infancias, partidas.
    Una mujer dice que vino con su esposo antes de casarse. Otro recuerda que su abuelo trabajó en el Camino Real.
    Las historias flotan, se cruzan, se escuchan.
    Y uno siente que no está comiendo solo, sino compartiendo un pedazo del alma colectiva de este país.

    Quizás eso explica por qué el Torito emociona tanto.
    Porque en un tiempo donde todo se acelera, este rincón obliga a frenar, a mirar, a escuchar.
    Y de pronto, la historia no es solo un dato, sino una vivencia.
    La patria, entonces, no está en los libros, sino en los lugares como este.

    Cuando salgo al patio, la luna se refleja en los charcos del camino.
    El viento trae olor a río.
    Pienso que el Torito es como una vieja canción: cambia quien la canta, pero el sentimiento es el mismo.
    San Martín, el Che, Camila O’Gorman, los Peralta, los Patané, los turistas, los vecinos, los niños que corren por el patio. Todos, de algún modo, formamos parte del mismo relato.

    Antes de irme, Pablo se queda mirando las luces del interior y dice en voz baja:

    “Yo creo que el Torito no nos pertenece. Le pertenece al tiempo. Nosotros solo lo cuidamos un rato.”

    Asiento. Porque tiene razón.
    Hay lugares que trascienden a quienes los habitan.
    El Torito es uno de ellos.

    Subo al auto y miro por el espejo retrovisor.
    Las luces del patio se van achicando entre los árboles.
    La zamba sigue sonando en mi cabeza.
    Y pienso que si alguna vez uno necesita volver a creer en lo simple —en el fuego, en la mesa, en la historia, en el amor—, solo hace falta venir hasta este rincón de Baradero.

    Porque en El Torito, el tiempo no pasa: se queda a comer.



    Créditos fotográficos y agradecimientos especiales a:

    Agostina Gisbert, Juan Pablo Patané, Pablo Esteban Patané y Gabriela Inés Fuentes.
    Gracias por abrir las puertas de El Torito, por las historias compartidas y por mantener viva la tradición.

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    Del 7 al 9 de noviembre, Plaza Mitre será escenario de Sabores del Mundo, una experiencia gastronómica y cultural organizada por Emprendedores Baradero. El evento reunirá comidas típicas de distintos países, artesanos, juegos, shows en vivo y artistas locales, invitando a vecinos y visitantes a disfrutar de una propuesta familiar que celebra la diversidad y el trabajo emprendedor.