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  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”-Magnolia.

    RADIO LS2 BARADERO – 2025 -Una producción por Jazmín Abdala


    Hay un instante, justo cuando el saxo de Santiago Lacerna corta el aire espeso de un ensayo, en el que Baradero deja de ser una ciudad de asfalto y río para transformarse en un jardín nocturno y eléctrico. Es ese momento donde la música deja de ser una sucesión de notas para volverse un aroma. Spinetta lo sabía. En 1995, encerrado en el búnker de La Diosa Salvaje, Luis Alberto le daba forma a una de sus criaturas más feroces y, a la vez, más delicadas: Oh! Magnolia. No era la balada complaciente de un músico aburguesado; era el grito de un hombre que había vuelto a sus raíces de garage con los Socios del Desierto, buscando en la pureza de un trío la respuesta a un mundo que se volvía frío y artificial. “Oh magnolia, ¿quién te puede mirar entre las hojas como quien ve a un Dios?”, preguntaba el Flaco, elevando a esa flor de pétalos carnosos y blancos al altar de lo sagrado. La magnolia es una sobreviviente. Es una flor prehistórica, una que existió antes que las abejas y que tuvo que aprender a seducir escarabajos para perpetuarse. Es ruda, es antigua, pero su fragancia es de una elegancia que no acepta réplicas. Esa misma paradoja —la de la resistencia que no pierde la belleza— es la que hoy late en el corazón de Magnolia, una banda que nació en Baradero para recordarnos que el rock, si no tiene alma de improvisación y libertad, es solo ruido vacío.

    Cuando me encuentro con Abril Paoloni, la cantante que le pone el cuerpo y la voz a esta “corola” musical, el ambiente se carga de una mística especial. No estamos en un estudio de grabación aséptico, sino en ese espacio donde el sonido rebota en las paredes y se mezcla con el aire de la calle. Abril, o “Abru”, como la llaman sus socios de ruta, me cuenta que el grupo nació casi como una necesidad biológica en diciembre de 2024. Compartían otros proyectos, otras bandas, pero había algo que pedía pista propia. Magnolia no nació para cumplir un contrato ni para encajar en un género; nació para florecer. Y el nombre, por supuesto, no fue una casualidad. Fue una epifanía spinetteana. Fue la respuesta a esa pregunta que Luis dejó flotando en el aire de los 90: “¿Serás tú mi magnolia para siempre?”. Para estos músicos jóvenes de Baradero, la respuesta es un compromiso con el presente.

    —El grupo surge de conocernos de la música —me dice Abril, y su voz tiene esa cadencia tranquila de quien sabe que no necesita gritar para ser escuchada—. Compartíamos proyectos, pero Magnolia nace del mismo amor por la música. El nombre surge de esa canción que me marcó. Es nuestra forma de decir que buscamos esa fusión, ese sentimiento interno de conectarse con lo que uno hace sin esquemas.

    Observo a Lisandro Choque acomodar los platillos de su batería. Hay algo ritual en el modo en que un baterista se prepara para el jazz y el soul; no es el golpe seco del rock de estadio, es una caricia rítmica, un groove que se mete bajo la piel. Magnolia es una anomalía hermosa en la escena local. Mientras la mayoría de las bandas de la “República del Rock” buscan la seguridad del estribillo coreable o el riff que todos conocen, ellos se tiran al vacío de la improvisación. Se inspiran en la elegancia de Sade, en la maestría de Roy Hargrove y su RH Factor, y en esa nueva ola de músicos nacionales como Vinocio que están refrescando el oído de una generación.

    —Nos manejamos fundamentalmente con la improvisación —me explica Abril, y yo puedo sentir la vibración de la sala, ese calor que emana de los equipos encendidos—. Les gusta improvisar porque sienten que la música no es algo lineal. No hay un esquema a seguir. Es algo que se vive en el momento y se deja fluir. Nuestro sonido es un estilo soulero fusionado con jazz. Es relajar para los que nos escuchan, pero para nosotros es un juego lúdico. Siempre hay espacios para que cada uno se pueda mostrar con lo que siente en ese preciso segundo.

    Es fascinante verlos trabajar. Magnolia es un organismo que respira. Las canciones, muchas de ellas compuestas por su amigo Fran (Geko), funcionan como un mapa, pero ellos son los que deciden qué caminos secundarios tomar en cada show. Por eso, ver a Magnolia en vivo nunca es la misma experiencia dos veces. Es como la flor que les da nombre: puede que los pétalos sean los mismos, pero la forma en que se abren bajo la luz de la noche de Baradero cambia siempre. Esa libertad es lo que Abril define como el corazón del rock moderno. No se trata de repetir una fórmula, sino de mantener una llama que, según ella, corre el riesgo de apagarse ante la marea de modas digitales y sonidos procesados por computadoras.

    —El rock es una vivencia personal que se adapta a un contexto —reflexiona Abril—. Lo que tenemos en común es que nos despierta eso de vivir, de compartir. Nosotros adaptamos sonidos de bandas que marcaron generaciones, como los Redondos, a nuestra propia forma, sin dejar de transmitir la emoción. La llama del rock se mantiene viva en los jóvenes que despiertan la llama en los demás. Se trata de eso, porque el rock se escucha cada vez menos y la moda dio lugar a otros géneros. Ahí es donde surgen los jóvenes que continúan manteniendo esa llama aún más resplandeciente.

    La charla deriva hacia los desafíos de ser independiente en una ciudad que a veces parece tener el oído curtido pero la mirada distraída. Para Magnolia, el mayor reto es la visibilidad. “Hay bandas increíbles que están ocultas”, dicen con una mezcla de bronca y esperanza. Ser independiente es ser un obrero de la cultura, es pulir el repertorio, ampliar horizontes y proyectar el sonido de Baradero hacia Buenos Aires, buscando que ese perfume de jazz y alma de soul llegue a nuevos puertos. Pero antes de cualquier ambición de cartelera, está el ritual. Ese momento previo a subir al escenario donde el mundo exterior desaparece. Un fernet para aflojar los nervios, el aire que se calienta improvisando y esa comunión entre Abril, Lisandro y Santiago que es, en definitiva, lo que sostiene el proyecto.

    Me quedo pensando en la letra que me pasaste de Spinetta: “Y es que temo llegar a la tierra que tendré como fin, ¿serás tú mi magnolia para siempre?”. Hay una melancolía luminosa en esa pregunta. El miedo a la finitud, a que la música se detenga, a que el arte sea devorado por el olvido. Pero cuando escuchás a Magnolia, ese miedo se disipa. Hay algo en la seguridad con la que Abril habla de la práctica constante, del “intentarlo hasta el cansancio”, que te hace sentir que la música está a salvo.

    —Si querés algo y no te sale, intentalo hasta que no puedas más —me dice como un secreto compartido al final de la entrevista—. La práctica es lo que hace al músico. Nadie nace sabiendo. Lo peor que podés hacer es tener miedo a intentar. Así que eso: intentenlo, dejen mutarse como artistas. No se queden quietos.

    Me retiro del ensayo mientras el saxo de Santiago vuelve a arrancar una melodía que parece flotar entre las hojas. Magnolia no es solo una banda; es la confirmación de que en Baradero todavía hay espacio para lo sutil, para lo que no es evidente, para lo que necesita ser escuchado con el corazón abierto. Son jóvenes, son talentosos y, sobre todo, son libres. Han decidido que su música sea ese “rocío que penetra en la piel”, una caricia funk que nos saca de la rutina y nos devuelve la capacidad de asombro.

    Cierro la libreta y me guardo esa imagen: la de una flor blanca y potente resistiendo en medio de la ciudad de la distorsión. El rock de Baradero suena a muchas cosas, pero hoy, gracias a ellos, suena a libertad. No los ignoren. No permitan que estas magnolias se queden solas. Vayan a buscarlos, cierren los ojos y dejen que la improvisación los lleve a ese lugar donde el tiempo no existe y solo importa el siguiente acorde. La República del Rock hoy tiene un aroma inolvidable, y es el aroma de los que se animan a florecer contra toda corriente.


    Magnolia: Radiografía de la banda

    • Alineación: Abril Paoloni (voz), Lisandro Choque (batería), Santiago Lacerna (saxo y piano).
    • Fecha de nacimiento: 2024.

     

  • 21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.

    21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.


    Por Jazmín Abdala. Un viaje desde los inicios del rock barrial hasta la tragedia de Cromañón, recorriendo clubes precarios, bandas que hablaban de nuestras vidas y una negligencia que convirtió la música en espejo de nuestras propias fallas. Una crónica que escucha, siente y no olvida.


    Un pibe sale de su casa un viernes a la noche con la remera de su banda favorita. No es una remera nueva: tiene el cuello vencido, olor a jabón barato y una mancha vieja de birra que no sale más. En el bolsillo lleva lo justo para la entrada y una cerveza. La madre le grita desde la cocina que no vuelva tarde, que tenga cuidado, que se abrigue. Él ya está bajando la escalera del monoblock cuando escucha el último “portate bien” como si fuera un eco. Camina rápido por calles que huelen a asfalto caliente, a choripán de esquina y a gasoil de colectivo. No va a un recital: va a verse con los suyos. El rock barrial todavía no tiene nombre, pero ya tiene cuerpo.

    Es 1996. O 1998. O 2001. Da igual. En los noventa, en un país que aprendió a convivir con la desocupación, los despidos y la intemperie, el rock barrial se volvió idioma. No era una estética: era una forma de estar juntos. Sonaban Los Piojos, Viejas Locas, Intoxicados, La Renga, Jóvenes Pordioseros, Guasones, La 25, El Bordo. Canciones que hablaban de laburo que no alcanzaba, de noches largas, de amigos muertos demasiado pronto, de aguantar con lo que hay. Letras que no pedían permiso. La épica era mínima: llegar a fin de mes, sobrevivir a la semana, cantar con los brazos arriba aunque no supieras bien por qué.

    Los clubes chicos, los galpones reacondicionados, los salones de baile que parecían estar siempre a punto de caerse, eran nuestras catedrales. No había VIP, no había sector preferencial. El escenario estaba tan bajo que a veces veías la transpiración caerle al cantante por la cara como una lluvia personal. El pogo no era una coreografía: era una necesidad. Chocar el cuerpo con otros cuerpos para comprobar que todavía estabas ahí.

    Las bengalas no eran un peligro, eran un ritual. Un gesto casi religioso: prender fuego el cielo bajo, llenar de rojo el techo, sentir que la canción se hacía carne. Nadie pensaba en salidas de emergencia. Pensábamos en llegar al estribillo.

    Cemento primero, Cromañón después. Pasar por ahí era un rito de iniciación. “Antes había que pasar por Cemento para ser alguien en el under. Después, si no te hacías fuerte en Cromañón, no existías”, decía Toti, de Jóvenes Pordioseros. Los lugares eran precarios, sí. Pero eran nuestros. Había patovicas que no te cagaban a trompadas, barras armadas por la propia banda, una especie de pacto tácito de cuidado entre iguales. El Estado quedaba lejos. La política quedaba lejos. El refugio era ese escenario torcido y esa letra que te decía lo que no sabías cómo decir.


    Es diciembre de 2025. Abro Spotify en el celular, en el mismo sillón donde me tiro después de laburar todo el día, y dejo que suene Callejeros. El algoritmo no sabe nada, pero el cuerpo sí. Entra Distinto. El redoblante marca el pulso y algo se me traba en el pecho, como si hubiera un músculo que no se recuperó nunca. No es nostalgia: es memoria muscular. El sonido me lleva sin pedir permiso.

    Veo otra vez un techo bajo, una nube espesa flotando sobre las cabezas, el olor agrio de la cerveza derramada mezclado con transpiración y plástico quemado. El calor pegajoso de una noche que prometía ser una más. Me acuerdo de estar apretada contra desconocidos que se volvían amigos en cuestión de minutos. Me acuerdo de cantar con la garganta rota, de perder una zapatilla y no buscarla, de volver a casa con la voz muerta y el alma encendida.

    Hay gente que no puede escuchar más estas canciones. Hay gente que apaga la radio cuando suenan. Hay gente que se ofende si las pasás en una fiesta. Como si la música fuera una traición. Como si en esas guitarras estuviera escondido el fósforo.

    Y entonces, inevitablemente, vuelvo a 2004.

    El 30 de diciembre de ese año, República Cromañón estaba lleno como siempre. Demasiado lleno. Habían vendido más de 3.500 entradas, pero adentro había cerca de 4.500 personas. Era el tercer show consecutivo de Callejeros. Antes de empezar, Pato Fontanet pregunta desde el escenario: “¿Se van a portar bien?”. La frase cae liviana, casi como un chiste, y nadie imagina que va a quedar flotando para siempre como un presagio torcido.

    El show arranca como arrancan todos los shows. Un redoblante que marca el pulso, un riff que se mete en el cuerpo antes de que la cabeza lo procese, un grito colectivo que no distingue gargantas. Distinto abre la noche. La gente salta, empuja, se ríe. Hay chicos arriba de los hombros de otros chicos, hay banderas que tapan luces que ya de por sí son pocas, hay humo de cigarrillo, hay cerveza que cae al piso y forma un barro pegajoso que se lleva puesto cualquier intento de equilibrio. El calor es una pared invisible.

    A las 22.50 alguien prende una bengala. No se ve quién. Nunca se ve. Un punto rojo se eleva como un deseo infantil, choca contra el techo bajo y se apaga en una media sombra de plástico. Al principio parece una anécdota más. Un hilo de fuego del tamaño de una mano. Pero el techo no es techo: es una trampa. La guata, el poliuretano, la tela barata que nadie revisó, empiezan a arder como si hubieran estado esperando ese momento.

    Primero es el olor. Un olor raro, dulzón, químico. Después, el humo. Después, la luz que se corta. Después los gritos.

    La música se detiene de golpe, como si alguien hubiera arrancado el cable de la pared. En la oscuridad no se distingue nada: ni la salida, ni el escenario, ni el rostro del que está al lado. Solo se escuchan toses que se vuelven arcadas, arcadas que se vuelven vómitos, vómitos que se vuelven silencio. La gente corre hacia donde cree que está la puerta principal. Pero la puerta principal es un cuello de botella con seis hojas tipo cine que se abren para adentro. Hay cuerpos contra cuerpos, rodillas que ceden, zapatillas que se pisan, alguien que cae y deja de ser alguien para convertirse en obstáculo.

    El humo baja. No sube: baja. Te busca la boca, te tapa la nariz, te entra en los pulmones como un vidrio líquido. El ácido cianhídrico no tiene épica: te duerme de pie. Hay chicos que se desploman sin un rasguño, como si el cuerpo apagara la luz antes de entender qué estaba pasando.

    Una salida de emergencia, la que daba al estacionamiento del hotel vecino, está cerrada con candado y alambres. Un cartel verde, prolijo, dice SALIDA. Es una burla.

    Algunos logran salir. Otros vuelven a entrar para buscar a amigos, a novias, a hermanos. No hay héroes en una nube de veneno, solo gente que se resiste a aceptar que alguien que estaba cantando hace treinta segundos ya no responde.


    Mientras adentro la noche se convierte en infierno, afuera empieza otra película.

    Un padre atiende el teléfono en su casa de La Matanza. No entiende bien lo que le dicen. “Hubo un incendio”, escucha. “Once”. “Cromañón”. El nombre no significa nada hasta que lo dice en voz alta y le suena mal en la boca. Agarra las llaves sin cerrar la puerta. Maneja como si estuviera escapando de algo invisible.

    Una madre llega al Hospital Ramos Mejía con la foto impresa de su hija en un papel A4. Recorre pasillos llenos de gente acostada en el piso, enchufada a tubos de oxígeno que salen de tomas improvisadas. Pregunta en voz alta un nombre que nadie parece escuchar. En una sala le dicen que vaya a la morgue judicial. En la morgue le dicen que todavía no llegaron todas las listas.

    Las listas son hojas de cuaderno arrancadas de apuro, escritas con birome prestada, colgadas con cinta scotch en paredes frías. Nombres mal escritos, apellidos incompletos, números de documento con un dígito de más o de menos. Familias que pasan el dedo por cada renglón como si estuvieran leyendo un oráculo torcido.

    Hay cuerpos alineados en veredas, cubiertos con mantas térmicas que no alcanzan a tapar nada. Hay zapatillas solas, mochilas abiertas, celulares que siguen vibrando en bolsillos que ya no se mueven. Hay pibes de quince años con pulseras de tela en la muñeca y la cara gris. Hay padres que caen de rodillas cuando reconocen una campera.

    Durante horas, durante días, Buenos Aires se convierte en una sala de espera gigante. Los hospitales colapsan. Cuarenta y seis ambulancias van y vienen como si quisieran borrar el tiempo. Los sobrevivientes tosen negro, escupen espuma, tiemblan sin poder parar. Muchos de ellos van a seguir bajo tratamiento psicológico durante años. Algunos no van a sobrevivir a la culpa.


    Después viene el silencio raro. El que no es descanso sino hueco. Cromañón se clausura y se transforma en santuario. Zapatillas colgadas en la reja, como un código nuevo para decir que alguien no volvió a su casa. “Basta de robarnos el futuro”, dice una pintada que nadie se atreve a borrar.

    Y empieza otra etapa: el rock bajo sospecha.

    Cierran boliches, se suspenden fechas, bandas chicas dejan de tocar porque no hay dónde. El rock barrial empieza a ser tratado como una amenaza, como si el problema hubiera sido el género y no la estructura. Hay chicos que esconden discos de Callejeros en el fondo del placard, como si fueran pornografía prohibida. En las radios se pasan menos temas. En los cumpleaños se eligen otras listas.

    La música se convierte en chivo expiatorio. Como si una canción pudiera trabar una salida de emergencia. Como si una letra pudiera firmar una habilitación trucha. Como si una guitarra pudiera vender 3.500 entradas para un lugar preparado para 1.031 personas.


    Vuelvo a 2025. Los festivales son enormes, con pulseras electrónicas, vallados brillantes, seguridad privada y tickets que se pagan en cuotas. Todo es más prolijo. Todo es más caro. Todo es más ajeno. El pogo ahora se filma para Instagram.

    Abro Spotify otra vez. Distinto sigue sonando igual. Yo no.

    Porque sé que hubo padres que murieron sin entender cómo una noche de rock se volvió una lista de morgue. Sé que hubo sobrevivientes que tardaron años en poder respirar sin miedo. Sé que hubo una generación entera que aprendió a desconfiar del lugar donde antes se sentía a salvo.

    Y me queda una pregunta que no se apaga, ni con festivales prolijos, ni con leyes nuevas, ni con el paso del tiempo:

    si después de 21 años todavía seguimos culpando a la música para no mirar de frente nuestra desidia, ¿qué nos hace pensar que la próxima tragedia no está, ahora mismo, esperando su estribillo?

    No fueron canciones las que llenaron Cromañón de cuerpos, fueron decisiones. No fue una banda la que cerró con alambre una salida de emergencia, fue una cadena larga de corrupción, desidia y acostumbramiento. No fue el rock el que volvió tóxico el aire, fue un techo hecho con materiales prohibidos, inspecciones que nunca se hicieron, funcionarios que miraron para otro lado, empresarios que contaron billetes en lugar de personas.

    Las familias lo supieron desde el primer día. Por eso no dejaron de marchar. Por eso volvieron una y otra vez al santuario, aunque les doliera hasta la piel. Porque no estaban llorando una fatalidad: estaban señalando un sistema que los había empujado al vacío.

    Hubo madres que aprendieron de memoria el plano del boliche para entender por dónde no pudieron salir sus hijos. Hubo padres que recorrieron hospitales con una mochila en la mano porque creían que en algún lugar, todavía, alguien la iba a necesitar. Hubo hermanos que crecieron con la foto de un pibe de diecisiete clavada en la heladera, como si el tiempo se hubiera detenido esa noche.

    Y mientras ellos se rompían el pecho pidiendo justicia, nosotros discutíamos si estaba bien o mal prender bengalas, si el rock barrial era demasiado marginal, si Callejeros había cantado tal o cual frase. Como si el problema fuera estético. Como si el problema hubiera sido la música y no el abandono.

    Veintiún años después, Cromañón ya no humea, pero sigue ardiendo en otra capa: en la memoria. Cada recital que se suspende, cada pibe que se desmaya en un boliche, cada salida bloqueada por cajas, cada matafuego vencido, es un eco de aquella noche.

    Porque Cromañón no fue un error aislado: fue un espejo.

    Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda que nunca: si sabemos que la música no mata, si sabemos que lo que mata es la negligencia, la corrupción y la costumbre de mirar para otro lado, ¿cuántas muertes más estamos dispuestos a llamar accidente antes de admitir que lo verdaderamente incendiado, desde hace años, no es el rock, sino nuestra forma de hacernos cargo del otro?


    Esta nota está dedicada a quienes esa noche salieron de su casa con una remera gastada y no volvieron, a las madres que todavía recorren hospitales en sueños, a los padres que aprendieron de memoria planos de boliches que ya no existen, y a los amigos que siguen contando ausencias en vez de años. Para que la música no vuelva a ser el chivo expiatorio de un país que todavía no aprende a cuidar a los suyos.

    Jazmín Abdala.

  • LA NIÑA ESTÁ SIENDO CUIDADA Y EN RECUPERACIÓN

    LA NIÑA ESTÁ SIENDO CUIDADA Y EN RECUPERACIÓN

    En la mañana de “Buen día Ciudad” estuvimos dialogando con el director de política y familia de nuestra localidad, Luis Tobares:

    “Ayer por intermedio de fiscalía, se fue a los distintos hogares de APAND, acompañados por médicos de policia, personas de región sanitaria y distintas áreas del municipio como DDHH”

    “Los médicos querían observar cada historia clínica, los legajos y la situación de peso de cada uno de los chicos, teniendo en cuenta el antecedente de la niña desnutrida”

    “El equipo de servicio local estuvo el jueves a la noche cuando la internaron, nosotros fuimos al operativo y luego fuimos al hospital para ver la evolución y hablar con pediatras”

    Nota completa:

    https://www.facebook.com/271848316317200/videos/5486445834747752

  • Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia

    Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia

    Cada 24 de marzo conmemoramos en nuestro país el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia en homenaje a las víctimas de la última dictadura cívico-militar que usurpó el poder entre 1976 y 1983. Un día de reflexión y análisis para mantener presente en la memoria colectiva hechos de nuestra historia que no deben ocurrir NUNCA MÁS.

  • MARCHA EN PEDIDO DE JUSTICIA POR RENATA PANNO 

    MARCHA EN PEDIDO DE JUSTICIA POR RENATA PANNO 

    A un año de este hecho, hoy se hará una marcha a las 20 hs en Plaza Mitre frente al palacio municipal.

     

    Por tal motivo tuvimos en nuestros estudios la visita de Patricia Colombo madre de Renata Panno

     

    “Vamos a hacer un recordatorio y una encendida de velas.”

     

    “Es un día muy triste, pero mi hija me da fuerzas para seguir luchando por la causa”

     

    “El caso va lento, hay una justicia para ricos y otra para pobres, actúa en referencia a esto.

     

    Va a costar pero vamos a llegar a la verdad”

     

    “Fui la última persona en

    enterarme que perdí a mi hija”

     

    “No hay que olvidarse de todas las chicas que faltaron antes que Renata y las que siguen faltando”.

     

     

     

     

  • FARMACIA DE TURNO 9 DE NOVIEMBRE

    FARMACIA DE TURNO 9 DE NOVIEMBRE

    Buenos días gente les dejamos el servicio para este Martes 9 de Noviembre
    Farmacia de Turno
    🏥Santa Maria de Oro 481
    ☎️480112
  • “En el tiempo de campaña aprendi a escuchar, a escuchar al vecino lo que necesita y quiera que tambien es muy importante “

    “En el tiempo de campaña aprendi a escuchar, a escuchar al vecino lo que necesita y quiera que tambien es muy importante “

    Juani Gomez Savoy hizo un análisis de la vuelta a la calles con la campaña

    “Estamos agradecidos con la gente por la confianza y por el voto que nos han dado, por eso, decidimos entregar folletos en forma simbólica, además esta en nuestro ADN ser agradecidos”

    “El compromiso es más grande ahora que sabemos que la gente nos apoyo y nos dio la posibilidad de pasar a las generales,  es más responsabilidad”

    “Estamos en Plaza Mitre en dos horarios de 10hs a 12hs y de 17:30hs a 19:30hs, hablando con la gente y nuevamente mostrandonos y charlando de nuestras propuestas”

     

     

     

  • Día Nacional del Árbol: actividades en la Reserva Natural Urbana “Parque del Este” 

    Día Nacional del Árbol: actividades en la Reserva Natural Urbana “Parque del Este” 

    En el marco del Día Nacional del Árbol que se conmemora cada 29 de agosto, el Municipio de Baradero mediante la Subsecretaría de Ambiente y Espacios Públicos junto a RELEA, Voluntarios del Parque del Este y COA Ñacundá Aves Argentinas, realizará actividades en la reapertura de la Reserva Natural Urbana “Parque del Este”.

    Las actividades alusivas se realizarán el sábado 28 de agosto en la Reserva Natural Urbana “Parque del Este” (Almirante Brown y Teófilo Rosell):

    ACTIVIDADES EN LA RESERVA NATURAL URBANA “PARQUE DEL ESTE” 

    8:30 horas – Salida de avistaje de aves

    10 horas – Apadriná tu árbol: charla sobre plantas nativas y plantación de árboles

    11:30 horas – Charla de ambiente y diversidad

    13 horas – Picnic con todas y todos los presentes

    Se entregarán bolsitas con semillas de plantas nativas y señalizará cada árbol plantado con el nombre de quién lo planta.

    Para participar de la jornada contactarse a través del correo electrónico gestionambiental@baradero.gob.ar

     

     

  • Juani Gómez Savoy: “Queremos que la gente se acuerde que siempre vamos a estar con ellos más allá de lo que pase en las elecciones”.

    Juani Gómez Savoy: “Queremos que la gente se acuerde que siempre vamos a estar con ellos más allá de lo que pase en las elecciones”.

    Juani Gómez Savoy, pre candidato a Concejal por el Mac cuenta como fue su fin de semana recorriendo Alsina

    ¿Cómo los recibió Alsina? “Gracias a Dios muy bien, fuimos a una dirección para atender a una familia, pero luego aprovechamos para caminar, folletear y charlar con la gente. Lamentablemente hay gente que esta descreída de la política, mucha gente en Alsina conoce al MAC, pero no a nosotros así que fue buena idea poder ir para poder charlar con ellos. nos vinimos muy conformes porque la mayoría nos dio su apoyo”.

    “Queremos que la gente se acuerde que siempre vamos a estar con ellos más allá de lo que pase en las elecciones”.

     

    Click en la imagen para ver la nota completa en video.

     

  • Encuentro de Atletismo en el Polideportivo Municipal  

    Encuentro de Atletismo en el Polideportivo Municipal  

    El Municipio de Baradero a través de la Dirección de Deportes dependiente de la Secretaría de Cultura, Turismo, Educación y Deporte informa que el sábado 28 de agosto se llevará adelante en el Polideportivo Municipal “Miguel Ángel Mori”, un encuentro abierto de atletismo.

    El encuentro abierto a toda la comunidad iniciará desde las 18 horas, y la inscripción será gratuita previo al inicio de la jornada, que tiene como objetivo promocionar el deporte y disfrutar de todas sus disciplinas.

    Para más información comunicarse a deportes@baradero.gob.ar