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  • El mapa de una sensibilidad: Por qué el 23 de enero Argentina celebra su fe en la música

    El mapa de una sensibilidad: Por qué el 23 de enero Argentina celebra su fe en la música

    Por Jazmín Abdala. Cronista de Radio LS2 BARADERO.

    23 DE ENERO DE 2026. BARADERO, PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA.


    El 23 de enero en Buenos Aires suele tener ese calor que no solo se siente en la piel, sino que se escucha. Es un zumbido eléctrico que sube por las baldosas de Villa Urquiza, como si la ciudad misma fuera una caja de resonancia. En alguna habitación de techos altos, un chico de quince años hoy se sienta al borde de la cama, apoya una guitarra acústica sobre la rodilla y, con los dedos todavía torpes, busca el primer acorde de “Barro tal vez”. No sabe bien por qué, pero esa melodía que suena a música antigua, escrita por un Luis Alberto Spinetta adolescente que aún no sabía que iba a cambiar el ADN de un país, le dice exactamente quién es él en este momento del mundo.

    Hoy es el Día Nacional del Músico en Argentina. No es una fecha elegida al azar por un burócrata en una oficina; es el día en que el “Flaco” llegó al mundo en 1950 para enseñarnos que la libertad no es un discurso, sino una forma de tocar la guitarra. Antes, la música se celebraba bajo el manto de Santa Cecilia, una mártir lejana de tierras extrañas. Pero desde 2014, decidimos que nuestra fe sonora necesitaba un santo laico que hubiera caminado estas calles, que hubiera tomado el colectivo y que hubiera traducido el color de nuestro cielo en acordes de novena.

    La historia de la música en Argentina es la historia de una invención constante, un río de cauce infinito que se nutre de afluentes tan diversos como su geografía. Somos un país que suena a muchas cosas a la vez: somos el bandoneón que llora en un arrabal porteño y somos el bombo legüero que retumba en el monte santiagueño. Esa diversidad demográfica y territorial moldeó una identidad que no puede ser encasillada. Desde el tango, nacido en los márgenes de los puertos como un abrazo prohibido, hasta el folklore que recorre las venas del mapa, la música ha sido el diario íntimo de nuestra nación.

    Si uno viaja al Noroeste, se encuentra con el charango y los aerófonos que bajan del Altiplano, con carnavalitos y zambas que huelen a tierra y a chaya. Si se mueve hacia el Litoral, el paisaje se vuelve chamamé y llamarrita, donde el acordeón mantiene viva una resistencia cultural que el río Uruguay transporta de orilla a orilla. En el Centro, la chacarera marca el pulso, mientras que en Cuyo, la tonada invita al tradicional “aro, aro”, ese brindis que detiene el tiempo. Incluso en la inmensidad de la Patagonia, la música de los pueblos originarios —mapuches, tehuelches, onas— sobrevive en el loncomeo, recordándonos que antes de las guitarras, el viento ya tenía su propia voz.

    En los años 60, mientras el mundo se sacudía con la beatlemanía, un grupo de pibes con el pelo largo decidió que no quería solo imitar lo que venía de afuera. Querían que el rock oliera a jazmines de barrio y a humo de café. Querían cantar en su propio idioma, con la nostalgia de Gardel pero con la electricidad de la juventud. Spinetta fue el arquitecto principal de esa mudanza. Con Almendra, fundó una patria donde la sensibilidad no era debilidad, sino una fuerza revolucionaria. “Muchacha ojos de papel” no fue solo una canción; fue la apertura de un portal. De pronto, era posible ser joven, ser rebelde y, al mismo tiempo, tener la profundidad de un poeta surrealista.

    Pero ser músico en Argentina siempre fue algo más que subir a un escenario; fue un acto de fe ciega. Durante los años oscuros de la dictadura, cuando el silencio era una orden estatal, el músico se convirtió en un faro. Spinetta, con esa figura longilínea que parecía cortada por el viento, se movía en las sombras de bandas como Invisible o Pescado Rabioso, enviando mensajes cifrados en las letras. Eran años donde un acorde podía ser un refugio. La música era la única habitación donde no podían entrar los que querían controlar el pensamiento. Esa misma mística se respira en el rock de Charly García, en la voz telúrica de Mercedes Sosa o en la rebeldía de León Gieco, quienes convirtieron el escenario en una trinchera de libertad.

    Con el retorno de la democracia, el sonido se expandió. El exilio devolvió a nuestros maestros y las calles se llenaron de ritmos bailables y una explosión de géneros. La década del 90 abarcó desde el rock puro hasta el punk y el heavy metal, mientras el pop argentino comenzaba a redefinirse. Bandas icónicas como Soda Stereo, con el magnetismo eterno de Gustavo Cerati, o los Fabulosos Cadillacs, llevaron nuestra bandera sonora a todo el continente. Surgió la “música divertida” de Los Abuelos de la Nada y Los Twist, recordándonos que el baile también es una forma de libertad.

    Ese espíritu festivo encontró su propio cauce en la cumbia y el cuarteto. La cumbia nacional, con pioneros como Los Palmeras y Los Wawancó, se fusionó con la realidad de los barrios populares para dar nacimiento a la cumbia villera, un género que narró el día a día de una Argentina que dolía pero que seguía bailando con Damas Gratis o Mala Fama. Mientras tanto, en Córdoba, el cuarteto se volvía una religión de la mano de La Mona Jiménez y el Potro Rodrigo, una explosión de energía que hoy continúa con fuerzas renovadas en grupos como La K’onga.

    Incluso la elegancia de la música clásica y el jazz encontraron en el suelo argentino un laboratorio único. Desde el Teatro Colón, figuras como Daniel Barenboim o Martha Argerich elevaron el prestigio nacional, mientras que en los clubes de jazz, maestros como el Mono Villegas o Lalo Schifrin demostraban que nuestra identidad también podía ser cosmopolita. La electrónica, consolidada con Creamfields y figuras como Hernán Cattáneo, proyectó a Buenos Aires como una capital global del ritmo, fusionando en años recientes el techno con el folklore en proyectos como Bajofondo o Juana Molina.

    Hoy, 23 de enero de 2026, la música argentina atraviesa su etapa más joven y vibrante. En las plazas donde antes se zapaban temas de Sui Generis, hoy nacen las rimas del trap y el freestyle. Lo que empezó en El Quinto Escalón con YSY A y Duki, hoy es un movimiento internacional que domina los charts globales. Nombres como Bizarrap, Nicki Nicole, Trueno, Paulo Londra y María Becerra son los nuevos embajadores de una sensibilidad que no tiene fronteras, colaborando con los artistas más grandes del mundo pero manteniendo ese “picante” que solo da el barro argentino. El sonido ha mutado hacia el RKT de L-Gante o las nuevas corrientes del plugg y el jerk, demostrando que la música nacional es un organismo vivo que no deja de respirar.

    El pop también ha vivido su revolución. Desde “La Nueva Ola” de Palito Ortega hasta el estrellato global de Lali y Tini, el género ha sabido honrar sus raíces mientras se vuelve vanguardia. Lali, convertida en un ícono pop absoluto, ha marcado un estándar de show y producción que dialoga de igual a igual con las tendencias internacionales, sin olvidar nunca el desparpajo y la fuerza de su origen.

    Ser músico en estas tierras sigue siendo una mezcla de orgullo y precariedad. Es cargar amplificadores en fletes, es pelear por un espacio en el algoritmo, es ensayar en garajes donde el calor es un integrante más. Pero hay algo sagrado en ese esfuerzo: la búsqueda de esa nota que detiene el tiempo. Es el legado de Atahualpa Yupanqui recorriendo los senderos, de Astor Piazzolla rompiendo los moldes del tango para hacerlo eterno, y de María Elena Walsh enseñándonos a soñar.

    Hoy, las plazas se llenan de guitarras y sintetizadores porque el 23 de enero es nuestro ritual de pertenencia. Es el día en que celebramos que somos hijos de una tradición que no se rinde ante la chatura. El Día del Músico es el recordatorio de que somos una nación que canta para no olvidarse de quién es. Y ahí, entre el humo de los escenarios y el silencio de las habitaciones de estudio, el Flaco sigue naciendo. Sigue naciendo cada vez que un músico cierra los ojos y encuentra esa melodía que no existía antes de él. Porque, al final, la música argentina no es solo un género; es un abrazo largo que atraviesa el tiempo, una luz que no se apaga y una certeza hermosa: que mientras haya una canción, nunca vamos a estar del todo solos.


    A Luis Alberto, el capitán de este navío eterno, le debemos la invención de un cielo propio. Hoy lo recordamos no como una estatua de bronce, sino como ese rayo de luz que atraviesa un prisma para descomponerse en mil colores: el poeta que nos enseñó que “las almas repudian todo lo que es jaula”, el guitarrista que encontró armonías donde otros solo veían silencio, y el hombre que nos convenció de que el arte es el único territorio de paz posible. Su ausencia física es solo un truco del tiempo; su presencia es el aire que respira cada artista que hoy se atreve a soñar con un sonido nuevo. Gracias por la luz, Flaco.


     

  • 21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.

    21 años de Cromañón: el incendio que fracturó para siempre nuestra forma de escuchar rock.


    Por Jazmín Abdala. Un viaje desde los inicios del rock barrial hasta la tragedia de Cromañón, recorriendo clubes precarios, bandas que hablaban de nuestras vidas y una negligencia que convirtió la música en espejo de nuestras propias fallas. Una crónica que escucha, siente y no olvida.


    Un pibe sale de su casa un viernes a la noche con la remera de su banda favorita. No es una remera nueva: tiene el cuello vencido, olor a jabón barato y una mancha vieja de birra que no sale más. En el bolsillo lleva lo justo para la entrada y una cerveza. La madre le grita desde la cocina que no vuelva tarde, que tenga cuidado, que se abrigue. Él ya está bajando la escalera del monoblock cuando escucha el último “portate bien” como si fuera un eco. Camina rápido por calles que huelen a asfalto caliente, a choripán de esquina y a gasoil de colectivo. No va a un recital: va a verse con los suyos. El rock barrial todavía no tiene nombre, pero ya tiene cuerpo.

    Es 1996. O 1998. O 2001. Da igual. En los noventa, en un país que aprendió a convivir con la desocupación, los despidos y la intemperie, el rock barrial se volvió idioma. No era una estética: era una forma de estar juntos. Sonaban Los Piojos, Viejas Locas, Intoxicados, La Renga, Jóvenes Pordioseros, Guasones, La 25, El Bordo. Canciones que hablaban de laburo que no alcanzaba, de noches largas, de amigos muertos demasiado pronto, de aguantar con lo que hay. Letras que no pedían permiso. La épica era mínima: llegar a fin de mes, sobrevivir a la semana, cantar con los brazos arriba aunque no supieras bien por qué.

    Los clubes chicos, los galpones reacondicionados, los salones de baile que parecían estar siempre a punto de caerse, eran nuestras catedrales. No había VIP, no había sector preferencial. El escenario estaba tan bajo que a veces veías la transpiración caerle al cantante por la cara como una lluvia personal. El pogo no era una coreografía: era una necesidad. Chocar el cuerpo con otros cuerpos para comprobar que todavía estabas ahí.

    Las bengalas no eran un peligro, eran un ritual. Un gesto casi religioso: prender fuego el cielo bajo, llenar de rojo el techo, sentir que la canción se hacía carne. Nadie pensaba en salidas de emergencia. Pensábamos en llegar al estribillo.

    Cemento primero, Cromañón después. Pasar por ahí era un rito de iniciación. “Antes había que pasar por Cemento para ser alguien en el under. Después, si no te hacías fuerte en Cromañón, no existías”, decía Toti, de Jóvenes Pordioseros. Los lugares eran precarios, sí. Pero eran nuestros. Había patovicas que no te cagaban a trompadas, barras armadas por la propia banda, una especie de pacto tácito de cuidado entre iguales. El Estado quedaba lejos. La política quedaba lejos. El refugio era ese escenario torcido y esa letra que te decía lo que no sabías cómo decir.


    Es diciembre de 2025. Abro Spotify en el celular, en el mismo sillón donde me tiro después de laburar todo el día, y dejo que suene Callejeros. El algoritmo no sabe nada, pero el cuerpo sí. Entra Distinto. El redoblante marca el pulso y algo se me traba en el pecho, como si hubiera un músculo que no se recuperó nunca. No es nostalgia: es memoria muscular. El sonido me lleva sin pedir permiso.

    Veo otra vez un techo bajo, una nube espesa flotando sobre las cabezas, el olor agrio de la cerveza derramada mezclado con transpiración y plástico quemado. El calor pegajoso de una noche que prometía ser una más. Me acuerdo de estar apretada contra desconocidos que se volvían amigos en cuestión de minutos. Me acuerdo de cantar con la garganta rota, de perder una zapatilla y no buscarla, de volver a casa con la voz muerta y el alma encendida.

    Hay gente que no puede escuchar más estas canciones. Hay gente que apaga la radio cuando suenan. Hay gente que se ofende si las pasás en una fiesta. Como si la música fuera una traición. Como si en esas guitarras estuviera escondido el fósforo.

    Y entonces, inevitablemente, vuelvo a 2004.

    El 30 de diciembre de ese año, República Cromañón estaba lleno como siempre. Demasiado lleno. Habían vendido más de 3.500 entradas, pero adentro había cerca de 4.500 personas. Era el tercer show consecutivo de Callejeros. Antes de empezar, Pato Fontanet pregunta desde el escenario: “¿Se van a portar bien?”. La frase cae liviana, casi como un chiste, y nadie imagina que va a quedar flotando para siempre como un presagio torcido.

    El show arranca como arrancan todos los shows. Un redoblante que marca el pulso, un riff que se mete en el cuerpo antes de que la cabeza lo procese, un grito colectivo que no distingue gargantas. Distinto abre la noche. La gente salta, empuja, se ríe. Hay chicos arriba de los hombros de otros chicos, hay banderas que tapan luces que ya de por sí son pocas, hay humo de cigarrillo, hay cerveza que cae al piso y forma un barro pegajoso que se lleva puesto cualquier intento de equilibrio. El calor es una pared invisible.

    A las 22.50 alguien prende una bengala. No se ve quién. Nunca se ve. Un punto rojo se eleva como un deseo infantil, choca contra el techo bajo y se apaga en una media sombra de plástico. Al principio parece una anécdota más. Un hilo de fuego del tamaño de una mano. Pero el techo no es techo: es una trampa. La guata, el poliuretano, la tela barata que nadie revisó, empiezan a arder como si hubieran estado esperando ese momento.

    Primero es el olor. Un olor raro, dulzón, químico. Después, el humo. Después, la luz que se corta. Después los gritos.

    La música se detiene de golpe, como si alguien hubiera arrancado el cable de la pared. En la oscuridad no se distingue nada: ni la salida, ni el escenario, ni el rostro del que está al lado. Solo se escuchan toses que se vuelven arcadas, arcadas que se vuelven vómitos, vómitos que se vuelven silencio. La gente corre hacia donde cree que está la puerta principal. Pero la puerta principal es un cuello de botella con seis hojas tipo cine que se abren para adentro. Hay cuerpos contra cuerpos, rodillas que ceden, zapatillas que se pisan, alguien que cae y deja de ser alguien para convertirse en obstáculo.

    El humo baja. No sube: baja. Te busca la boca, te tapa la nariz, te entra en los pulmones como un vidrio líquido. El ácido cianhídrico no tiene épica: te duerme de pie. Hay chicos que se desploman sin un rasguño, como si el cuerpo apagara la luz antes de entender qué estaba pasando.

    Una salida de emergencia, la que daba al estacionamiento del hotel vecino, está cerrada con candado y alambres. Un cartel verde, prolijo, dice SALIDA. Es una burla.

    Algunos logran salir. Otros vuelven a entrar para buscar a amigos, a novias, a hermanos. No hay héroes en una nube de veneno, solo gente que se resiste a aceptar que alguien que estaba cantando hace treinta segundos ya no responde.


    Mientras adentro la noche se convierte en infierno, afuera empieza otra película.

    Un padre atiende el teléfono en su casa de La Matanza. No entiende bien lo que le dicen. “Hubo un incendio”, escucha. “Once”. “Cromañón”. El nombre no significa nada hasta que lo dice en voz alta y le suena mal en la boca. Agarra las llaves sin cerrar la puerta. Maneja como si estuviera escapando de algo invisible.

    Una madre llega al Hospital Ramos Mejía con la foto impresa de su hija en un papel A4. Recorre pasillos llenos de gente acostada en el piso, enchufada a tubos de oxígeno que salen de tomas improvisadas. Pregunta en voz alta un nombre que nadie parece escuchar. En una sala le dicen que vaya a la morgue judicial. En la morgue le dicen que todavía no llegaron todas las listas.

    Las listas son hojas de cuaderno arrancadas de apuro, escritas con birome prestada, colgadas con cinta scotch en paredes frías. Nombres mal escritos, apellidos incompletos, números de documento con un dígito de más o de menos. Familias que pasan el dedo por cada renglón como si estuvieran leyendo un oráculo torcido.

    Hay cuerpos alineados en veredas, cubiertos con mantas térmicas que no alcanzan a tapar nada. Hay zapatillas solas, mochilas abiertas, celulares que siguen vibrando en bolsillos que ya no se mueven. Hay pibes de quince años con pulseras de tela en la muñeca y la cara gris. Hay padres que caen de rodillas cuando reconocen una campera.

    Durante horas, durante días, Buenos Aires se convierte en una sala de espera gigante. Los hospitales colapsan. Cuarenta y seis ambulancias van y vienen como si quisieran borrar el tiempo. Los sobrevivientes tosen negro, escupen espuma, tiemblan sin poder parar. Muchos de ellos van a seguir bajo tratamiento psicológico durante años. Algunos no van a sobrevivir a la culpa.


    Después viene el silencio raro. El que no es descanso sino hueco. Cromañón se clausura y se transforma en santuario. Zapatillas colgadas en la reja, como un código nuevo para decir que alguien no volvió a su casa. “Basta de robarnos el futuro”, dice una pintada que nadie se atreve a borrar.

    Y empieza otra etapa: el rock bajo sospecha.

    Cierran boliches, se suspenden fechas, bandas chicas dejan de tocar porque no hay dónde. El rock barrial empieza a ser tratado como una amenaza, como si el problema hubiera sido el género y no la estructura. Hay chicos que esconden discos de Callejeros en el fondo del placard, como si fueran pornografía prohibida. En las radios se pasan menos temas. En los cumpleaños se eligen otras listas.

    La música se convierte en chivo expiatorio. Como si una canción pudiera trabar una salida de emergencia. Como si una letra pudiera firmar una habilitación trucha. Como si una guitarra pudiera vender 3.500 entradas para un lugar preparado para 1.031 personas.


    Vuelvo a 2025. Los festivales son enormes, con pulseras electrónicas, vallados brillantes, seguridad privada y tickets que se pagan en cuotas. Todo es más prolijo. Todo es más caro. Todo es más ajeno. El pogo ahora se filma para Instagram.

    Abro Spotify otra vez. Distinto sigue sonando igual. Yo no.

    Porque sé que hubo padres que murieron sin entender cómo una noche de rock se volvió una lista de morgue. Sé que hubo sobrevivientes que tardaron años en poder respirar sin miedo. Sé que hubo una generación entera que aprendió a desconfiar del lugar donde antes se sentía a salvo.

    Y me queda una pregunta que no se apaga, ni con festivales prolijos, ni con leyes nuevas, ni con el paso del tiempo:

    si después de 21 años todavía seguimos culpando a la música para no mirar de frente nuestra desidia, ¿qué nos hace pensar que la próxima tragedia no está, ahora mismo, esperando su estribillo?

    No fueron canciones las que llenaron Cromañón de cuerpos, fueron decisiones. No fue una banda la que cerró con alambre una salida de emergencia, fue una cadena larga de corrupción, desidia y acostumbramiento. No fue el rock el que volvió tóxico el aire, fue un techo hecho con materiales prohibidos, inspecciones que nunca se hicieron, funcionarios que miraron para otro lado, empresarios que contaron billetes en lugar de personas.

    Las familias lo supieron desde el primer día. Por eso no dejaron de marchar. Por eso volvieron una y otra vez al santuario, aunque les doliera hasta la piel. Porque no estaban llorando una fatalidad: estaban señalando un sistema que los había empujado al vacío.

    Hubo madres que aprendieron de memoria el plano del boliche para entender por dónde no pudieron salir sus hijos. Hubo padres que recorrieron hospitales con una mochila en la mano porque creían que en algún lugar, todavía, alguien la iba a necesitar. Hubo hermanos que crecieron con la foto de un pibe de diecisiete clavada en la heladera, como si el tiempo se hubiera detenido esa noche.

    Y mientras ellos se rompían el pecho pidiendo justicia, nosotros discutíamos si estaba bien o mal prender bengalas, si el rock barrial era demasiado marginal, si Callejeros había cantado tal o cual frase. Como si el problema fuera estético. Como si el problema hubiera sido la música y no el abandono.

    Veintiún años después, Cromañón ya no humea, pero sigue ardiendo en otra capa: en la memoria. Cada recital que se suspende, cada pibe que se desmaya en un boliche, cada salida bloqueada por cajas, cada matafuego vencido, es un eco de aquella noche.

    Porque Cromañón no fue un error aislado: fue un espejo.

    Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda que nunca: si sabemos que la música no mata, si sabemos que lo que mata es la negligencia, la corrupción y la costumbre de mirar para otro lado, ¿cuántas muertes más estamos dispuestos a llamar accidente antes de admitir que lo verdaderamente incendiado, desde hace años, no es el rock, sino nuestra forma de hacernos cargo del otro?


    Esta nota está dedicada a quienes esa noche salieron de su casa con una remera gastada y no volvieron, a las madres que todavía recorren hospitales en sueños, a los padres que aprendieron de memoria planos de boliches que ya no existen, y a los amigos que siguen contando ausencias en vez de años. Para que la música no vuelva a ser el chivo expiatorio de un país que todavía no aprende a cuidar a los suyos.

    Jazmín Abdala.

  • “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

    “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local”

     

     

    Jazmín Abdala – RADIO LS2 BARADERO –  Baradero, Prov. de Bs. As. 


    El rock en Argentina nunca fue una música de salón, ni una moda pasajera diseñada para encajar en la estética de una red social. El rock nacional nació del roce de los cuerpos en sótanos húmedos, del olor a cigarrillo y encierro de los baños de La Perla de Once, y de la urgencia desesperada de una generación que necesitaba gritar en su propio idioma cuando el silencio era una imposición externa. Aquel hito de “La Balsa” en el 67 no fue solo un fenómeno de ventas; fue la construcción de un refugio, un naufragio colectivo que nos enseñó que nuestras verdades también podían sonar a distorsión. Hoy, esa mística parece haber quedado relegada a los museos o a los grandes festivales que ocurren una vez al año, pero la realidad es mucho más cruda y, a la vez, mucho más esperanzadora: el rock de verdad, el que quema, está sucediendo ahora mismo a dos cuadras de tu casa.

    Baradero se autoproclama con orgullo como la República del Rock, pero una República no se sostiene únicamente con un cartel de luces led un fin de semana. Una República vive de sus obreros, de esos que no salen en las tapas de las revistas nacionales pero que mantienen el pulso de la ciudad cada noche. Hablo de las bandas independientes que ensayan después de cumplir una jornada laboral de ocho horas, de los pibes que sueldan sus propios cables para ahorrar unos pesos y de los que cargan bafles pesadísimos en fletes prestados por puro amor al arte. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestra cultura, los que eligen el ruido como una bandera de resistencia en un mundo que parece preferir la comodidad del algoritmo y el sonido procesado.

    Por eso decidimos abrir este espacio. “Baradero Suena: Crónicas del Rock Local” no nace para ser una agenda de eventos ni una gacetilla publicitaria. Nace como un radar para meternos en el ADN de nuestra música. Queremos documentar la autogestión salvaje, esa necesidad visceral de subirse a un escenario aunque abajo haya diez personas y arriba no quede ni un peso de ganancia. Nos interesa el detrás de escena, la verdad de la milanesa: por qué un grupo de personas decide dedicar su vida a algo tan hermoso y tan difícil como es el rock independiente en el interior de la provincia.

    Vamos a salir a buscar las historias que no se cuentan. Las que se gestan en las orillas del río, las que se escriben en la soledad de una habitación con una guitarra criolla y las que explotan en los bares locales cuando la batería empieza a marcar el cuatro. Porque el talento no siempre baja de un micro de gira con catering y seguridad; muchas veces camina por tu misma vereda, lleva una funda de guitarra gastada al hombro y espera que alguien, por una maldita vez, le suba el volumen a su mensaje. El rock de Baradero tiene un sonido propio, una mezcla de industria, costa y noche que merece ser registrada con la seriedad que el arte exige.

    Pero esta sección no la podemos escribir solos. El rock es una construcción comunitaria o no es nada. Por eso, este espacio también es una invitación a que vos, que estás del otro lado, te conviertas en parte de este registro. Queremos que nos cuentes qué banda te voló la cabeza el último fin de semana, a qué músicos tenemos que ir a buscar a su sala de ensayo, o si vos mismo tenés un proyecto que siente que ya es hora de dejar de sonar solo entre cuatro paredes. Escribinos a nuestras redes, mandanos un mensaje, hacé que el ruido circule. No esperes a que una banda “llegue” para empezar a valorarla; el reconocimiento tiene que empezar acá, donde nacen las canciones.


    No dejen morir el rock. No lo digo como una frase hecha de remera, lo digo como una advertencia necesaria. El rock se muere cuando nos volvemos indiferentes a lo que pasa a la vuelta de la esquina. Se muere cuando preferimos consumir lo que nos imponen de afuera antes de prestarle el oído al vecino que tiene algo para decir. Cuidar a nuestras bandas es, en definitiva, cuidar nuestra propia voz y nuestra propia identidad como baraderenses. Mientras haya alguien dispuesto a enchufar un instrumento y romper la calma de la noche, esta República seguirá viva. Nosotros vamos a estar ahí para contarlo. Subí el volumen, que esto recién empieza.

    Con cariño, 

    Jazmín.

  • NEW YORK: TRAGICO CHOQUE DE UN BUQUE DE LA ARMADA DE MEXICO CONTRA EL PUENTE BROOKLYN

    NEW YORK: TRAGICO CHOQUE DE UN BUQUE DE LA ARMADA DE MEXICO CONTRA EL PUENTE BROOKLYN

    NUEVA YORK.– Dos personas murieron y otras 19 resultaron heridas, dos de ellas de gravedad, tras el impactante accidente protagonizado por el buque escuela de la Armada de México Cuauhtémoc, que este sábado colisiono contra el puente Brooklyn en Nueva York.

    La embarcación, un velero de instrucción de tres mástiles y 90,5 metros de eslora, transportaba a 277 tripulantes como parte de una gira internacional de formación naval.

    El accidente ocurrió alrededor de las 20.30, cuando el navío maniobraba para abandonar el muelle 17 de Manhattan, donde había estado atracado, y poner rumbo hacia el sur,

    En el momento de la colisión, según videos verificados por la agencia Reuters, se puede ver a dos personas que, al parecer, estaban en el peldaño más alto del mástil balanceándose violentamente hacia adelante.

    En las imágenes posteriores al impacto, se observa a algunas personas colgando de los restos con cuerdas, mientras otras avanzaban lentamente boca abajo hacia el centro del buque.

    Según declaró el alcalde de Nueva York, Eric Adams, en su cuenta de X, el buque habría sufrido una pérdida repentina de potencia que impidió al capitán controlar su dirección.

    En lugar de dirigirse al paseo marítimo de Brooklyn, como estaba previsto, el barco se desvió y terminó colisionando con la estructura inferior del puente.

    El impacto se produjo a raíz de una falla mecánica que dejó a la embarcación sin capacidad de maniobra.

    Al momento del choque, varios miembros de la tripulación se encontraban sobre las velas, como puede apreciarse en videos registrados por testigos desde las orillas del East River.

    Las imágenes muestran cómo los mástiles del velero golpean y se parten al chocar contra el puente, en medio de un intenso tránsito vehicular que aumentó la preocupación entre los presentes.

     

    (FUENTE DE NOTICIAS EXTRAIDA DE GOOGLE NEWS)

  • A los 89 años murió Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura

    A los 89 años murió Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura

    El escritor falleció en Lima, Perú a los 89 años, según publicó su hijo Álvaro Vargas Llosa a través de un mensaje en X.

     

    Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936. Lima, 2025) fue un destacado escritor, periodista y político, considerado uno de los más importantes autores de la literatura hispanoamericana contemporánea. Forma parte del llamado “Boom Latinoamericano”, un movimiento literario que revolucionó la narrativa en español durante las décadas de 1960 y 1970.

    Sus obras abarcan novelas, ensayos, teatro y artículos periodísticos. Entre sus libros más reconocidos se encuentran La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La casa verde y La fiesta del Chivo. Sus escritos combinan una crítica profunda de la sociedad con una innovadora estructura narrativa.

    Vargas Llosa ha sido galardonado con numerosos premios, entre ellos el Premio Nobel de Literatura en 2010, por su “cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”.

    Además de su carrera literaria, ha tenido una activa participación en la política de Perú y América Latina, defendiendo posturas liberales y democráticas. En 1990 presentó su candidatura a la presidencia de Perú.

    Respetando su voluntad, no habría ceremonia de despedida publica y sus restos serán cremados.

  • MILAGRO EN COLOMBIA: 4 NIÑOS SOBREVIVIERON 40 DIAS EN LA SELVA.

    MILAGRO EN COLOMBIA: 4 NIÑOS SOBREVIVIERON 40 DIAS EN LA SELVA.

    Las Fuerzas Armadas y los indígenas del Amazonas cooperaron para dar con los niños que sobrevivieron más de un mes en la selva amazónica.

    Cabe recordar que los pequeños indígenas se extraviaron el pasado 1 de mayo, luego de que la avioneta en la que se movilizaban junto a su madre, Magdalena Mucutuy, se accidentara.

    Magdalena, de 33 años, y Herman Mendoza Hernández y el piloto de la aeronave, Hernando Murcia fallecieron en el lugar del siniestro, mientras que los menores sobrevivieron e iniciaron una travesía por sobrevivir en la selva.

    Las fuerzas militares colombianas hallaron a los cuatro niños -de 9, 4, 13 y 1 año de edad respectivamente- con señales de deshidratación y picaduras de insectos, aunque se encuentran bien y fueron trasladados en un helicóptero para recibir atención médica.

    El padre de los cuatro niños indígenas rescatados, Manuel Ranoque, dijo este domingo que atribuía la supervivencia de sus hijos en la selva amazónica a sus raíces y a su conexión con la naturaleza.

  • Lionel Andrés Messi será reconocido cómo ciudadano honorario.

    Lionel Andrés Messi será reconocido cómo ciudadano honorario.

    Lionel Andrés Messi Cuccittini recibirá el título de ciudadano honorario del municipio de San Severino Marche,ubicado en el centro de Italia. El futbolista argentino obtendrá la ciudadanía por sus raíces familiares del lado materno: su abuelo Antonio Cutticcini, quién continuó el camino del apellido que tiene origen en dicho poblado.

  • Guerra Rusia Ucrania  Con 9 años, desafía a Rusia con un rifle y un chupetín: la historia de la foto que viralizó Ucrania

    Guerra Rusia Ucrania Con 9 años, desafía a Rusia con un rifle y un chupetín: la historia de la foto que viralizó Ucrania

    Su papá dijo que tomó la imagen para “llamar la atención del mundo” sobre la guerra en Ucrania.
    En las últimas horas, la foto de una nena ucrania sentada en una ventana con un chupetín en la boca y un rifle en la mano se volvió viral. En el pelo lleva una cinta azul y amarilla, colores de la bandera de Ucrania. Mira hacia afuera, como si estuviera vigilando. Hasta la compartió en Twitter el expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk.

    La imagen fue tomada por el propio padre de la chica, el fotógrafo kievita Oleksii Kyrychenko y publicada en sus cuentas de Facebook e Instagram con el título“Young girl with candy”, “niña con una golosina”. En los comentarios de los posteos , Kyrychenko dijo que tomó la foto “para llamar la atención del mundo sobre la agresión rusa contra Ucrania”.

    “El mundo tiene que saber”, agregó.

  • El “mundo ruso”, según Vladimir Putin

    El “mundo ruso”, según Vladimir Putin

    aquellos territorios donde habitan rusos étnicos y se habla la lengua de Pushkin. La excusa perfecta para la nueva ideología imperialista del Kremlin.

    El mundo ruso, aquellos territorios donde habitan rusos étnicos y, lo que es más importante, se habla la lengua de Pushkin, es la excusa perfecta para la nueva ideología imperialista del Kremlin, ante la que el derecho internacional parece indefenso.

    “La idea no es tanto restablecer la Unión Soviética como el antiguo imperio zarista. Por eso, ningún país está a salvo de las ambiciones del presidente ruso, Vladímir Putin“, comentó a Efe Vladímir Fesenko, politólogo ucraniano.

    El reconocimiento de la independencia de las repúblicas separatistas ucranianas de Donetsk y Lugansk es sólo el último ejemplo de una estrategia que comenzó en cuanto Putin llegó al poder en el año 2000.

    Antes de firmar en el Kremlin los acuerdos con las dos repúblicas rebeldes, Putin aprovechó la intervención por televisión para impartir una larga lección de historia sobre el mundo ruso (Russki Mir).

    La historia

    Se retrotrajo a los tiempos de Catalina la Grande en el siglo XVIII para explicar que el territorio de la actual Ucrania incluye zonas históricamente rusas, en referencia a todo el sureste del país.

    “Se le olvidó decir que el primer Estado eslavo fue la Rus de Kiev (IX-XII), que el príncipe Vladímir se bautizó entonces en

  • Rusia invade a Ucrania

    Rusia invade a Ucrania

    El presidente ruso lo anunció en un discurso televisado, mientras el Consejo de Seguridad de la ONU se encontraba reunido para intentar evitar una guerra; Ucrania habla de siete muertos

     

    Varias ciudades de Ucrania despertaron este jueves entre explosiones y cortes de energía eléctrica después de que Rusia anunciara el comienzo de operaciones militares en ese país.

    Entre las zonas más afectadas se encuentran Kiev, la capital ucraniana, Jarkov, Kharkiv, Dnipropetrovsk y Mariupol, y ya se habla de al menos 50 muertos como consecuencia de los ataques.